La revelación

La revelación

Dallin H. OaksPor Dallin H. Oaks
Este discurso fue dado en un devocional de la Universidad Brigham Young el 29 de septiembre de 1981.
Liahona Diciembre 1983


La revelación es la comunicación que existe entre Dios y el hombre. Puede recibirse en maneras diferentes; por ejemplo, algunos profetas, como Moisés y José Smith, han hablado con Dios cara a cara. Hay personas que han tenido una comunicación directa con ángeles; otras han recibido revelación, como lo especifica el élder James E. Talmage: “Ora por sueños cuando uno duerme, ora por visiones cuando las facultades están despiertas.” (James E. Talmage, Artículos de Fe, pág. 254).

La forma más conocida es cuando la revelación o inspiración llega a nuestra’ mente por medio de comunicación de palabras o pensamientos (véase D. y C. 8:2-3; Enós 1:10); igualmente por la iluminación repentina de nuestra mente (véase D. y C. 6:14-15); por medio de sentimientos negativos o positivos sobre determinadas acciones que se ha pensado llevar a cabo, o aun por inspiración artística, como en el caso de las obras maestras. Como el élder Boyd K. Packer ha declarado, “la inspiración se manifiesta más como un sentimiento que como un sonido” (Liahona, enero de 1980, pág. 29).

Dando por sentado que ya os encontráis familiarizados con las diferentes formas de revelación o inspiración, he decidido analizar este tema desde el punto de vista de una clasificación diferente: el propósito de la comunicación. Puedo reconocer ocho razones por las que recibimos revelación de Dios:

(1) para testificar;
(2) para profetizar;
(3) para consolar;
(4) para elevar;
(5) para informar;
(6) para refrenar;
(7) para confirmar;
(8) para impeler.

Uno a uno, describiré con ejemplos estos propósitos en el orden dado.

Mi propósito al sugeriros esta clasificación y al ofreceros estos ejemplos es que cada uno de vosotros analice su propia experiencia de la vida y llegue a la conclusión de que ya ha recibido revelación y que puede recibir más, porque el que Dios se comunica con los hombres es un hecho. El presidente Lorenzo Snow declaró que “es el gran privilegio de todo Santo de los Últimos Días. . . recibir manifestaciones del Espíritu cada día de su vida” (en Conference Report, abril de 1899, pág. 52).

El presidente Harold B, Lee dijo que “todo hombre tiene la prerrogativa de emplear estos dones y estos privilegios para conducir sus propios asuntos, para criar a sus hijos en el debido camino, para administrar su negocio, o para cualquier cosa que haga. Tiene el derecho de gozar del espíritu de la revelación y de la inspiración para hacer lo correcto, para ser sabio y prudente, justo y bueno en todo lo que haga.” (Harold B. Lee, Stand Ye in Holy Places, págs. 141-42.)

Mientras repaso los ocho propósitos de la revelación, espero que reconozcáis hasta qué punto ya habéis recibido revelación o inspiración y toméis la decisión de cultivar este don espiritual para poder hacer uso de él en lo futuro.

(1) El testimonio o seguridad que procede del Espíritu Santo de que Jesús es el Cristo y de que el evangelio es verdadero es una revelación de Dios.
Cuando el apóstol Pedro afirmó que Jesucristo era el Hijo del Dios viviente, el Salvador le dijo:

“Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. ’’ (Mateo 16:17.)

Esta preciada revelación puede ser parte de una experiencia personal para -todo aquel que busque la verdad, y, una vez que la recibe, se convierte en el faro que lo puede guiar en todas las actividades de su vida.

