La preparación del camino

La preparación del camino

Thomas S. Monsonpor el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

Juan el Bautista predicó en cuanto a la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión y el otorgamiento del Espíritu Santo. Parte de la pasión de los maestros de la Primaria consiste en preparar a los muchachitos para recibir el Sacerdocio Aarónico, el mismo sacerdocio que poseía Juan el Bautista.

Amo la labor de la Primaria, en la que sus maestros instruyen a los niños a caminar en la luz del Evangelio de Cristo, enseñando a cada niño a cantar con convicción personal:

Soy un hijo de Dios…
Guíenme; enséñenme
La senda a seguir
Para que algún día
Yo con Él pueda vivir1.

Parte de la pasión de los maestros de la Primaria consiste en preparar a los muchachitos para recibir el Sacerdocio Aarónico.

Bajo su dirección, se les pide a todos los niños que memoricen los Artículos de Fe de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Ustedes los han de recordar. Permítanme citar tan sólo dos de ellos:

“Nosotros creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo”2.

“Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza, a esto aspiramos”3.

¿Pueden concebir un cimiento más firme, una filosofía más elemental para orientar a cualquiera de nosotros que los Artículos de Fe? ¡Qué maravilloso don nos legan los maestros cuando establecen que cada niño sepa tales normas y por cierto viva conforme a ellas. Sin duda, los maestros aceptan el mandato divino: “Pastorea mis ovejas”; “apacienta mis corderos”4.

Algunos pueden preguntarse: ¿Cuál es la trascendencia del Sacerdocio Aarónico que hace necesaria tal preparación? ¿Es acaso tan importante para la vida de un muchacho? El Sacerdocio de Aarón “es una dependencia del… Sacerdocio de Melquisedec, y tiene el poder para administrar las ordenanzas exteriores”5. Juan el Bautista era descendiente de Aarón y tenía en su poder las llaves del Sacerdocio Aarónico. Quizás podríamos repasar la vida y la misión de Juan a fin de que la importancia del Sacerdocio Aarónico se pueda percibir más plenamente.

Hace muchos años y a mucha distancia de este lugar, en la conquistada tierra de Palestina, ocurrió un maravilloso milagro. El escenario era sombrío; la época tumultuosa.

En ésos, los días de Herodes, rey de Judea, vivía un sacerdote llamado Zacarías y su esposa, Elisabet. “Ambos eran justos delante de Dios”6. Sin embargo, por largos años anhelaron un hijo, sin haberse convertido ese sueño en realidad.

Entonces llegó aquel día de días que sería recordado para siempre. Se le apareció a Zacarías el ángel Gabriel, quien proclamó: “Zacarías, no temas; porque tu oración ha sido oída, y tu mujer Elisabet te dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Juan…

“porque será grande delante de Dios”7. Elisabet concibió y en su debido tiempo dio a luz un hijo que, conforme a las instrucciones del ángel, recibió el nombre de Juan.

Tal como en el caso del Maestro Jesucristo, lo mismo ocurrió con el siervo Juan; es muy poco lo que se registró sobre sus años de adolescencia. Una sola frase encierra todo lo que sabemos de la vida de Juan por espacio de treinta años: la totalidad del tiempo transcurrido entre su nacimiento y el momento en que emprendió su jornada hacia el desierto para comenzar su ministerio entre los hombres: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel”8.

Su vestimenta era similar a la de los antiguos profetas: una prenda confeccionada con tela hecha con pelo de camello. Su alimento consistía de lo único que el desierto era capaz de ofrecer: langostas y miel silvestre. Su mensaje era breve; predicaba en cuanto a la fe, el arrepentimiento, el bautismo por inmersión y el otorgamiento del Espíritu Santo por medio de una autoridad superior a la que él poseía.

“Yo no soy el Cristo”, declaró a sus fieles discípulos, “sino que soy enviado delante de él”9. “Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo”10. “…él os bautizará en Espíritu Santo y fuego”11.

