La seguridad que da el conocimiento

Conferencia General Abril 1988logo 4
La seguridad que da el conocimiento
por el élder Angel Abrea
del Primer Quórum de los Setenta

Ángel AbreaEl conocimiento de Dios nos da el valor, la fuerza v la inquebrantable determinación de testificar de Cristo v de su evangelio, sin importar las circunstancias o los factores externos.

Se cuenta que en cierta ocasión un viajero le preguntó a un agricultor que estaba sentado a la puerta de su humilde choza:

—¿Cómo viene este año la cosecha del algodón?
El agricultor contestó:
—No vendrá nada; no quise plantarlo por miedo al gorgojo.
Al oír esto, el viajero siguió preguntando:
—Bueno, pero usted va a tener una gran cosecha de maíz, ¿no?
—Igual—fue la respuesta—.
Temí que no lloviera lo suficiente para que madurara el grano.
El viajero insistió:
—Pero, ¡al menos tendrá una buena cosecha de papas!
—Tampoco; las deje de plantar por miedo a los insectos—fue la rápida respuesta del campesino.
Con frustración y un poco impaciente— el viajero pregunto:
—Entonces, ¿qué es lo que ha plantado?
—Nada; he preferido ir a lo seguro para no tener que lamentarme después.

La contestación del agricultor es el ejemplo claro de un falso sentido de seguridad producido por el miedo y la falta de convicciones; por la incertidumbre y la confusión. Un equivocado sentido de seguridad.Sin duda, este es uno de los males que aqueja a esta generación. La seguridad del no hacer: la seguridad del no ser.

Es el mismo mal que el Salvador expuso ante el pueblo cuando señaló la inutilidad del siervo que no servia (Mateo 25:30), la higuera que no daba frutos (Mateo 21:19-22), la luz que no iluminaba (Lucas 11:33-36) o la sal que no salaba (Lucas 14:34-35).

Jesucristo no acomodó los conceptos con el fin de que las acciones equivocadas fueran compatibles con un falso sentido de la realidad. El Salvador siempre aclaró los conceptos a fin de eliminar la neutralidad y la ambigüedad y puso en evidencia la hipocresía y las malas acciones. Con esto ratifico las reglas por las cuales serán juzgados los hijos de Dios.

Él llamó las cosas por su nombre y su vida fue para todos nosotros un ejemplo claro y seguro de cómo vivir y de cómo actuar; por eso dijo:

»Porque ejemplo os he dado» (Juan 13: 15).

En la actualidad hay muchas personas como el agricultor de nuestra historia, que crean en su mente una especie de espantapájaros y con el tiempo terminan por creer que estos son reales. Así fundamentan sus vidas en principios falsos. No les preocupa que sus ideas no sean verdaderas: las emplean como trincheras para defenderse de su temor: como aspavientos para ahuyentar la verdad. Por ejemplo, el espantapájaros» de la seguridad, que es apenas una burda imitación de la verdadera seguridad, les da la ilusión que necesitan para juzgar situaciones y actuar de acuerdo con sus deseos, y usan para ello un criterio totalmente fuera de la realidad.

Ante este distorsionado entendimiento de la verdad, los Santos de los Ultimos Días que han recibido por revelación la tarea de [tomar] sobre [sí] el nombre de Cristo, y [declarar] la verdad con circunspección» (véase D. y C. 18:21), pueden aparecer a la vista de aquellos que tengan conceptos equivocados como orgullosos o faltos de humildad. Esto es así porque los fieles miembros de la Iglesia están llenos de una profunda seguridad que proviene de un testimonio firme del evangelio, que es el conocimiento de la divinidad de la obra en la cual estamos embarcados, recibido por revelación del Espíritu Santo.

Esta seguridad y firme decisión de ser testigos de Dios a todo tiempo, y en todas las cosas y en todo lugar en que estuvieseis, aun hasta la muerte» (Mosíah 18:9), puede aparecer ante los ojos de aquellos acostumbrados al uso de espantapájaros mentales como la manifestación de un orgullo jactancioso.

