El poder destructivo de la contención

Conferencia General Abril 1989

El poder destructivo de la contención

por el élder Russell M. Nelson
del Quórum de los Doce Apóstoles

«Así como tememos cualquier enfermedad que debilite la salud del organismo, del mismo modo debiéramos lamentar la contención, que es un mal que debilita el espíritu.»


Hace unos meses, mi estimado hermano, el elder Carlos E. Asay, y yo estuvimos en la cumbre del monte Nebo donde una vez estuvo Moisés. (Véase Deuteronomio 34:14.) Desde allí, vimos lo que él vio: en la distancia, a la derecha, el Mar de Galilea, del cual nace el río Jordán, que fluye hacia el Mar Muerto, que se veía a la izquierda. De frente, yacía la tierra prometida hacia la que Josué condujo a los israelitas fieles hace ya tanto tiempo.

Después, pudimos hacer lo que Moisés no pudo hacer: se nos escoltó desde el reino hachemí de Jordania hasta la frontera occidental de este con Israel. Desde allí, junto con el grupo, atravesamos el puente Allenby y sentimos la tensión que produce la presencia de los soldados armados a ambos lados del limite internacional.

Tras haber pasado esa experiencia sin contratiempos, pense en la paradoja de todo ello. Allí, en la tierra que santificó el Príncipe de Paz, ha existido la contención casi constantemente desde entonces hasta hoy.

Antes de ascender al cielo desde la Tierra Santa, el Salvador pronunció una bendición especial al decir:

«La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. » (Juan 14:27.)

La paz del Señor no es precisamente política: su paz es personal; pero ese espíritu de paz interior se aleja con la contención. Esta no siempre empieza por riñas entre países, sino que las mas de las veces empieza por la persona individualmente, ya que contendemos en nuestro fuero interno por simples asuntos del bien y el mal; y a partir de la persona, la contención infecta a los demás y a las naciones como una epidemia.

Así como tememos cualquier enfermedad que debilite la salud del organismo, del mismo modo debiéramos lamentar la contención, que es un mal que debilita el espíritu. Excelente es el consejo de Abraham Lincoln, que dijo:

«No alterquéis nunca. Ningún hombre que haya resuelto hacer lo mejor de sí mismo tendrá tiempo para la contención personal . . . Mas vale ceder el paso al perro que ser mordido por él. » (Carta a J. M. Cutts, 26 de oct. de 1863, hallada en Concise Lincoln Dictionary Thoughts and Statements, compilado por Ralph B. Winn, «New York Philosophical Library, Copyright 1959, pág. 107.)

El presidente Ezra Taft Benson, en su discurso de apertura de ayer, describió la contención como «otra faceta del orgullo».

Lo que me preocupa es que la contención se va aceptando como expresión natural. En lo que vemos y oímos en los medios de difusión, en la sala de clase y en el medio laboral se ven los vestigios del contagio de la contención. Es tan fácil, y a la vez tan malo, permitir que los hábitos de la disensión saturen los asuntos de importancia espiritual, porque la contención esta prohibida por decreto divino:

» . . . el Señor Dios ha mandado que los hombres no deben cometer homicidio; que no deben mentir; que no deben robar; que no deben tomar el nombre del Señor su Dios en vano; que no deben envidiar; que no deben tener malicia; que no deben contender unos con otros.» (2 Nefi 26:32.)

El padre de la contención

Para comprender el porque, tenemos que conocer la verdadera fuente de la contención. Un profeta del Libro de Mormón reveló ese importante conocimiento aun antes del nacimiento de Cristo:

«Satanás los incitaba continuamente a cometer iniquidades; si, anduvo sembrando rumores y contiendas sobre toda la faz de la tierra, a fin de poder endurecer el corazón de la gente contra lo que era bueno y contra lo que estaba por venir.» (Helamán 16:22.)

