La reverencia y la moralidad

Conferencia General Abril 1987

La reverencia y la moralidad

Gordon B. Hinckley

presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

“Probad vuestra fortaleza, demostrad vuestra independencia diciendo ‘no’ cuando vuestros compañeros os tienten.  Vuestra fortaleza hará fuertes a los débiles.  Vuestro ejemplo dará valor a otros.”


El presidente Benson y las demás Autoridades me han pedido que hable de dos o tres asuntos que nos conciernen a todos.

El primero es la reverencia en las reuniones, en particular, la reunión sacramental.  Este es un asunto que debe preocupar a todos los poseedores del sacerdocio, tanto Aarónico como de Melquisedec, al igual que a todos los miembros de la Iglesia.

¿Por qué vamos a la reunión sacramental?  Vamos, por supuesto, para renovar nuestros convenios al participar de la Santa Cena.  Esta es la parte más importante de esta reunión.  También vamos a que se nos enseñe, a meditar sobre las cosas de Dios a adorar al Señor en espíritu y en verdad.  Vamos por el mandamiento que el Señor nos dio en una revelación:

“Ofrecerás un sacrificio al Señor tu Dios en justicia, sí, el de un corazón quebrantado y un espíritu contrito.
“Y para que más íntegramente puedas conservarte sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo;
“porque, en verdad, éste es un día que se te ha señalado para descansar de tus obras y rendir tus devociones al Altísimo.” (D. y C. 59:8-10.)

Cada uno de nosotros necesita detener la vida agitada que vivimos y hacer una pausa para reflexionar sobre lo qué es divino y sagrado.  Recuerdo que, cuando era misionero en Londres, Inglaterra, hace más de cincuenta años, teníamos nuestras reuniones en la casa municipal de Battersea, un local que alquilábamos.  Los pisos no estaban alfombrados y nos sentábamos en sillas.  Cada vez que alguien se movía, la silla rechinaba, pero eso no era lo peor; mucho peor, era el charloteo de los miembros de la rama.

Una vez invitamos a una familia que habíamos conocido mientras folleteábamos.  Con grandes esperanzas los misioneros; los esperamos en la puerta para saludarlos. En el  salón se oía el usual  ruido de los miembros conversando amigablemente unos con otros.  Cuando la familia entró, reverentemente se acercaron a una sillas, se arrodillaron un momento y cerraron los ojos, para orar.  Después se sentaron en actitud de reverencia, entre semejante conmoción.

Francamente, yo me sentí avergonzado.  Habían ido a lo que ellos consideraban un servicio de adoración y se comportaron de acuerdo con lo que esperaban que fuera.

Al final de la reunión se marcharon en silencio, y cuando volvimos a verlos nos hablaron de lo desilusionados que estaban por lo que habían experimentado.  Nunca lo olvidaré.

Os exhorto, hermanos del sacerdocio, dondequiera que estéis, y en particular a vosotros que sois miembros de obispados, a esforzaros diligentemente por cultivar un espíritu de adoración más bello en nuestras reuniones sacramentales, y una actitud de mayor reverencia en general en nuestros edificios.

Estoy agradecido de que ahora tengamos pasillos alfombrados en la mayoría de las capillas, y en muchos de los edificios nuevos, alfombra en todo el piso; además se usan bancos fijos en lugar de sillas plegadizas.  Al planear, renovar y mantener nuestros edificios, siempre debemos tener presente la importancia de esos aspectos físicos que contribuyen a un espíritu y de adoración.

La música, por supuesto, es muy importante.  La mayoría de nuestros edificios tienen órganos que, cuando se tocan en forma apropiada, contribuyen al ambiente de adoración en la reunión.  El canto de los himnos y de los maravillosos oratorias sagradas cantados por los coros embellecen el espíritu de la reunión.

El trato social es un aspecto importante de nuestro programa como Iglesia.  Fomentamos el cultivo de amistades y de conversaciones amigables entre los miembros.  Sin embargo, éstas deben efectuarse en el vestíbulo y cuando entremos en la capilla debemos comprender que nos encontramos en un recinto sagrado.  Todos estamos familiarizados con el relato en Exodo de la aparición de Jehová a Moisés en la zarza ardiente.  Cuando el Señor lo llamó, Moisés le respondió: “Heme aquí”.

Y el Señor dijo: “No te acerques; quita tu calzado de tus pies, porque el lugar en que tú estás, tierra santa es” (Exodo 3:4-5).

