Ha resucitado

Conferencia General Abril 1988logo 4
Ha resucitado
por el presidente Howard W. Hunter
Presidente en Funciones del Quórum de los Doce Apóstoles

Howard W. Hunter 1La Resurrección es el núcleo mismo de la fe de todo cristiano; es el más grande de todos los milagros hechos por el Salvador del mundo.

En este hermoso y sagrado fin de semana de la Pascua de Resurrección, estoy seguro de que ninguna otra doctrina servirá de tema para mas discursos ni será mas exaltada que la del sacrificio expiatorio y la resurrección literal de nuestro Señor, Jesucristo. Y así debe ser en la época de la Pascua como en todas las demás épocas del año, porque no existe ninguna doctrina en las Escrituras cristianas que sea más importante para toda la humanidad que la doctrina de la resurrección del Hijo de Dios. Gracias a Cristo, todos los hombres, mujeres y niños que hayan nacido o que vayan a nacer en la tierra también tendrán la oportunidad de resucitar.

A pesar de la gran importancia que le damos a la resurrección dentro de nuestra doctrina, tal vez muchos de nosotros todavía no hayamos comprendido en su totalidad el significado espiritual que tiene ni su grandeza eterna. Si la entendiera, nos maravillaríamos de la perfección que representa, como lo hizo Jacob, el hermano de Nefi, y nos estremeceríamos solo de pensar en lo que hubiéramos tenido que enfrentar si no hubiéramos recibido ese don divino. Jacob escribió:

«¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a ese ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se convirtió en el diablo, para no levantarse más.» (2 Nefi 9:8.)

La Resurrección es el núcleo mismo de la fe de todo cristiano; es el más grande de todos los milagros hechos por el Salvador del mundo. Si El no lo hubiera realizado, estaríamos todos sin esperanza. Citare las palabras de Pablo:

«Porque si no hay resurrección de muertos . . .
» . . . vana es entonces nuestra predicación . . .
«Y somos hallados falsos testigos de Dios; porque hemos testificado de Dios que él resucito a Cristo . . .
«y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aun estáis en vuestros pecados.» ( I Corintios 15: 13-15, 17.)

Volvamos al pasado y recordemos la descripción de las escenas finales de lo que sucedió en la Tierra Santa. Se acercaba el fin de la vida mortal de nuestro Señor. Él había curado a los enfermos, revivido a los muertos e interpretado y explicado las Escrituras, incluso las que se referían a su propia muerte y resurrección. Cristo dijo a sus discípulos:

«He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenaran a muerte;
«y le entregarán a los gentiles para que le escarnezcan, le azoten, y le crucifiquen; mas al tercer día resucitara.» (Mateo 20:18-19.)

Allí en Jerusalén, los saduceos lo acosaron con preguntas acerca de la resurrección. Habían conspirado para hacerlo caer en sus trampas; sin embargo. Él les enseñó las sencillas verdades del evangelio vital.

» . . . ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios», les preguntó.
«Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.
«Oyendo esto la gente, se admiraba de su doctrina.» (Mateo 22:31-33.)

Mas adelante, cuando se juntaron para celebrar la fiesta de la Pascua, Jesús y sus Apóstoles participaron de los emblemas sacramentales que Él inició en esa ultima cena que comieron juntos; y después se dirigieron al monte de los Olivos.

Maestro hasta el final de su vida, allí continuó su discurso sobre el tema del cordero expiatorio. Les dijo que seria herido y que a ellos los dispersarían como a ovejas sin pastor.

«Pero después que haya resucitado», les dijo, «iré delante de vosotros a Galilea.» (Mateo 26:32.)

Durante las horas siguientes, de los poros le brotaron gotas de sangre, fue martirizado por los mismos lideres que pretendían ser guardianes de Su ley y fue crucificado en compañía de ladrones. Fue como lo profetizó el rey Benjamin en el Libro de Mormón:

«Y he aquí, sufrirá tentaciones, y dolor del cuerpo, hambre, sed y fatiga, aun más de lo que el hombre puede sufrir, sin morir; pues he aquí, la sangre le brotara de cada poro, tan grande será su angustia por la iniquidad y abominaciones de su pueblo.
» . . . él viene a los suyos, para que la salvación pueda llegar a los hijos de los hombres . . . y aun después de todo esto, lo consideraran como hombre, y dirán que esta endemoniado, y lo azotaran, y lo crucificarán.» (Mosíah 3:7, 9.)

Al profeta Alma podemos agradecerle el conocimiento que tenemos de todo lo que Cristo tuvo que pasar:

«Y él saldrá, sufriendo dolores, aflicciones y tentaciones de todas clases; y esto para que se cumpla la palabra que dice: Tomará sobre sí los dolores y enfermedades de su pueblo.
«Y tomará sobre si la muerte, para poder soltar las ligaduras de la muerte que sujetan a su pueblo: y sus enfermedades tomará él sobre sí, para que sus entrañas sean llenas de misericordia, según la carne, a fin de que según la carne pueda saber cómo socorrer a los de su pueblo, de acuerdo con las enfermedades de ellos.» (Alma 7:11-12.)

