Padre, aumenta nuestra fe

Conferencia General Octubre 1987logo 4
Padre, aumenta nuestra fe
por el presidente Gordon B. Hinckley
Primer Consejero en la Primera Presidencia

Gordon B. Hinckley“De todas las cosas que necesitamos, considero que la más urgente es un aumento de nuestra fe. “

Yo también doy la bienvenida a todos los que se han congregado para esta gran conferencia, la cual en verdad se ha convertido en una conferencia mundial. Hoy nuestra voz llega no sólo a toda Norteamérica, sino que, en cuestión de segundos, alcanza también a algunos que están al otro lado de los mares. Miles de personas se han reunido esta mañana para escuchar la palabra del Señor. Os agradezco vuestra fe y buenos deseos, e imploro la guía del Espíritu Santo.

Voy a contaros algo que me sucedió junto con uno de nuestros Presidentes de Area. Nos encontrábamos en una nación en la cual según estabamos informados, no existía ningún miembro de la Iglesia entre los millones de sus habitantes.

Había en aquel lugar un hombre que conocía la lglesia y deseaba bautizarse. Por mucho tiempo había estudiado la Biblia y. aunque pertenecía a una iglesia cristiana, no se sentía satisfecho. Sentía que debía pertenecer a una iglesia que llevara el nombre del Salvador. En una biblioteca publica del lugar encontró un día anotado en una vieja enciclopedia el nombre de La lglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, cuya sede, se indicaba, quedaba en Salt Lake City. Utah (EE.UU.). De esa forma, escribió pidiendo que se le enviara alguna información, y recibió varios folletos y libros sobre la lglesia a medida que los solicitaba.

Cuando lo conocimos personalmente, nos enteramos de que había leído el Libro de Mormón una y otra vez. Había leído también Doctrina y Convenios y otras publicaciones de la lglesia. Con gran entusiasmo había comunicado a sus amigos el gozo de haber encontrado un gran tesoro. Este hombre pedía que se le bautizara.

Al entrevistarnos con él, nos hablo del sacerdocio y de sus ordenes y oficios. Ya conocía las distintas ordenanzas y los procedimientos de nuestras reuniones.

¿Creía el que el Libro de Mormón era la palabra de Dios? ¡Claro que sí!, sabía que era verdadero; lo había leído, había orado y meditado acerca de él, y no tenia duda alguna de su veracidad.

¿Creía el que José Smith había sido un profeta de Dios? ¡Sin ninguna duda! Porque también había estudiado y orado al respecto. Tenia toda la certeza de la veracidad de la gloriosa visión en la que Dios el Eterno Padre y Su Hijo Amado, el Señor resucitado, se le habían aparecido al joven José para establecer una nueva y última dispensación del evangelio verdadero.

Se había restaurado el sacerdocio, con todos sus dones y poderes; eso él lo sabia. Nuestro buen amigo quería que se le bautizara y esperaba recibir el sacerdocio para enseñar y actuar con la debida autoridad.

”Pero”, le dijimos, “si lo bautizamos y luego nos vamos, usted se quedara solo. Aunque haya muchos cristianos en su país y exista la libertad de credo, la ley impone muchas restricciones a los extranjeros. No habrá nadie que lo instruya ni le ayude. No habrá nadie que le apoye.”

Pero él respondió: “Dios me instruirá y me ayudara, y Él será mi amigo y apoyo”.

Al mirar a ese buen hombre a los ojos, vislumbre en ellos la luz de la fe. Y así lo bautizamos con la autoridad del santo sacerdocio. Lo confirmamos miembro de la Iglesia y le conferimos el Espíritu Santo. Bautizamos también a su esposa, y a él lo ordenamos al oficio de presbítero en el Sacerdocio de Aarón, para que pudiera con su esposa participar de la Santa Cena con la debida autoridad.

Realizamos una reunión sacramental y de testimonios con ellos; nos abrazamos para despedirnos, con los ojos llenos de lagrimas, y ellos se fueron de regreso a su tierra, y nosotros a cumplir con otras responsabilidades en otras naciones.

