Seré feliz?

Conferencia General Abril 1987logo 4
¿Seré feliz?
élder James E. Faust
del Quórum de los Doce Apóstoles

James E. Faust«Por muy perturbado que este el hogar en nuestra sociedad, no podemos dejar de verlo como la escuela principal de valores morales; no hay otro lugar donde se puedan enseñar tan eficazmente.»

Al acercarnos a los minutos finales de esta conferencia, nuestras almas están apaciguadas y elevadas por los inspirativos mensajes de consejo y esperanza que hemos oído. Vengo a este púlpito humildemente, no para juzgar sino para enseñar y advertir.

Hace poco vi en la oficina de un presidente de estaca de Brisbane, Australia, la foto de una niñita con cara triste. Sobre la fotografía estaba escrito lo siguiente: ¿Seré feliz?» Supongo que todos podríamos preguntarnos: »¿Seré feliz’?» El Salvador mismo oró por todos sus discípulos: ‘ para que tengan . . . gozo cumplido en sí mismos» (Juan 17:13).

Deseo hablar de la esperanza de que los niños verán un futuro lleno de algo de felicidad y paz. No se nos puede dar un don más precioso que los niños; ellos son la prueba de que Dios todavía nos ama. Son la esperanza del futuro.

Con el mundo como esta, no puedo menos que preguntarme quien los amará bastante para ayudarles a ser felices. ¿Quién los amará bastante para enseñarles fe y valores morales? Ellos tienen que aprender mucho mas que a sobrevivir y complacerse. Es muy grande la necesidad de enseñanzas del corazón y del aspecto civilizador de la educación. ¿Dónde aprenderán virtud los niños’? ¿Quién se interesará en ellos bastante para moldear su carácter moral? ¿Cómo pueden aprender a ser humanitarios, bondadosos y felices, y a enriquecer su vida y la de los demás’?

Esta enseñanza de la generación venidera no es fácil en una sociedad de la que desaparecen muchas creencias fundamentales. Ideas letales en los medios de difusión ponen a prueba casi todo valor humano; una de sus fuerzas motivadoras es el exceso de libertinaje bajo el disfraz de libertad individual. Es casi imposible llegar a un acuerdo público en cuanto a los valores que se deben enseñar a la próxima generación. La gente esta en desacuerdo en casi todo. Las restricciones sociales se han debilitado.

Esto significa que tendremos que enseñar a nuestros hijos un estilo propio de vida y proveerles anclas morales en el mar de la autoindulgencia, el interés personal y el egoísmo en el que flotan.

¿Cómo se puede hacer retroceder esta marea de valores erróneos? ¿Puede hacerse algo para combatir estos problemas’? Quisiera sugerir tres maneras de aumentar la esperanza de que la próxima generación crezca con mayor posibilidad de encontrar felicidad perdurable.

Primero, los adultos deben entender y se debe enseñar a nuestros niños que las decisiones privadas no son privadas; todas tienen consecuencias publicas.

Hay una idea popular de que hacer nuestra voluntad, o aquello que nos complace, es asunto nuestro y no afecta a nadie mas que a nosotros. Los mortíferos males epidémicos de todo el mundo han proliferado gracias a esa idea popular, pero totalmente falsa

Toda conducta inmoral afecta directamente a la sociedad, incluso a los inocentes. El consumo de las drogas y el alcohol tiene consecuencias publicas, así como la ilegitimidad. La pornografía y la obscenidad. El costo público en vidas e impuestos por las así llamadas decisiones privadas es enorme: la pobreza, el crimen, una fuerza laboral más ignorante, y las exigencias en aumento para que el gobierno gaste en resolver problemas que no pueden resolverse con dinero. Sencillamente, no es verdad que nuestra conducta privada sea asunto nuestro: nuestra sociedad es la suma de lo que millones de individuos hacen en su vida privada. Esa suma de conductas privadas tiene consecuencias publicas de enorme magnitud. No hay decisiones que sean completamente privadas.

Segundo, los adultos y los niños deben saber que la moral publica y privada no esta pasada de moda. Tenemos que amar a nuestros niños bastante para enseñarles que las leyes, las normas y los programas públicos con una base moral y ética son necesarios para la preservación de una sociedad pacífica, productiva, compasiva y feliz. Sin las características de la integridad, la honestidad, la dedicación, la lealtad, el respeto a los demás, la fidelidad y la virtud, una sociedad libre y abierta no puede perdurar.

