Comienzos

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Presidente James E. Faust
Segundo Consejero de la Primera Presidencia

Charla fogonera del SEI para jóvenes adultos • 7 de mayo de 2006 Instituto de Religión de la Universidad de Utah


Gracias, presidente Price, por sus amables comentarios. El presidente Hugh B. Brown me dijo una vez: “No tiene nada de malo escuchar halagos mientras uno no se los crea”.

Hace exactamente cuatro semanas  sufrí una caída, pero ya me estoy recuperando, aunque     todavía tengo que andar con cuidado. El presidente Gordon B. Hinckley y el presidente Thomas S. Monson les mandan su amor y sus saludos. El presidente Hinckley está bien; está muy bien; de hecho, en mi opinión no puede estar mejor. Por supuesto, es impresionante lo alerta, lo capaz y lo inteligente que es.

No voy a dar un discurso muy largo esta noche. Prefiero darles la oportunidad de sociabilizar por un rato, y les insto a hacerlo. Les vamos a otorgar una dispensa esta noche: cuando se despidan, pueden darse la mano. Veo a muchas jóvenes hermosas y a muchos jóvenes bien parecidos, y me gustaría decirles a los hombres jóvenes: “¡Abran los ojos!”. Y les diré algo más: “Si ustedes ponen las obras, yo pondré la fe”.

Agradezco la oportunidad de dirigirme a ustedes, estudiantes y compañeros, en esta transmisión vía satélite. También es un placer saludar a los miembros del profesorado y a los líderes de Instituto, muchos de los cuales he tenido el privilegio de conocer por muchos años.

Deseo utilizar como tema de mi mensaje una porción de las palabras de Pablo a los tesalonicenses: “Hermanos amados por el Señor… Dios os [ha] escogido desde el principio para salvación, mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad” (2 Tesalonicenses 2:13). Pablo dice aquí que ustedes fueron escogidos desde el principio. Existen muchos comienzos o inicios. Algunos de ustedes están comenzando su importante carrera educativa. Cómo comienzan y hacia dónde se dirigen es de importancia trascendental. Pablo dice que fueron escogidos para salvación “mediante la santificación por el Espíritu y la fe en la verdad”. Pero hablemos un poco más sobre los comienzos.

El comienzo

Es posible que esta noche sea un comienzo para ustedes.

Cuando yo era joven, competía en carreras de atletismo en la escuela secundaria y más adelante en la universidad. Nos preparábamos diligentemente para las carreras, desafiando nuestros límites al correr más de la distancia requerida para la competición. Cuidábamos nuestra dieta y hacíamos una multitud de cosas a fin de prepararnos para esas carreras. En las carreras cortas, era sumamente importante el comienzo. Calculábamos con cuidado nuestra postura y luego la revisábamos otra vez antes de siquiera poner en posición los bloques de salida. Luego los asegurábamos sobre la pista, nos colocábamos en posición de salida, y nos levantábamos y nos agachábamos una o dos veces para acostumbrarnos a la posición. De hecho, ensayábamos la salida dos o tres veces. Sabíamos que, de no preparar y lograr una salida eficaz, no tendríamos esperanzas de llegar entre las primeras posiciones. El apóstol Pablo nos dio esta perspicaz admonición: “¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis” (1 Corintios 9:24). Claro que el premio es la vida eterna.

He descubierto que para lograr casi cualquier cosa, lo más difícil es comenzar. Un hombre sabio observó: “Al comenzar, la persona ya ha completado la mitad de la tarea”1. Mi padre fue abogado y juez, y cuando comencé a ejercer derecho, me aconsejó: “Asegúrate de redactar los alegatos correctamente desde el principio. Si están correctos, el caso marchará con mayor fluidez”.

Nuevos comienzos

Estoy agradecido por todos los nuevos comienzos. Cada hora puede ser un nuevo comienzo. Aun cada día, cada mes o cada año puede serlo. De hecho, cada momento puede constituir una oportunidad de mejorar.

