Instruye al niño

Conferencia General Abril 1983

«Instruye al niño . . . «

L. Tom Perry

por el élder L. Tom Perry
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Si renunciáis a vuestra responsabilidad de enseñar a vuestros hijos y luego esperáis que alguna institución la cumpla y produzca una transformación inmediata, estáis esperando algo imposible.»


Élder Scott, ahora que asume este gran llamamiento, quisiera agregar mi bienvenida a las que ya se han expresado porque formara parte de un quórum muy especial, integrado por hombres sumamente comunes pero que poseen un llamamiento singular. Dentro de este grupo existe un espíritu, una unidad y una devoción como los que jamas volverá a experimentar. Estamos felices de tenerlo a usted y sus talentos y habilidades en nuestro quórum. ¡Bienvenido!

He escogido como tema del mensaje que daré hoy Proverbios 22:ó: «Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartara de él».

El Señor ha sido muy explícito en sus instrucciones a los padres en la actualidad. En Doctrina y Convenios leemos:

»Y además, si hay padres que tienen hijos en Sión o en cualquiera de sus estacas organizadas, y no les enseñan a comprender la doctrina del arrepentimiento, de la fe en Cristo, el Hijo del Dios viviente, del bautismo y del don del Espíritu Santo por la imposición de manos, al llegar a la edad de ocho años, el pecado será sobre la cabeza de los padres.

«Y también enseñaran a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor.
«Y los habitantes de Sión también observaran el día del Señor para santificarlo.
«Ahora, yo, el Señor, no estoy bien complacido con los habitantes de Sión, porque hay ociosos entre ellos; y sus hijos también están creciendo en la iniquidad; tampoco buscan esmeradamente las riquezas de la eternidad, antes sus ojos están llenos de avaricia.
»Estas cosas no deben ser, y tienen que ser desechadas de entre ellos. . . » (D. y C.68:25, 28-29, 31-32.)

El mensaje es directo y no deja lugar a dudas. El deber de criar a los hijos descansa principalmente en los padres.

Hace ya muchos años, tuve el gran placer de trabajar como segundo consejero de la presidencia de la Escuela Dominical y mi deber era la entonces Escuela Dominical de Menores. Todos los domingos, veía a un padre que llevaba a su hijo a la Iglesia. El niño lloraba y gritaba, suplicándole que no lo dejara con la maestra. El padre lo llevaba al salón de clase, lo empujaba a través del umbral y cerraba luego la puerta sujetando la perilla por fuera para que el niño río pudiera salir y la maestra lo apaciguara. Era casi como si el padre hubiera dicho: »No tengo ni la paciencia ni el tiempo para enseñar a este chico. Aquí se lo dejo a usted, maestra, para que le enseñe a ser reverente en su clase de la Escuela Dominical» . . .

Tuve casi la misma sensación el otro día cuando el élder Featherstone y yo pasamos unas horas con el rector de la Universidad Brigham Young. Le habíamos pedido hora para hablar con el de lo que podría hacer el sacerdocio para hacer valer las normas que se exigen a los alumnos que se aceptan en dicha universidad. Al conversar con la autoridad de esa gran institución, recordé aquel caso de la Escuela Dominical de Menores de hace muchos años. Tuve la impresión de que muchos padres llevan a sus hijos a esa Universidad, empujándolos a través del umbral y sujetando luego la puerta por fuera, esperando que los encargados de la institución asuman la responsabilidad de terminar de criar a sus hijos.

He tenido la misma sensación con respecto a algunos de los misioneros que he tenido oportunidad de entrevistar en el campo misional. Debe de haber padres que piensan que si pueden lograr que el hijo salga a la misión servirá para corregir los problemas de todos los años en, los que no le enseñaron los principios correctos del evangelio.

Desde luego, la gran mayoría de los estudiantes que ingresan en la Universidad Brigham Young y de los jóvenes que ingresan en el campo misional se han criado en buenos hogares y llegan con un espíritu del evangelio, por lo que son ejemplos ante todo el mundo. Pero hay un pequeño porcentaje que llega con problemas, y las estadísticas indican que el número de estos va en aumento. Por tanto, en esta ocasión deseo hacer eco al consejo que se ha dado repetidamente como «voz de amonestación» a los padres. Si renunciáis a vuestra responsabilidad de enseñar a vuestros hijos y luego esperáis que alguna institución la cumpla y produzca una transformación inmediata, estáis esperando algo imposible.

Hoy en día muchos problemas aquejan a nuestra sociedad y un buen numero de esos problemas son síntomas de fallas en el hogar. El presidente Benson ha dicho:

«Si continuamos como vamos, podemos esperar tener mas jóvenes con disturbios emocionales, mas divorcios, mas depresión y más suicidios.

