La luz y la vida del mundo

Conferencia General Octubre 1987

La luz y la vida del mundo

Dallin H. Oaks

por el élder Dallin H. Oaks
del Quórum de los Doce Apóstoles

“Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y Redentor. Su nombre es el único por el cual podemos ser salvos, procuramos servirlo.”

Mis queridos hermanos, me uno a vosotros en el gozo que sentimos por el privilegio de reunirnos en este bello día de reposo para adorar a nuestro Padre Celestial y a su Hijo Jesucristo, y para recibir enseñanzas de Sus siervos.

El Libro de Mormón relata la visita del Señor resucitado a un pueblo de las Américas. Vestido con ropas blancas descendió del cielo y. parándose en medio de la multitud. extendió la mano y dijo:

“He aquí, yo soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.

“Y he aquí, soy la luz y la vida del mundo” (3 Nefi 11:10-11).

Él ha repetido esa declaración en muchas revelaciones modernas (véase D. y C. 12:9; 39:2; 45:7). Y en armonía con sus palabras, solemnemente afirmamos que Jesucristo, el Unigénito de Dios el Eterno Padre, es la luz y la vida del mundo.

Jesucristo es la luz y la vida del mundo, porque todas las cosas fueron hechas por Él. Bajo la dirección del Padre, y de acuerdo con su plan, Jesucristo es el Creador, la fuente de luz y de vida de todas las cosas. Mediante la revelación moderna tenemos el testimonio de Juan, que testifico que Jesucristo ”es la luz y el Redentor del mundo; el Espíritu de verdad que vino al mundo, porque el mundo fue hecho por él, y en él estaba la vida y la luz de los hombres.

Los mundos por él fueron hechos, y por él los hombres fueron hechos; todas las cosas fueron hechas por él, mediante él y de el” (D. y C. 93:9-10).

La luz del mundo

Jesucristo es luz, del mundo porque Él es la fuente de la luz que “procede de la presencia de Dios para llenar la inmensidad del espacio” (D y C. 88: 12). La suya es ”la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene al mundo” (D. y C. 93:2; véase también D. y C. 84:46). Las Escrituras llaman a esta luz universal  “la luz de la verdad” (D. y C. 88:6), ”la luz de Cristo” (D. y C. 88:7; véase también Moroni 7:18), y ”el Espíritu de Cristo” (Moroni 7:16). Esta es la luz que “vivifica” nuestro  “entendimiento” (véase D. y C. 88: 11), “la luz por la cual” podemos juzgar” (Moroni 7:18), y se le da “a todo hombre. . . para que pueda distinguir el bien del mal” (Moroni 7; 16).

Jesucristo es la luz del mundo también porque su ejemplo y enseñanzas iluminan el camino por el cual debemos andar para regresar a la presencia de nuestro Padre Celestial. Antes de que Jesús naciera. Zacarías profetizó que el Señor Dios de Israel visitaría a su pueblo “para dar luz a los que habitan en tinieblas y en sombra de muerte; para encaminar [sus] pies por camino de paz” (Lucas 1:79).

Durante su ministerio Jesús enseñó: ”He aquí, yo soy la luz; yo os he dado el ejemplo” (3 Nefi 18:16). Después dijo a sus Apóstoles: ”Alzad, pues, vuestra luz para que brille ante el mundo”, agregando: ”He aquí, yo soy la luz que debéis sostener en alto; aquello que me habéis visto hacer” (3 Nefi 18:24). Y enseñó a la multitud nefita: “Sabéis las cosas que debéis hacer en mi iglesia; pues las obras que me habéis visto hacer, esas también las haréis” (3 Nefi 37:21).

El Salvador hizo hincapié en la estrecha relación entre su luz y sus mandamientos cuando enseñó a los nefitas: ”He aquí, yo soy la ley y la luz” (3 Nefi 15:9).

El salmista dijo de esa relación: “Lámpara a mis pies es tu palabra y [luz] a mi camino” (Salmos 119:105). Cuando el Señor sacaba a Lehi y los suyos de Jerusalén, les dijo: “Y también seré vuestra luz en el desierto; y preparare el camino delante de vosotros, si es que guardáis mis mandamientos” (l Nefi 17:13).

Cuando obedecemos Sus mandamientos, vemos que su luz mas brilla en nuestra senda y nos damos cuenta de que se cumple así la promesa de Isaías: ”Jehová te pastoreara siempre” (Isaías 58:11).