(2) la profecía es otro propósito o función de la revelación.
Cuando una persona habla bajo la influencia del Espíritu Santo y dentro de los límites de su propia responsabilidad, puede ser inspirada a predecir lo que sucederá en el futuro. La persona que oficia como profeta, vidente y revelador profetiza lo concerniente a la Iglesia, como profetizó José Smith en cuanto a la Guerra Civil (véase D. y C. 87) y predijo que en medio de las Montañas Rocosas los Santos se convertirían en un pueblo fuerte. La profecía es parte del llamamiento de un patriarca. Cada uno de nosotros tiene el privilegio de recibir, de vez en cuando, revelación profética que le hará saber lo que ha de acontecer en su vida futura, tal como un llamamiento en la Iglesia que haya de recibir. Quisiera citar otro ejemplo; después que nació nuestro quinto hijo pasaron diez años, y mi esposa y yo pensábamos que no íbamos a tener más hijos, lo que lamentábamos mucho, Pero un día, mientras ella se encontraba en el templo, el Espíritu le susurró que tendría otro hijo. Esa revelación profética se cumplió un año y medio más tarde cuando nació nuestro sexto hijo, el cual habíamos esperado por trece años.

(3) El tercer propósito de la revelación es el de dar consuelo.
Esta clase de revelación la recibió el profeta José Smith en la cárcel de Liberty, estado de Misurí. Después de varios meses en condiciones lastimosas, suplicó fervientemente al Señor que se acordara de él y los otros santos que eran perseguidos. Recibió la respuesta consoladora con estas palabras:

“Hijo mío, paz a tu alma; tu adversidad y tus aflicciones no serán más que por un breve momento;

“entonces, si lo sobrellevas bien, Dios te ensalzará; triunfarás de todos tus enemigos” (D. y C. 121:7-8).

En esa misma revelación el Señor declaró que fueran cuales fueran las tragedias o injusticias que tuviera que sufrir el Profeta, debía comprender “que todas estas cosas te servirán de experiencia, y serán para tu bien” (D. y C. 122:7).

Todos tenemos conocimiento de otros ejemplos de revelaciones que se han dado para proporcionar consuelo. Algunos han sido reanimados por medio de visiones de seres queridos que ya han partido o porque han sentido su presencia junto a ellos. La viuda de un buen amigo mío me dijo que sintió la presencia de su esposo que había fallecido, lo que le dio la seguridad del amor y preocupación que tenía por ella. Otros han recibido consuelo al perder su trabajo o una oportunidad ventajosa en los negocios, o hasta al ver deshecho su matrimonio. También puede recibirse una revelación de consuelo por medio de las palabras que se pronuncien en una bendición del sacerdocio, o simplemente por una impresión que se reciba y que se relacione con la bendición.

Otro ejemplo de la revelación consoladora es la seguridad que recibimos cuando nuestros pecados nos son perdonados. Después de orar fervientemente por todo un día y una noche, un profeta del Libro de Mormón dejó escrito que escuchó una voz que le dijo: “Enós, tus pecados te son perdonados, y serás bendecido,”

Y Enós escribió: “Por tanto, mi culpa fue expurgada.” (Enós 1:5-6; véase también D. y C. 61:2.) Esta seguridad, que se recibe cuando se han completado todos los pasos del arrepentimiento, da la certeza de que se ha pagado el precio, que Dios ha escuchado al pecador arrepentido, y que sus pecados han sido perdonados. Alma describió ese momento diciendo que ya no estaba atormentado por el recuerdo de sus pecados, Y agregó: “Y, ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor.”. . .no puede haber cosa tan exquisita y dulce como lo fue mi gozo.” (Alma 36:19-21.)

(4) Muy vinculado con el sentimiento de consuelo se encuentra el cuarto propósito de fa revelación, el de elevar el espíritu.
En alguna ocasión de nuestra vida, cada uno de nosotros tiene la necesidad de que su espíritu se eleve de las profundidades de la depresión, de una sensación de temor o inaptitud, o simplemente de un estado de mediocridad espiritual. Cuando nuestro espíritu se eleva con la lectura de las Escrituras, la buena música, el arte o la literatura y nos ayuda a resistir el mal y a buscar el bien, creo que el sentimiento relevante que se obtiene es una señal evidente de revelación.

(5) El quinto | propósito de la revelación es el de informar.
Este puede consistir en la inspiración que recibe una persona para hablar en una ocasión particular, tal como en la bendición que pronuncia un patriarca, en un discurso o en otras palabras que se digan bajo la influencia del Espíritu Santo. El Señor mandó a José Smith y a Sidney Rigdon que elevaran sus voces y expresaran los pensamientos que El pusiera en su corazón, diciéndoles:

“Porque os será manifestado en la hora, sí en el momento preciso, lo que habéis de decir.” (D. y C, 100:5-6; también 84:85; 124:97.)