Dale Carnegie nos dio este buen consejo: “No temas entregar tu mejor esfuerzo a las tareas aparentemente pequeñas. Cada vez que completes una, te convertirás en una persona más fuerte. Si desempeñas bien las tareas pequeñas, las mayores tenderán a completarse solas”.

Nuevas oportunidades

Durante estos últimos años, en el mundo de los negocios ha habido fusiones de grandes compañías, quiebras y escándalos públicos. En los Estados Unidos hemos sobrellevado los terribles acontecimientos del once de septiembre y sus consecuencias. Por todo el globo hemos experimentado inundaciones, huracanes, terremotos y otros desastres. Ha sido una época de cautela y de reserva; sin embargo, para los que han sido lo suficientemente osados, innovadores, creativos y sabios, han existido tantas oportunidades como siempre. De cada tragedia surge una oportunidad. Al día siguiente del incendio de su laboratorio, Tomás Edison comenzó inmediatamente a reconstruirlo y a mejorarlo.

En Leicester, Inglaterra, hay una inscripción en el muro exterior de una antigua iglesia que transmite una reflexión magnífica y notable. La leyenda dice: “En el año 1653, cuando por toda la nación las cosas sagradas que no habían sido demolidas habían sido profanadas, Sir Robert Shirley Baronet fundó esta iglesia. A él se debe la honra por haber hecho las mejores obras en los peores tiempos, y por haber tenido esperanza aun en medio del desastre”2.

A veces, al enfrentar nuevos comienzos, se hace necesario cambiar o reajustar nuestro curso cuando la meta o la decisión que tenemos en mente no está disponible para nosotros. Por ejemplo, tal vez la escuela a la que siempre han querido asistir no los acepte, o se ha cerrado la puerta a la carrera que quieren seguir, o alguien especial en su vida decide casarse con otra persona. En esas ocasiones, es importante entender que existen otras opciones y que es posible tener un nuevo comienzo. En verdad, cuando se cierra una puerta, hay otra que se abre.

Unos jóvenes amigos nuestros aprendieron a manejar el negocio del asfaltado de calles cuando trabajaron por varios años para una importante compañía dentro de ese campo. Se hizo evidente que no surgiría la oportunidad de avanzar en la administración ni de hacerse socios de la empresa, de modo que los jóvenes decidieron montar su propio negocio. Por s puesto que hubo grandes obstáculos, entre ellos el de tener un capital limitado. Tendrían que obtener un préstamo para compensar el déficit de su capital de explotación; asimismo, tendrían que ganar suficientes utilidades para cubrir los intereses del dinero adeudado. Consultaron a un tío que había tenido éxito en los negocios, y él les dijo: “Éste es el momento. Nunca habrá un momento mejor. Mi consejo es que den el paso”. Así lo hicieron, y al administrar precavida y cuidadosamente su limitado capital, lograron montar la empresa y tener un primer año sumamente exitoso.

Mis queridos y jóvenes amigos, el 2006, así como todos los años, es un año de nuevas oportunidades. Charles Dickens introduce su libro Historia de dos ciudades de la siguiente manera: “Era el mejor de los tiempos; era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría, y también de la locura: la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo ante nosotros y no teníamos nada”.

El valor para cambiar

Nada es estático; todo cambia. Se requiere valor para hacer los cambios necesarios en nuestra vida. El reflexivo filósofo Bruce Barton propuso: “Acción y reacción, bajamar y pleamar, ensayo y error, cambio; tal es el ritmo de la vida. De la excesiva confianza al temor; del temor a una comprensión más clara, una nueva esperanza; y de la esperanza al progreso”3.

Abundan las oportunidades para los que son flexibles, que pueden adaptarse, cambiar y mejorar. En ocasiones necesitamos tener la fortaleza para hacer caso omiso de nuestros temores, y para eso se necesita valor.

