Los muchachos necesitan el ejemplo de hombres modelo

Conferencia General Abril 1974.

Los muchachos necesitan el ejemplo de hombres modelo

Marion D. Hanks

por el élder Marion D. Hanks
Ayudante del Consejo de los Doce

A ningún muchacho debe faltarle la buena influencia de hombres escogidos.

Me pregunto cuántos de vosotros, hombres jóvenes y adultos, habéis escuchado el relato sobre el hombre de la chaqueta de cuero. Os lo contaré:

Una noche, un famoso cirujano recibió una llamada telefónica de un médico amigo para decirle que tenía un niño pequeñito en la mesa de operaciones y que necesitaba su ayuda para salvarle la vida. El hospital se encontraba lejos, al otro lado de la ciudad, y el cirujano, subiendo a su automóvil, se dirigió hacia allí tan rápidamente como le era posible, Al llegar a una señal de tránsito, un hombre con una chaqueta de cuero color café, abrió la puerta del auto y se deslizó en el asiento con una mano en el bolsillo, como si apuntase al médico con una pistola. Se notaba que estaba alterado y le exigió al cirujano que le entregara el coche. Como evidentemente el sujeto no estaba en condiciones de discutir, no le quedó más remedio que obedecer, quedándose desamparado en medio de la carretera mientras el hombre partía velozmente,

Cuando por fin el cirujano llegó al hospital, era demasiado tarde, pues el infante había muerto hacía apenas unos minutos. El otro médico le pidió que lo acompañase a hablar con el padre del niño, con la esperanza de que juntos pudiesen ofrecerle algunas palabras de consuelo. Al entrar en la sala de espera, el padre de la criatura se puso de pie acercándose. . . era el hombre de la chaqueta de cuero color café.

Yo me pregunto si algunos de los que estamos reunidos aquí esta noche, somos, en cierto modo, como el hombre de la chaqueta de cuero, y por nuestra falta de sabiduría, tal vez sin darnos cuenta, ciertamente sin desearlo, evitamos que la ayuda espiritual llegue a nuestros hijos cuando ellos la necesitan. O los jóvenes, quizás se sientan tentados a seguir un curso que podría causar daño a los hijos que algún día llegarán a tener.

La magnífica reunión de esta noche no es sólo algo emocionante y alentador por la evidencia que representa del inmenso potencial del sacerdocio en el reino de Dios, sino que también manifiesta la capacidad de la Iglesia de ejercer una poderosa influencia al ayudar a suplir una de las necesidades más vitales del mundo en la actualidad, o sea, la de proporcionar hombres que sirvan de modelo a los muchachos que están en camino de convertirse en adultos.

La ausencia del padre en los hogares, cualquiera sea la razón, y la falta de la imagen paterna así como de su influencia en la vida de los muchachos, son factores evidentes de los mayores problemas que enfrenta nuestra sociedad. Tengo la firme convicción de que en los hogares de la Iglesia, y mediante los directores del sacerdocio, el problema puede remediarse. Si lo intentamos, podemos enfrentar este cometido.

Sólo Dios sabe lo que vale un muchacho, pero nosotros también somos padres, y tenemos de ello una vaga noción. Cada muchacho es de un valor incalculable no sólo para sí mismo, pues el individuo es algo así como un ómnibus que lleva consigo todas las experiencias pasadas que han contribuido a su formación, y todo el potencial que ha de influir en su presente, y además es necesario que enfrente esta importante realidad, lleva consigo la simiente del futuro. Bajo circunstancias normales, llegarán algún día aquellos que lo llamarán padre, y es para con éstos, y su futuro que él tiene una grande y solemne responsabilidad.

Los muchachos necesitan varones adultos de los cuales aprender y con los que puedan tratar, personas que entiendan que los jóvenes necesitan actividades que los estimulen en forma constructiva a mejorar social y espiritualmente, que los ayuden a progresar y les brinden la oportunidad de aprender habilidades varoniles; varones adultos a los que puedan estimar y de los que a su vez reciban afecto, que además, sean modelos de lo que un hombre debe ser. El padre ha de ser la principal fuente de fortaleza; el muchacho bendecido con un padre así es ciertamente afortunado. Mas, desde luego, aun en este caso pueden ser útiles todas las influencias positivas que se obtengan de los buenos modelos de hombres que se interesen sinceramente en ayudarlos, Pero, ¿qué diremos del muchacho que no tiene padre? ¿o de aquél cuyo padre no le proporciona lo que únicamente un padre puede dar? Para ayudarlo, el Señor ha provisto lo que considero como el mejor programa que el mundo haya podido conocer: un programa de obispos y consejeros, asesores, maestros, Maestros Scout, directores, maestros orientadores y entrenadores, todos hombres fuertes que se interesan sinceramente en los jóvenes. Si él programa del Señor se lleva a cabo con eficacia, ningún muchacho en toda la Iglesia deberá quedar sin la bendición de la influencia de hombres escogidos en su vida; de hecho, todos tendrán varios hombres buenos que se interesen activamente en su bienestar. Me regocijo por el magnífico barrio al que pertenezco y por los grandes hombres que se interesan por mi hijo, así como por los demás muchachos a quienes tienen que dirigir.

