Religión y filosofía de la Iglesia restaurada

Religión y filosofía de la Iglesia restaurada

Hugh B. Brownpor Hugh B. Brown
de la Primera Presidencia
Liahona Junio 1965

Esta es una experiencia inspiradora y humilde al mismo tiempo, en la que pido la ayuda di­vina. Nos llena de alegría tener a nuestro lado al presidente de la Iglesia y saber que contamos con su apoyo, bendiciones y buenos deseos.

Damos la bienvenida a todos los presentes, y para destacar lo que ya se ha dicho en las sesiones anteriores, así como para informar a nuestros amigos y miembros; repasemos por unos momentos, algunos aspectos de la religión y la filosofía de esta Iglesia modernamente restaurada, pero antigua en sus orígenes.

Esta es la filosofía religiosa de origen divino que enseñaron los profetas y los apóstoles de la anti­güedad y que fue llamada por ellos:

“. . . La restauración de todas las cosas de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo.” (Hechos 3:21.)

Es la Dispensación del Cumplimiento de los Tiempos de que habló Pablo en Efesios:

“. . . Reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos, como las que están en la tierra.” (Efesios 1:10.)

Es esta una filosofía que da solución a los problemas de este mundo confuso y lleno de peligros.

La piedra fundamental de este evangelio res­taurado es la fe en la existencia de un Dios viviente y personal, el Ser Supremo. Y la principal piedra del ángulo es Jesucristo, el Hijo de Dios, el mismo que Pedro defendió tan ardientemente durante su minis­terio. En los Hechos de los Apóstoles está registrado un pasaje que dice:

“Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. (Hechos 4:11-12.)

Creemos que el hombre fue creado a la imagen dé Dios y colocado sobre la tierra como un espíritu encamado para que pueda tener la experiencia de la vida mortal, que es un estado intermedio entre la preexistencia y la inmortalidad.

De acuerdo con el plan divino, hubo una trans­gresión de parte de nuestros primeros padres y como resultado se les dio cuerpos mortales y tanto ellos como sus descendientes quedaron sujetos a la sepa­ración del espíritu y del cuerpo por medio de la muerte.

En el plan divino, también se previó un redentor que rompería las cadenas de la muerte y por medio de la resurrección haría posible la reunión del espí­ritu y del cuerpo de todos los que moren en la carne. En esta forma se previó la redención de la muerte de todo el género humano, por medio de la expiación de Cristo, y su salvación mediante la obediencia a los principios de su evangelio.

Durante su ministerio personal, Cristo aseguró el establecimiento de su Iglesia en el meridiano de los tiempos, e instruyó a sus apóstoles sobre cómo completar su organización, y llevar su mensaje a todo el mundo.

Pero luego de su crucifixión, y la subsiguiente muerte de los apóstoles, hubo una gran apostasía de la Iglesia primitiva. En otras palabras, comenzó una apostasía universal. Por causa de la misma, el sacerdocio dejó de funcionar, y como leemos en los escritos de Eusebio: “El sagrado quorum de los apóstoles fue extinguido, y aún la generación de aquellos que habían tenido el privilegio de oír su sabiduría inspiradora, dejó de existir, el error surgía del fraude y los falsos maestros. Y cuando ya no estuvo ninguno de los apóstoles, estos maestros co­menzaron a enseñar, sin vergüenza alguna, doctrinas falsas y contrarias al evangelio de verdad.”

Apareció en escena la confusión y la contienda, como resultado de las enseñanzas de hombres que trataban de establecer iglesias con su propia auto­ridad.

El anuncio del restablecimiento de la Iglesia de Jesucristo por aparición personal, fue seguida por la visita de otros mensajeros celestiales que restaura­ron él sacerdocio y autorizaron y supervisaron la reorganización de la Iglesia. Este es el tema de nuestro mensaje. La misión de la Iglesia restaurada es predicar el evangelio y administrar sus ordenan­zas entre todas las naciones, para que estén prepara­das para la segunda venida del Salvador.

El período terrenal del hombre no es más que un paso en el viaje hacia el progreso eterno del alma. El nacimiento y la muerte no marcan ni el principio ni el fin de la existencia del hombre. Los espíritus de todos los hombres vivieron como inteligencias y gozaron de su libre albedrío aun antes de nacer en la carne. La vida terrenal está destinada al desarro­llo y preparación de los hijos de los hombres, bajo la dirección y supervisión del Padre Eterno, mediante su hijo Jesucristo. Aquí se nos da la oportunidad de enfrentamos a influencias opuestas, de probar nuestras fuerzas, de combatir y vencer el mal, lo cual nos prepara para el desarrollo futuro en la eternidad. Este fue el propósito de la creación del mundo, que los hombres tomen cuerpos y se con­viertan en candidatos a la vida eterna. El doctor James E. Talmage compendió el tema de la creación del universo, de la manera siguiente:

“¿Qué es el hombre en este vasto marco de esplendor sublime? Yo os digo: En potencia es ahora lo más grandioso y preciso en la aritmética de Dios, más que todos los planetas y soles del espacio; porque fueron creados para él; son la obra de las manos de Dios; el hombre es su hijo. En este mundo, el hombre tiene poder sobre ciertas cosas, y la oportunidad de elevarse sobre muchas otras.”