Nehru, el gran líder de la India, dijo: “Nada que tenga vida en este mundo permanece inmutable. Toda la naturaleza cambia día a día y minuto a minuto; sólo lo que está muerto detiene su desarrollo y permanece inmóvil. El agua pura fluye, pero si se la detiene, se estanca. Así es también con la vida de un hombre [o de una mujer] y de una nación”4.

Nuevos comienzos espirituales

Ya que el espíritu es la esencia más importante de toda actividad humana, es trascendental que nos renovemos espiritualmente de manera frecuente y periódica. Debería sucedernos todas las semanas al participar de la Santa Cena. Cada semana nos presenta nuevas oportunidades de mejorar, de aprender y de hacer nuevos amigos. Podemos aprovechar los desafíos que surgen para hacer la obra misional entre nuestros amigos y vecinos. Cada día brinda una nueva oportunidad de estudiar las Escrituras.

Quisiera sugerir seis medidas iniciales y esenciales que mantendrán abierto el canal de manera significativa para que a diario fluya “agua viva” desde la fuente misma del manantial, el Salvador.

  1. Tengan una comunión espiritual diaria mediante la oración. La oración ferviente y sincera es una comunicación recíproca, la cual contribuirá a que el Espíritu fluya como agua curativa para ayudar en las pruebas, los infortunios, los malestares y los dolores que todos enfrentamos. ¿Cuál es la calidad de nuestras oraciones personales si sólo Él escucha? Al orar, debemos pensar que Él está cerca, lleno de conocimiento, comprensión, amor y compasión, la esencia del poder, y que espera mucho de cada uno de nosotros.
  2. Dar servicio diario y desinteresado a los demás. Los seguidores del Cristo divino tienen que ser juzgados por la balanza de sus acciones más que por sus solemnes declaraciones de creencia. La verdadera medida del servicio se encuentra en Mateo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos… más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40). Quienes piensan en los demás más que en sí mismos y realizan bondadosos actos de servicio son siempre las personas más felices. De hecho, un sabio observó: “Es probable que el hombre que vive solo y que vive únicamente para sí mismo sea corrompido por su acompañante”5.
  3. Luchar diariamente por ser más obedientes y perfectos. Debemos esforzarnos deliberadamente cada día por obedecer los mandamientos de Dios, y eso significa cuidar nuestros pensamientos y acciones a diario y, como dice la canción de la Primaria6, “[tratar] de ser como Cristo”. Gracias a la Expiación perfecta de Jesús, los hombres justos pueden ser hechos perfectos (D. y C. 76:69). Tal como Él mismo aconsejó, “¿Qué clase de hombres habéis de ser? En verdad os digo, aun como yo soy” (3 Nefi 27:27).
  4. Reconocer diariamente Su Divinidad. Para tener una relación diaria y personal con el Maestro, debemos ser Sus discípulos y reconocer Su importancia en nuestra vida. Tal como el rey Benjamín nos recuerda: “Porque ¿cómo conoce un hombre al amo a quien no ha servido, que es un extraño para él, y se halla lejos de los pensamientos y de las intenciones de su corazón?”(Mosíah 5:13).
  5. Participar en el estudio diario de las Escrituras. Esto requiere planificación y disciplina; sin embargo, el estudio diario de las Escrituras fortalecerá nuestra fe y nos ayudará a vivir el Evangelio más plenamente. El presidente Spencer W. Kimball dijo: “He descubierto que cuando descuido mi relación con la Divinidad, cuando parece que ningún oído divino me escucha y que ninguna voz divina me habla, me encuentro muy distanciado. Pero si me sumerjo en las Escrituras, la distancia se acorta y la espiritualidad vuelve”7.
  6. Hagan algo. La televisión nos ha convertido en un pueblo de espectadores. Las mejores competencias deportivas del mundo llegan a nuestro hogar sin costo alguno. En las emisoras públicas contamos con la música más exquisita. Podemos escuchar a Itzak Perlman tocar el violín o al gran tenor, Pavarotti, cantar las melodías favoritas de Caruso: “Torna a Surriento”, “La donna e mobile”, “Questa o quella”, y observarlo mientras se ponen en escena. Sin embargo, ser espectadores requiere poco o ningún esfuerzo de nuestra parte. Como dijera el apóstol Santiago, necesitamos ser “hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores” (Santiago 1:22).

