Una invitación a la exaltación

Conferencia General Abril 1988

Una invitación a la exaltación

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

El Maestro les dice . . . a todos, tiernamente: «Venid. Volved al hogar. Venid a mí». ¡Que eterno gozo nos espera cuando aceptamos su divina invitación!


En todas partes la gente lleva un ritmo de vida apresurado. Los rápidos aviones modernos llevan su preciosa carga humana a través de anchos continentes y vastos océanos. Hay que llevar a cabo reuniones, las atracciones llaman al turista, y amigos y familiares esperan la llegada de los vuelos. Por las autopistas modernas de varias vías pasan millones de automóviles, ocupados por millones de personas, todos en una corriente interminable.

¿Alguna vez se detiene esa masa humana? ¿Se hace un alto en ese paso vertiginoso para meditar un momento o dedicar un pensamiento a las verdades eternas?

Cuando los comparamos con estas verdades, los asuntos de la vida cotidiana nos parecen bastante triviales. ¿Qué comeremos esta noche? ¿Podremos ir hoy al cine? ¿A dónde iremos de paseo el sábado? Esas preguntas son totalmente insignificantes cuando se presentan momentos de crisis, cuando nuestros seres queridos sufren, cuando el dolor irrumpe en el hogar donde se gozaba de salud, o cuando la vida misma parece llegar a su fin, quizás prematuramente; entonces, inmediatamente se separan la verdad de las trivialidades terrenales, y el alma del hombre se dirige hacia el cielo buscando una respuesta divina a las preguntas más importantes de la vida: ¿De donde vinimos: ¿Por que estamos aquí: ¿Hacia donde vamos después de la muerte? Las respuestas no se encuentran en ningún libro de texto, ni se consiguen llamando por teléfono a ningún servicio de información, ni tratando de adivinarlas, ni en ningún examen académico. Esas preguntas trascienden lo mortal y abarcan la eternidad.

¿De donde vinimos?: Esta interrogante, aunque no se exprese con palabras, se forma inevitablemente en la mente de todo padre o abuelo al o(r el primer vagido del recién nacido. No podemos menos que maravillarnos ante la perfección del cuerpecito. Los pequeños pies, los delicados deditos de las manos, la hermosa cabeza, -ni que hablar de los sistemas circulatorio, digestivo y nervioso, ocultos pero asombrosos- todo nos testifica de un Creador divino.   El apóstol Pablo les dijo a los atenienses en el Areópago que somos «linaje de Dios» (Hechos 17:29). Debido a que sabemos que nuestro cuerpo físico es linaje de nuestros padres terrenales, debemos tratar de descubrir el significado de l as palabras de Pablo. El Señor ha declarado que «el espíritu y el cuerpo son el alma del hombre» (D. y C. 88:15). Es el espíritu lo que es linaje de Dios. El autor de la Epístola a los Hebreos se refiere a Él diciendo que es el «Padre de los espíritus» (Hebreos 12:9). Los espíritus de todos los humanos son literalmente «engendrados [sus] hijos e hijas» (D. y C. 76 24).   Ha habido poetas inspirados que, con el fin de hacernos meditar sobre este tema, han escrito mensajes conmovedores y pensamientos trascendentales. El poeta ingles William Wordsworth expresó así esa verdad:   Un sueno y un olvido solo es el nacimiento;

El alma nuestra, la estrella de la  vida,
en otra esfera ha sido constituida
y procede de un lejano firmamento.
No viene el alma en completo olvido
ni de todas las cosas despojada,
pues al salir de Dios, que fue nuestra morada,
con destellos celestiales se ha vestido,
¡y en su infancia del cielo esta rodeada!
(«Ode: Intimations of Immortality from Recollections of Early Childhood»; traducción libre.)

Otro escritor describió a un niño recién nacido diciendo que es «un dulce brote nuevo de humanidad, recién salido del propio hogar de Dios para florecer aquí en la tierra».   Los padres, al contemplar a un niño pequeñito o tomar de la mano aun hijo en crecimiento, reflexionan sobre su responsabilidad de enseñarle, inspirarlo y proveerle guía, dirección y ejemplo. Y mientras los adultos reflexionan, los niños y, particularmente, los jóvenes se hacen la profunda pregunta: «¿Por qué estamos aquí?»

