El don del espíritu santo: una brújula perfecta

Conferencia General Abril 1989

El don del espíritu santo: una brújula perfecta

por el élder James E. Faust
del Quórum de los Doce

«El Espíritu Santo es la mejor garantía de paz interior en este mundo inestable . . . calma los nervios, da aliento de paz a nuestra alma.»


Siento gozo por el histórico hecho que ha tenido lugar en esta sesión de la conferencia, y de todo corazón doy la bienvenida a los nuevos setentas en esta hermandad de las Autoridades Generales.

Como nos lo hizo notar el presidente Hunter, es primavera en el hemisferio norte y la naturaleza se renueva; por todos lados crece el pasto, brotan las hojas, los arboles frutales empiezan a florecer; nacen los corderos; los capullos se abren. Hemos celebrado la Pascua uniéndonos a toda la cristiandad en el gozo que sentimos por la resurrección del Salvador. Aquel suceso de hace muchos siglos, cuando el Salvador llevó a sus amados discípulos al jardín de Getsemaní por ultima vez, fue profundamente conmovedor. Consciente de la terrible prueba que le esperaba, Jesús se lamentó: «Mi alma esta muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad» (Marcos 14:34). Estaba listo para su indescriptible agonía cuando dijo: » . . . el espíritu a la verdad esta dispuesto, pero la carne es débil» (Marcos 14:38).

Sin duda, los once Apóstoles intuirían, sin comprender, que iba a ocurrir un hecho prodigioso. Jesús les había dicho que los dejaría; sabían que el Maestro amado de quien tanto dependían se iba a alguna parte, pero ignoraban a dónde. Le habían oído decir: «No os dejare huérfanos» (Juan 14:18). «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviara en mi nombre, el os enseñará todas las cosas, y os recordara todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

Es sobre este Consolador que deseo hablar; y lo hago porque sé que hoy en día tenemos mas necesidad que nunca de recibir la guía divina. Testifico que por el poder y el don del Espíritu Santo podemos saber que hacer y que no hacer para gozar de felicidad y paz en la vida.

El élder LeGrand Richards dijo: » . . . debe entenderse que el Espíritu Santo es el medio por el cual Dios y su Hijo Jesucristo se comunican con los hombres [y las mujeres] en la tierra . . . » (Una obra maravillosa y un prodigio, pág. 113.) Todo ser humano esta iluminado por el Espíritu de Dios o Luz de Cristo, a veces llamado conciencia. Job dijo: «Ciertamente espíritu hay en el hombre, y el soplo del Omnipotente le hace que entienda» (Job 32:8). Es el Espíritu de Dios que proviene de la Deidad. Este poder de Dios es el medio por el cual, según explicó el presidente Joseph Fielding Smith, «todo hombre es iluminado, el malo así como el bueno, el inteligente y el ignorante, el noble y el humilde, cada cual de acuerdo con su capacidad para recibir la luz» (Doctrina del Evangelio, tomo 2, pág. 59;  D. y C. 88:3-13).

El don del Espíritu Santo, sin embargo, a diferencia del Espíritu de Dios, no es para todas las personas. Pero sus ministraciones son limitadas cuando no se recibe el don del Espíritu Santo. El profeta José Smith enseñó: «Existe una diferencia entre el Espíritu Santo y el don del Espíritu Santo » (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 240). Muchos que no eran miembros de la Iglesia han recibido revelación del Espíritu Santo que los ha convencido de la verdad del evangelio. Cornelio, así como otros presentes el día de Pentecostés, recibieron el Espíritu Santo antes del bautismo (Hechos 2: 1-12; 10:30-34). Es por medio de este poder que quienes buscan la verdad logran un testimonio del Libro de Mormón y de los principios del evangelio.

El don del Espíritu Santo viene después que la persona se arrepiente y se hace digna. Se recibe después del bautismo, por la imposición de manos de los que tienen la autoridad para conferirlo. El día de Pentecostés Pedro dijo a los que espiritualmente habían sido movidos por el Espíritu Santo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hechos 2:38). Aquellos que posean ese don recibirán mayor luz y testimonio. El Espíritu Santo testifica la verdad y estampa tan profundamente en el alma la impresión de la realidad de Dios el Padre y de su Hijo Jesucristo que no hay poder en la tierra que pueda apartar de ese conocimiento a quien así lo reciba (2 Nefi 31:18).

El Libro de Mormón, la Biblia y otras Escrituras, junto con la guía de los profetas actuales, nos proveen normas verídicas de conducta. Además, el don del Espíritu Santo esta disponible como guía seguro, al igual que la voz de la conciencia, y como una brújula moral. Esta brújula es personal; es exacta e infalible. No obstante, debemos prestarle atención a fin de mantenernos lejos de los bancos que nos harían naufragar en la desdicha y las dudas.