Me temo que nos hemos convertido en una generación de críticos. Me inclino a ser más comprensivo con los que hacen el esfuerzo a pesar de fracasar, que con aquellos que ni siquiera hacen el intento. Theodore Roosevelt dijo lo siguiente acerca de los críticos y de los hacedores: “El que importa no es el crítico, el que señala el tropiezo del hombre fuerte o cómo podría haberlo hecho el hombre de acción. El mérito corresponde al que sale al ruedo, en cuyo rostro está la imprenta del polvo, de la sangre y del sudor; que lucha con bravura; que se equivoca; y que fracasa una y otra vez, ya que no existe el esfuerzo sin el error y el fracaso. El mérito es para el que de hecho se esfuerza por hacer algo, que conoce el profundo entusiasmo y la gran devoción, que se entrega a una causa digna, que en el mejor de los casos conoce finalmente el triunfo de un gran logro y, en el peor, si fracasa, lo hace al menos esforzándose por la victoria; por tanto, ¡su lugar jamás será junto a los espíritus fríos y tímidos que desconocen tanto la victoria como la derrota!”8.

Pasé muchos años ganándome la vida en un ruedo en el que la lucha con los problemas no era fingida. Esa experiencia me enseñó que la vida es más plena, más rica y mejor para aquellos que no temen comenzar de nuevo. La experiencia me enseñó que la genialidad es inusual y que la mayoría de las ricas recompensas de la vida llegan a quienes se preparan diligentemente. La preparación y el tesón importan más que la genialidad. Herbert George Wells observó con perspicacia: “El pasado no es sino el inicio del comienzo, y todo lo que existe y ha existido es sólo el crepúsculo del alba”9.

Hace ya algún tiempo, asistí a una conferencia de estaca, y antes de que comenzaran las sesiones, me reuní en privado con el presidente, quien deseaba conversar conmigo acerca de un problema que tenía con uno de los miembros del sumo consejo. Unos diez años atrás, esta persona había cometido un pecado serio y tendría que haber sufrido la excomunión; sin embargo, nunca lo había confesado. El miembro del sumo consejo no estaba dispuesto a confesar y a aceptar el castigo correspondiente; no obstante, había hecho todo lo posible por rectificar el problema y vivir de tal manera que pudiera disfrutar de las bendiciones de la Iglesia. El presidente de estaca no se había enterado de la transgresión por él, sino por otra fuente que le había hecho prometer que guardaría la reserva. Por tal razón, se sentía obligado a respetar la confidencialidad.

El presidente de estaca había hablado sobre el arrepentimiento en una reunión pública en la que el miembro del sumo consejo estaba presente. En realidad, dirigía sus palabras a una persona —a este oficial de la estaca—, apelando e instándole a acercarse voluntariamente, a confesar y a iniciar el camino al arrepentimiento.

Sentí un gran dolor por ese miembro del sumo consejo, ya que sabía que si hubiera confesado cuando había ocurrido la transgresión, para este momento ya estaría resuelto su problema. Podría haber tenido un nuevo comienzo, aunque sin confesar y sin estar dispuesto a aceptar el castigo, esto no era posible. En verdad, el arrepentimiento es uno de los grandes principios del Evangelio. Nadie es perfecto y todos tenemos que recurrir a este principio de cuando en cuando. Sin embargo, para los que han participado en pecados graves, el arrepentimiento es un principio vital. Mientras más tiempo descendamos por el camino equivocado, más difícil será regresar y situarnos en el sendero correcto.