Generalmente, la formulan en silencio al alma misma y con una pequeña diferencia de palabras: «¿Por que estoy yo aquí?»

Cuan agradecidos debemos estar de que nuestro sabio Creador haya formado una tierra y nos haya colocado en ella, poniendo un velo de olvido sobre nuestra existencia anterior, a fin de que podamos pasar por una época de probación y tener la oportunidad de demostrar nuestro valor individual y de capacitarnos para recibir todo lo que Dios nos tiene reservado.

Es evidente que uno de los propósitos principales de nuestra vida en la tierra es tener un cuerpo de carne y huesos. En diversas maneras se nos da el privilegio de tomar decisiones; aprendemos de lo que experimentamos; podemos discernir el bien del mal; reconocemos la diferencia entre lo dulce y lo amargo. Descubrimos que las decisiones que tomemos determinaran nuestro destino.

Aunque Pablo enseñó a los filipenses que el hombre debe ocuparse de su «salvación con temor y temblor» (Filipenses 2:12), el Maestro nos dio una guía que conocemos como la «regla de oro»: «Todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos» (Mateo 7:12).

Si obedecemos los mandamientos de Dios, seremos merecedores de morar en la «casa» a la que se refirió Jesús cuando dijo: «En la casa de mi Padre muchas moradas hay . . . voy, pues a preparar lugar para vosotros . . . para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (Juan 14:23).

Al meditar sobre estos asuntos tan delicados, no podemos menos que observar lo desvalido que es un niño recién nacido; no hay un ejemplo mejor de total dependencia. La nutrición para el cuerpo y el amor para el alma son indispensables, y ambos los provee la madre. La que con su mano en la mano de Dios descendió al «valle de sombra de muerte» (Salmos 23:4) para darnos la vida a nosotros no queda abandonada por Él en su misión materna.

Hace varios años, los periódicos de Salt Lake City publicaron la noticia de la muerte de una buena amiga mía, casada y con hijos, a quien la muerte arrebató en la flor de la vida. Fui al funeral, en el que había una gran cantidad de personas que deseaban expresar sus condolencias al esposo y los niños, que estaban desconsolados. De pronto, la más pequeña me reconoció, se acercó y me tomó de la mano.

«Venga», me dijo, llevándome hasta el ataúd donde descansaba el cuerpo de su madre tan querida. «Yo no lloro, hermano Monson, y usted tampoco debe llorar. Mi mama me habló muchas veces de la muerte y de la vida con el Padre Celestial. Yo soy de mi papa y de mi mama, y algún día vamos a estar todos juntos otra vez».

Con los ojos empañados por las lágrimas vi su hermosa sonrisa, llena de fe. Para mi amiguita, cuya diminuta mano apretaba la mía, no habrá nunca un alba sin esperanza. Sostenidos por un testimonio inalterable, con la certeza de que la vida continua mas allá de la tumba, ella, su padre y sus hermanos, y sin duda todos los que como ellos tienen este conocimiento de la verdad divina, pueden declarar al mundo: «Por la noche durara el lloro, y a la mañana vendrá la alegría» (Salmos 30:5).

La vida sigue su curso. La juventud sigue a la infancia, y la edad madura desciende sobre nosotros imperceptiblemente. Apreciamos este inspirado pensamiento:

Dios es un Padre,
el hombre un hermano.
La vida es una misión
y no una profesión.
(Citado en Stephen L. Richards, Where Is Wisdom? Addresses of President Stephen L. Richards, Salt Lake City, Deseret Book Co., 1955, pág. 74.)

Dios, nuestro Padre, y Jesucristo, nuestro Señor, nos han marcado el camino hacia la perfección; ellos nos llaman para que sigamos las verdades eternas y seamos perfectos como ellos lo son (Mateo 5:48; 3 Nefi 12:48). Recordemos al inquisitivo interprete de la ley que preguntó:

«Maestro, ¿cual es el gran mandamiento en la ley?
«Jesús le dijo: Amaras al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.
«Este es el primero y grande mandamiento.
«Y el segundo es semejante: Amaras a tu prójimo como a ti mismo.» (Mateo 22:36-39.)