Necesitamos una brújula segura porque muchas de las normas, los valores, los votos y las obligaciones que nos han ayudado a conservar la espiritualidad, el honor, la integridad, la dignidad y la decencia han sido poco a poco atacados y desechados. Entre otros valores, hablo de las normas de la castidad y del respeto a los padres, de la fidelidad en el matrimonio y de la obediencia a las leyes de Dios, como la observancia del día de reposo, que están debilitadas, si no destruidas. Se ha extraviado a la sociedad.

Comentando sobre la forma en que se han rebajado las normas de la televisión, Thomas R. Rowan dijo: «El autor y comentarista Malcolm Muggeridge hizo un relato sobre unos sapos que no habían opuesto resistencia cuando los echaron vivos en una olla con agua y los mataron calentando el agua hasta hacerla hervir. ¿Y por qué no habían tratado de escapar? Porque cuando los pusieron en la olla, el agua estaba apenas tibia; después, elevaron la temperatura muy gradualmente, y el agua se entibió un poco mas, y otro poco, y otro poco. El cambio era tan gradual, casi imperceptible, que los sapos se fueron adaptando a su nuevo medio hasta que fue demasiado tarde para escapar de él. Lo que quería hacer resaltar el señor Muggeridge no estaba relacionado con sapos sino con nosotros y con la forma en que aceptamos el mal siempre que no sea algo chocante que se nos lance a la cara abruptamente. Nos inclinamos a aceptar una acción moralmente mala, con tal de que no sea mas que un poquito más mala que otra que ya hayamos aceptado.» (National Press Club Forum.)

Este proceso gradual fue predicho por los antiguos profetas. Nefi nos dice que el corazón de los hijos de los hombres se enfurecería y que se agitaría con «ira contra lo que es bueno.

«Y a otros pacificara y los adormecerá con seguridad carnal, de modo que dirán: Todo va bien en Sión; sí, Sión prospera, todo va bien. Y así el diablo engaña sus almas, y los conduce [cuidadosa y] astutamente al infierno» (2 Nefi 28:20-21).

Siempre me ha parecido interesante el que la gente sea conducida al infierno » cuidadosamente «.

Alejandro Pope expresó una idea similar respecto a la aceptación del mal:

«Es el vicio monstruo de tan feroz semblante,
«que con tan solo verlo parece repugnante;
«mas si su aspecto a menudo contemplamos,
«lo sufrimos, luego cedemos y por fin lo abrazamos.»
(Essay on Man, Epistola 2, línea 217.)

El don del Espíritu Santo nos motivara a resistir la tentación haciéndonos recordar la ley del evangelio en el preciso momento en que seamos tentados. B. H. Roberts dijo:

«Teniendo el Espíritu Santo como motivador en los momentos de tentación . . . se puede cumplir . . . con esta ley del evangelio.» (The Gospel: An Exposition of Its First Principles and Man’s Relationship to Deity, lOa. ed., Salt Lake City: Deseret Book Co., 1965, págs. 191-192.)

Deseo alertar a los jóvenes sobre este don del Espíritu Santo, tan especial y trascendental, que esta a disposición de todos. Este Consolador es un personaje de espíritu que forma parte de la Trinidad. Doctrina y Convenios explica por que es un personaje de espíritu: «El Padre tiene un cuerpo de carne y huesos, tangible como el del hombre; así también el Hijo; pero el Espíritu Santo no tiene un cuerpo de carne y huesos, sino es un personaje de espíritu. De no ser así, el Espíritu Santo no podría morar en nosotros» (D. y C. 130:22).

El don del Espíritu Santo califica a la persona que lo desee y sea digna para gozar del «poder y la luz de verdad del Espíritu Santo» (Doctrina de Salvación, pág. 58).

Este consolador Espíritu puede morar con nosotros día y noche: cuando trabajamos, cuando nos divertimos, cuando descansamos. Su influencia fortalecedora puede acompañarnos año tras año y darnos su sostén en el gozo y el pesar, tanto cuando nos alegramos como cuando sufrimos.

Creo que el Espíritu Santo es la mejor garantía que tenemos de lograr paz interior en este mundo inestable. Mas que cualquier substancia química u otro producto terrenal, Él puede expandirnos la mente y darnos un gran sentido de bienestar; nos calma los nervios, da aliento de paz a nuestra alma. Este Consolador puede acompañarnos en nuestro esfuerzo por mejorar. Puede ser una fuente de revelación para advertirnos de un peligro inminente y para evitar que cometamos errores. Él puede aguzarnos los sentidos para que podamos ver con mas nitidez, oír con mas claridad y recordar lo que debemos recordar. Esta es una forma de amplificar nuestra felicidad.

El Espíritu Santo nos ayuda a librarnos de dudas y temores; nos enseña, por ejemplo, a perdonar. Llega un momento en que las personas deben seguir adelante, procurando aquello que eleva en lugar de dejarse consumir por el recuerdo de una ofensa o injusticia. El traer constantemente a la memoria ofensas pasadas limita al Espíritu y no fomenta la paz.