Deseo expresar mi agradecimiento por los principios redentores del glorioso Evangelio de Jesucristo. Los principios que enseñó Jesús están al alcance de todos nosotros. Al vivir esos principios recibiremos un testimonio firme de la divinidad de esta santa obra. Yo creo, como Pablo dijo, que ustedes son amados por el Señor y que desde el principio fueron de hecho escogidos para salvación (2 Tesalonicenses 2:13). Como Alma enseñó, tenemos santos llamamientos preparados desde la fundación del mundo (Alma 13:5), entre ellos el servicio misional, la maternidad, la paternidad y el servicio en la Iglesia.

Ahora tengo el privilegio y la bendición de dejarles mi testimonio y mi bendición, y lo hago como uno de los testigos especiales, declarándoles con toda la convicción de mi ser y con cada fibra de mi cuerpo, desde la cabeza hasta los pies, que Jesús es el Cristo, el Redentor del mundo, nuestro Salvador, y que está a la cabeza de esta Iglesia. Sé que se halla cerca de los líderes de ella. Sé que Su espíritu está al alcance de todos nosotros, individualmente y en nuestros llamamientos. Él vive. No cabe duda. Puedo testificar con la misma convicción y seguridad del hermano de Jared. Cuando él vio el dedo de Dios, dicen las Escrituras, ya no creyó, porque supo (Éter 3:6, 19).

Yo lo sé, y testifico con las palabras de Pedro. Cuando algunos de los santos comenzaron a desviarse del camino, el Salvador se desanimó y dijo a los Doce: “¿Queréis acaso iros también vosotros?”. Pedro respondió: “¿A quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros hemos creído y conocemos que tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente” (Juan 6:67-69). Por medio de esa misma autoridad y en virtud de ella, testifico de la divinidad y de la existencia de Cristo; y esto lo sé con una certeza que excede al conocimiento que se logra por la vista, porque se nos concede por el Espíritu saber con mayor certidumbre que la que recibimos por los sentidos físicos.

Quisiera invocar sobre cada uno de ustedes una bendición apostólica; ustedes que son jóvenes maravillosos, el pueblo de la promesa; y ruego que se preparen para su gran destino, que se mantengan apegados a los principios de rectitud y de verdad, que sean guiados por el Espíritu Santo con la promesa que ya conocen de que por ese poder y a través de él, podrán conocer la verdad de todas las cosas. ¿Qué mayor promesa puede hacérsele a un alumno que ésta, la de disfrutar de la compañía del Espíritu Santo? Invoco esta bendición sobre ustedes y ruego que nuestro Padre Celestial les guarde en todas sus idas y venidas, y que guíe sus pasos por los caminos de la verdad y la rectitud, que sean sabios más allá de su edad y que sean conscientes de su gran destino y de su gran promesa. Les dejo este testimonio e invoco estas bendiciones sobre ustedes en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

Notas

  1. Horace, Epistles, libro I, epístola II, línea 40.
  2. Inscripción sobre la puerta occidental de La Iglesia de la Santa Trinidad en Staunton Harold Chapel Leicestershire, Inglaterra; http://www.boultbee.freeserve.co.uk/bfh/shc.htm.
  3. En The InternationalDictionary of Thoughts (1969), pág. 117.
  4. Jawaharlal Nehru, en International Dictionary of Thoughts, pág. 118.
  5. Charles Henry Parkhurst, en International Dictionary of Thoughts, pág. 659.
  6. “Yo trato de ser como Cristo”, Canciones para los niños, pág. 40.
  7. “What I Hope You Will Teach My Grandchildren” (discurso al personal de Seminarios e Institutos, Universidad Brigham Young, 11 de julio de 1966), pág. 6; véase también The Teachings of Spencer W. Kimball, ed. Edward L. Kimball, 1982, pág. 135.
  8. Discurso en la Sorbonne, París, Francia, 23 de abril de 1910, sobre “Citizenship in a Republic,” cap. 21 de The Strenuous Life, tomo 13 de The Works of Theodore Roosevelt, ed. nacional, 1926, pág. 510.
  9. The Discovery of the Future, 1901.
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