En algunas ocasiones sagradas, tales como cuando se manifestaron las visiones que están registradas en las Escrituras antiguas y modernas, la información se ha recibido “cara a cara” de mensajeros celestiales. En otras circunstancias, se ha manifestado por medio de los susurros del Espíritu. Un niño pierde un objeto de mucho valor para él, ora para recibir ayuda, y recibe la inspiración para encontrarlo; un adulto tiene un problema en el trabajo, en el hogar, en su investigación genealógica, ora, y por inspiración se le da a conocer lo necesario para resolver su conflicto; un líder de la Iglesia ora para saber a quién desea el Señor que llame él para llenar una vacante, y el Espíritu le indica un nombre. En todos estos casos, ya muy conocidos para nosotros, el Espíritu Santo actúa en su oficio de maestro y revelador, dando a conocer la información y los principios para la edificación y guía de la persona receptora.

La revelación de Dios es necesaria para estos cinco propósitos: testimonio, profecía, consuelo, edificación e información. Os he hablado brevemente de éstos, dándoos ejemplos, principalmente de las Escrituras. Me extenderé un poco más en los tres últimos objetivos de revelación, proporcionándoos varias experiencias de mi vida personal.

(6) El sexto propósito de la revelación es el de refrenarnos de hacer algo.
De esta manera, en medio de un gran sermón en el que Nefi explicaba el poder del Espíritu Santo, declaró de pronto:

“Y ahora yo… no puedo decir más; el Espíritu hace cesar mis palabras” (2 Nefi 32:7).

La revelación que recibimos para refrenarnos es una de las formas más comunes de revelación. Con frecuencia se presenta de sorpresa, cuando ni siquiera la hemos solicitado para guiarnos en un asunto particular. Pero si obedecemos los mandamientos de Dios y vivimos de acuerdo con su Espíritu, una fuerza especial nos mantendrá alejados de lo que no debemos hacer.

Una de las primeras experiencias por las que pasé y en la cual el Espíritu me refrenó ocurrió poco después de haber sido llamado como consejero en la presidencia de una estaca en Chicago. En una de las primeras reuniones, nuestro presidente propuso que nuestro nuevo centro de estaca fuera edificado en un lugar particular. Inmediatamente me di cuenta de que existían cuatro o cinco buenas razones por las cuales aquella elección era equivocada. Cuando se me pidió que diera mi opinión, les dije que me oponía, dándoles a conocer aquellas razones. El presidente de la estaca propuso muy sabiamente que por una semana cada uno considerara el asunto, pidiera en oración la ayuda celestial, y que lo analizáramos nuevamente en nuestra próxima reunión. Casi mecánicamente oré respecto al asunto e inmediatamente recibí una fuerte impresión de que el que estaba equivocado era yo, que me estaba interponiendo en el camino del Señor, y que no debía oponerme a lo propuesto. Es por demás decir que en esa forma se me había refrenado y que rápidamente di mí aprobación para la construcción propuesta. Dicho sea de paso, muy pronto fue evidente, aun para mí, la sabiduría al construir el centro de estaca en esa localidad. Las razones por las que me había opuesto pasaron inadvertidas y pronto me sentí agradecido por haber sido refrenado de tenerlas en cuenta.

Hace varios años, tomé la pluma para firmar un documento que me esperaba en mi oficina en la Universidad Brigham Young, tarea que hacía decenas de veces durante el día. Este documento comprometía a dicha universidad a tomar medidas en algo que ya se había decidido hacer con la aprobación del cuerpo docente, y todo parecía en orden. Pero al ir a firmar el documento, me invadieron impresiones y pensamientos tan negativos que lo tuve que poner a un lado, y pedí que se revisara nuevamente todo el asunto. Así se hizo, y unos días más tarde saltaron a la vista algunos factores adicionales que nos hicieron saber que tales medidas hubieran causado problemas serios a la universidad en el futuro.