El Espíritu Santo también nos ayudara a resolver problemas de fe. Él es el testigo confirmador que nos da testimonio de lo celestial. Por medio de El se filtra el conocimiento en nuestra mente y sentimos que toda duda o interrogante desaparecen.

El apóstol Pablo dijo: «porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo» (Romanos 14:17). Y en otra parte añadió que los verdaderos santos son «templo del Espíritu Santo» (1 Corintios 6:19).

Quiero decir algo sobre el Santo Espíritu de la Promesa, que es el poder sellador y ratificador del Espíritu Santo. Un convenio u ordenanza sellado por el Santo Espíritu de la Promesa es un pacto por medio del cual se obtendrán las bendiciones inherentes a él, siempre que se sea fiel (D. y C. 76:50-54).

Por ejemplo, cuando el Santo Espíritu de la Promesa sella por esta vida y la eternidad el convenio del matrimonio, la ordenanza definitiva del evangelio, esto puede abrir literalmente las ventanas de los cielos para que la pareja que procure esas bendiciones las reciba. En esos matrimonios, la relación entre los cónyuges se vuelve noble, completa y sagrada. Aunque cada uno de ellos mantiene su identidad, juntos en sus convenios pueden ser como dos enredaderas que están inseparablemente entrelazadas. Cada uno piensa en su compañero antes que en sí mismo.

Una de las grandes bendiciones que se reciben mediante el Santo Espíritu de la Promesa es que todos los convenios, votos, juramentos y practicas que efectuemos por medio de las ordenanzas y bendiciones del evangelio no sólo se confirman, sino que son sellados por ese Espíritu. Sin embargo, ese sellamiento puede ser roto por la iniquidad. También es importante recordar que si una persona trata de recibir esa bendición con engaños, «la bendición . . . no es sellada, a pesar de la integridad y autoridad de la persona que esta oficiando» (Doctrina de Salvación, tomo 2, pág. 91).

El hecho de que un convenio u ordenanza este sellado por el Santo Espíritu de la Promesa significa que el pacto es valido tanto en la tierra como en los cielos.

Siempre es alentador oír hablar de oraciones contestadas y de milagros en la vida de los que los necesitan. Pero, ¿qué de aquellas almas nobles y fieles que no reciben ningún milagro, cuyas oraciones no obtienen la respuesta deseada? ¿Que consuelo tienen? ¿De dónde vendrá? El Salvador del mundo dijo: «No os dejare huérfanos; vendré a vosotros». «Mas el Consolador, el Espíritu Santo . . . el Padre enviara en mi nombre» (Juan 14:18, 26).

Sencillamente, el don del Espíritu Santo es un poder espiritual intensificado que permite a los que son dignos de tenerlo consigo recibir un mayor conocimiento y beneficio de la influencia de la Deidad.

En febrero de 1847, cuando ocurrió la maravillosa experiencia de Brigham Young en la que se le apareció el profeta José Smith en un sueno o visión, el presidente Young le expresó su deseo de reunirse con el, y luego le preguntó si tenia algún mensaje para los hermanos. El Profeta le dijo:

«Dile a la gente que sea humilde y fiel y se asegure de tener consigo el Espíritu del Señor que guiara a todos en lo recto. Que tengan cuidado y no alejen a la voz apacible y delicada; ella les enseñará lo que deben hacer y a dónde deben ir y les brindara los frutos del reino. Diles a los hermanos que mantengan el corazón abierto a la convicción, de modo que cuando el Espíritu Santo se acerque a ellos, estén preparados para recibirlo.

«Podrán distinguir el Espíritu del Señor de todos los demás espíritus. Aquel les susurrara paz y gozo a su alma; quitara la malicia, el odio, la contención y todo mal de su corazón; y todo su deseo será hacer lo bueno, establecer la rectitud y edificar el reino de Dios. » (Manuscript History of Brigham Young: 1846-1847, Departamento Histórico de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días, págs. 528-531.)

Si en esta vida no podemos estar en la presencia del Salvador como Pedro, Santiago, Juan, María, Marta y otros, en cambio podemos tener con nosotros el don del Espíritu Santo como Consolador y brújula segura.

Testifico que al madurar espiritualmente con la guía del Espíritu Santo, aumenta el sentido de nuestro propio valor e identidad. Testifico que quisiera que toda persona gozara de la compañía del Espíritu Santo mas que de cualquier otra relación, porque Él nos guiara a la luz, la verdad y la inteligencia pura que nos llevaran a la presencia de Dios.

Ruego que a cada uno de nosotros se le cumpla la promesa del Señor de que «el Espíritu Santo será [nuestro] compañero constante, y [nuestro] cetro, un cetro inmutable de justicia y de verdad; y [nuestro] dominio será un dominio eterno, y sin ser compelido fluirá hacia [nosotros] para siempre jamas» (D. y C. 121:46). En el nombre de Jesucristo. Amen.

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