Nosotros no les pedimos a los miembros que se quiten los zapatos al entrar en la capilla, pero todos los que entran en la casa del Señor deben tener la impresión de que están caminando en tierra santa y que deben comportarse como es debido.

El ejemplo de los que estén en el estrado contribuirá mucho para crear un ambiente apropiado.  Si se prepara con anticipación y se tiene una breve reunión de oración antes de la reunión, será rara la ocasión en que los que están en el estrado tengan que hablar entre sí durante la reunión.

A los jóvenes del Sacerdocio Aarónico se les debe enseñar que la Santa Cena que administran es sagrada ante el Señor.  Se les debe instruir y alentar para que digan las oraciones con claridad y con un espíritu de comunión con nuestro Padre Celestial.  El presbítero en la mesa sacramental pone a toda la congregación bajo un convenio sagrado.  La enunciación de la oración no es un rito que se expresa a la ligera; es en cambio la expresión de un deber y una promesa.  A los presbíteros que ofician en el sacramento de la Santa Cena se les debe enseñar tanto la limpieza de las manos como la pureza del corazón.

Al final de la Santa Cena es común ver a los presbíteros, e incluso a los diáconos, levantarse de sus asientos y dispersarse por toda la capilla.

Tal vez el banco en que se sientan no sea cómodo; en ese caso, tal vez se les pueda reservar un lugar en la primera fila, la que podrían ocupar en silencio después del servicio de la Santa Cena.

Pero lo más importante de todo es el entrenamiento de nuestros miembros, y en particular los niños y jóvenes, en la importancia de la reverencia en la capilla.

Quisiera que todos los padres de la Iglesia se encargaran de hablar de este punto con su familia en la próxima noche de hogar y, ocasionalmente, en el futuro.  El tema que podrían analizar quizás fuese parecido al siguiente: “Lo que cada uno de nosotros puede hacer para mejorar el espíritu de nuestras reuniones sacramentales”.  Muchas cosas buenas sucederán si lo hacen.

Con el programa dominical integrado, tres horas es mucho tiempo para que los niñitos permanezcan sentados en las reuniones; es mucho tiempo también para las madres que tienen a sus hijos pequeños con ellas.  Pero, enseñándoles con paciencia y considerando cuidadosamente todos los elementos de la situación, se pueden hacer muchas mejoras.  Las madres con niños pequeños podrían sentarse cerca del pasillo para que, si fuera necesario, puedan salir en silencio de la capilla para atender a sus hijos.

Jehová dijo al antiguo Israel: “Mis días de reposo guardaréis, y mi santuario tendréis en reverencia” (Levítico 19:30; cursiva agregada).

Hermanos, os pedimos que habléis de este asunto tan importante en vuestros hogares, y que vosotros, los líderes, lo habléis en vuestras reuniones de planeamiento.  Es mucha la mejoría que se necesita en este aspecto, y con un poco de esfuerzo se puede lograr.  Al aumentar la reverencia, todos se beneficiarán.  Dejo este asunto, en vuestras manos.

Ahora quisiera hablaros de un asunto muy delicado.  Estaba ante la duda de si debía mencionar este tema en la reunión de liderazgo de anoche o si sería mejor hacerlo en esta reunión general del sacerdocio; y después de mucha consideración, decidí que este tema preocupa a tantas personas y el conocimiento al respecto está tan divulgado, aun entre los niños y niñas de la edad de los diáconos, que sería apropiado tratarlo aquí.  Lo hago siendo sensible a la naturaleza del tema.

Hay una plaga muy grande diseminándose por el mundo; los funcionarios de salud pública están muy preocupados, y todos deberíamos estarlo.

La autoridad máxima de Estados Unidos en salud pública pronosticó que 170.000 personas morirían de SIDA en este país en los próximos cuatro años.  La situación es aún más seria en otras partes del mundo.

SIDA es una enfermedad casi siempre mortal transmitida principalmente por el contacto sexual y secundariamente por el abuso de las drogas.  Desgraciadamente, como en cualquier epidemia, personas inocentes también llegan a ser víctimas de la enfermedad.

Nosotros, al igual que muchos, esperamos que los descubrimientos médicos hagan posible tanto la prevención como la cura de esta terrible enfermedad.  Pero así se cumpla o no este deseo, la observancia de una regla claramente definida y divinamente otorgada podría hacer más en favor de controlar esta epidemia que cualquier otra cosa.  Me refiero a la castidad antes del matrimonio y a la completa fidelidad conyugal.