Luego allí ocurrió el punto culminante de la misión de Juan: el bautismo de Cristo. Jesús vino de Galilea expresamente

“para ser bautizado” por Juan. Humilde de corazón y de espíritu contrito, Juan manifestó: “Yo necesito ser bautizado por ti, ¿y tú vienes a mí?”. El Maestro contestó: “…así conviene que cumplamos con toda justicia”12.

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió luego del agua; y he aquí los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma, y venía sobre él.

“Y hubo una voz de los cielos, que decía: Éste es mi hijo amado, y en quien tengo complacencia”13.

Juan declaró con audacia el testimonio que tenía de que Jesús era el Redentor del mundo. Sin miedo y con valor, enseñó: “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo“14.

El Salvador testificó luego de Juan: “Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista”15.

200102_Liahona_Febrero_Página_07El ministerio público de Juan llegaba a su punto final. En los primeros días de ese ministerio había condenado la hipocresía y lo mundanal de los fariseos y saduceos, y tenía ahora la oportunidad de denunciar la lascivia de un rey. El resultado es por todos bien conocido. La combinación de la cobardía de un rey y la furia de una mujer trajeron aparejada la muerte de Juan.

El sepulcro en el que colocaron su cuerpo no lo pudo retener, así como tampoco pudo el acto de asesinato acallar su voz. Declaramos al mundo que el 15 de mayo de 1829 en Harmony, estado de Pensilvania, un ángel, que declaró ser Juan, “el mismo que es llamado Juan el Bautista en el Nuevo Testamento”, vino como ser resucitado a visitar a José Smith y a Oliver Cowdery. “El ángel explicó que obraba bajo la dirección de Pedro, Santiago y Juan, los Apóstoles de la antigüedad, quienes poseían las llaves del sacerdocio mayor, que era conocido como el Sacerdocio de Melquisedec”16. El Sacerdocio de Aarón fue restaurado a la tierra.

Gracias a tan memorable acontecimiento, se me otorgó el privilegio de poseer el Sacerdocio Aarónico, al igual que millones de jóvenes en estos últimos días. Mi ex presidente de estaca, el fallecido Paul C. Child, me enseñó el trascendental significado de este sacerdocio.

Cuando estaba por cumplir los dieciocho años de edad y me preparaba para entrar en el servicio militar durante la Segunda Guerra Mundial, se me recomendó para recibir el Sacerdocio de Melquisedec. Yo debía ponerme en contacto con el presidente Child para hacer los arreglos para una entrevista.

Él en verdad comprendía y amaba las Escrituras y pensaba que los demás también debían sentir lo mismo que él. Estando enterado por otras personas sobre las inquisitivas y detalladas entrevistas que él efectuaba, nuestra conversación telefónica se desarrolló más o menos de la siguiente forma:

“Hola, presidente Child. Le habla el hermano Monson. El obispo me ha pedido que haga los arreglos para tener una entrevista con usted”.

“Muy bien, hermano Monson. ¿Cuándo puede venir a verme?”.

Sabiendo que su reunión sacramental comenzaba a las seis de la tarde, y queriendo verme expuesto lo menos posible a que descubriera mi falta de conocimiento de las Escrituras en la entrevista, le sugerí: “¿Qué le parece a las cinco?”.

Su respuesta fue: “Pero, hermano Monson, eso no nos daría tiempo para examinar las Escrituras. ¿Qué le parece si viene a las dos de la tarde? Y no olvide traer sus libros canónicos, los que ya habrá de tener marcados y con sus referencias”.

Finalmente llegó el domingo y me dirigí al hogar del presidente Child, ubicado en la Avenida Indiana. Fui cálidamente recibido y luego dio comienzo la entrevista. Me dijo: “Hermano Monson, usted posee el Sacerdocio Aarónico. ¿Ha tenido usted alguna vez ángeles que le ministraran?”.

“No, presidente Child”, fue mi respuesta.

“¿Sabe usted”, me dijo, “que tiene derecho a tal privilegio?” Una vez más mi respuesta fue negativa.

Entonces me pidió: “Hermano Monson, repita de memoria la sección trece de Doctrina y Convenios”.