Pero no es así. Confundir orgullo con seguridad, vanagloria con testimonio, es la demostración de falta de percepción de aquellos que no han dejado que el Espíritu enternezca sus corazones, que no han tenido la experiencia de Nefi cuando dice: » . . . clame al Señor; y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, de modo que creí todas las palabras que mi padre había hablado» (I Nefi 2:16). De manera que, en la mayoría de los casos, el problema no es el sembrador sino el suelo que recibe la semilla.

Lo importante no es tratar de buscar la razón de la inseguridad sino más bien la causa de lo que trae seguridad en las vidas de los fieles miembros de la Iglesia de Jesucristo.

Veamos el ejemplo contundente de José Smith cuando en sus palabras analiza y busca explicación de los motivos de la persecución de que era objeto y al mismo tiempo testifica de la realidad de su visión:

«Yo efectivamente había visto una luz, y en medio de la luz vi a dos Personajes, los cuales en realidad me hablaron; y aunque se me odiaba y perseguía por decir que había visto una visión, no obstante, era cierto; y mientras me perseguían, y me censuraban, y decían falsamente toda clase de mal en contra de mí por afirmarlo, yo pensaba en mi corazón: ¿Por qué me persiguen por decir la verdad? En realidad he visto una visión, y ¿quién soy yo para oponerme a Dios’? ¿o por que piensa el mundo hacerme negar lo que realmente he visto’? Porque había visto una visión; yo lo sabia, y comprendía que Dios lo sabia; y no podía negarlo, ni osaría hacerlo; por lo menos, sabia que haciéndolo, ofendería a Dios y caería bajo condenación.

«Mi mente ya estaba satisfecha en lo que concernía al mundo.» (José Smith Historia 25-26.)

¿De que otra forma podría expresar la realidad de su visión que afirmando «yo lo sabía, y comprendía que Dios lo sabia»?

De ese fuerte y firme testimonio, de ese mas alto y revelado conocimiento, proviene la seguridad que transmiten las palabras del profeta. Como podría ser de otra manera si José Smith tenía la seguridad de que él sabía que Dios sabía lo que él sabía.

¿Es eso orgullo? Por supuesto que no. Eso es seguridad que proviene de saber, de un conocimiento cierto que por la mediación del Espíritu Santo «vendrá sobre ti y morara en tu corazón» (D. y C. 8:2).

Esta es la seguridad que se advierte en los fieles Santos de los Ultimos Días, que reciben por el poder del Espíritu y que les impulsa a dar testimonio de la divinidad de la obra. Es la misma conversión, la misma fuerza, el mismo Espíritu que sintió Alma cuando llamo al pueblo al arrepentimiento. Y en su intento de volverlos a la realidad, les dijo: «¿No suponéis que yo sé de estas cosas por mí mismo’? He aquí, os testifico que yo sé que estas cosas de que he hablado son verdaderas. Y ¿cómo suponéis que yo sé de su certeza’? He aquí, os digo que el Santo Espíritu de Dios me las hace saber. He aquí, he ayunado y orado muchos días para poder saber éstas cosas por mí mismo, Y ahora sé por mí mismo que son verdaderas; porque Dios el Señor me las ha manifestado por su Santo Espíritu; y este es el espíritu de revelación que esta en mi» (Alma 5:45-46).

El mundo puede decir que esto es orgullo, pero los ciudadanos del reino, aquellos que no viven con la luz prestada, sino que han ganado para sí un testimonio de que esta obra es verdadera, lo llaman seguridad.

Es el testimonio, es la seguridad de saber que no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio» (2 Timoteo 1:7). Este nos da el valor, la fuerza y la inquebrantable determinación de testificar de Cristo y de su evangelio, sin importar las circunstancias o los factores externos. Pero para los débiles, los inseguros o aquellos que dudan de que los Santos de los Ultimos Días seamos cristianos, estas circunstancias y valores externos pueden llegar a ser más importantes que el aprender de Cristo y obtener un testimonio.