A través de las edades, los profetas de Dios han enseñado una y otra vez que las relaciones homosexuales, la fornicación y el adulterio son pecados muy graves.  Las relaciones sexuales fuera del matrimonio están prohibidas por el Señor.  Nosotros reafirmamos estas enseñanzas.  Al hombre se le ha dado el libre albedrío para escoger entre el bien y el mal.  El profeta Lehi le dijo a Jacob: “Así pues, los hombres son libres según la carne; y les son dadas todas las cosas que para ellos son propias.  Y son libres para escoger la libertad y la vida eterna, por motivo de la gran mediación para todos los hombres, o escoger la cautividad y la muerte, según la cautividad y el poder del diablo; pues lo que él busca es que todos los hombres sean miserables como él” (2 Nefi 2:27).

Repito, cada uno tiene el derecho de escoger entre lo bueno y lo malo, pero no importa la decisión, inevitablemente seguirán las consecuencias.  Los que eligen quebrantar los mandamientos de Dios corren grandes peligros tanto espirituales como físicos.  El apóstol Pablo declaró: “La paga del pecado es la muerte” (Romanos 6:23).

Jacob enseñó: “Tened presente que ser de ánimo carnal es muerte, y ser de ánimo espiritual es vida eterna” (2 Nefi 9:39).

Jesús nos dio el mandamiento de controlar nuestros pensamientos así como nuestras acciones, diciendo: “Cualquiera que mira a una mujer para codiciara, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:28).

Existe un principio sobre la responsabilidad personal en lo que respecta al comportamiento humano.  El profeta Alma declaró:

“Porque nuestras palabras nos condenarán, sí, todas nuestras obras nos condenarán; no nos hallaremos sin mancha, y nuestros pensamientos también nos condenarán.  Y en esta terrible condición no nos atreveremos a mirar a nuestro Dios…
“Mas esto no puede ser; tendremos que ir y presentamos ante él en su gloria, y en su fuerza, en su poder, majestad y dominio, y reconocer, para nuestra eterna vergüenza, que todos sus juicios son rectos.” (Alma 12:14-15.)

El control mental debe ser más fuerte que los apetitos físicos o los deseos de la carne.  Cuando los pensamientos se pongan en completa armonía con las verdades reveladas, nuestras acciones serán apropiadas.

El antiguo proverbio sigue siendo tan válido ahora como cuando se pronunció por primera vez: “Cual es su pensamiento en su corazón, tal es él” (Proverbios 23:7).

Todos nosotros, con esfuerzo y disciplina, tenemos la capacidad de controlar nuestros pensamientos y nuestras acciones.  Esto es parte del proceso del desarrollo de la madurez espiritual, física y emocional.

Un profeta enseñó que “el hombre natural es enemigo de Dios . . . y lo será para siempre jamás, a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo, y se despoje del hombre natural, y se haga santo por la expiación de Cristo el Señor” (Mosíah 3:19).

Rogamos a la gente de todo el mundo que viva de acuerdo con las enseñanzas de nuestro Creador y venzan las atracciones de la carne que por lo general siempre resultan en las tragedias que ocasiona la transgresión moral.

El Señor ha proclamado que el matrimonio entre un hombre y una mujer es ordenado de Dios y tiene como fin ser una relación eterna ligada por la confianza y la fidelidad mutuas.  Los Santos de los Ultimos fas, más que nadie, deben casarse con este sagrado objetivo en mente.  El matrimonio no debe considerarse como un paso terapéutico para resolver problemas como las inclinaciones o prácticas homosexuales, las cuales primeramente deben solucionarse y vencerse, tomando la decisión firme e inquebrantable de nunca más volver a semejantes prácticas.

Ahora quisiera recalcar que nuestra preocupación por el fruto amargo del pecado va acompañada de mucha compasión por sus víctimas, tanto inocentes como culpables.  Defendemos el ejemplo del Señor, quien condenó el pecado pero amó al pecador.  Debemos acercamos con bondad y consuelo a los afligidos, atendiendo a sus necesidades y ayudándolos con sus problemas.  Reitero, sin embargo, que el único camino seguro y que lleva a la felicidad es la abstinencia antes del casamiento y la fidelidad después de éste.  El Señor declaró en esta dispensación: “Deja que la virtud engalane tus pensamientos incesantemente”; a lo que sigue una gran promesa: “entonces tu confianza se hará fuerte en la presencia de Dios . . .