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firma­mento anuncia la obra de sus manos,” (Salmos 19:1) La creación física en la tierra y el espacio, con toda su grandeza incomprensible, ha sido traída a la existencia como un medio para alcanzar un fin, necesario para la realización de un propósito supre­mo, que ha sido así en las palabras del Creador : “Porque, he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (.Moisés 1:39.)

Todos aquellos que acepten las Sagradas Escri­turas como la palabra de Dios, deben creer la doc­trina de la preexistencia de Cristo y de todos los hijos de Dios. Cristo vivió con el Padre como espíritu no encarnado tal como lo dice Juan el Amado:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

Este era en el principio con Dios.

Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres.

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del uni­génito del Padre) lleno de gracia y de verdad.” {Juan 1:1-4, 14.)

El, que fue el primogénito del Padre y su uni­génito en la carne, muchas veces se refirió a su vida pre-mortal y declaró que había venido del Padre y que a Él volvería después de completar su misión en la tierra. En Juan 3:13 leemos:

“Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre, que está en el cielo.” Y el Salvador repitió en Juan 6:38:

“Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió.”

Antes de la fundación de este mundo, Cristo eligió ser el Redentor y Salvador de la raza humana. Juan tuvo una visión a la que hace referencia en el Apocalipsis. Vio a Lucifer, conocido como el Hijo de la Mañana, o Satanás el dragón, quien condujo la rebelión y declaró:

“Después hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles luchaban contra el dragón; y luchaban el dragón y sus ángeles. . .” (Apocalipsis 12:7)

A aquellos espíritus sin cuerpo que “guardaron su primer estado”, se les dio la oportunidad de venir a la tierra, donde sus espíritus serían revestidos de un cuerpo camal, consistente de elementos terre­nales, o como lo dice el Génesis: hecho del “polvo de la tierra”. Los otros que, junto con su líder, no guardaron su primer estado, se convirtieron en el Diablo y sus ángeles, a quienes se les negó el privi­legio de la existencia mortal, la cual es un requisito indispensable para la exaltación y la vida eterna.

El hombre perdió toda memoria de su existencia anterior, y junto con la mujer, se convirtió en dueño de la tierra, con poder y dominio sobre todas las otras criaturas, como leemos en Génesis:

“Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.”

“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.” (Génesis 1:26-27)

El hombre goza de libertad de acción y libre albedrío, pero al mismo tiempo que es libre de hacer su voluntad, debe afrontar las consecuencias de sus decisiones, y al igual que el Maestro, aprender a obedecer por medio de sus tribulaciones y sufri­mientos. Como dijo Pablo:

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció apren­dió la obediencia;

“Y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” (Hebreos 5:8-9.)

Para toda la raza humana, la vida es un vínculo o estado intermedio entre dos eternidades; el pasado inmensurable y el futuro eterno. Todos los hombres, hijos e hijas de padres divinos, están en la tierra para experimentar una larga serie de actividades e intereses terrenales, como experiencia preliminar para entrar a la gloria celestial.

Aceptamos la narración de las Escrituras en cuanto a la creación del hombre a la imagen de

Dios. Por la caída de Adán heredamos la muerte, y la expiación de Cristo ha hecho posible el retorno del hombre a su estado anterior. Estas dos misio­nes divinas tuvieron consecuencias universales.

Sin embargo, aunque Dios sabía de antemano lo que sucedería bajo ciertas condiciones, esto no significa que El determinó los acontecimientos. Nunca ha tratado ni tratará de interceptar el libre albedrío del hombre, aunque éste al desobedecer sus leyes; trae dolor y condenación sobre sí mismo. A pesar de que Dios es omnipotente, permite que se hagan muchas cosas contrarias a su voluntad, pero desea que toda alma se salve en su reino. De hecho, ha declarado que su obra y su gloria es “llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre”.

Creemos, sin embargo, que sólo a Adán se le pedirá cuenta de su desobediencia, aun cuando su transgresión obró sobre toda carne. La expiación de Cristo es para todo el género humano, porque como dijo Pablo:

“Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.

“Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hom­bres la justificación de vida.” (Romanos 5:12, 18.)

Afirmamos como un principio fundamental, el relato bíblico de la expiación sufrida por Cristo, y la aceptamos en su literal sencillez. Afirmamos además, que fue elegido para ser el Salvador y Redentor del mundo. Ningún otro hombre poseía poder para vencer la muerte y dar su vida como Él lo hizo voluntariamente. Tal como se declara en Juan 5:26:

“Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.”

Y luego declara en Juan 10:17-18:

“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.

“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar. Este mandamiento recibí de mi padre.”

La expiación tiene dos efectos: redención de la muerte para todo el género humano, y salvación per­sonal siempre que sea posible el perdón de los pecados individuales.