Pensemos en esto: cuando bajaron su cuerpo de la cruz y lo colocaron con prisa en una túnica prestada. Él, que no había pecado, el Hijo de Dios, ya había tomado sobre sí no sólo los pecados y las tentaciones de todo el género humano que se arrepintiera, sino también todas nuestras enfermedades, nuestras tristezas y nuestros sufrimientos de todas clases. Él sufrió estas aflicciones como nosotros las sufrimos, de acuerdo con la carne; Él las sufrió primero para poder perfeccionar su misericordia y su habilidad de consolarnos y elevarnos por encima de toda prueba terrenal.

Sin embargo, todavía quedaba un conjunto de cadenas que había de romperse antes de que la Expiación pudiera ser completa: las ligaduras de la muerte. Los profetas del Antiguo Testamento habían enseñado que la resurrección ocurriría y seria universal. También los profetas del Libro de Mormón enseñaron la doctrina de la resurrección con gran sencillez y claridad. Nefi dijo:

«He aquí, lo crucificaran; y después de ser puesto en un sepulcro por el espacio de tres días, se levantara de entre los muertos con salvación en sus alas; y todos los que crean en su nombre serán salvos en el reino de Dios.» (2 Nefi 25:13.)

Y Samuel el lamanita profetizó a los nefitas:

«Pues he aquí, de cierto tiene que morir para que pueda venir la salvación; sí, a él corresponde y se hace necesario que muera para efectuar la resurrección de los muertos a fin de que por este medio los hombres puedan ser llevados a la presencia del Señor.»(Helamán 14:15.)

Enoc recibió una visión en la que se le mostraba el día de la venida del Hijo del Hombre:

«Y dijo el Señor a Enoc: Mira; y mirando, vio que el Hijo del Hombre era levantado sobre la cruz, a la manera de los hombres;

«y oyó una fuerte voz; y fueron cubiertos los cielos; y todas las creaciones de Dios lloraron; y la tierra gimió; y se hicieron pedazos los peñascos; y se levantaron los santos y fueron coronados a la diestra del Hijo del Hombre con coronas de gloria;

«y salieron cuantos espíritus se hallaban en la prisión, y se pusieron a la diestra de Dios; y el resto quedó en cadenas de tinieblas hasta el juicio del gran día.» (Moisés 7:55-57.)

Al tercer día, cuando comenzaba a amanecer. María Magdalena y «la otra María» habían ido a ver el sepulcro en el cual habían depositado el cuerpo inene de Jesús. Antes de eso, los principales sacerdotes y los fariseos habían persuadido a Pilato de que pusiera centinelas para guardar la puerta de la tumba diciendo » . . . no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hunen, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos» (Mateo 27:64). Pero dos ángeles poderosos habían removido la piedra que tapaba la puerta de la tumba, y los guardias habían desaparecido aterrorizados por lo que habían visto.

Cuando las mujeres llegaron a la tumba, la encontraron abierta y vacía. Los ángeles habían permanecido allí para darles las mejores noticias que podrían haber escuchado oídos humanos: «No esta aquí, pues ha resucitado, como dijo» (Mateo 28:6). La resurrección de Jesucristo fue seguida inmediatamente por la resurrección de otras personas justas. Mateo registra:

» . . . y se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron;
«y saliendo de los sepulcros, después de la resurrección de el, vinieron a la santa ciudad, y aparecieron a muchos» (Mateo 27:52-53).

En los días que siguieron a la resurrección, el Señor apareció a muchos. Les mostró las marcas particulares de los clavos y la herida del costado. Camino, hablo y comió con ellos, como si quisiera probar sin duda alguna que un cuerpo resucitado es de veras un cuerpo físico y tangible, de carne y huesos. Mas adelante, ministró entre los nefitas, a los que mandó:

«Levantaos y venid a mí, para que podáis meter vuestras manos en mi costado, y para que también podáis palpar las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo.
«Y . . . la multitud se adelantó; y metieron sus manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado; y vieron con sus ojos y palparon con sus manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él, de quien habían escrito los profetas, que había de venir.» (3 Nefi 11:14-15).

Todos los hombres y mujeres de todo el mundo tienen la responsabilidad y el gozo de «buscar a este Jesús de quien han [testificado] los profetas y apóstoles» (Eter 12:41) y de adquirir un testimonio espiritual de su divinidad. Todos los que humildemente lo busquen tienen el derecho y la bendición de escuchar la voz del Espíritu Santo, que da testimonio del Padre y de su Hijo resucitado.

Yo, por haber sido llamado y ordenado para dar testimonio de Jesucristo a todo el mundo, testifico en esta época de Pascua que Él vive, que tiene un cuerpo glorificado e inmortal de carne y huesos. Él es el Hijo Unigénito del Padre en la carne; es el Salvador y la luz y la vida del mundo. Después de su crucifixión y muerte, se les apareció como un ser resucitado a María, a Pedro, a Pablo y a muchos otros. Se apareció a los nefitas, se apareció a José Smith, el joven Profeta, y a muchos otros de nuestra dispensación. Esta es su Iglesia y Él la guía en la actualidad por medio de su profeta Ezra Taft Benson. De esto testifico, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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