En otra ocasión, el Espíritu acudió en mi ayuda mientras me encontraba revisando un libro de precedentes sobre una materia legal. Este tipo de libro se compone de varios cientos de sentencias jurídicas, a las que se adjunta una explicación y el texto escrito por el editor. Mi ayudante y yo habíamos terminado casi todo el trabajo en el libro, incluyendo toda la investigación necesaria para asegurarnos de que estas sentencias jurídicas no se hubieran cambiado ni revocado. Poco antes de enviarlo a la casa que lo iba a publicar, estaba hojeándolo cuando una de ellas me llamó la atención. Al verla, tuve una sensación de desasosiego, por lo que le pedí a mi asistente que se sirviera revisar esa sentencia nuevamente para ver si todo estaba en orden; poco después, él me dijo que estaba bien. Revisando nuevamente todo el manuscrito volví a detenerme en el mismo caso, y otra vez tuve la misma sensación de inquietud. Entonces yo mismo fui a la biblioteca legal, y allí, dentro de algunas publicaciones recién recibidas, descubrí que la sentencia que me preocupaba acababa de ser revocada. Si se hubiera publicado en mi libro, me habría causado un serio bochorno profesional del que me salvó debido al poder de revelación que me refrenó.

(7) Una forma común de buscar revelación es plantear un curso particular de acción, y luego orar para recibir la inspiración que lo confirme.
El Señor explicó esta clase de revelación confirmadora cuando Oliverio Cowdery fracasó en sus esfuerzos por traducir el Libro de Mormón:

“He aquí, no has entendido; has supuesto que yo te lo concedería cuando no pensaste sino en pedirme.

“Pero he aquí, te digo que debes estudiarlo en tu mente; entonces has de preguntarme si está bien; y si así fuere, haré que tu pecho arda dentro de ti; por tanto, sentirás que está bien.” (D. y C. 9:7-8.)

Casi en la misma forma, el profeta Alma compara la palabra de Dios con una semilla y les dice a las personas que estudian el evangelio que, si permiten que la semilla sea plantada en su corazón, ésta engrandecerá su alma, les iluminará el entendimiento, y empezará a ser deliciosa para ellas (véase Alma 32). Ese sentimiento es la revelación confirmadora del Espíritu Santo acerca de la verdad de la palabra.

Cuando el élder Bruce R. McConkie habló en la Universidad Brigham Young hace algunos años acerca del tema “Libre albedrío o inspiración”, hizo hincapié en nuestra responsabilidad de hacer todo lo que podamos antes de pedir una revelación. Él puso como ejemplo la experiencia por la que pasó cuando tuvo que elegir a su compañera eterna, en la que no se dirigió al Señor para preguntarle con quién debía casarse, sino que, según dijo: “Fui a buscarla y la encontré tal como yo la quería. Ella me agradaba;… parecía… como que así tenía que ser… Entonces oré al Señor y le pedí que me guiara y me dirigiera en la decisión que estaba a punto de tomar.” (Speeches ofthe Year, 1972-73; págs. 107,111.)

El élder McConkie resumió su consejo en cuanto al equilibrio que existe entre el libre albedrío y la inspiración, de esta manera:

“El Señor espera que utilicemos los dones, talentos y habilidades, el sentido de juicio y el libre albedrío con los que estamos revestidos … implícito en el ejercicio de nuestra fe cuando pedimos está el requisito de que hagamos todo lo que podamos por lograr la meta que deseamos alcanzar… Se espera que hagamos primero todo lo posible, y que después busquemos una respuesta del Señor, un sello confirmador de que hemos llegado a la conclusión correcta.” (Speeches, págs. 108,110, 113.)

Como Representante Regional, tuve el privilegio de trabajar con cuatro miembros del Quórum de los Doce y con otras Autoridades Generales cuando pedían revelación para llamar a nuevos presidentes de estaca. Todos procedían de la misma manera, entrevistando personas que vivían dentro de la región de la estaca, consejeros en la presidencia de la estaca, miembros del sumo consejo, obispos, y otros que tenían extensa experiencia en administración dentro de la Iglesia, haciéndoles las mismas preguntas y escuchando su consejo. Mientras se llevaban a cabo estas entrevistas, los siervos del Señor consideraban, con la ayuda de la oración, a cada persona entrevistada y mencionada. Finalmente llegaban a una decisión en cuanto al nuevo presidente de estaca. Esta propuesta se presentaba al Señor en oración, y si El la confirmaba, se procedía al llamamiento. Si no se recibía confirmación, o si se les refrenaba, postergaban la propuesta y el proceso continuaba hasta que se hacía una nueva propuesta y se recibía la revelación confirmadora.