Todos los hombres, culpables o inocentes, van a resucitar, y esta creencia es otra de las piedras fundamentales de la Iglesia Mormona. Pero, además de la salvación general, cada ser humano que llegue a la edad de responsabilidad, puede alcanzar gracia divina y obtener la remisión de sus pecados.

No aceptamos la doctrina del pecado original, sino que creemos que los niños nacen inocentes y si mueren antes de llegar a la edad de responsabili­dad, quedan redimidos de la muerte por medio de la expiación del Salvador; y también están exentos de las posibles consecuencias del pecado, o de una tendencia hereditaria a cometerlo. Por tanto, estos niños no necesitan el bautismo ni ninguna otra orde­nanza para ser admitidos en el reino de Dios, ya que son inocentes.

Por tanto, la salvación del pecado se obtiene por medio de la aceptación de la expiación de Cristo y la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio. Todo hombre debe vivir de acuerdo con estas leyes. De esta manera, como dijo Pablo:

“. . . vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” (Hebreos 5:9.)

Si consideramos las condiciones actuales del mundo, nunca hemos vivido más apartados de Cristo que en nuestros días, y a su vez, tampoco ha habido otra época en que lo necesitemos más.

Rechazamos la doctrina de que no hay más que dos lugares o estados de existencia eterna—el cielo y el infierno—y de que todos los hombres irán a uno u otro. De acuerdo con el relato de Juan, el Salvador dijo lo siguiente:

“En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.” (Juan 14:2.)

Afirmándonos en la revelación directa de Dios, declaramos que hay muchos grados de gloria pre­parados para las almas de los hombres, y que éstos van en orden decreciente desde el reino Celestial, el Terrestre y el Telestial. Estas glorias se comparan al sol, la luna y las estrellas, y Pablo las explicó de la siguiente manera a los Santos en Corinto:

“Y hay cuerpos celestiales, y cuerpos terrenales: pero una es la gloria de los celestiales, y otra la de los terrenales.

“Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estre­lla es diferente de otra en gloria.

“Así también es la resurrección de los muertos . . .  (1 Corintios 15:40-42.)

El Salvador seleccionó y ordenó a doce hombres que Él llamó apóstoles, y los comisionó para que predicaran el evangelio al mundo. De hecho, su Iglesia, tanto en la antigüedad como hoy día, está edificada sobre el fundamento de apóstoles y pro­fetas. Citando a Pablo otra vez:

“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo.” (Efesios 2:20.)

“Y él mismo constituyó a unos, apóstoles, a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pas­tores y maestros,

“A fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.” (Efesios 4:11-12)

El apóstol compara la organización de la Iglesia a los diferentes órganos del cuerpo humano. Leemos en I Corintios 12:

“Vosotros, pues, sois el cuerpo de Cristo, y miembros cada uno en particular.

“Y a unos puso Dios en la Iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros, luego los que hacen milagros, después los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas.

“¿Son todos apóstoles? ¿Son todos profetas? ¿Todos maestros? ¿Hacen todos milagros?

“¿Tienen todos dones de sanidad? ¿Hablan todas lenguas? ¿Interpretan todos?

“Procurad, pues, los dones mejores. Más yo os muestro un camino más excelente.” (I Corintios 12:27-31)

Todos son esenciales para el grupo y ninguno tiene derecho de decir al otro: “No te necesito.”

Después de la crucifixión de Cristo, comenzó a operar el fermento de la apostasía y la desinte­gración.

Los apóstoles observaron la evidencia de una decadencia espiritual y predijeron una gran caída, la que progresó durante los primeros años del cristianismo, desde Nerón hasta Diocleciano.

“Pero hubo también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos maestros, que introducirán encubiertamente herejías destruc­toras, y aun negarán al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina.

“Y muchos seguirán sus disoluciones, por causa de los cuales el camino de la verdad será blasfemado.

“Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su perdición no se duerme.” (I Pedro 2:1-3.)

Una extensa apostasía fuera de la Iglesia fue seguida por la apostasía dentro de la Iglesia. La historia tanto sagrada como profana, testifica de esta apostasía tantas veces predicha. Este hecho es la justificación al reclamo de la moderna Iglesia de Jesucristo de que hubo una restauración del evan­gelio. Esta Iglesia es el cristianismo restaurado, y tiene los mismos principios y ordenanzas, el sacerdo­cio y la autoridad que tuvo la Iglesia primitiva. Esta es nuestra declaración, nuestro testimonio y nuestra advertencia a todos los hombres que el Dios del cielo ha establecido su reino, tal como lo predijo Daniel:

“. . . No será jamás destruido, ni será el reino dejado a otro pueblo; y permanecerá para siempre.” (Daniel 2:44.)

Y con este mensaje, humildemente testificamos esta mañana, a los miembros de nuestra Iglesia y a todos los que nos escuchan, y les pedimos que atiendan la voz de los profetas de la antigüedad y los profetas modernos, las revelaciones de Dios y que vivan en armonía con sus leyes, lo ruego en el nom­bre de Jesucristo. Amén.

Esta entrada fue publicada en Sin categoría y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s