Nunca olvidare a ese hombre, que aunque carecía de bienes materiales, era una persona educada y era maestro de profesión. Aunque no sé mucho sobre su vida, lo que sí sé positivamente es que cuando hablábamos con él, la llama de la fe ardía en su pecho, y con ello también avivaba nuestra fe.

Al continuar con nuestro viaje y disponer de algunos momentos para meditar, desee tanto que existieran mas personas que poseyeran una fe como la de él, tanto entre nosotros como en otros lugares. Su ejemplo me sugiere un texto para hoy. En el quinto versículo del capitulo 17 de Lucas dice que, habiendo estado el Señor enseñando a sus discípulos por medio de preceptos y parábolas, le ”dijeron los apóstoles. . . Auméntanos la fe”. (Lucas 17:5; cursiva agregada.) y esta es mi misma suplica con respecto a nosotros: “Señor, auméntanos la fe”.

Que aumente Dios nuestra fe para superar nuestros temores y dudas. Muchos de vosotros estaréis enterados de que en los últimos cuatro o cinco años hemos pasado por un episodio muy interesante en la historia de la Iglesia. Llegaron a nuestras manos dos cartas que, al anunciar que las teníamos, fueron objeto de sensación y critica en la prensa, radio y televisión. Se difundieron en muchas partes del mundo como documentos que pondrían en tela de juicio la autenticidad de la Iglesia. Al darlas a conocer públicamente, nosotros declaramos que en verdad no tenían nada que ver con los principios fundamentales de nuestra historia. No obstante, algunas personas de poca fe, que siempre parecen estar prestas a dar oído a lo negativo, aceptaron como hechos las versiones y predicciones de los medios de comunicación. Hasta hubo un miembro que pidió que se borrara su nombre de los registros de la Iglesia porque no podía creer mas en una iglesia que estuviera involucrada en asuntos alusivos a salamandras.

A la fecha ustedes sabrán que el falsificador ha confesado que tanto esas cartas como otros documentos relacionados son falsos y forman parte de un macabro y descarriado plan que culminó en la muerte de dos personas.

Me pregunto que han pensado esas personas cuya fe se debilitó a causa de esto, desde que se enteraron de la confesión del estafador.

Y sin embargo, debo decir que la mayoría de los miembros de la Iglesia, con excepción de esos pocos, prestaron poca atención al asunto y continuaron adelante con su devoto servicio, cimentados en una fe inquebrantable en el conocimiento que viene por el poder del Espíritu Santo. Ellos eran y siguen siendo firmes en su convicción de que Dios vela por esta obra, de que Jesucristo es la cabeza de la Iglesia, de que esta es verdadera, y de que la felicidad y el crecimiento vienen del cumplimiento de sus preceptos y enseñanzas.

A raíz de ese triste episodio, hoy ha surgido un nuevo fenómeno. Se trata de la supuesta ”nueva historia” de la Iglesia, comparada con la “vieja historia” de ella. Representa, entre otras cosas, un esfuerzo antagónico por indagar la existencia del más mínimo elemento de magia popular y misterio en el medio en que se desenvolvió José Smith, para explicar lo que hizo y por que razón lo hizo.

No cabe duda de que si se practicaba la magia popular en esos días. Es indiscutible que existían las supersticiones y los supersticiosos. Supongo que también hubo algo de esto en los días en que vivió el Salvador en la tierra. Existe aun en este supuesto siglo de las luces. Por ejemplo, en algunos hoteles y edificios comerciales se anula el número 13. ¿Indica eso que hay algo malo con el edificio’? Por supuesto que no. ¿O con los que lo construyeron? ¡No!

De la misma manera, el hecho de que hubiera supersticiones entre la gente de los días de José Smith no significa en modo alguno que la Iglesia procediera de tales supersticiones.