El apóstol Pablo comparó la vida con una carrera que tiene una meta claramente definida, y exhortó a los santos de Corinto, diciendo: «¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno sólo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis» (I Corintios 9:24).

En nuestro celo por llegar, no pasemos por alto el sabio consejo de Eclesiastés: » . . . ni es de los ligeros la carrera, ni la guerra de los fuertes . . . » (Eclesiastés 9:11). En verdad, el premio es del que persevere hasta el fin.

Al pensar en la carrera de la vida, recuerdo otra carrera de los días de mi niñez. Cuando yo tenía unos diez años, mis amigos y yo hacíamos con un cortaplumas botecitos de madera de sauce; les poníamos velas de tela de algodón y cada uno colocaba nuestro rústico barquito en las aguas relativamente turbulentas del río Provo; después, corríamos por la orilla, desde donde los veíamos a veces girar locamente movidos por la fuerte corriente, y otras flotando serenamente cuando llegaban a aguas profundas.

En una de esas carreras, notamos que una de las embarcaciones llevaba la delantera, con todas las demás siguiéndola hacia la meta. Pero, de pronto la corriente la arrastró hasta un remolino, donde el botecito se inclinó hacia un lado y zozobró, arrastrado por las aguas en círculos cada vez más pequeños, impotente para volver solo a la corriente principal. Al fin llegó a un alto y quedó entre los desperdicios que lo rodeaban.

Nuestros botecitos de juguete no tenían quilla que les diera estabilidad, ni timón que los guiara, ni energía alguna que los impulsara. Su destino inevitable era corriente abajo, o sea el camino que ofrecía menor resistencia.

A diferencia de los barcos de juguete, a nosotros se nos han proporcionado atributos divinos para guiarnos en la jornada. Entramos la vida terrenal no para flotar sin rumbo con las corrientes mundanas, sino dotados del poder de pensar, razonar y lograr nuestras metas.

Nuestro Padre Celestial no nos lanza a ese viaje eterno sin darnos los medios para recibir de Él la guía que nos garantice un retorno seguro. Si, me refiero a la oración; y también a la inspiración de la vocecilla delicada que suena dentro de nosotros; y a las Santas Escrituras, preparadas por marinos que navegaron con éxito por este mar de la vida que nosotros también tenemos que atravesar.

Llega un momento de nuestra misión terrenal en que el paso flaquea, la sonrisa se debilita, la enfermedad causa sufrimiento; ese momento en que se esfuma el verano, se acerca el otoño, se siente el frío del invierno y se llega a la experiencia que llamamos «muerte».

Toda persona que medite se ha hecho la pregunta que Job se hizo en la antigüedad: «Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?» (Job 14:14.) Por mucho que tratemos de borrarla de nuestra mente, siempre vuelve. La muerte llega a todos, lo mismo al anciano que camina con pies vacilantes, que a aquellos que apenas han alcanzado la mitad de la jornada y, a menudo, también silencia la alegre risa de los niños.

Pero ¿qué hay de la existencia mas allá de esta vida? ¿Es la muerte el fin de todo? Un hombre joven, casado y con hijos, que se encontraba al borde de la muerte, me hizo una pregunta similar. Abrí el Libro de Mormón, y del libro de Alma le leí estas palabras:

«Ahora, respecto al estado del alma entre la muerte y la resurrección, he aquí, un ángel me ha hecho saber que los espíritus de todos los hombres, en cuanto se separan de este cuerpo mortal, sí, los espíritus de todos los hombres, sean buenos o malos, son llevados de regreso a ese Dios que les dio la vida.

«Y sucederá que los espíritus de los que son justos serán recibidos en un estado de felicidad que se llama paraíso: un estado de descanso, un estado de paz, donde descansaran de todas sus aflicciones, y de todo cuidado y pena.» (Alma 40:12.)

A través de las lagrimas y con una expresión de profunda gratitud, mi joven amigo musitó un «gracias», apenas audible, pero elocuente.

Después que el cuerpo de Jesús estuvo tres días en la tumba, su espíritu volvió a su cuerpo y el Redentor resucitado salió revestido con un cuerpo inmortal de carne y huesos.