Además, Jesucristo es la luz del mundo porque su poder nos persuade a hacer lo bueno. El profeta Mormón enseñó: “Toda cosa que es buena viene de Dios. . . de manera que todo aquello que invita e incita a hacer lo bueno, y a amar a Dios y servirlo,  es inspirado de Dios” (Moroni 7: 13). Sus palabras establecen un precedente a lo que el Señor le dijo mas adelante. cuando estaba compilando el Libro de Mormón:

”[El] que crea estas cosas que he hablado. . . sabrá que estas cosas son verdaderas: porque persuade a los hombres a hacer lo bueno.

“Y cualquier cosa que persuade a los hombres a hacer lo bueno viene de mí: porque el bien de nadie procede, sino de mí. . . yo soy la luz, y la vida, y la verdad del mundo” (Eter 4:11-12;  véase también D. y  C. 11:12).

Así vemos que Jesucristo es la luz del mundo porque Él es la fuente de la luz que vivifica nuestro entendimiento, porque sus enseñanzas y ejemplo iluminan nuestra senda y porque su poder nos persuade a hacer lo bueno.

La vida del mundo

Jesucristo es 1r  l del mundo por la posición sin par que tuvo en lo que las Escrituras llaman “en el gran y eterno plan de redención de la muerte” (2 Nefi 11:5).

Jesús enseñó: “Yo soy la puerta: el que por mí entrare, será salvo. . . yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10: 9-10). Mas tarde, les explicó a sus Apóstoles: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6).

Nosotros venimos al Padre mediante la misión vivificadora del Hijo de dos maneras; y en cada una Jesucristo es la vida del mundo, nuestro Salvador y Redentor.

Por medio del poder y ejemplo de la expiación infinita de Jesucristo, toda la humanidad resucitará (Nefi 9:7, 12). Nuestra vida mortal se hizo realidad por su acción creadora; tenemos segura nuestra vida inmortal porque el Señor resucitado nos ha redimido de la muerte. De acuerdo con el plan del Padre, el Hijo fue el primogénito de entre los muertos” (Colosenses 1:18). Y así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados” (I Corintios 15:22).

Además, Jesucristo es la vida del mundo porque Él expió los pecados del mundo. Al ceder a la tentación, Adán y Eva fueron “‘desterrados de la presencia del Señor”. En las Escrituras se le llama a esta separación la muerte espiritual” (Helamán 14:16: véase también D. y C. 99:41).

La expiación de nuestro Salvador venció esa muerte espiritual. Las Escrituras dicen: ‘El Hijo de Dios ha expiado el pecado original” (Moisés 6:54). Y Pablo enseñó a los santos romanos: “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida” (Romanos 5:1X). Como resultado de esa Expiación,  los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán” (Artículo de Fe 2).

Nuestro Salvador y Redentor nos redimió del pecado de Adán, pero ¿cuál es el efecto de nuestros propios pecados? Puesto que todos pecamos (Romanos 3:23), todos estamos muertos espiritualmente. En esto, nuestra única esperanza de vida es el Salvador, quien, según enseñó Lehi, se ofreció a sí mismo en sacrificio por el pecado, para satisfacer las demandas de la ley” (2 Nefi 2:7).

A fin de tener derecho a reclamar la victoria del Salvador sobre la muerte espiritual que sufrimos por nuestros pecados, debemos aceptar las condiciones que Él nos ha impuesto. Según El mismo nos ha dicho en la revelación de los últimos días: ”Yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo” (D. y C. 19:16-17).

El tercer Articulo de Fe describe las condiciones del Salvador en esta forma: ”Creemos que por la expiación de Cristo todo el género humano, puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio”.

Y de acuerdo con las palabras del Salvador, registradas en el Libro de Mormón cuando enseñó a la gente en este continente: Y quienes escuchen las palabras, y se arrepientan y sean bautizados, se salvaran” (3 Nefi 23:5).

En resumen, el Señor Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, es la vida del mundo porque su resurrección y su expiación nos salvaron de la muerte física y de la espiritual. Jacob dijo gozoso por el don de vida:

“Oh, cuan grande es la bondad de nuestro Dios, que prepara un medio para que escapemos de las garras de este terrible monstruo: sí, ese monstruo, muerte e infierno, que llamó la muerte del cuerpo, y también la muerte del espíritu”‘ (2 Nefi 9:10).

Quisiera que toda persona comprendiera nuestro credo y oyera nuestro testimonio de que Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor, es la luz y la vida del mundo.

Nuestro Salvador y nuestro Redentor

Algunos que profesan ser seguidores de Cristo insisten en que los miembros de La lglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días no somos cristianos. Incluso hay los que se ganan la vida atacando a la lglesia y su doctrina. Quisiera que todos ellos pudieran tener la experiencia que tuve yo hace poco.