Recientemente, el élder Dallin H. Oaks respondió a los que dicen que no debemos legislar la moral, diciendo: Supongo que las personas que expresan ese conocido argumento creen que dicen algo profundo. En realidad, si hay lugar a discusión, es tan superficial que una persona educada debería avergonzarse de provocarla. El hecho de que gran proporción de todas las leyes tiene una base moral tendría que ser obvio para todo el que piense. Esto sucede con la ley de lo criminal, con casi todas las que gobiernan las relaciones familiares, con las que afectan las transacciones comerciales, con muchas de las concernientes a las propiedades, y con gran cantidad de otras» (»Gambling-Morally Wrong and Politically Unwise». Transcripción de un discurso en el colegio universitario Ricks el 6 de enero de 1987, pág. 20)

Hasta hace poco, la ética y la filosofía de la moral eran el cimiento de la educación más elevada, un patrimonio pasado de generación a generación. Esos valores son tan pertinentes hoy como en la época de Aristóteles, quien dijo:  «El hombre perfeccionado por la sociedad es el mejor de todos los animales; pero es el más terrible de todos cuando vive sin ley y sin justicia» (Politic, I.125 3a 31-34: traducción libre). Por lo tanto, es necesario hacer mucho mas hincapié en la moral publica y privada, en todas partes

La tercera y más importante manera de preparar a nuestros niños para tener una felicidad perdurable es fortalecer a la familia. Durante siglos la familia fue el cimiento de esta y muchas otras naciones. Era el pegamento que mantenía unida a la sociedad. Ahora muchas familias se desintegran y el pegamento se desvanece. Como resultado, muchos niños se hallan confusos: crecen físicamente, pero carecen del apoyo y la estructura moral y el amor y comprensión que una familia fuerte puede proveer.

Es en el hogar y con la familia que se adquieren usualmente los valores, se fomentan las tradiciones y se establecen la dedicación e interés por los demás. No hay substituto adecuado para ello. La Iglesia, la escuela y los programas del gobierno solo pueden reforzar y complementar lo que se recibe en el hogar.

Para fortalecer a la familia es necesario restaurar los principios morales de la sexualidad humana. El escritor Bryce Christensen escribió hace poco: »Los niños que han visto a sus padres tratarse con afecto y cortesía ya entienden mas sobre la comunicación entre los sexos de lo que jamas puedan aprender en cualquier clase de fisiología de la reproducción» (The Family in America, marzo de 1987, vol. 1, 1:3).

Por la palabra del Señor todo hombre y mujer debe practicar la castidad antes del matrimonio y la fidelidad después. »No cometerás adulterio, dijo el Señor (Exodo 20: 14), «ni harás ninguna cosa semejante» (D. y C. 59:6). El apóstol Pablo fue más explícito en su epístola a los corintios (I Corintios 6:9), así como lo fue Alma en El Libro de Mormón (Alma 39:1-13).

Otros estilos de vida, aparte del matrimonio legal y amoroso entre hombre y mujer contribuyen a destruir el cimiento de la sociedad, que es la familia, y no se pueden aceptar como correctos porque frustran el mandamiento de Dios de que haya una unión legal entre el hombre y la mujer para dar la vida (véase Génesis 1:28). Si todos los adultos los practicaran, significarían el fin de la familia.

Las Escrituras condenan clara y constantemente toda relación sexual fuera del matrimonio legal como moralmente errónea. ¿Y por que? Porque Dios lo ha dicho. Porque estamos hechos a Su imagen, varón y hembra (Génesis 1:27). Somos sus hijos espirituales (D. y C. 76:24) y estuvimos con Él en el principio (D. y C. 93:23). Llevar a cabo nuestra exaltación es Su obra y gloria (Moisés 1:39). Se nos manda ser los hijos de luz (D. y C. 106:5). Somos herederos de la vida eterna. El Espíritu da luz a cada hombre y mujer que viene al mundo (D. y C. 84:46).

¿Qué valores se pueden enseñar mas eficazmente en el hogar’? Por mandamiento, en esta Iglesia los padres deben enseñar a sus hijos la fe en Cristo, el arrepentimiento, el bautismo y el don del Espíritu Santo (D. y C. 68:25)  En el hogar, en la cálida seguridad del amor y la disciplina, aprendemos los valores que nunca cambian; aprendemos las diferencias entre lo bueno y lo malo, así como la autodisciplina, el autodominio, la responsabilidad personal, todos los fundamentos de un buen carácter, el interés por los demás y los buenos modales.

Los valores, tanto públicos como privados, no pueden durar mucho si no están regenerados y sostenidos por la creencia religiosa; necesitan una renovación continua. Es esencial que haya un despertar de la fe y la creencia en valores religiosos. La Iglesia fomenta las enseñanzas familiares y, a su vez, por medio de sus convenios y ordenanzas, une a la familia eterna. Nuestros templos son testimonios de nuestra fe en la familia eterna.

