Para tener gozo en la vida

Conferencia General Octubre 1987logo 4
Para tener gozo en la vida
por la hermana Barbara W. Winder
Presidenta General de la Sociedad de Socorro

Barbara W. Winder“El gozo no es solo felicidad, sino el sentimiento que se experimenta cuando el Espíritu Santo se manifiesta a nuestra alma.”

Hermanas, tengamos presente que todas nos hallamos en diversos grados de progreso, ya seamos casadas o solteras. Hemos sentido el poder consolador del Espíritu Santo durante esta reunión. ¡Sepan que las amamos y nos interesamos por ustedes!

¿Cuánto tiempo hace que no sienten un verdadero regocijo? En el gran concilio de los cielos, en nuestra existencia preterrenal, “se regocijaban todos los hijos de Dios” (Job 38:7). Nuestro Padre Celestial nos dio la oportunidad de nacer aquí y asumir las responsabilidades de la vida terrenal, la que si bien nos brindaría una ”plenitud de gozo” (Salmos 16:11) también suponía correr el riesgo de incurrir en la desobediencia, el pecado y la tristeza. Pero cuando nuestro Padre Celestial nos expuso su plan y comprendimos nuestro divino potencial de alcanzar la inmortalidad, todos ”nos regocijamos”.

Ahora que estamos aquí, ¿dudamos de lo que dijo el Señor de que “existen los hombres para que tengan gozo”? (2 Nefi 2:25.)

Vivimos en un periodo difícil de la historia del mundo. Satanás y sus fuerzas no descansan. Sus tentaciones son implacables y engañan a muchos, a veces aun a los escogidos; desea hacernos creer que las normas del evangelio como la virtud, la honradez, la moralidad, la cortesía, el esfuerzo y la pureza de mente y de cuerpo no tienen ya ninguna importancia. Reafirmo que los valores morales y eternos del Señor siguen en vigor. Las costumbres del mundo habrán cambiado, pero los mandamientos de nuestro Padre Celestial, que son para nuestro bienestar, siguen vigentes y el regocijo autentico sólo se experimenta cuando se hace Su voluntad.

¿Nos encontramos deseando que lo que la vida nos da en estos momentos pase pronto porque pensamos que seriamos más felices haciendo otra cosa? Puede que haya madres jóvenes que piensen que la vida seria más fácil y más cómoda si sus hijos ya fueran grandes y hubieran dejado la casa paterna; sin embargo, ahora es el tiempo oportuno para enseñarles los principios del evangelio.

Mi madre me enseñó que tenemos la obligación de dar, que los demás no tienen que mantenernos y que más regocijo se siente al dar que al recibir.

Cuando yo era niña, deseosa de tener una fiesta de cumpleaños, invite a todos mis amiguitos cuando todavía faltaba mucho para ese día, y pedí a cada uno que me llevara una moneda de diez centavos. Cuando mi madre se enteró de aquello, me reprendió inmediatamente, se sentó a mi lado y me explicó ampliamente por que lo que yo había hecho no era correcto. En seguida, me llevó a pedir disculpas a cada uno de los invitados. Fue una lección difícil, pero no la olvidare nunca.

Cuándo pensamos detenidamente en el plan eterno del Señor para con nosotros, ¿deseamos en verdad no tener adversidades, ni problemas, ni tener que luchar en la vida? Del plan, Dios dijo: “y con esto los probaremos, para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare” (Abraham 3:25).

El Libro de Mormón nos cuenta el hermoso ejemplo de los de un pueblo que, tras haber sufrido muchas tribulaciones, vivieron la notable experiencia de sentir regocijo eterno en esta vida mortal. El primer día en que el Salvador resucitado estuvo con los nefitas, les enseñó mucho de su evangelio. Al disponerse a partir, vio que ellos tenían gran fe en El y deseaban seguir escuchando sus palabras; entonces se llenó de compasión y se quedó un poco mas y atendió a las necesidades personales de ellos. Las Escrituras nos dicen que ”nadie puede conceptuar el gozo que llenó [sus] almas” (3 Nefi 17:1619). El Salvador ”les dijo: Benditos sois a causa de vuestra fe. Y ahora, he aquí, es completo mi gozo” (3 Nefi 17:20).

El gozo no es sólo felicidad, sino el sentimiento que se experimenta cuando el Espíritu Santo se manifiesta a nuestra alma.

¿Cómo podemos hacer nuestra vida propicia a la presencia del Espíritu Santo para que tengamos gozo? Así como una represa guarda agua para dar de beber a la tierra sedienta y henchirla, del mismo modo nosotras podemos tener una reserva le experiencias, conocimiento y anhelos para satisfacer nuestras necesidades espirituales. Para edificar esa reserva de rectitud y autosuficiencia espiritual, quisiera sugerirles los cuatro puntos siguientes; tenemos que:

  1. Adquirir una buena disposición de animo propicia a la compañía del Espíritu Santo.
  2. Aprender cuál es la voluntad del Señor con respecto a nosotras a fin de que conozcamos nuestro potencial divino.
  3. Comprender y aceptar el sacrificio expiatorio de nuestro Señor y arrepentirnos de nuestros pecados.
  4. Guardar sus mandamientos y tener la firme determinación de servirle.