“El Espíritu Santo será tu compañero constante, y tu cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y tu dominio será un dominio eterno.” (D. y C. 121:45-46.)

Ahora, en conclusión, quisiera hablaros de un tema relacionado con éste, o sea, el de la experimentación sexual, práctica que se está diseminando también como una plaga por todo el mundo.

Hay una opinión bastante generalizada que dice que la educación sexual en las escuelas públicas es la solución para los enormes problemas de las adolescentes embarazadas, los abortos y otros asuntos graves.

No quiero discutir en esta reunión las ventajas o desventajas de la educación sexual en las escuelas.  Pero de paso os diré que tiendo a creer lo que se publicó recientemente en el periódico USA Today: “Más educación sexual en las escuelas públicas no remediará el daño ocasionado por la revolución sexual, a menos que se enseñen claramente la castidad antes del matrimonio y la monogamia dentro de él”.

El autor continúa: “Los cursos de educación sexual tienen muchos defectos.  Por lo general tratan de ridiculizar la castidad y la fidelidad, y de hacer parecer atractivo el ‘amor libre’.  Enseñan que no hay tal cosa como lo bueno y lo malo …

“Treinta años de proclamar la liberación sexual han acarreado el desenfreno de las enfermedades y el aumento de los embarazos de jovencitas . . .

“La mayor parte de la educación sexual que se imparte en las escuelas públicas desarma moralmente a los alumnos en vez de proveerles la sensibilidad necesaria para ayudarles a escoger lo correcto en cuanto al sexo . . .

“La educación sexual se opone a la modestia y la moral propias de la vida humana.”

(Tottie Ellis, Teaching about sex endangers children, USA Today, 16 de marzo de 1987, pág. 12A.)

Todos tenemos ese sentimiento de modestia y moralidad a la que se refiere el autor.  A los jóvenes que estáis aquí esta noche, quisiera decir que el Señor ha dicho claramente, y la experiencia de siglos lo ha confirmado, que la felicidad no se encuentra en la inmoralidad, sino en la abstinencia.  La voz de la Iglesia a la que pertenecéis suplica que se practique la virtud, es una voz que ruega por fortaleza para abstenerse de la maldad; es una voz que declara que la transgresión sexual es pecado; es contraria a la voluntad de Dios; es contraria a las enseñanzas de la Iglesia, y es contraria a la felicidad y el bienestar de los que la cometen.

Tenéis que reconocer, debéis reconocer que tanto la experiencia como la sabiduría divina catalogan la virtud y la pureza moral como la senda que lleva a la fortaleza de carácter y a la paz y felicidad de esta vida.  Will y Ariel Durrant, que escribieron once tomos grandes sobre historia, la que cubre miles de años, declararon: “Un joven con la sangre burbujeante de hormonas se preguntará por qué no debe dar rienda suelta a sus deseos sexuales; y si las costumbres, la moral o las leyes no se lo impiden, arruinará su vida antes de madurar lo suficiente para comprender que los impulsos sexuales son un río de fuego que debe contenerse y enfriarse con cientos de refrenamientos a no ser que consuma en caos tanto al individuo como al grupo” (The Lessons of History, Nueva York: Simon and Schuster, 1968, págs. 35-36).

Mis queridos jóvenes hermanos, el Señor ha sido bueno con vosotros.  Os ha permitido nacer en esta época, la más grande en la historia del mundo. Os ha hecho herederos de Su glorioso evangelio, restaurado a la tierra para vuestra bendición.  Ninguna otra generación ha sido la beneficiaria de tanto conocimiento, tanta experiencia, ni tanta abundancia y oportunidades.

Por vuestro propio bien, por vuestra felicidad ahora y en todos los años venideros, por la felicidad de las generaciones que os seguirán, evitad la transgresión sexual como a una plaga.

Probad vuestra fortaleza, demostrad vuestra independencia diciendo “no” cuando vuestros compañeros os tienten.  Vuestra fortaleza hará fuertes a los débiles. Vuestro ejemplo dará valor a otros.

Dios os bendiga, mis queridos hermanos de noble linaje y de la promesa.  Confiad en Dios para que viváis (véase Alma 37:47).  Lo ruego humildemente, al dejaros mi amor y bendición, en el nombre de Jesucristo. Amén.


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