La respuesta a la pregunta de Job, «Si el hombre muriere, ¿volverá a vivir?», surgió cuando María y otras mujeres se acercaron al sepulcro y vieron allí «dos varones con vestiduras resplandecientes», los cuales les hablaron: «¿Por que buscáis entre los muertos al que vive? No esta aquí, sino que ha resucitado» (Lucas 24:5 6).

Los testimonios del Señor resucitado llevan consuelo y comprensión.

Primero. del apóstol Pablo:

«Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día . . . y que apareció a Cefas, y después a los doce . . . apareció a mas de quinientos hermanos a la vez . . . Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles; y al ultimo de todos . . . me apareció a mí.» (I Corintios 15:3-8.)

Segundo, el testimonio combinado de dos mil quinientas de sus «otras ovejas», que esta registrado en el Libro de Mormón, Otro Testamento de Jesucristo. El Señor resucitado «les habló . . . diciendo:

«Levantaos y venid a mí, para que podáis meter vuestras manos en mi costado y para que también podáis palpar las marcas de los clavos en mis manos y en mis pies, a fin de que sepáis que soy el Dios de Israel, y el Dios de toda la tierra, y que he sido muerto por los pecados del mundo.
«Y aconteció que la multitud se adelantó; y metieron sus manos en su costado, y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies; y esto hicieron, yendo uno por uno, hasta que todos hubieron llegado; y vieron con sus ojos y palparon con sus manos, y supieron con certeza, y dieron testimonio de que era él, de quien habían escrito los profetas, que había de venir.
«Y cuando todos hubieron ido y visto por si mismos, clamaron a una voz, diciendo:
«¡Hosanna! ¡Bendito sea el nombre del Mas Alto Dios! Y cayeron a los pies de Jesús, y lo adoraron.» (3 Nefi 1:13-17.)

Tercero, el testimonio de José Smith:

«Y ahora, después de los muchos testimonios que se han dado de él, este es el testimonio, el ultimo de todos, que nosotros damos de él: ¡Que vive!
«Porque lo vimos, sí, a la diestra de Dios; y oímos la voz testificar que él es el Unigénito del Padre;
«que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios.» (D. y C. 76:22-24.)

Como resultado de la victoria de Cristo sobre la muerte, todos resucitaremos. Esa es la redención del alma. Pablo escribió:

«Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales; pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales.
«Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria.
«Así también es la resurrección de los muertos.» (I Corintios 15:40-42.)

Lo que procuramos es la gloria celestial, pues deseamos vivir para siempre en la presencia de Dios; deseamos formar parte de una familia eterna. Estas son bendiciones que deben ganarse.

¿De donde vinimos? ¿Por que estamos aquí? ¿Hacia dónde vamos después de esta vida? Estas preguntas universales ya no tienen por que quedar sin respuesta. Nuestro Padre Celestial se regocija al ver a los que cumplen los mandamientos. Pero también se preocupa por el hijo perdido, el adolescente moroso, el joven extraviado, los padres negligentes. El Maestro les dice a estos, y a todos. tiernamente: «Venid. Volved al hogar. Venid a mí.» ¡Que eterno gozo el que nos espera cuando aceptamos su divina invitación a la exaltación!

Testifico que Él es el Maestro de la verdad, pero es mas que un maestro; es el ejemplo de una vida perfecta, pero es mas que un ejemplo; es el gran Medico, pero es mas que un medico. Él es literalmente el Salvador del mundo, el Hijo de Dios, el Príncipe de Paz, el Santo de Israel, el Señor resucitado, quien declaró:

«Soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo . . .
«Soy la luz y la vida del mundo . . . » (3 Nefi 11:10-11.)

«Soy el primero y el ultimo; soy el que vive, soy el que fue muerto; soy vuestro abogado ante el Padre.» (D. y C. 110:4.)

Siendo Su testigo os declaro que Él vive, en el nombre de Jesucristo. Amen.

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Una respuesta a Una invitación a la exaltación

  1. miguelina marquez dijo:

    que maravilloso este mensaje quiero llegar a la exsaltaccion Migue Marquz

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