Algunas veces se combinan las revelaciones confirmadoras y las que refrenan. Por ejemplo, durante mi servicio en la Universidad Brigham Young se me invitó para que diera un discurso ante una asociación nacional de abogados. Sabía que me iba a tomar tiempo prepararlo, y era la clase de invitación que acostumbraba rechazar. Empecé a dictar una carta en la que no aceptaba esa invitación en particular, cuando me sentí refrenado. Entonces me detuve y medité mi proceder. Luego me detuve a considerar en qué forma podría aceptar la invitación, y al pensarlo bajo ese nuevo punto de vista, sentí la confirmación del. Espíritu y comprendí que eso era precisamente lo que debía hacer.

Aquel discurso, titulado “Una universidad privada examina los reglamentos gubernamentales”, abrió la puerta a un sinnúmero de oportunidades. Se me invitó a repetir el mismo discurso ante otros grupos prominentes de la nación; además, se publicó en un periódico profesional titulado Vital Speeches y en otros periódicos y libros, de los cuales se utilizó como una declaración primordial de las universidades que se interesaban en estar libres de reglamentos gubernamentales. Este discurso hizo que muchos grupos religiosos se pusieran en contacto con la universidad para recibir más información en cuanto a la relación entre el gobierno y una universidad auspiciada por una iglesia. Todas estas consultas a la larga contribuyeron a la formación de una organización nacional de universidades auspiciadas por iglesias y dio la pauta para una unión muy significativa en la que se oponían a reglamentos gubernamentales ilícitos o imprudentes. Al mirar hacia atrás ahora, no tengo la menor duda de que aquella invitación para hablar que estuve a punto de rechazar fue una de esas ocasiones en que un hecho al parecer muy Insignificante logró un gran efecto. Esos son los momentos precisos cuando necesitamos recibir la ayuda y guía del Señor, y esos son los momentos en los que se nos dará revelación si es que escuchamos y obedecemos.

(8) El octavo propósito o tipo de revelación consiste en aquellos momentos cuando el Espíritu impele o induce a una persona a actuar.
Este no es el caso en el que la persona se propone tomar un camino determinado y el Espíritu le confirma o le refrena. Este es el caso en el que recibimos la revelación cuando no la hemos buscado y nos induce a cierta acción que no nos habíamos propuesto. Este tipo de revelación es menos común que el resto, pero su rareza la hace más significativa.

Un ejemplo de las Escrituras lo encontramos registrado en el primer libro de Nefi. Después que Nefi obtuvo los registros sagrados que se hallaban entre los tesoros de Labán en Jerusalén, el Espíritu del Señor le indicó que debía matar a Labán mientras éste se encontraba borracho, tirado en la calle. Ese acto jamás había pasado por la mente de Nefi, por lo que él retrocedió y luchó con el Espíritu, pero fue inducido nuevamente a matar a Labán, y finalmente hizo caso a la revelación. (Véase 1 Nefi 4.)

Los estudiantes de la historia de la Iglesia recordarán el relato de Wílford Woodruff sobre la impresión que recibió una noche, cuando se le dijo que retirara la carreta y las muías de donde estaba, debajo de un enorme árbol. El obedeció, y tanto su familia como su ganado se salvaron de que les cayera el árbol encima cuando éste fue arrancado de raíz por un tornado que se desató treinta minutos después. (Véase Matthlas F. Cowley, Wilford Woodruff, History of His Ufe and Labors, págs. 331-332.)