«El hogar es el lugar más eficaz para inculcar valores eternos en sus miembros. Donde la vida familiar esta protegida por lazos fuertes de amor y se basa en principios y practicas del Evangelio de Jesucristo, estos problemas no se presentan tan a menudo.» (»Principios fundamentales en las relaciones familiares perdurables», Liahona, enero de 1983, pág. 113.)

Hay tres soluciones que quisiera mencionar y recalcar en esta oportunidad. La primera es establecer un buen y firme fundamento del evangelio en el hogar. El presidente Kimball dijo una vez:

«Nuestro éxito individual y como Iglesia dependerá en gran medida de lo fieles que seamos en vivir el evangelio en el hogar Solo cuando veamos con claridad los deberes de cada persona y la función que desempeña la familia, podremos comprender en la debida forma los quórumes del sacerdocio y las organizaciones auxiliares. Aun los barrios y las estacas existen mas que nada para ayudar a los miembros a vivir el evangelio en el hogar. Entonces podremos comprender que las personas son más importantes que los programas y que los programas de la Iglesia siempre deben apoyar y nunca disminuir las actividades familiares centradas en el evangelio.» (Ensign, mayo de 1978, pág. 101.)

Me temo que muchos sepamos por la experiencia de la vida lo difícil que es establecer tradiciones y practicas familiares básicas después que los hijos han llegado a la adolescencia. Entonces nos damos cuenta de cuanto más fácil hubiera sido haber establecido esas practicas temprano en la vida de ellos. ¡Cuán importante es que la enseñanza del evangelio empiece desde el mismísimo principio cuando aceptamos recibir a una nueva alma en nuestro hogar!

Además de leer cuentos de hadas a nuestros hijos, debemos establecer un programa constante y bien preparado para presentarles los principios del evangelio por medio de los relatos de la Biblia y del Libro de Mormón, relatos de nuestros profetas contemporáneos y también de nuestra historia familiar, los que brindan a nuestros hijos un legado de vivir el evangelio. Debemos controlar el tiempo que pasan viendo la televisión y asegurarnos de que vean los programas indicados. En la actualidad, tenemos la bendición de tener una alternativa a los programas de violencia y de pecado, ya que se pueden alquilar videos de programas apropiados para la familia. Tomemos todas las medidas para que se hagan las oraciones familiares, por la noche y por la mañana, al igual que la noche de hogar todas las semanas y para que todos vayan a las reuniones del domingo. También tenemos que disponer unas horas para enseñar a nuestros hijos a trabajar y a recrearse.

Esta responsabilidad no puede abandonarse; descansa solamente sobre los hombros de los padres el establecer el fundamento del evangelio en la vida de sus hijos. Naturalmente, otras organizaciones pueden ayudar, pero tenemos que saber lo que ellos estén aprendiendo y tenemos que tomar el tiempo para determinar con paciencia, concienzudamente y de un modo organizado, que estén creciendo con un fundamento seguro sobre el cual edificar sus vidas.

El segundo punto importante en la enseñanza de los hijos es el de no permitirles dejarse cautivar demasiado por las cosas del mundo. Me pareció interesante lo que comento el rector de la Universidad Brigham Young al hablar de los asuntos de los alumnos. Él dijo que los alumnos que vienen de las granjas donde se les ha enseñado a trabajar, a ahorrar y a conservar son los que rara vez violan las normas de la universidad. Los alumnos cuyos padres los han consentido con bienes materiales son los que crean la mayoría de los problemas. Han sido los alumnos que han llegado a la universidad en autos costosos los que, por considerarse superiores, han pensado que no tenían que obedecer las normas universitarias.

Brigham Young enseño:

«Creo en consentir a los hijos de un modo razonable. Si una niñita quiere una muñeca, hay que dársela. Sí, claro. Pero, ¿hay que llevarla a la modista para que le haga la ropa? No, las niñitas deben aprender a hacer la ropa de su muñeca y, al pasar los años, sabrán hacer su propia ropa y la de los demás. Los varoncitos deben tener herramientas y hacer sus propios trineos y carretoncitos, etc., y, así, cuando crezcan, estarán familiarizados con las herramientas y podrán hacer un carruaje, una casa o cualquier cosa.» (Discourses of Brigham Young, sel. John A. Widtsoe, Salt Lake City: Deseret Book Co., 1954, pág. 210.)

Tercero, a los niños es preciso enseñarles el regocijo del trabajo honrado para que experimenten la satisfacción que se siente al ver un trabajo bien hecho. Nuestros hijos no necesitan todo lo que tienen los hijos de los vecinos.