Un amigo que visitaba Salt Lake City por primera vez me fue a ver a mi oficina. Es un hombre educado y un cristiano devoto y sincero. Aunque nunca hemos hablado de ello, los dos sabemos que algunos lideres de su religión han enseñando que los miembros de nuestra lglesia no son cristianos.

Después de una breve charla sobre un asunto de interés común, le dije que deseaba mostrarle algo. Fuimos caminando hasta la Manzana del Templo y entramos al Centro Norte de Visitantes. Miramos los cuadros de los Apóstoles y profetas de la Biblia y el Libro de Mormón: luego nos dirigimos hacia la rampa en forma de espiral que lleva al primer piso. Allí, la gran estatua del Cristo Resucitado de Thorvaldsen domina la representación panorámica de la inmensidad del espacio y la magnificencia de las creaciones de Dios.

Al entrar en ese lugar y contemplar la majestuosa imagen del “Cristus”, con los brazos extendidos y mostrando en las manos las heridas de la Crucifixión, mi amigo se quedó maravillado Estuvimos en silencio por unos minutos, en una comunión reverente de pensamientos de devoción hacia el Salvador. Luego, también silenciosamente, fuimos hasta la planta baja pasando por el diorama del profeta José Smith arrodillado en la Arboleda Sagrada.

Después de salir de la Manzana del Templo, al despedirnos, él me estrechó la mano y me dijo: Gracias por llevarme allí. Ahora entiendo algo sobre tu fe que nunca había comprendido”. Espero que toda persona que pueda tener dudas sobre el hecho de sí somos o no cristianos llegue a esta misma comprensión.

Amamos al Señor Jesucristo. Él es el Mesías, nuestro Salvador y Redentor. Su nombre es el único por el cual podemos ser salvos (véase Mosíah 3:17. 5:8; D. y C. 18:23). Procuramos servirlo: pertenecemos a su Iglesia. La lglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días. Nuestros misioneros y miembros testifican de Jesucristo en muchas naciones del mundo. Como escribió el profeta Nefi. y sus palabras se encuentran en el Libro de Mormón, ”hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a que fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:26).

Conforme a lo que declara el primer Articulo de Fe, ‘creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”. Dios el Padre, el gran Elohim, el Dios Todopoderoso, es el Padre de nuestros espíritus, el arquitecto del cielo y de la tierra y el autor del plan para nuestra salvación (véase Moisés 1:31-33, 4:12; D. y C. 20:17-19). Jesucristo es su Hijo Unigénito, Jehová, el Santo y el Dios de Israel, el Mesías, el Dios de toda la tierra” (3 Nefi 1 1:1 4). Como declara el Libro de Mormón, ‘la salvación fue, y es, y ha de venir en y por medio de la sangre expiatoria de Cristo, el Señor Omnipotente” (Mosíah 3:18; véase también Moisés 6:52, 59). Las Escrituras proclaman y nosotros afirmamos reverentemente que Jesucristo es la luz y la vida del mundo.

¿Qué importancia tiene para los Santos de los Ultimos Días este conocimiento? (Nos denominamos “santos” porque ese es el termino que emplean las Escrituras para los que buscan santificarse entrando en convenios de seguir a Cristo.)

Nuestro Salvador es la luz del mundo. Debemos vivir de tal modo que su espíritu pueda iluminarnos y podamos oír y prestar atención a la confirmación del Espíritu Santo, que testifica del padre y del Hijo (véase D. y C. 20:26). Debemos estudiar los principios del evangelio y recibir sus ordenanzas. Debemos obedecer los mandamientos, incluso los dos más grandes de amar a Dios y de amar y servir al prójimo (véase Mateo 22: 36-40). Debemos ser fieles a los convenios que hemos hecho en el nombre de Jesucristo.

Nuestro Salvador también es la vida del mundo. Debemos agradecer segur de su inmoralidad. Debemos recibir  las ordenanzas y guardar los convenios  que se nos requieren para recibir su don condicional de la vida eterna, el más grande de todos los dones de Dios (D. y C. 14:7).

En resumen, los Santos de los Últimos Días se instan mutuamente e instan a hombres y mujeres de todas partes a “venir a Cristo”. Según nos lo dice un profeta en el Libro de Mormón:

“Quisiera que vinieseis a Cristo, el cual es el Santo de Israel, y participaseis de su salvación y del poder de su redención. Sí, venid a él y ofrecedle vuestras almas enteras como ofrenda, y perseverad hasta el fin; y vive el Señor  que seréis salvos” (Omni 26)

Que Dios  nos bendiga a todos para que podamos venir a Cristo. Testifico que Él es nuestro Salvador y Redentor, la luz y la vida del mundo.

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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