Conferencia General Abril 1989
Este es el momento
por el élder Hugh W. Pinnock
de la Presidencia del Quórum de los Setenta
»Este es el momento de cesar de culpar a otros, al gobierno, a la Iglesia, o a las circunstancias por cualquier condición desfavorable que nos acontezca. Este es el momento de asumir y aceptar nuestra responsabilidad».
Hermanos, vivimos en una época peculiar. Ha sido llamada la era del espacio o de la computación; sin embargo, mas bien parece ser la era de culpar a todos o a todo por cualquier condición desfavorable. Culpamos a nuestros conocidos, a nuestros padres, a la Iglesia, a nuestro cónyuge, a nuestros maestros, a nuestros vecinos, al lugar donde vivimos, y hasta al clima, por nuestros problemas.
Esto no debe ser así Dios no lo quiere así; no es parte de su gran plan. Cada uno de nosotros debe comparecer ante el Redentor individualmente y rendir cuentas por lo que ha hecho. Es por eso que debemos asumir la responsabilidad por nuestras acciones. Jacob escribió: «Pues bien, mis amados hermanos, yo, Jacob, según la responsabilidad bajo la cual me hallo ante Dios, de magnificar mi oficio con seriedad, . . . vengo . . . para declararos la palabra de Dios». (Jacob 2:2; cursiva agregada.)
Por supuesto que las personas deshonestas, manipuladoras y crueles pueden causar angustia y dolor. Ocurren accidentes que pueden causar gran dolor y a veces incapacitar a una persona de por vida. Sin embargo, el juzgar, culpar y no perdonar indica que no somos responsables. Además, eso intensifica nuestro dolor e impide que cicatricen las heridas, tanto físicas como espirituales.
¿Por que pedimos o incluso queremos que alguien mas nos proporcione aquello que necesitamos, cuando nosotros mismos lo podemos proveer? Lehi nos enseñó: «Por lo tanto, Dios el Señor le concedió al hombre que obrara por sí mismo» (2 Nefi 2:16).
Sin embargo, muchos esperan que el gobierno, la Iglesia o alguna otra institución los mantenga. ¿Por que no tomamos la determinación de ser responsables por nuestras propias acciones y pensamientos? «Escogeos hoy a quien queráis servir» (Alma 30:8, Josué 24:15).
Por otro lado, es apropiado depender de otros para solucionar ciertos problemas. No hay quien pueda substituir a padres cariñosos y comprensivos, a líderes del sacerdocio y las organizaciones auxiliares, a los diestros doctores, a los maestros dedicados o a los mecánicos expertos en la reparación de autos. No hay nada de malo en acudir a estos profesionales cuando necesitemos ayuda. Lo que sí esta mal es esperar que otros hagan lo que podemos y debemos hacer por nosotros mismos.
Nos emocionamos cuando aquellos que se han desviado del camino vuelven a la Iglesia. Sentimos que nosotros, tal vez, tuvimos algo que ver con ello y, si bien es probable que nuestro amor y estímulo hayan ayudado, es la persona que regreso la que asumió la responsabilidad de su propia salvación al retornar.
Un misionero podría decir: Yo convertí a quince personas a la Iglesia. Pero no es así; quince de nuestros hermanos y hermanas decidieron venir a Cristo y, al bautizarse, asumieron la responsabilidad de su propio progreso espiritual. Si nuestros conversos aprenden este concepto, se volverán más fuertes gracias a ello.
Permitidme compartir algunos ejemplos sobre la responsabilidad.
Muchos de nosotros tenemos un héroe especial. Uno de ellos era Chuck Anderson, quien murió hace catorce meses. Él tenía una enfermedad extremadamente rara llamada Epidermó1isis Distrófica. Cuando era joven, si lo tocaban, tenla hemorragias a la piel. Después de cierto tiempo, la herida cicatrizaba. Con algodón le cubrían parcialmente las manos y otras partes del cuerpo, pero no lo suficiente para evitarle dolor y luego las cicatrices, las que se convertían en una especie de costra dura. Puesto que no podía tocarse el cuero cabelludo, le resultaba muy difícil peinarse. Así vivió hasta los veintiséis años, pero nunca, durante esos 312 meses, hubo un día en que no tuviera dolores, o se viera libre de cicatrices o de vendajes; o un día en que pudiera correr y jugar como los demás.
Un día, él decidió ser tan productivo como el que más y tener una actitud positiva sin igual. Tenía un magnífico sentido del humor y sus muestras de valor y su deseo de ser tan autosuficiente como le fuera posible fue una bendición para todos los que le conocieron. Por supuesto, sus maravillosos padres, amigos, líderes de la Iglesia y maestros hacían todo lo que podían, pero Chucky Anderson determinó que él haría por sí mismo todo lo que fuera posible.
