El Dios que hace maravillas

Conferencia General Abril 1989logo 4
El Dios que hace maravillas
por el presidente Howard W. Hunter
Presidente del Quórum de los Doce Apóstoles

Howard W. Hunter 1«El Hijo de Dios, resucitado, es el milagro más grande de todos. Realmente él es el milagro de milagros, y cada día de su vida dio evidencia de ello. Debemos tratar de seguir su ejemplo.»

En el hemisferio norte disfrutamos actualmente la hermosa y renovante estación del año en que ocurre el gran milagro de la naturaleza: la regeneración de la tierra a la que llamamos primavera. Pueden quedar unos pocos días fríos, pero ya el sol ha empezado su regreso vernal, están apareciendo los brotes en las plantas y en los arboles y un verde maravilloso se asoma a la superficie.

Cuan apropiado es que hace solo una semana el mundo cristiano celebró, en el día de Pascua de Resurrección, la grandiosa y renovadora resurrección del Señor Jesucristo, declarando todo el gozo y la promesa eterna que ese acontecimiento representa para el género humano. Junto con vosotros, doy la bienvenida a esta estación del año que nos recuerda que Dios es un Dios de milagros, que su Hijo Unigénito es «la resurrección y la vida; el que cree en Él, aunque este muerto, vivirá» (Juan 11:25).

En esta hermosa época del año recordamos que la muerte no tiene aguijón ni el sepulcro tiene victoria. Testifico que después de cada invierno viene el milagro de la primavera, tanto durante nuestro paso individual por la vida, como en la naturaleza. Estas restauraciones y renovaciones son dones del Señor, Jesucristo, el ejemplo máximo de un hombre de todas las épocas. Deseo hablar en forma breve de algunos de esos momentos divinos en nuestra vida, cuando el Señor llega hasta nosotros para redimirnos y fortalecernos.

El Salmista escribió;

»Con mi voz clame a Dios, . . . y él me escuchará . . .
«Dije: Enfermedad mía es esta; Traeré, pues, a la memoria los años de la diestra del Altísimo . . .
«Tu eres el Dios que hace maravillas; Hiciste notorio en los pueblos tu poder» (Salmos 77: 1, 10, 14).

Entre las señales de la Iglesia verdadera, y como evidencia de la obra de Dios, están las manifestaciones de su poder, las cuales no nos es imposible explicar o entender totalmente. Estos hechos divinos y otras bendiciones especiales se definen en las Escrituras como maravillas, prodigios y señales.

No es de sorprenderse que esas señales y maravillas hayan sido mucho más evidentes durante la vida y ministerio de Jesucristo, el Hijo de Dios. Pero aun con lo maravillosas que fueron, muchos de los milagros de Cristo fueron tan sólo un reflejo de milagros aun mayores que su Padre había efectuado antes que él, y continúa haciéndolo ante nosotros. Verdaderamente la ejecución humilde de estos hechos obviamente divinos, que llevó a cabo el Salvador, puede aplicarse bastante bien a la declaración que el mismo hizo:

«No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo igualmente. . . (Juan 5:19) y «nada hago por mí mismo, sino que según me enseñó el Padre» (Juan 8:28).

Por ejemplo, el primer milagro que efectuó Jesus, que se registra en el Nuevo Testamento, fue convertir el agua en vino en las bodas de Cana; sin embargo, poco fue el hacer vino en las vasijas de piedra comparado con la creación original de las hermosas viñas y la abundancia de las sabrosas uvas. Nadie pudo explicar el milagro aislado en el banquete matrimonial, como tampoco pudieron explicar el milagro diario del esplendor de la viña misma.

Es sumamente admirable ser testigo de que una persona que era sorda vuelva a oír, pero esa gran bendición no es más sorprendente que la maravillosa combinación de huesos, piel y nervios que permiten a nuestros oídos captar el hermoso mundo de los sonidos. ¿No debería causarnos admiración la bendición de escuchar y darle a Dios la gloria por ese milagro al igual que cuando a alguien se le devuelve la facultad de oír, después de haberla perdido?

¿No es igual con el restablecimiento de la vista, o del habla, o aun más, con el milagro más grande de todos: la restauración a la vida? Las creaciones originales del Padre constituyen un mundo lleno de maravillas. ¿No es primero que todo el milagro más grande el hecho de que tengamos vida, brazos y piernas, vista y habla? Sí, siempre habrá muchos milagros si tenemos ojos para ver y oídos para escuchar.

Permitidme recordaros algo más. Una vez que empecemos a reconocer las muchas manifestaciones maravillosas y benditas de Dios y de Cristo en nuestra vida -aquellas cosas de la vida diaria, como también la restauración de la vista al ciego y el oído al sordo- quedaremos perplejos ante los principios y procesos inexplicables que producen tales maravillas.