Cuando Cristo visitó a los nefitas, confirmó esa profecía, al decir:

» . . . aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del diablo que es el padre de la contención, y él irrita los corazones de los hombres, para que contiendan con ira unos contra otros.

«He aquí, no es esta mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes mi doctrina es esta, que se acaben tales cosas.» (3 Nefi 11:29-30.)

El origen de la contención

La contención existía antes de la fundación de la tierra. Cuando primeramente se anunció el plan de Dios de crear la tierra y la vida terrenal, «se regocijaron todos los hijos de Dios» (véase Job 38:7). El plan estaba sujeto al libre albedrío del hombre, a su subsiguiente caída de la presencia de Dios y a la misericordiosa disposición de un Salvador que redimiera al genero humano. Las Escrituras revelan que Lucifer procuró con tesón enmendar el plan por medio de la destrucción del albedrío del hombre. El sagaz móvil de Satanás se pone en evidencia en lo que dijo:

» . . . Heme aquí, envíame a mí. Seré tu hijo y rescataré a todo el género humano, de modo que no se perderé una sola alma, y de seguro lo haré; dame, pues, tu honra. » (Moisés 4: 1.)

El afán egoísta de Satanás por modificar el plan de Dios produjo gran contención en el cielo. El profeta José Smith explicó:

» . . . Jesus dijo que ciertas almas no podrían ser salvas; y el diablo dijo que salvaría a todos; y presentó sus planes ante el gran concilio, el cual votó a favor de Jesucristo. El diablo entonces se rebeló contra Dios, y fue expulsado con todos aquellos que lo apoyaron. » (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 443.)

La guerra que hubo en el cielo no fue de efusión de sangre; fue una guerra de ideas opuestas: el origen de la contención.

Las Escrituras advierten reiteradamente que el padre de la contención se opone al plan de nuestro Padre Celestial. El método de Satanás se vale del esparcir los efectos destructivos de la contención. El móvil de Satanás: lograr aclamación personal aun sobre Dios mismo.

Los objetivos del adversario

La obra del adversario puede compararse a cargar armas de fuego para atacar la obra de Dios. Los tiros que contienen el germen de la contención se apuntan y se disparan a objetivos estratégicos esenciales para esa obra sagrada. Entre esos objetivos vitales se cuentan, además de la persona en forma individual, la familia, los lideres de la Iglesia y la divina doctrina.

La familia

Se ha atacado a la familia desde que Satanás se presentó a Adán y a Eva. (Véase Génesis 3; Moisés 4.) Por eso, hoy, cada uno debe protegerse contra el peligro de la contención en la familia, la que, por lo general, comienza inocentemente. Hace años, cuando mis hijas eran pequeñas y querían ser grandes, estaba de moda usar muchas enaguas. Pequeñas contenciones hubieran podido surgir al no tardar las niñas en advertir que la que se vestía primero resultaba la mejor vestida.

En una familia de muchos hijos varones, en la cual el que podía estirarse mas para alcanzar los alimentos era el que comía mejor, para evitar la obvia contención, estipularon que al sentarse a la mesa tenían que dejar al menos un pie firme en el suelo.

El hogar es el gran laboratorio del aprendizaje y del amor. En él, los padres ayudan a los hijos a superar la tendencia natural al egoísmo. Al criar a nuestra propia familia, mi esposa y yo hemos sentido una gran gratitud por el consejo del Libro de Mormón, que dice:

»Ni permitiréis que vuestros hijos anden hambrientos o desnudos, ni consentiréis que quebranten las leyes de Dios, ni que contiendan y riñan unos con otros. . .
«Mas les enseñareis a andar por las vías de verdad y cordura; les enseñareis a amarse mutuamente y a servirse el uno al otro.» (Mosíah 4: 14-15.)

Para añadir, deseo rogaros que tengáis paciencia mientras vuestros hijos aprenden esas lecciones.

Los padres deben empeñarse en estimarse y protegerse el uno al otro, sabiendo que el objetivo del adversario es destruir la integridad de la familia.