Tenía grandes deseos de ir a una misión, pero su condición física no se lo permitía. Entonces ¿qué hizo?
Sirvió una misión ayudando a todos los que le conocían, a saber que él era un Mormón y que amaba al Señor.
Tomó la decisión de olvidarse de sí mismo y hacer todo lo posible para tener valor y ser útil a los demás.
Otro ejemplo: El año pasado, un grupo de estudiantes de secundaria estaba en una clase de seminario. Miraban constantemente el reloj, esperando que la clase terminara, no prestaban atención, se reían, hacían bromas y se pasaban notitas.
En el video que estaban pasando apareció el presidente Ezra Taft Benson, y habla acerca del Libro de Mormón. Pero el ruido continuaba. De pronto, una joven se puso de pie, fue al frente de la clase, detuvo la videograbadora y, aunque un tanto temerosa, dijo: «Él es nuestro profeta, el habla con nuestro Padre Celestial, nos esta hablando acerca del Libro de Mormón y deberíamos escucharle.»
Repentinamente, todos miraron al frente. La joven encendió la videograbadora y regresó a su lugar.
Al hablar con el maestro de esa clase de seminario una o dos semanas después dijo: «En todos los años que he enseñado, nunca vi una clase más referente y que prestara mas atención en l as cosas importantes que ese día en que esa bella joven pasó al frente de la clase y dijo: «Debemos escuchar a nuestro profeta.» Ella lo hizo por sí sola. No esperó a que otra persona lo hiciera.
Hace varios meses, después de haber subido a un avión con destino a Phoenix, Arizona, tuvimos que esperar en tierra a causa de la neblina. Mientras esperábamos, la puerta del avión se abrió varias veces dando acceso a varios pasajeros mas, aun cuando ya hacía mas de medio hora que deberíamos haber partido.
Un joven tomó el asiento vacante junto al mío. Después de un rato me miró y dijo: -Perdone, ¿es usted mormón? Le dije que sí y le pregunte por que lo quería saber.
Él contestó: -Me uní a la Iglesia hace varios meses, pero ahora tengo dudas.
Hablamos acerca del evangelio. Le di mi testimonio. Hablamos de muchas cosas con respecto a la Iglesia, y a la vida en general. Mientras tanto, el avión habla despegado y se dirigía ya hacía el sur.
Este buen joven quería reafirmar y fortalecer su testimonio y estaba dispuesto a hacer algo al respecto. El y yo somos buenos amigos ahora. Cuando pienso en él, me viene a la mente un joven excelente que estaba en busca de la verdad, un joven que necesitaba confirmar sus creencias y lo estaba haciendo por sí mismo. Él asumió la responsabilidad.
En todos los barrios y ramas del mundo existen aquellos que se preguntan: «¿Es verdad esto? ¿Cómo puedo mejorar mi vida?» Debemos ayudarles, pero la tarea de caminar por el sendero que fortalecerá su testimonio y que mejorara su vida es exclusivamente de ellos.
Me gustaría hablaros acerca de cómo lograr eso. ¿Cuales son los pasos que uno debe tomar a fin de fortalecer el testimonio del evangelio de Jesucristo y cambiar de vida?
Primero, el deseo de cambiar debe ser de todo corazón. Luego, es preciso tomar la responsabilidad sobre sí mismo de hacer todo lo que sea necesario para ser diferente.
Segundo, hacer lo que el profeta nos ha dicho y leer las Escrituras. Concentrarse en las palabras del Maestro conforme lo reflejan los escritos de Nefi, Moisés, Pablo, Lucas, José Smith y otros Profetas. A menudo, cuando se tienen dificultades, el acudir a las escrituras nos proveerá con una fortaleza y una seguridad que, por lo general, no se puede obtener de otra manera. Para fortalecer nuestro testimonio debemos enfrentarnos solos con nuestros problemas.
Tercero, cumplir con los mandamientos. Cuando no se vive de la manera que el Señor nos ha pedido, por lo general, el testimonio se debilita y el conocimiento de la veracidad del plan de nuestro Padre Celestial disminuye. La lucha por evitarlo yace en nosotros mismos.
Por supuesto que todos cometemos errores, pero permitidme relataros algo acerca de una encantadora joven que vino a verme a la oficina. Estaba muy desanimada, casi deprimida. Era maestra, cosa que les gustaba mucho, pero sentía que su vida no la conducía a ningún lado. Para complicar mas la situación, su testimonio se había debilitado y le faltaba la chispa que antes todos conocían como parte de su vibrante personalidad.
-Voy a hacerle una pregunta, pero no quiero que entre en detalles. ¿Esta usted cumpliendo con los mandamientos?-le dije.