José Smith mismo escribió y dictó su historia. Fue su testimonio de lo que ocurrió, y él selló ese testimonio con su propia vida. Hoy esta escrito en lenguaje puro, claro e inconfundible. Él tradujo el Libro de Mormón basado en un registro antiguo, por el don y el poder de Dios. Existe para que todos lo vean, lo examinen y lo lean. Los que ya lo han leído con fe y han orado acerca de él han obtenido la certeza de que es verdadero. Los esfuerzos actuales del enemigo por tratar de encontrar alguna explicación diferente para la organización de la lglesia, el origen del Libro de Mormón y el sacerdocio, con sus llaves y poderes, son similares a los de otras oleadas en contra de la Iglesia que, así como han surgido repentinamente y se han hecho populares, han desaparecido de la misma manera. ¡La verdad siempre prevalecerá! El conocimiento de esa verdad viene por medio del esfuerzo y del estudio, efectivamente, pero primordialmente se concede como un don de Dios a aquellos que lo buscan con fe.

La súplica que constantemente hago al Señor por toda la Iglesia, es esta: Señor, aumenta nuestra fe para no hacer caso de los difamadores de tu grande y santa obra. Fortifica nuestra fuerza de voluntad. Ayúdanos a edificar y agrandar tu reino, de acuerdo con tus sublimes mandatos, para que este evangelio se predique en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones.

Yo he visto las’ respuestas a esa oración; he visto el milagro de la expansión de esta causa y del reino, y testifico de ello.

En 1960. hace apenas veintisiete años, la Primera Presidencia me asigno trabajar con los presidentes de misión, los misioneros y los santos de Asia. La Iglesia en ese entonces era pequeña y no muy fuerte en esa región de la tierra. Ya en Japón. Taiwan y Corea, fieles miembros de la Iglesia que se encontraban en el servicio militar habían plantado la semilla, pero eran pocos los conversos y la Iglesia se encontraba en una condición inestable. No había capillas, sino que nos reuníamos grupos pequeños en casas alquiladas. En el invierno resultaban muy frías e incomodas y aun así se unieron más conversos a la Iglesia. Algunos, carecientes de fe, pronto se alejaron, pero quedo un remanente de hombres y mujeres fuertes y magníficos que pasaron por alto la adversidad del momento. Habían encontrado su fuente de fortaleza en el mensaje mismo, y no en las casas donde nos reuníamos. Hasta el día de hoy, ellos siguen siendo fieles, y a ellos se han agregado otros cientos y miles.

Hace unos domingos. Tuvimos una conferencia regional en Tokio. El inmenso salón se lleno totalmente. Había tantas personas en esa ocasión como las hay en el Tabernáculo de Salt Lake City esta mañana. El Espíritu del Señor estaba presente. La vasta congregación demostraba una actitud de gran fe. Para mí, que había estado allí cuando éramos pocos y no muy fuertes en la fe, fue un milagro presenciar el cambio, y por ello le doy gracias al Señor.

Tuvimos una experiencia similar en Hong Kong, en donde hoy hay cuatro estacas de Sión.

En Seúl. Corea, me conmoví al entrar en el sitio de reunión más grande de esa ciudad y ver que no había una silla vacía, pues estaba lleno de miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días y de sus invitados. Un excelente coro de 320 voces dio inicio a la reunión con el himno ”Oración del Profeta” (Himnos de Sión,  149), como una emocionante expresión de la primera visión del profeta José Smith.

Yo había visto a Corea del Sur en sus días de pobreza y de reconstrucción posterior a la terrible guerra. Cuando fui por primera vez allí, solamente había seis misioneros en Seúl y dos en Pusan. Algunos se enfermaron de hepatitis. Hoy día hay cuatro florecientes misiones en esa nación y aproximadamente seiscientos misioneros.

Muchos de los misioneros son originarios de Corea, entre quienes hay jovencitas brillantes y hermosas en cuyo corazón arde la luz de la fe. Asimismo hay jóvenes varones que abandonan sus estudios por un periodo de tiempo para servir como misioneros. Aunque sufren tremendas presiones debido a los requerimientos militares y exigencias educativas, poseen una gran fe.

Cuando fui por primera vez a Corea del Sur, había únicamente dos o tres ramas pequeñas de la Iglesia. Hoy cuentan con 150 unidades locales, entre ellas barrios y ramas. En aquel tiempo se trataba de un distrito aislado y pequeño de la Misión Norte del Lejano Oriente, en donde no había ninguna capilla. Hoy hay 14 estacas y 47 capillas propias, y 52 arrendadas, al igual que otras en construcción.