Desde luego que deseamos que desarrollen sus talentos, pero no tienen que inscribirse en todos los programas deportivos ni en todos los cursos de desarrollo cultural que se ofrezcan.

Me desconcierta, cuando quedo de huésped en diversas casas, ver tantos niños que no saben hacer una cama, ni cuidar su ropa, ni usar un tubo de pasta dentífrica para conservarla, ni apagar las luces, ni poner la mesa en la forma debida, ni cortar el césped, ni cuidar de un huerto. Esas sencillas tareas de limpieza, orden y conservación serán una bendición para ellos a lo largo de su vida y los prepararan para ser autosuficientes cuando lleguen a la edad en que deban bastarse a sí mismos. Enseñémosles el conocimiento básico de que la tierra es del Señor. Y Él tiene un sistema maravilloso para henchirla y renovarla siempre que cuidemos de ella, que la conservemos y no la desperdiciemos.

Brigham Young dijo:

«Madres, ¿deseáis ser misioneras? Os daremos la misión de enseñar a vuestros hijos su deber. En vez de volados y bellos vestidos que adornen el cuerpo, enseñadles lo que adorna el intelecto, y que la ropa que usen este ordenada y pulcra, y que sea decente.

«Enseñadles la limpieza y la pureza del cuerpo y los principios de salvación, y se deleitaran al venir a estas reuniones.» (Discourses of Brigham Young, pág. 210.)

El presidente Kimball pronuncio un gran discurso hace ya muchos años en la Universidad Brigham Young titulado »Nuestra propia moda». Nos exhortaba a no aunarnos a los que siguen las modas indecorosas del mundo, sino a tener el valor de vestir de tal manera que manifestemos a los demás que nuestras normas son diferentes. Nuestra ropa reflejara la forma en que deseamos vivir, basándonos en los principios del evangelio de nuestro Señor y Salvador. Es imposible esperar que un hijo al que se le haya enseñado a gustar vestirse conforme a la moda indecorosa de hoy cambie de la noche a la mañana y se vista de un modo diferente al ingresar en una universidad de la Iglesia o al Centro de Capacitación Misional, o al casarse en el templo, o aun en el día de reposo. El vestir modesto y propio debe enseñarse prácticamente desde la cuna.

Conozco a una niñita que es la hija menor de una familia grande, en la que todos los demás hijos son varones. Supongo que el ser la única niña entre los hermanos la ha hecho más consciente del hecho de que ella es diferente de los demás hijos. Su madre le ha, enseñado con prudencia que los niños usan pantalones y que ella usa vestido. Por eso, la niña no usa nada mas que vestidos recatados. No me cabe duda de que no tendrá ningún problema para adaptarse a las normas del vestir de la Iglesia a lo largo de su vida porque no tendrá necesidad de cambiar, ya que ello se le ha enseñado desde su más temprana edad. Será fácil para ella aceptar la debida norma del vestir al pasar de la infancia a la adolescencia y al estado adulto.

Ahora bien, antes de que algunas mujeres empiecen a mandarme cartas diciéndome enfadadas que yo dije que no debían usar pantalones, ahorraos el franqueo. Yo no he dicho eso, aun cuando no creo que sean apropiados para el día del Señor. Lo que digo es que hemos establecido una norma de vestir que supone el usar ropa modesta. La mejor manera de asegurar que esta norma de vestir resulte cómoda y aceptable a nuestros hijos cuando se les requiera aplicarla es que la aprendan y la practiquen desde sus más tiernos años. La forma en que vestimos es, por lo general, un buen indicio de como actuaremos.

Las misiones, las universidades, los seminarios y los institutos de la Iglesia realizan una labor formidable en la tarea de reafirmar las normas del evangelio en todos sus participantes. No obstante, la labor de ellos se realza mucho mas si los alumnos o los misioneros llegan preparados para recibir y servir, en lugar de llegar para que se les reforme. Otras exhortaciones de Brigham Young:

»Vivamos de tal manera que el espíritu de nuestra religión viva dentro de nosotros. Entonces tendremos paz, regocijo, felicidad y contentamiento, lo cual hará padres y madres agradables, hijos agradables, casas, vecindarios y ciudades agradables. Eso vale la pena y pienso que los Santos de los Ultimos Días deben esforzarse por lograrlo.» (Discourses of Brigham Young. pág. 204.)

Ruego al Señor que nos bendiga con el deseo de inculcar en nuestros hijos una norma que siempre sea aceptable para el evangelio de nuestro Señor y Salvador. Os testifico que la obra en la que estamos ocupados es Su obra, y ruego que hagamos todo lo posible para que nuestros hijos lleguen a comprenderlo, tanto en su corazón como en su alma; es mi oración en el nombre de Jesucristo. Amén.

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