Conferencia General Abril 1989
La unión de la familia eterna
por el elder J. Richard Clarke
de la Presidencia de los Quórumes de los Setenta
»Al aprender a ser familias cariñosas y unidas en la tierra, nuestro corazón se volverá naturalmente a nuestros parientes que están en el mundo de los espíritus.»
Hermanos, desde el pasado octubre he tenido la bendición de relacionarme con el Departamento de Historia Familiar de la Iglesia. Trabajar con este departamento nos da la oportunidad de sentir el gozo de los convenios y ordenanzas del templo cuando ponemos estos a disposición de nuestros seres queridos.
Alex Haley, el famoso autor del libro Raíces, dijo: «En todos nosotros existe una profunda hambre por conocer nuestro linaje, por saber quienes somos y de dónde venimos. Sin ese conocimiento ennoblecedor, sentimos nostalgia y, no obstante lo que logremos en la vida, existen en nosotros un vacío y una inquietante soledad».
Por medio de la historia familiar descubrimos el árbol más hermoso de la creación: nuestro árbol genealógico. Sus numerosas raíces se remontan a la historia y sus ramas se extienden a través de la eternidad. La historia familiar es la expresión extensiva del amor eterno; nace de la abnegación y provee la oportunidad de asegurarse para siempre una unidad familiar.
Moroni le dijo al joven José Smith que Elías el Profeta vendría y revelaría otra vez los propósitos, poderes y bendiciones del Santo Sacerdocio que el mundo había perdido. Por medio de las llaves que él restauraría se plantaría en el corazón de los hijos de los últimos días las promesas que se habían hecho a sus antepasados. Nuestro corazón se volvería hacia nuestros padres y, por medio de esa promesa motivadora, podrían extenderse para siempre las sagradas relaciones terrenales. Así, las familias de la tierra se convertirían en familias de los cielos.
Krister Stendahl, Obispo de la Iglesia Luterana en Estocolmo, expresó este profundo pensamiento sobre el Templo de Suecia: «¡Que maravilloso! Los únicos que extienden las bendiciones de la expiación de Jesucristo a los que han pasado mas allá de la tumba son los mormones». Y tiene razón. Las bendiciones de la Expiación se extienden mas allá de la tumba. Jesus sufrió y murió con el fin de preservar y unificar a la familia de nuestro Padre Celestial.
En las antiguas culturas de los tiempos bíblicos, la familia era algo mas que una unidad formada por padres e hijos: incluía a todos los que tuvieran parentesco de sangre o por matrimonio. Esos parientes estaban fuertemente ligados por el afecto y el sacerdocio patriarcal, y entre ellos se veneraba a los ancianos por su experiencia y sabiduría. Hallaban fortaleza y seguridad en el hecho de ser una familia numerosa y, mediante el amor y el apoyo, establecían la solidaridad y la continuidad.
Muchas de las condiciones sociales y económicas del mundo de hoy unen sus fuerzas en contra de ese tipo de familia. A través de las épocas siempre ha habido poderes malignos que atacan a la familia. ¿Por que estará Satanás tan obsesionado por destruirla? Porque ella representa todo lo que él quiere y no puede tener: el no puede ser esposo ni padre ni abuelo; no puede ni podrá nunca tener posteridad. Ni siquiera puede retener a los que ha apartado de Dios, porque no tiene reino ni herencia eternos.
Sin embargo, la familia sigue siendo la institución mas fuerte e importante de la sociedad. En donde ha prevalecido, lo ha hecho por haber tomado un lugar de prioridad; en esos casos, los intereses del individuo se han subordinado a los intereses del grupo; el sacrificio ha excedido al egoísmo y han predominado la lealtad, el respeto al nombre familiar, el orgullo por los logros de los demás, y el tiempo compartido y bien aprovechado.