Hace tres semanas, el espíritu que se sentía en esa congregación conmovió profundamente mi corazón. Vi los dulces frutos de la fe. Yo sabia de las penas y luchas que habían pasado para establecer una iglesia desconocida. Conocía su pobreza de entonces. Pero hoy hay fuerza; hay un grado de prosperidad jamas imaginado. Existe un cálido espíritu de hermandad, y familias de devotos esposos y esposas, con dignos y hermosos hijos.

Son gente que amo, y los amo a causa de su fe. Son inteligentes y muy educados. Son industriosos y prósperos trabajadores. Son humildes y fervorosos. Son un ejemplo para muchos del resto del mundo.

De nuevo repito, como los Apóstoles de Jesús: ”Señor: auméntanos la fe”. Danos fe para visualizar en los problemas de hoy los milagros del mañana. Danos fe para pagar nuestros diezmos y ofrendas y para confiar en que tu, el Todopoderoso, abrirás las ventanas de los cielos, tal y como lo has prometido. Danos fe para hacer lo correcto, cueste lo que cueste.

Danos fe cuando nos sacudan las tormentas de adversidad y nos boten al suelo. En las enfermedades permite que confiemos grandemente en los poderes del sacerdocio. Que sigamos el consejo de Santiago:

“¿Esta alguno enfermo entre vosotros’? Llame a los ancianos de la iglesia, y oren por él, ungiéndole con aceite en el nombre del Señor:

“Y la oración de fe salvara al enfermo, y el Señor lo levantara” (Santiago 5:14-15; cursiva agregada).

El que me este escuchando detenidamente sabrá que el presidente Howard W. Hunter es un ejemplo tácito de la eficacia de esa fe.

Padre, cuando andemos en valles de sombra de muerte, danos la fe para sonreír en medio del llanto, teniendo la confianza de que todo es parte de tu plan eterno, Padre amoroso. Que cuando atravesemos el umbral de esta vida, entremos en una más gloriosa, y que por la expiación de tu Hijo todos nos levantemos de la tumba y los que hayamos sido fieles recibamos exaltación.

Danos la fe para obrar por la redención de los muertos, para que tus eternos propósitos se cumplan en favor de tus hijos e hijas de todas las generaciones.

Padre, concédenos la fe para llevar a cabo esas cosas pequeñas que pueden resultar trascendentes. Nuestro Presidente, a quien sostenemos como profeta, nos ha dicho repetidamente, desde que se le dio tal responsabilidad, que leamos el otro magnifico testimonio del Señor Jesucristo: el Libro de Mormón. Miles de personas ya lo han hecho y han recibido bendiciones por ello. Ahora pueden testificar que dulces son las recompensas de una fe sencilla”.

Señor, aumenta nuestra confianza en los demás, en nosotros mismos y en nuestra capacidad de hacer cosas buenas y grandes.

Si hermanos míos, esta es mi oración.

En el libro de I Reyes hay una historia sencilla y conmovedora. Permitidme leeros algunas líneas:

‘ Entonces Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, dijo a Acab Vive Jehová Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que no habrá lluvia ni rocío en estos años, sino por mi palabra.

Y vino a él [Elías] palabra de Jehová. diciendo:

“Apártate de aquí. !y vuélvete al
oriente y escóndete en el arroyo
de Querit, que está frente al Jordán

“Beberás del arroyo; y yo he mandado
a los cuervos que le den allí de comer.
“Y él fue e hizo conforme a la palabra
de Jehová.” (l Reyes 17:1-5; cursiva agregada.)

Elías no protestó, no discutió, no buscó ninguna justificación; simplemente ”fue e hizo”.

Padre, auméntanos la fe. De todas las cosas que necesitamos, considero que la más urgente es un aumento de nuestra fe. Por ello, querido Padre, aumenta nuestra fe en ti y en tu Amado Hijo, en tu obra grande y eterna, en nosotros mismos como hijos tuyos y en nuestra capacidad de ir y hacer conforme a tu voluntad y mandamientos. Lo ruego humildemente, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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