Mi abuela, Chasty Olsen Harris, cuando era muy joven, tuvo una experiencia parecida a la anterior. Ella se encontraba cuidando algunos niños que estaban jugando en la orilla seca de un río, muy cerca de su casa en Castle Dale, Utah. De repente oyó como una voz que la llamaba por su nombre y te decía que debía retirar a los niños de ese lugar y llevarlos más arriba. Era un día despejado y no había señales de lluvia, así que ella no veía la razón de obedecerle a aquella voz y continuó jugando. La voz urgentemente le habló de nuevo. Esa vez mi abuela atendió a la advertencia y presurosa juntó a los niños y corrieron fuera de la orilla. Tan pronto como habían salido de allí, vieron venir una enorme cantidad de agua que se había originado de un aguacero en las montañas, a unos kilómetros de allí; esta corriente había barrido con todo lo que hallaba a su paso y pasaba precipitada precisamente por donde los niños acababan de estar jugando. Si no hubiera sido por esa revelación que la indujo a ella a salir y sacar a los niños de allí, todos hubieran perecido.

Por nueve años el profesor Marvin Hill y yo habíamos trabajado juntos en el libro La conspiración en Carthage (Carthage Conspiracy), la cual trata del juicio de los asesinos de José Smith, que se llevó a cabo en 1845. Tuvimos en nuestras manos varias actas sobre el juicio, algunas firmadas y otras sin firmar. El juego más completo de actas que teníamos se encontraba sin firma, pero debido a que las habíamos encontrado en la Oficina del Historiador de la Iglesia, estábamos seguros de que ésas eran las que había anotado George Watt, el escriba oficial de la Iglesia, que fue enviado para tomar notas de los acontecimientos del juicio. Dejamos sentado esto en siete borradores de nuestro manuscrito, y analizamos todo lo que habíamos obtenido basándonos en esa hipótesis.

Finalmente, el libro estaba terminado, y al cabo de unas semanas el manuscrito final sería enviado a la casa editorial. Mientras me encontraba en mi oficina, un sábado por la tarde, me sentí impulsado a ver de nuevo los libros sin examinar y los folletos acumulados en la mesa, detrás de mi escritorio. Allí, debajo de un grupo de cincuenta o sesenta publicaciones, encontré un catálogo impreso de lo que contenía el Museo Wilford C. Wood, que el profesor LaMar Berrett, el autor, me había enviado hacía un año y medio. Al examinar rápidamente las hojas de ese catálogo de manuscritos de la historia de la Iglesia, mis ojos se detuvieron en una hoja en la que se describía el manuscrito de las actas del juicio por las que nosotros dábamos crédito a George Watt. Esta página del catálogo decía que Wilford Wood había comprado el juego original de actas en Illinois y había enviado a la Iglesia la copia escrita a máquina, la misma que nosotros habíamos obtenido del Historiador de la Iglesia,

Inmediatamente visitamos el Museo Wilford Wood en Woods Cross, Utah, y obtuvimos la información adicional que nos permitía determinar que las actas que creímos eran las oficiales de la Iglesia, las había preparado uno de los abogados de la defensa. Ya con este conocimiento, regresamos a la Oficina del Historiador de la Iglesia y pudimos localizar por primera vez el juego auténtico y oficial de las actas del juicio, las que había preparado George Watt. Este descubrimiento nos salvó de un error muy serio en cuanto al reconocimiento de una de nuestras más importantes fuentes de información, y también nos permitió mejorar grandemente el contenido de nuestro libro. La impresión que recibí ese día en mi oficina es un ejemplo hermoso de la manera en que el Señor nos ayuda en nuestras actividades correctas, cuando nos encontramos dignos de recibir su Espíritu.