Al casarme, tuve la buena suerte de unirme a una familia así. Me ha asombrado ver a los parientes viajar largas distancias para asistir a una actividad familiar, la despedida de un misionero o una boda. Una tía anciana todavía invita a sus noches de hogar a los primos hasta en cuarto grado que asisten a la Universidad Brigham Young. Gracias a la relación que ahí establecen, estos primos se fortalecen mutuamente para cumplir los convenios del evangelio.
Si la unidad familiar entre los parientes funcionara como debiera, extenderíamos nuestro amor a cada uno de sus miembros en los momentos difíciles. Los recursos económicos compartidos harían que la familia fuera autosuficiente. Los hijos considerarían que es una bendición, y no una carga, cuidar de sus padres ancianos.
Conozco a un viudo que vacilaba en ir a vivir con su hija, que había vivido en otro estado por muchos años. Ella le agradeció el privilegio de recibirlo en su hogar, insistiendo en que así podría demostrarle su amor y gratitud por todo lo que había recibido de los padres; hasta pensaba que era egoísta al tener a su padre todo para ella. Cuando él murió, ella me dijo lo bendecida que se sentía de haber podido tener esos años inapreciables con él.
El sacerdocio es el poder vital que solidifica a la familia. Uno de los privilegios más sagrados de la paternidad es el de bendecir a los propios hijos.
Hace muchos años, oí en el Tabernáculo al élder Sterling Sill hablar con reconocimiento de los hombres que habían efectuado las ordenanzas del sacerdocio anotadas en su cédula de miembro. De pronto me di cuenta de que el nombre de mi padre no aparecía en la mía; el no era activo en la Iglesia durante mi juventud, pero después había llegado a ser un sumo sacerdote digno.
Al regresar de la conferencia, cavile con pesar sobre esto, sintiéndome defraudado. Le hablé por teléfono a mi padre y le dije: »Papa, quiero pedirte un favor. Es algo que ninguna otra persona puede hacer por mí. Quiero que me des una bendición de padre». Él vaciló y me contestó: Bueno, veremos, la próxima vez que vengas por aquí».
Yo persistí en mi propósito. Que yo supiera, el nunca había dado una bendición de padre y eso lo ponía nervioso. Pero a la edad de ochenta y cuatro años me puso las manos sobre la cabeza para bendecirme. Y este hijo jamas olvidara el gozo supremo de oír a un padre orgulloso volcar su corazón en una bendición sagrada e inimitable no por su elocuencia, sino porque provenía de mi padre. Espero, hermanos, que no les neguéis a vuestros hijos esa experiencia selecta.
Sé que hay muchas familias en la Iglesia que carecen de un poseedor del sacerdocio que presida el hogar y las bendiga. Esas personas no quieren ser una molestia para otras y a menudo se ven ofendidas por comentarios insensibles sobre la condición de su hogar. Lo mismo sucede con los adultos solteros, que muchas veces se sienten separados de la corriente de vida familiar de la Iglesia. Estos son los que especialmente necesitan ser parte de la familia del evangelio, en la que se pueden obtener bendiciones de poseedores dignos del sacerdocio y encontrar modelos en la hermandad del quórum y de la Sociedad de Socorro. Las familias del barrio pueden extenderles un interés sincero y cariñoso. En el plan del Señor no se debe pasar por alto a nadie; todos somos miembros del cuerpo de Cristo.
Al aprender a ser familias cariñosas y unidas en la tierra, nuestro corazón se volverá naturalmente a nuestros parientes que están en el mundo de los espíritus. En el lugar que se encuentran, detrás del velo, ellos están esperando que nosotros, sus familiares, pongamos a su alcance las bendiciones de las ordenanzas del sacerdocio; anhelan formar parte de un circulo familiar eterno y están ansiosos porque nosotros hagamos que esto sea posible. ¿No tenemos la obligación de hacerlo?