Repasemos esos cuatro puntos:

Primero: El adquirir una buena disposición de ánimo propicia a la compañía del Espíritu Santo permite que por su poder se alimente nuestra alma, y florezca y de frutos.

El tener una actitud pesimista y negativa no realzara la calidad de nuestra vida. En cambio, la determinación de tener una buena disposición de animo nos llevara a disfrutar mas plenamente de la vida, tanto a nosotras mismas como a quienes nos rodean.

El élder Marvin J. Ashton dijo: “Con la ayuda de Dios, el buen animo nos permite elevarnos sobre la depresión y las circunstancias difíciles. . . es un rayo de sol en un cielo oscurecido por las nubes” (“Yo, el Señor, estoy con vosotros”, Liahona, jul. de 1986, pág. 59). Cada una de nosotras es responsable de su propia felicidad. Esforcémonos por cultivar ese espíritu de alegría en nuestros hogares y por que irradie en nuestro rostro doquiera que vayamos.

Hace años, cuando mi hijito de cuatro meses tuvo una operación, me sentía abandonada y sola en el hospital. Mientras esperaba, había allí otra madre, una mujer que me dio un gran consuelo. Me llevó a conocer a su hija de doce años que tenia leucemia. La niña era como su madre; con serenidad y buen animo, aceptaba su fatal enfermedad, La enferma estaba tejiendo paños para lavar la vajilla para sus enfermeras. Al verla tan  serena, pude dejar a un lado por un momento mis preocupaciones.

Unos días después, cuando mi hijito ya estaba en casa y se sentía mucho mejor, recibí una nota de aquella madre. La enfermedad había llevado a mi nueva amiguita de regreso a nuestro Padre Celestial; pero antes de morir, pidió a su madre que me enviara el pañito para lavar la vajilla que me había hecho.

¡Que bello ejemplo de ”buen ánimo” fueron ellas para mí aun en tan adversas circunstancias! Habían aprendido a aceptar lo que no se podía cambiar y recordaban las palabras del Salvador que dicen: ”Animaos, pues, y no temáis, porque yo, el Señor, estoy con vosotros y os amparare” (D. y C. 68:6). Y yo en esa ocasión recordé estas palabras de nuestro Salvador: “Quienes han soportado la cruz del mundo. . . heredaron el reino de Dios. . . y su gozo será completo para siempre” (2 Nefi 9:18).

Segundo punto: El aprender cual es la voluntad del Señor con respecto a nosotras nos ayuda a conocer nuestro potencial divino y a tener gozo en el alma.

Hermanas, ¡regocijémonos porque hoy en día hay un profeta de Dios en la tierra! Demos gracias por el poder del sacerdocio que nos dirige y apoya. Regocijémonos por el hecho de ser mujeres. Tanto el presidente Spencer W. Kimball como nuestro profeta actual, el presidente Ezra Taft Benson, nos han exhortado a comprender la naturaleza y el valor de nuestra función en el proceso divino de la maternidad y que, casadas o solteras, hagamos de nuestro hogar un lugar de amor y de aprendizaje, de refugio y de refinamiento. (Véase, presidente Ezra Taft Benson, “The Honored Place of Women”, Ensign, nov. de 1981, pág. 105.)

Indudablemente, aumentamos nuestra reserva espiritual al escuchar la voz de nuestro profeta, al leer las Santas Escrituras, ayunar, orar y aplicar a nuestra vida las enseñanzas que aprendemos, por medio de la confirmación que recibimos del Espíritu Santo, la voz apacible y delicada que nos habla paz a la mente (véase D. y C. 6:23).

Hay hermanas en la Iglesia que se sienten muy cómodas y conformes que otras hermanas se encarguen de enseñar, de prestar servicio, de cumplir con los llamamientos. Hermanas, es de suma importancia que cada una de nosotras este dispuesta a hacer lo que se le requiera. No, no escogemos lo que hemos de aceptar o no, tal como no escogemos que mandamientos hemos de obedecer.

El Señor dice: ”Cuídate del orgullo” (D. y C. 25:14), “eleva tu corazón y regocíjate, y no te apartes de los convenios que has hecho” (D. y C. 25:13). Se nos ha exhortado a “llevar las cargas de unos y otros para que sean ligeras. . . consolar a los que necesitan de consuelo, y ser testigos de Dios a todo tiempo” (Mosíah 18:8-9). Puede ser que esto sea difícil de llevar a la practica por motivo de las voces del mundo que nos instan a no hacerlo. Mantengámonos cerca del Señor; desarrollemos nuestro potencial divino, usando nuestros dones y talentos como Él lo ha mandado.

Regocijémonos al trabajar junto con los poseedores del sacerdocio, asumiendo cada cual sus responsabilidades y dando de sus talentos, para que todos seamos edificados.

Tercer punto: El comprender la bendición de la Expiación nos permite arrepentirnos y renovar nuestro convenio bautismal cada semana.