Pasé por otra experiencia muy especial en la que el Espíritu me indujo a hacer algo unos meses después que empecé mi servicio en la Universidad Brigham Young. Siendo un presidente nuevo y sin experiencia, tenía muchos problemas para analizar y muchas decisiones que tomar. Yo dependía completamente del Señor. Un día, en el mes de octubre, me dirigí a un cañón cercano para meditar un poco sobre un problema en particular. Aunque estaba .allí solo y sin ninguna interrupción, no podía concentrarme en el problema que me preocupaba cuando había ido a ese lugar; otro asunto que no estaba listo para considerar me venía a la mente con insistencia: ¿Debíamos modificar el calendario académico para que el semestre de otoño terminara antes de la Navidad? Después de unos diez o quince minutos de hacer esfuerzos por eliminar de mi mente este asunto, me di cuenta de lo que me estaba sucediendo. Aunque la publicación del calendario no me había parecido muy importante y no había pedido la ayuda divina en ese sentido, el Espíritu estaba tratando de comunicarme algo en cuanto a dicho asunto. Inmediatamente puse toda mi atención en él y comencé a anotar todo lo que pensaba en un pedazo de papel. Unos minutos después, tenía anotados los detalles de un calendario de tres meses, con todas sus grandes ventajas.

Regresando aprisa a la ciudad universitaria, les comuniqué esto a mis colegas, quienes demostraron bastante entusiasmo con la propuesta. Unos días más tarde’ la junta directiva aprobó el calendario, el que pudo publicarse a tiempo para ponerse en vigor el próximo otoño (de 1972). Desde ese entonces he leído las palabras del profeta José Smith y me he dado cuenta de que yo también he tenido experiencias como las que describe él:

“Una persona podrá beneficiarse si percibe la primera impresión del espíritu de la revelación. Por ejemplo, cuando sentís que la inteligencia pura fluye en vosotros, podrá repentinamente despertar en vosotros una corriente de ideas… y así, por conocer y entender el Espíritu de Dios, podréis crecer en el principio de la revelación …” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 179.)

Ahora ya os he descrito ocho propósitos o tipos de revelación: {1) para testificar; (2) para profetizar; (3) para consolar; (4) para elevar; (5) para informar; (6) para refrenar; (7) para confirmar; y (8) para impeler o inducir. Cada uno de éstos va relacionado con las revelaciones que se reciben. Antes de terminar, permitidme sugeriros algunas ideas acerca de las revelaciones que no se reciben.

Primero, debemos entender lo que podemos llamar “el principio de responsabilidad en la revelación”. La casa de nuestro Padre Celestial es una casa de orden, en donde a sus siervos se les manda “obrar con toda diligencia en el oficio al cual fueren nombrados” (D. y C, 107:99). Esto se aplica a la revelación. Solamente el Presidente de la Iglesia recibe revelación para guiar a la Iglesia entera. Solamente el presidente de la estaca recibe revelación para tener guía especial para la estaca. La persona que recibe revelación para guiar al barrio es el obispo. Para una familia, es el poseedor del sacerdocio el que guía la familia. Los líderes reciben revelación para sus propias responsabilidades. Las personas reciben revelación para guiar su propia vida. Pero cuando una persona declara que ha recibido revelación para guiar a otra, y ésta no está bajo su responsabilidad —tal como un miembro de la Iglesia que afirme haber recibido revelación para guiar la Iglesia entera o una persona que diga que la ha recibido para guiar a otra sobre la cual no tiene ninguna autoridad de acuerdo con el orden de la Iglesia—, Se puede estar seguro de que tal revelación no proviene del Señor. “Hay señales falsas” (Boyd K. Packer, Liahona, enero de 1980, pág. 30).

Satanás es un gran engañador, y él es la fuente de algunas revelaciones falsas. Las otras son imaginarias.

Si recibís revelación fuera de los límites de vuestra responsabilidad específica, sabréis que no viene del Señor y, por lo tanto, no debéis sentiros obligados. He oído de casos en los que un joven le ha dicho a una señorita que ella debe casarse con él porque recibió revelación de que debía ser su compañera eterna. Si es verdadera, la joven recibirá la confirmación directamente, siempre que la busque. Hasta entonces, ella no tiene obligación de aceptar la proposición, sino que debe buscar su propia guía y tomar una decisión. El hombre puede recibir revelación para guiar sus propias acciones, pero no puede recibir revelación para guiar las acciones de la joven, porque ella está fuera de su jurisdicción.

¿Qué pasa cuando pedimos revelación y no la recibimos?