Me impresionó el testimonio de una hermana soltera en Washington, D.C., que, siendo una conversa reciente, se encontró de pronto sumergida en la búsqueda de sus datos familiares. Después de haber tenido por primera vez la sagrada experiencia de participar en la obra de ordenanzas del templo por varios de sus parientes, expresó sus sentimientos con lagrimas de gozo: »¡Ya no soy la única de mi familia que es miembro de la Iglesia»!, exclamó.
La investigación genealógica y las ordenanzas del templo hacen posible que seamos familias eternas. El proceso de compilar registros de historia familiar no tiene por que ser caro ni complicado. Quizás no podamos hacer todo lo que desearíamos, pero podemos hacer algo.
Con el permiso de la hermana Linda Seamon, de la Estaca Flagstaff, Arizona, quiero leeros parte de su hermosa carta:
»Somos una familia joven. Mi esposo y yo tenemos ambos treinta y tres años y somos padres de tres niños pequeños. Esta es una época muy ocupada para nuestra familia. Durante meses, la encargada de genealogía del barrio nos llamaba regularmente para preguntarnos si necesitábamos ayuda para empezar nuestra historia familiar. Por supuesto, le agradecíamos, pero le contestábamos que ‘la tía Leona, la prima Nellie y la tía Berta ya habían hecho todo lo necesario’. Luego, interesada por un articulo que salió en el Ensign sobre los nuevos formularios más pequeños para la historia familiar, se lo mencione a esta hermana, ¡y una semana mas tarde estaba en mi casa con los formularios! Los mire y pense en lo bueno que seria llenarlos con nuestros nombres. Esta experiencia sencilla con una representante de Historia Familiar fue lo que nos dio el empujón inicial.
»Ambos provenimos de familias mormonas de varias generaciones, y creíamos que la obra de ordenanzas por todos nuestros antepasados ya se había hecho. ¡Estabamos equivocados! En los pocos meses que llevamos reuniendo copias de hojas de Registro de Grupo Familiar, hemos tenido muchas experiencias que nos han confirmado la mano del Señor en esta obra: 44 bautismos, 45 investiduras, 29 niños sellados a sus padres, 16 sellamientos de matrimonio. ¡Y todo esto de registros que ‘ya se habían hecho’!
»No hay palabras que puedan expresar el gozo que sentimos en el templo al efectuar esas ordenanzas por nuestros antepasados. Se han renovado relaciones familiares, algunas que permanecían cortadas desde la instancia; otros parientes también han tomado parte. Hemos enviado nombres a cinco templos para poder estar mas unidos en hacer la obra del templo.
»Creemos que basta con una experiencia en el templo por uno de nuestros antepasados para convencer a las personas de la importancia de esta obra. Es posible participar en ella a cualquier edad. ¡Nosotros estamos dedicados a ella!»
El profeta José Smith nos hizo esta advertencia solemne: » . . . la tierra será herida con una maldición, a menos que entre los padres y los hijos exista un eslabón conexivo de alguna clase . . . Pues sin ellos nosotros no podemos perfeccionarnos, ni ellos pueden perfeccionarse sin nosotros.» (D. y C. 128: 18.)
Antes de que el mundo fuera, en los concilios de los cielos hicimos un acuerdo solemne con el Señor de ayudarle a llevar a cabo la vida eterna del hombre. El elder John A Widtsoe nos recuerda:
«El más insignificante, el más humilde de nosotros, tiene una sociedad con el Todopoderoso para lograr el propósito del plan eterno de salvación. Esto es deber del hombre, su placer y su gozo, su labor y por fin su gloria. Por esa doctrina, con el Señor a la cabeza, nos volvemos salvadores en el monte de Sión.»
Testifico que esta obra es verdadera. Testifico que podemos tener la expectativa de una reunión gloriosa con nuestros parientes por medio de las bendiciones del convenio del sacerdocio. Ruego que escuchemos a los profetas y alcancemos el supremo gozo que se recibe al llevar a cabo esta maravillosa obra de salvación. En el nombre de Jesucristo. Amen.

