Los líderes de la Iglesia

Los lideres de la Iglesia son el blanco de los ataques de los que causan disensiones. Así es aun cuando ni uno solo de ellos, ni los hermanos ni las hermanas se ha llamado a sí mismo a un cargo de responsabilidad. Cada una de las Autoridades Generales, por ejemplo, ha escogido otra carrera como la ocupación de su vida. Pero la realidad es que, al igual que Pedro o Pablo, cada uno ha sido »llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad» (quinto Artículo de Fe). Con ese llamamiento, viene la obligación de seguir el ejemplo del Príncipe de Paz.

Comparten esa meta otros siervos dignos del Maestro que nunca hablarían mal de los ungidos del Señor ni provocarían contención por las enseñanzas de los profetas antiguos o vivientes.

Ciertamente ningún fiel seguidor de Dios fomentaría causa alguna -ni siquiera remotamente relacionada con religión- basada en la controversia, porque la contención no es del Señor.

Por cierto, una persona leal no prestaría su buen nombre a periódicos, ni a programas ni a foros que presenten a ofensores que siembran »discordia entre hermanos» (Proverbios 6:19;  6:14).

Esos perturbadores trágicamente cumplen la profecía desde largo tiempo predicha: se «consultaran unidos contra JEHOVA y contra su ungido» (Salmos 2:2).

Sin embargo, misericordiosamente, los ungidos oran por los que les atacan, conociendo el triste destino profetizado para sus atacantes. (D. y C. 121:16-22.)

En todo el mundo, los santos del Señor le seguirán a Él y también a sus líderes ungidos; ellos han aprendido que el camino de la disensión lleva a grandes peligros. En el Libro de Mormón se encuentra esta advertencia:

«Ahora bien, estos disidentes, teniendo la misma instrucción y la misma información. . . habiendo sido instruidos en el mismo conocimiento del Señor, no obstante, es extraño relatar que no mucho después de su disensión, ellos se volvieron mas duros e impenitentes, y mas salvajes, inicuos y feroces. . . entregándose a la indolencia y a toda clase de lascivias; sí, olvidándose enteramente del Señor su Dios. » (Alma 47:36.)

¡Cuanta división produce el poder de la disensión! Pequeños actos desembocan en grandes consecuencias. No importa cual sea la posición o la situación, nadie puede suponerse inmune de las terribles consecuencias de la contención.

Thomas B. Marsh, que una vez fue uno de los Doce, dejó la Iglesia. Su desliz espiritual hacia la apostasía comenzó porque su esposa y otra mujer habían reñido . . . ¡por un poco de leche! Al cabo de una ausencia de la Iglesia de casi diecinueve años, volvió; y en una reunión de la Iglesia dijo:

«Si hubiera entre vosotros alguno que apostatara e hiciera lo que yo he hecho, prepare las espaldas para recibir unos buenos azotes, si es alguien a quien el Señor ame. Pero si queréis seguir mi consejo, apoyad y defended a las autoridades.» (Journal of Discourses, 5:206; véase además, presidente Gordon B. Hinckley, Liahona, julio de 1984, págs. 133-136.)

Desde luego, las autoridades son humanas; pero Dios les ha confiado las llaves de su divina obra. Y Él nos hace responsables de la forma en que respondemos a las enseñanzas de sus siervos. Estas son las palabras del Señor:

«Y si los de mi pueblo escuchan mi voz, y la voz de mis siervos que he nombrado para guiar a mi pueblo, he aquí, de cierto os digo que no serán quitados de su lugar.
«Mas si no escuchan mi voz, ni la voz de estos hombres que he designado, no serán bendecidos . . . » (D. y C. 124:45-46.)

La divina doctrina

La divina doctrina de la Iglesia es el blanco principal de los ataques de los espiritualmente contenciosos. Recuerdo bien a un amigo que habitualmente sembraba las semillas de la contención en las clases de la Iglesia. A sus «asaltos» invariablemente predecía este mismo comentario: «Déjenme hacer el papel del abogado del diablo». Hace poco, falleció. Un día comparecerá ante el Señor para ser juzgado, y me pregunto si entonces dirá su frase típica.