El gozo es saber que, por medio del sacrificio expiatorio de Cristo, recibiremos la remisión de nuestros pecados, como lo enseñó el rey Benjamin. Después de que los de su pueblo hubieron orado con mucha humildad, pidiendo el perdón de sus pecados, ”el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo la conciencia tranquila a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo” (Mosíah 4:3).

El élder James E. Talmage nos dice que el arrepentimiento “indica un pesar, que es según Dios, por el pecado: un pesar que efectuara una reforma en la manera de vivir, y comprende: (1) una convicción de [la propia] culpabilidad; (2) un deseo de verse libre de los efectos perjudiciales del pecado; (3) una determinación sincera de abandonar el pecado y hacer lo bueno” (Artículos de Fe, pág. 119). Supone la confesión de los pecados graves y la restitución correspondiente cuando haga falta y sea posible.

Punto cuatro: El guardar los mandamientos y tener la firme determinación de servir a nuestro Salvador nos brindara gozo indescriptible en esta vida y felicidad eterna en la venidera.

El rey Benjamin enseñó que no debemos tener deseos de injuriarnos unos a otros, sino de “vivir pacíficamente”, ni debemos permitir que nuestros ”hijos anden hambrientos o desnudos” ni consentir que “quebranten las leyes de Dios, ni que contiendan y riñan unos con otros” sino que tenemos que enseñarles a ”amarse mutuamente y a servirse el uno al otro”. Mas adelante, dijo: “No puedo deciros todas las cosas mediante las cuales podéis cometer pecado. . . Pero. . . [cuidaos] a vosotros mismos, y vuestros pensamientos, y vuestras palabras y vuestras obras, y [observad] los mandamientos de Dios” (Mosíah 4:13-14, 29-30).

Nuestro Salvador dijo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado” (Juan 13:34). Ese gran amor le permitió vivir una vida de servicio aun hasta el punto de dar la vida por nosotros. El Señor desea que nos sirvamos unos a otros como Él lo ha hecho.

Una viuda ya anciana, que padecía de artritis, tras irse a vivir con su hija, se encerró en su propio mundo de dolores. Su condición era tal, que siempre había que ayudarle a subir y bajar los peldaños de la entrada de la casa.

Con el deseo de que su madre tuviera algo de satisfacción en la vida, cierto día la hija le sugirió que leyera libros a una vecina que era ciega. De mala gana, la viuda aceptó.

Quejándose un poco por el esfuerzo que tenia que hacer, permitió a la hija que le ayudara a bajar los peldaños, después de lo cual se fue cojeando calle abajo en dirección a su piadosa visita.

Pasó una hora; luego, dos; por fin, la vieron llegar muy contenta de regreso a casa y, ante el asombro de todos, subió los peldaños de la entrada y entró en la casa sin ayuda de nadie.

Al entrar, dijo a su hija: ”Creo que la lectura le hizo mucho bien a la vecina”.

El Salvador nos exhorto a dar a conocer su evangelio para que todos lleguen a Él. Cumplimos con ello al preparar nuestros hogares de modo que sean “centros de capacitación misional” tanto para nuestros hijos como para nosotras mismas.

También podemos tomar parte en la gran obra misional al tender una mano a los que se han alejado del redil. Si bien esto requiere paciencia y constancia, ¡cuán grande no será nuestro gozo al llevar a esos hermanos nuestros de regreso al Salvador! (Véanse Alma 31:35; D. y C. 18:15-16.)

Una de nuestras hermanas escribió lo siguiente: “Después de vivir con los vicios del alcohol, las drogas, mas la decepción de dos divorcios, y encontrándome sumida en la obscuridad espiritual y con dos hijos pequeños por quienes velar, cierto día un par de ‘ángeles misericordiosos’ llegaron una vez mas a mi casa. Todos los meses, yo había estado atisbando por la ventana cuando las maestras visitantes se aproximaban a mi puerta y escondiéndome hasta que se iban; pero ellas nunca se daban por vencidas y por fin yo las atendí, de lo cual jamás me arrepentiré. Aprendí de ellas que el amor de Dios no cesa jamás”.

Esa hermana, que hoy ha vuelto a la Iglesia y ha recibido su investidura en el templo, disfruta ahora de gran felicidad y gozo.

Hermanas, preparemos nuestra reserva de fortaleza espiritual, la cual nos dará gozo. ¡Es el premio de Dios por vivir con rectitud!

Hacia el fin de su vida, tras años de sufrimientos que casi trascienden nuestra capacidad de comprensión, tras haber sido arrastrado por las calles, haber sido embreado y emplumado, después de que sus amigos se volvieron en contra de él, el profeta José Smith todavía pudo testificar y darnos ánimo al exclamar: “Ahora, ¿qué oímos en el evangelio que hemos recibido? ¡Una voz de alegría! Una voz de misericordia del cielo. . . una voz de alegría para los vivos y los muertos; buenas nuevas de gran gozo. . . ¡Regocíjense vuestros corazones y llenaos de alegría!.” (D. y C. 128:19, 22.)

Que nos regocijemos por causa de nuestra fe, si, por nuestro conocimiento de que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios Viviente; lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amen.

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