La seguridad que tienen los fieles miembros de l a Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días es el resultado de ser ‘hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores» (Santiago 1:22); es el resultado de esforzarse por vivir «de toda palabra que sale de la boca de Dios» (D. y C. 84:44) en lugar de hablar de Dios y no hacer lo que Él dice, como hacen los inseguros.

Es esta seguridad, el firme testimonio de miles de misioneros que están ocupados con todo su «corazón, alma, mente y fuerza» (D. y C. 4:2) en servir a sus semejantes en contraste con los millones que están «preocupados» con asuntos mundanos y actúan sólo de la boca para afuera.

Es importante, entonces, que en nuestra resolución de proclamar el evangelio, en nuestro deseo de aclarar el entendimiento de los confundidos e inseguros, que en nuestra decisión de ser parte de esa gran obra de nuestro padre de ‘llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre» (Moisés 1:39), recordemos lo que dijo el rey Benjamin a su pueblo: «Quisiera que . . . retuvieseis siempre en vuestra memoria la grandeza de Dios, y vuestra propia nulidad . . . y os humillaseis aun en las profundidades de la humildad, invocando el nombre del Señor diariamente, y permaneciendo firmes en la fe» (Mosíah 4:11)  ya que «nadie puede ayudar [en la obra] a menos que sea humilde» (D. y C. 12:8).

No hay garantías de grandes recompensas para nadie; no hay forma de que ninguno de los hijos de Dios pueda asegurarse bendiciones del Altísimo, a menos que esa recompensa sea el producto de una digna actuación en la vida y que las bendiciones sean el fruto de la obediencia a las leyes sobre las cuales se basan estas bendiciones.

Por lo tanto, puesto que tenemos la verdad, es fundamental que no nos enorgullezcamos por el solo hecho de poseerla.

Nuestro orgullo, si es que cabe decir así, junto con nuestro agradecimiento eterno, debería provenir de la manera que hagamos uso de esa verdad y de cómo la apliquemos en nuestra vida.

Podemos pasar por esta vida mortal escuchando con paciencia y atención las mejores instrucciones, o podemos ser espectadores atentos de las exposiciones de los mas elevados y profundos principios; sin embargo, todo esto no podrá mejorarnos si no lo aplicamos a nuestra vida diaria.

Sólo podremos ser salvos en la proporción en que ganemos conocimiento. La simple acumulación de hechos o realidades de ninguna manera nos salvara si no tenemos sabiduría.

La sabiduría no es para que la proclamemos o la exhibamos, sino para que la busquemos y la atesoremos; debemos orar por ella y luego demostrarla mediante una vida digna que este de acuerdo con el conocimiento que hayamos obtenido. Al poner en practica este conocimiento, se produce el cambio, se desarrollan los talentos y las cualidades que están latentes en cada uno de nosotros.

Entonces, lo que realmente importa es lo que hagamos de nuestra vida. Para los miembros fieles de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, la verdad no es en sí un fin. Nuestras vidas son una constante búsqueda y un ejemplo de la relación que existe entre la verdad y el conocimiento, entre el vivir y el ser.

Como dijo el presidente Joseph Fielding Smith: «La inteligencia pura comprende no sólo el conocimiento, sino también el poder para aplicar ese conocimiento debidamente» (Doctrina del Evangelio. Pág. 56).

Con una magistral claridad, el Salvador expresó en cuanto a este tema:

«Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me envió. El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios, o si yo hablo por mi propia boca» (Juan 7:16-17).

Los Santos de los Ultimos Días obtienen de este principio la seguridad de sus testimonios, la fuerza de sus convicciones, mientras a diario ponen en practica aquello que predican.

Quisiera agregar mi testimonio al de todos aquellos fieles Santos de los Ultimos Días que dan su testimonio de la veracidad de esta obra en los cuatro cabos de la tierra. Lo hago con la seguridad de que Dios sabe que yo sé que La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días tiene cl poder de administrar las ordenanzas salvadoras para coronar los esfuerzos de todos aquellos que, mediante una vida obediente y fiel, se han decidido a «venir a Cristo». En el nombre de Jesucristo. Amén.

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