Al reflexionar en los milagros efectuados por Cristo »forzosamente tenemos que reconocer la operación de un poder que sobrepuja nuestro actual entendimiento», escribió el Dr. James E. Talmage quien, como científico y como apóstol del Señor, poseía aptitudes inigualables para examinar este fenómeno. La ciencia aun no ha avanzado lo suficiente en este campo, nos dice, para analizar y explicar. (James E. Talmage, Jesus el Cristo, pág. 156.) Sin embargo, nos advierte, «negar la realidad de los milagros, apoyándose en que por no poder uno entender el medio, los efectos declarados son ficticios,» es arrogante (Jesus el Cristo, pág. 156). En verdad, aquellos que han sido los beneficiarios de tales milagros son los testigos más convincentes. Es difícil contradecir resultados.

Consideremos este relato simple pero revelador del ministerio del Salvador que manifiesta las obras de Dios en la vida de los hombres.

Un día de reposo Jesus ungió los ojos de un hombre ciego de nacimiento y le restableció la vista. Fue una manifestación sorprendente e inspiradora; sin embargo, y desafortunadamente, algunos de los que se enteraron de lo sucedido no se regocijaron de que un ciudadano local hubiera recobrado la vista.

«Ese hombre [refiriéndose a Jesús] no procede de Dios, porque no guarda el día de reposo. Otros decían: ¿Cómo puede un hombre pecador hacer estas señales? Y había disensión entre ellos,» nos dicen las Escrituras (Juan 9: 1 6)

Al enfrentarse a esta controversia el grupo hizo algo muy inteligente: pidieron la opinión del hombre que había sido sanado. »¿Que dices tu del que te abrió los ojos?» (Juan 9:17), preguntaron y quedaron a la espera de la respuesta.

Seguramente que al hablar, este hombre los miró directamente a los ojos (un nuevo y precioso privilegio) y dijo simplemente: «Que es profeta» (Juan 9: 17).

Pero esta era una respuesta inquietante y, después de mucha discusión, incluso después de conversar con los padres del hombre, los fariseos llegaron a la conclusión de que realmente se había tratado de un milagro y que tenia que haber venido de Dios, pero; el hombre debía negar el papel que Cristo había desempeñado.

«Entonces volvieron a llamar al hombre que había sido ciego, y le dijeron: Da gloria a Dios; nosotros sabemos que este hombre [Jesus] es pecador» (Juan 9:24).

Ignorante en cuanto a la teoría o la ley, el hombre contestó lentamente para que todos pudieran escucharle:

«Sí, [Jesús] es pecador o no, no lo sé; [sólo] una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (Juan 9:25).

Los fariseos, totalmente frustrados e incapaces de rebatir ante tal simple pero grande e innegable hecho, expulsaron al hombre de su presencia. Luego viene la hermosa conclusión de un relato sobre la renovación de la vista y la nueva luz:

»Oyó Jesús que le habían expulsado; y hallándole, le dijo: ¿Crees tú en el Hijo de Dios?
«Respondió él y dijo: ¿Quién es, Señor, para que crea en él’?
»Le dijo Jesús: Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.
»Y el dijo: Creo, Señor; y le adoró» (Juan 9:35-38).

Se había otorgado la vista dos veces, una vez para remediar un defecto congénito y otra para contemplar al Rey de Reyes antes de que ascendiera a su trono eterno. Jesus había estimulado la vista, tanto física como espiritual. Había enviado su luz hacia un lugar obscuro, y ese hombre, como muchos mas de esa época y como en la actualidad, había aceptado la luz, y había visto.

El presidente Spencer W. Kimball nos enseñó con un libro intitulado »La fe precede al milagro», pero también existe, por supuesto, un aumento de fe que debe seguir al milagro. Como resultado de los muchos milagros que se hacen en nuestra vida, debemos ser más humildes y agradecidos, más amables y más creyentes. El ser testigos personales de las maravillas que Dios lleva a cabo, debería aumentar nuestro respeto y amor por él y debería mejorar nuestro comportamiento. Si tan sólo lo tenemos presente, viviremos mejor y tendremos una capacidad mayor para amar. Cada uno de nosotros es un milagro en sí, y el Hijo de Dios, resucitado, es el milagro más grande de todos. Realmente él es el milagro de milagros, y cada día de su vida dio evidencia de ello. Debemos tratar de seguir su ejemplo.

En el Libro de Mormón, Moroni cita a su padre:

»Por tanto, amados hermanos míos, ¿han cesado los milagros porque Cristo ha subido a los cielos. . . ha cesado el día de los milagros? . . . (Moroni 7:27, 35). «He aquí, os digo que no; ni han cesado los ángeles de ministrar a los hijos de los hombres. . . [ni] lo hará, mientras dure el tiempo, o exista la tierra, o haya en el mundo un hombre a quien salvar» (Moroni 7:29, 36).

Testifico en cuanto a la bondad de Dios y el poder de Cristo, y del privilegio que han recibido los apóstoles. Sé que Pedro y Juan tomaron a un hombre cojo de la mano y en el nombre de Jesucristo de Nazaret le mandaron que se levantara y caminara-y caminó. (Hechos 3:1-11.) Testifico de la restauración del evangelio en estos últimos días y de los poderes del sacerdocio que hacen posible los muchos milagros modernos de nuestra dispensación.

Con respecto al Padre, digo con el Salmista:

«Tú eres el Dios que hace maravillas; Hiciste notorio en los pueblos tu poder» (Salmos 77:14). En el sagrado nombre de Jesucristo. Amén.

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