Algunos dicen que la familia no puede cambiar la situación porque hay muchos que no tienen familia; y es verdad que muchos no tienen una familia propiamente dicha. Otros dicen que muchas familias fracasan, y lamentablemente también eso es verdad. No obstante, con todos sus defectos, la familia es todavía, sin lugar a dudas, la unidad social más importante, la mejor respuesta a los problemas humanos en la historia de la humanidad. En vez de debilitar mas los lazos familiares, es necesario fortalecerlos. Para ayudar a los padres, la Iglesia tiene disponible el manual Guía para los padres. Sugiero a los padres preocupados que acepten toda la ayuda que puedan conseguir. ¿No podrían los abuelos, hermanos, tíos, primos y amigos reforzar con el ejemplo y el precepto su amor e interés por los miembros de la familia’?

Mi tía Angie ha hecho a mano 175 acolchados para sus hijos, nietos, sobrinos y otras personas. Son una obra de arte, pero, lo que es mas importante, son una obra de amor. Ella puede decir a uno de sus parientes al regalarle un acolchado: »Excepto al picarme con la aguja, cada puntada me hizo pensar en mi amor por ti».

La buena vida familiar no parece tener nada que ver con nuestra situación económica. Por todo el mundo hay pobres que tienen una familia buena y fuerte; ellos hacen lo mas que pueden por enseñar a sus hijos y ser buenos vecinos; son pobres en dinero pero ricos en valores. Los problemas familiares sobrevienen por igual a los ricos y los pobres.

La Conferencia de la Casa Blanca sobre la familia informó que «las buenas familias, ricas, pobres o medianas, dan aliento y apoyo a sus hijos, pero no les permiten excusas. Les enseñan carácter; insisten en el cumplimiento de normas; exigen respeto; requieren acción» (The White House Report on the Family, a report of the working group on family, nov. de 1986, pág. 32).

El informe continúa diciendo lo siguiente:

»Para la mayoría. . . a vida no es cuestión de batallas legislativas, decretos judiciales ni decisiones ejecutivas, sino un tapiz de manos dispuestas y buenos vecinos; de cuentos a la hora de dormir y oraciones juntos; de comidas preparadas con amor y equilibrio en el presupuesto familiar; de lágrimas que se secan y un precioso patrimonio que se deja: de ardua labor y un pequeño ahorro para el futuro. En una sociedad saludable, los héroes son los hombres, mujeres y niños que mantienen el mundo unido, hogar por hogar; los padres y abuelos que renuncian a los gustos propios, demoran compras, dejan de lado oportunidades y dedican la mayor parte de su vida a la empresa más noble: criar niños que, sobre los hombros de la generación anterior, puedan ver y alcanzar mas allá que nosotros» (págs.8-9).

Por muy perturbado que este el hogar en nuestra sociedad, no podemos dejar de verlo como la escuela principal de valores morales; no hay otro lugar donde se puedan enseñar tan eficazmente. Como Brigham Young aconsejó, debemos enseñar a los niños »por la fe en lugar del castigo, conduciéndolos bondadosamente por el buen ejemplo hacia toda verdad y santidad» (Journal of Discourses, 19:174)

Existe una profunda necesidad privada y publica de rescatar para los niños el consuelo de la fe y la identidad propia. Los productos de la opulencia, la tecnología y la ciencia no pueden satisfacer el hambre espiritual.

No hay nadie que, sin volverse a la palabra de nuestro Creador, sea bastante sabio para decidir que valores éticos, espirituales y morales se deben enseriar a la próxima generación, y a sus hijos, y a los hijos de sus hijos.

Pero hay motivo para la esperanza. Cada vez hay mas personas que parecen reconocer que las soluciones publicas no son tan eficaces como las familiares. Parece que se ha devuelto cierta autoridad al jefe de la familia. Pero lo más importante es que veo muchos adultos, la mayoría padres y abuelos, que son »locos por los niños». Si con esto podemos traer otra vez a nuestra vida y a nuestros hogares santas verdades espirituales y morales, podremos rescatar una parte de nuestro patrimonio que es sagrada y preciosa.

Alguien tiene que amar a los niños lo suficientemente para hacerlo. Y si se hace en todas partes, a los niños que preguntan »¿Seré feliz’!» podremos contestarles: »¡Por supuesto! Serás feliz; y más aun, si guardas los mandamientos y convenios de Dios, tendrás el gozo que el Salvador prometio cuando estuvo en la tierra. Tendrás ‘la paz en este mundo y la vida eterna en el mundo venidero’ (D. y C. 59: 23)», que es el supremo mensaje que esta Iglesia tiene para el mundo. En el nombre de Jesucristo. Amen.

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