Esos espíritus contenciosos no son nuevos. En una epístola a Timoteo, el apóstol Pablo le advierte:

» . . . para que no sea blasfemado el nombre de Dios y la doctrina.
«Si alguno enseña otra cosa, y no se conforma a las sanas palabras de nuestro Señor Jesucristo, y a la doctrina. . . y delira acerca de cuestiones y contiendas de palabras . . . [y toma] la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales.» (I Timoteo 6:1, 3-5.) (Isaías 29:21; 2 Nefi 27:32; D. y C. 60: 14; 38:41; 19:30.)

El analizar la doctrina con contención con el fin de atraer la atención hacia uno mismo no es agradable al Señor. Él dijo:

«Y hago esto para establecer mi evangelio, a fin de que no haya tanta contención; sí, Satanás incita el corazón del pueblo para que contiendan sobre los puntos de mi doctrina; y en estas cosas yerran, porque pervierten las Escrituras y no las entienden.» (D. y C. 10:63.)

La contención provoca la desunión.

El Libro de Mormón enseña un método mejor:

» . . . Alma, teniendo autoridad de Dios . . . les mandó que no hubiera contenciones entre uno y otro, sino que fijasen su vista hacia adelante con una sola mira, teniendo una fe y un bautismo, teniendo entrelazados sus corazones con unidad y amor el uno para con el otro. » (Mosíah 18:18, 21; 23:15.)

Medidas para substituir la contención

¿Que podemos hacer para combatir el poder destructivo de la contención? ¿Qué medidas podemos tomar para substituir el espíritu de contención con un espíritu de paz personal?

Para empezar, tengamos compasión por los demás. Dominemos la lengua, el lápiz y la computadora. Si nos sentimos tentados a polemizar, recordemos este proverbio:

«El que carece de entendimiento menosprecia a su prójimo; mas el hombre prudente calla.» (Proverbios 11:12;  17:28.)

Refrenemos la pasión (véase Alma 38:12) de hablar o escribir con contención por ganancia o gloria personales. El apóstol Pablo aconsejó a los filipenses, diciéndoles:

«Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo. . . » (Filipenses 2:3.)

Esa gran consideración mutua nos permitiría diferir con respeto, sin ser displicentes.

Pero lo más importante viene después que se ha logrado el dominio de la expresión. La paz personal se logra cuando, con humilde sumisión, se ama de verdad a Dios. Escuchad bien lo que dicen las Escrituras:

«Y ocurrió que no habla contenciones en la tierra, a causa del amor de Dios que moraba en el corazón del pueblo. » (4 Nefi 1:15;  1:2.)

Por tanto, el amor de Dios debe ser nuestro objetivo. Es el primer mandamiento: el fundamento de la fe. Al acrecentar en nosotros el amor de Dios y de Cristo, el amor a la familia y al prójimo seguirán naturalmente. Entonces anhelaremos imitar a Jesús.

Él sanó. Él consoló. Él enseñó:

«Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.» (Mateo 5:9; 3 Nefi 12:9.)

Mediante el amor de Dios, el dolor producido por el poder destructivo de la contención se extinguirá del alma. Esa curación comienza con una promesa personal: «Que haya paz en la tierra y que comience por mí» (Sy Miller y Jill Jackson). Ese cometido se extenderá a familiares y a amigos, y acarreara la paz a vecindarios y a naciones.

Evitemos la contención, busquemos la santidad. Recibamos la luz de la verdad eterna. Sintamos lo mismo que el Señor con amor y unámonos a Él con fe. Entonces, » . . . la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento. . . » (Filipenses 4:7) será vuestra, para bendeciros tanto a vosotros como a vuestra posteridad en las generaciones venideras; lo testifico en el nombre de Jesucristo. Amen.

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