Comencé diciendo: “Sobre vosotros, mis consiervos, en el nombre del Mesías, confiero el Sacerdocio de Aarón, el cual tiene las llaves del ministerio de ángeles…”17.

“Basta”, indicó el presidente Child; entonces, con un tono de voz calmo y bondadoso, me aconsejó: “Hermano Monson, jamás olvide que como poseedor del Sacerdocio Aarónico usted tiene derecho a la ministración de ángeles”. Era como si un ángel estuviera en aquella habitación ese día. Jamás he olvidado la entrevista; aún puedo sentir el espíritu de esa solemne ocasión. Venero el sacerdocio del Dios Todopoderoso; he sido testigo de su poder; he visto su fortaleza; me he maravillado ante los milagros que ha realizado.

Hace casi 50 años conocí a un muchacho, un presbítero, que poseía la autoridad del Sacerdocio Aarónico. Siendo yo su obispo, era también su presidente del quórum. Ese joven, llamado Robert, era tartamudo; no tenía ningún control. Tenía complejo de inferioridad, era tímido, tenía miedo de sí mismo y de la gente, y le abrumaba sobremanera el impedimento que tenía en el habla. Jamás cumplió una asignación; nunca se atrevía a mirar a nadie a los ojos; siempre se le veía cabizbajo. Mas un día, tras una serie de circunstancias poco comunes, aceptó la asignación de ejercer su responsabilidad de presbítero para bautizar a otra persona.

Me senté a su lado en el bautisterio del sagrado Tabernáculo. Él llevaba ropa de blanco inmaculado y estaba listo para la ordenanza que estaba a punto de llevar a cabo. Le pregunté cómo se sentía. Con la cabeza gacha y tartamudeando al punto de que su habla era casi incoherente, me dijo que se sentía terriblemente nervioso.

Juntos oramos fervientemente a fin de que pudiera cumplir con su deber. Entonces, el que oficiaba leyó las palabras: “Ahora, Nancy Ann McArthur será bautizada por el hermano Robert Williams, presbítero”. Robert se alejó de mi lado, se metió en la pila, tomó a la pequeña Nancy de la mano y la ayudó a entrar en el agua que limpia la vida del ser humano y proporciona un renacimiento espiritual. Elevó entonces su mirada como hacia los cielos, y manteniendo su brazo derecho en forma de escuadra, pronunció las palabras: “Nancy Ann McArthur, habiendo sido comisionado por Jesucristo, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”18. No tartamudeó ni una sola vez; no titubeó; no vaciló; se había manifestado un milagro moderno.

En el vestuario, al felicitar a Robert, esperé escucharle hablar de la misma forma ininterrumpida, pero me equivoqué. Miró hacia abajo y balbuceó una respuesta de gratitud.

Testifico que cuando Robert actuó en virtud de la autoridad del Sacerdocio Aarónico, habló con poder, con convicción y contó con ayuda celestial.

Tal es el legado de uno llamado Juan, sí, Juan el Bautista. Oímos su voz hoy en día; nos enseña la humildad, da lugar al valor, inspira la fe.

Es mi ruego que sintamos la motivación de su mensaje; que seamos inspirados por su misión; que seamos edificados mediante el ejemplo de su vida hasta llegar a apreciar en su magnitud el Sacerdocio Aarónico y su divino poder.

NOTAS

  1. “Soy un hijo de Dios”, Himnos, 196.
  2. Artículos de Fe 1:1.
  3. Artículos de Fe 1:13.
  4. Véase Juan 21:15–16.
  5. D. y C. 107:14.
  6. Lucas 1:6.
  7. Lucas 1:13, 15.
  8. Lucas 1:80.
  9. Juan 3:28.
  10. Lucas 3:16.
  11. Mateo 3:11.
  12. Véase Mateo 3:13–15.
  13. Mateo 3:16–17.
  14. Juan 1:29.
  15. Mateo 11:11.
  16. D. y C. 13, encabezamiento de la sección.
  17. D. y C. 13:1.
  18. Véase D. y C. 20:73.
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