No siempre recibimos inspiración o revelación cuando la solicitamos. Algunas veces, tenemos que esperar para recibirla; otras, se nos deja para que empleemos nuestro propio juicio. No podemos forzar las impresiones del Espíritu. Ei propósito que tiene nuestra vida de obtener experiencia y desarrollar la fe quedaría truncado si nuestro Padre Celestial tuviera que dirigirnos en cada uno de nuestros actos, en cada acción importante. Es preciso que tomemos nuestras propias decisiones y experimentemos sus consecuencias, a fin de poder desarrollar la confianza en nosotros mismos y nuestra fe.

Aun en aquellas decisiones que consideramos más importantes, algunas veces no se nos da una respuesta a nuestras oraciones. No quiere decir que éstas no hayan sido escuchadas, sino que hemos orado por algo que teníamos que decidir por nosotros mismos. Quizás hayamos pedido guía para elegir entre alternativas que son igualmente aceptables o inaceptables, de acuerdo con las circunstancias. Yo considero que no existe lo correcto y lo incorrecto en todas las decisiones; en muchos casos, pueden existir dos alternativas que son equivocadas o dos que son correctas. Por ejemplo, si una persona busca inspiración para saber cuál es la correcta de las dos maneras en que ha pensado desquitarse de alguien que la ha ofendido, es probable que no reciba una revelación. Tampoco la recibirá aquel que busca la guía del Señor para tomar una decisión que sería inútil porque se le presentará una tercera alternativa mucho mejor que las anteriores. En una ocasión mi esposa y yo orábamos muy fervientemente para recibir revelación en cuanto a una decisión que nos parecía muy importante, pero no recibimos respuesta. Se nos dejó solos para que tomáramos la que fuera mejor, de acuerdo con nuestro propio juicio. No podíamos imaginarnos por qué el Señor no nos había ayudado con un sentimiento confirmador o de amonestación. Pero al muy poco tiempo nos enteramos de que no había necesidad de que tomáramos una decisión sobre el asunto, porque sucedió algo que hizo que no fuera necesaria la decisión. El Señor no tenía por qué guiarnos si era inútil que tomáramos una decisión.

No es probable que reciba respuesta una persona que busca la guía del Espíritu para elegir entre dos alternativas que son igualmente aceptables para el Señor. Por ejemplo, hay veces en que podemos servir productivamente en dos diferentes campos de trabajo. En este caso cualquier respuesta puede ser la correcta. De igual manera, es improbable que el Espíritu del Señor nos inspire en asuntos que no tienen mucha importancia. En una ocasión, escuché el testimonio de una joven hermana que alababa la espiritualidad de su esposo, indicando que él ponía en las manos del Señor cualquier duda que tuviera; después contó que él la acompañaba a hacer las compras y no se atrevía ni siquiera a elegir entre dos marcas distintas de comida enlatada, sin consultar primero con el Señor en oración. Esto me pareció impropio, Creo que El espera que utilicemos la inteligencia y experiencia que nos ha dado para que sepamos hacer esta clase de selecciones. Cuando un miembro le pidió al profeta José Smith que lo aconsejara en cuanto a un asunto particular, él le contestó:

“Es cosa grave preguntar a Dios o allegarse a Su presencia; y sentimos temor de acercarnos a El sobre temas que son de poca o ninguna importancia.’1 (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 20.)

Por supuesto, nosotros no siempre somos capaces de juzgar lo que es importante y lo que no lo es. Si un asunto parece tener poca o ninguna importancia, debemos decidirlo de acuerdo con nuestro propio juicio. Si la elección parece importante por razones desconocidas para nosotros, tal como aceptar una invitación para hablar, como la que mencioné al principio, o escoger entre dos latas de comida cuando una contiene una substancia tóxica, estemos seguros de que el Señor intervendrá y nos guiará. Cuando haya un caso en que tomar una decisión o no pueda afectar seriamente nuestra vida —sea obvio o no—, y estemos viviendo en armonía con el Espíritu, cuando pidamos que El nos ayude podemos estar seguros de que recibiremos la guía que necesitamos para lograr nuestro cometido. Él no nos abandonará cuando la elección sea importante para nuestro bienestar eterno y espiritual.

El hermano Oaks fue rector de la Universidad Brigham Young y ahora es Juez en la Suprema Corte de Justicia de Utah.

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