-No-ella susurró.
Concordamos que hablaría con su obispo; también hablamos acerca del testimonio y cómo, cuando uno vive los mandamientos, se reciben bendiciones del espíritu que no se pueden recibir de ninguna otra manera.
Se fue, aparentemente tan desanimada como cuando entró a mi oficina, pero al poco tiempo, tal vez un mes después, recibí una llamada telefónica de ella en la que me decía que todo estaba bien.
-¿Que quiere decir?-le pregunté.
-Pues, fui a ver a mi obispo. Ahora estoy cumpliendo con los mandamientos y, si, yo sé que el evangelio es verdadero. Lo logré por mí misma, -me dijo.
-Nadie mas lo hubiera podido hacer por usted, -le conteste.
Piensen en los días, las semanas y aun los meses y los años que se desperdician cada vez que una persona espera que alguien haga lo que sólo ella misma puede hacer. Esto no puede ser así. Dios, en los cielos, no hará por nosotros lo que nosotros podríamos o deberíamos hacer por nosotros mismos.
Cuarto, todos tenemos la responsabilidad de ayudar a otros cuando realmente necesiten que sus cargas sean aligeradas. Esa es la medula del servicio cristiano, pero recordad que si hacéis lo que otros deberían estar haciendo por si mismos, los conduciréis a la atrofia y detrimento.
Estos cuatro pasos nos ayudaran a desarrollar una unión total con el Salvador. ¿Acaso nos hemos dado cuenta de que El debe ser el centro de nuestra vida? Tan sólo el Salvador puede ser nuestro Salvador y esa es una relación muy personal. Acudimos a El solos, y esa es la única manera en que Él nos acepta.
No hay otra manera.
Las revistas de la Iglesia, los manuales de lecciones y las cintas de video, nunca proporcionaran todo lo que una persona necesita para resolver problemas, preparar una lección o encontrar una nueva dirección en la vida. Estos recursos son muy eficaces y de gran ayuda, pero aun todos ellos juntos jamás serán tan completos ni tan poderosos como las Escrituras. Además, no debemos confiar demasiado en la forma que otros interpretan lo que el Señor dice en los libros canónicos. Descubrámoslo acudiendo directamente a esas paginas sagradas.
Nosotros apreciamos los edificios de la Iglesia donde prestamos servicios de adoración los domingos, Jugamos voleibol los miércoles y donde nos reunimos otros días, conforme a nuestras asignaciones. Están bien diseñados y, por lo general, se mantienen en buen estado. Pero jamas substituirán a nuestros hogares. Aun cuando no haya edificios especiales, siempre habrá lugares disponibles donde la gente pueda reunirse para participar de la santa cena y adorar a nuestro Padre Celestial.
La evidencia muestra que, a menudo, las cosas sencillas satisfacen mas que las complicadas y son, a veces, mejores. Los materiales didácticos que hagamos en casa para enriquecer una lección, los entretenimientos planeados por padres e hijos, y los ejemplos para la noche de hogar que se ajustan a las escrituras y a nuestra propia cultura, pueden ser a menudo de mas provecho que los materiales que uno compra.
Usad el sentido común y no olvidéis la inspiración que podéis recibir a fin de proveer ideas o ejemplos adecuados en las lecciones, ya sea en el hogar, en las clases de doctrina del evangelio, o en cualquier otra asignación de la Iglesia.
¿Cuan a menudo los niños dicen: «No, deja que yo lo haga», cuando un adulto, bien intencionado, les brinda mas ayuda de la que ellos necesitan?
¿No recordáis acaso cuando vosotros mismos hicisteis un silbato de madera que emitía un sonido aun mejor del que se vendía en la tienda?
Es mucho lo que perdemos cuando nos limitamos a entretenernos mirando televisión, viendo películas o en alguna otra forma similar. Podemos perder la dicha y esparcimiento que se recibe jugando a la pelota con nuestros hijos, yendo de caminata con algún vecino, dibujando, cantando con un amigo, o tal vez buscar la verdad pura que emana de entre las desgastadas paginas de un Libro de Mormón.
¿Que nos esta pasando? ¿Por que dependemos de otros para formular nuestras propias opiniones, nuestra dirección en la vida y hasta nuestro vocabulario?
Es hora de decir: ¡Basta ya! ¡Yo asumo la responsabilidad por mis propias acciones! Ya es hora de dejar de culpar a otros, al gobierno, a la Iglesia, o a las circunstancias por lo que nos este aquejando.
Ya es hora de asumir la responsabilidad por nosotros mismos.
De estas cosas yo testifico, en el nombre de Jesucristo, nuestro Salvador. Amén.
