Ahora bien, debo hacer notar que no dejamos de apreciar la maravillosa influencia de las madres y otras nobles mujeres para guiar a los muchachos, nadie puede comprender esto mejor que yo; pero se requieren hombres para formar hombres. Ni siquiera las madres pueden lograrlo solas, y ciertamente ninguna ha de emprender sola la tarea; ni tampoco pueden las escuelas ni otras instituciones suplir esta necesidad. ¡Los muchachos necesitan aprender de los hombres!

Las responsabilidades de los padres y los hombres que tienen el sacerdocio con respecto a esto, son en verdad claras; en muchos hogares, en todo vecindario, en toda comunidad, en todo barrio y rama de la Iglesia, hay muchachos que necesitan su ayuda, hay madres solas para quienes es indispensable la ayuda que los hombres puedan brindar a sus hijos.

¿Qué sucederá si los muchachos no reciben lo que necesitan de buenos padres y de hombres conscientes cuya bendición es ayudarlos? La respuesta es que los jóvenes habrán de improvisar o aprender de otros muchachos tan ignorantes e inexpertos como ellos mismos; aprenderán en las esquinas de las calles o en los corredores de las escuelas, donde el éxito podría medirse en términos de proezas físicas, sexuales o económicas, y no en términos del carácter y las buenas relaciones humanas.

Ahora bien, hermanos, si necesitamos actuar en mejor forma, y si deseamos hacer mejor las cosas, ¿qué programa hemos de seguir? Esta noche sólo tenemos tiempo para considerar el principio de una respuesta entre muchas, pero ésta es vital y es menester que se comprenda.

En el Libro de Mormón capítulo 36 de Alma, encontramos una lección notable para todo padre y para aquellos que ocupan el lugar de un padre. Alma dio un firme testimonio de fe y arrepentimiento a su hijo Helamán. Recordemos que Alma en su rebelde juventud había cometido serios errores; deseaba que sus hijos no cometiesen los mismos errores, y que encontrasen lo que él había descubierto de la amorosa misericordia de Dios, sin tener que pasar por las terribles y dolorosas experiencias por las que él había pasado. En este relato, profundamente honesto, Alma expuso el tormento por el cual había pasado y dio a Helamán tres grandiosos mensajes que todo padre desearía dar a su propio hijo. Esta noche, transmito estos mensajes a mi hijo y os invito a vosotros, a que os unáis conmigo:

“Y ahora ¡oh mi hijo Helamán! he aquí, estás en tu juventud, y te ruego, por tanto, que oigas mis palabras y aprendas de mí; porque sé que quien pusiere su confianza en Dios, será sostenido en sus tribulaciones, pesares y aflicciones, y será exaltado en el postrer día.

Y no quiero que pienses que lo sé de mí mismo: no de lo temporal, sino de lo espiritual; no del ánimo carnal, sino de Dios” (Alma 36:3-4).

Después siguió diciendo:

“Sí, y. . . he trabajado sin cesar para traer almas al arrepentimiento; para traerlas a gustar el sumo gozo de que yo probé; para que también puedan nacer de Dios y sean llenas del Espíritu Santo.

Sí, y he aquí, ¡oh hijo mío! el Señor me concede un gozo inmenso en el fruto de mi trabajó;

Porque a causa de la palabra que me ha comunicado, he aquí, muchos han nacido de Dios, y han probado como yo probé, y han visto ojo a ojo, como yo vi; por tanto, ellos saben acerca de estas cosas de que he hablado, como yo sé; y el conocimiento que tengo viene de Dios” (Alma 36:24-26), Mas estos mensajes no fueron suficientes. He aquí el tercero: “Mas he aquí, hijo mío, esto no es todo; porque tú debes saber cómo yo sé, que si guardas los mandamientos de Dios, prosperarás en el país; y debes saber también que si no guardas los mandamientos de Dios, serás separado de su presencia. . .”  (Alma 36:30).

De este modo testificó un padre a su hijo.

¡Qué desatino cometemos si nos reservamos para nosotros o para otras personas que no sean nuestros hijos, el conocimiento y el testimonio del evangelio que hayamos obtenido! Nuestros hijos, más que cualquier otro, necesitan y merecen esto de sus padres.

¿Será posible que algunos seamos como el hombre de la chaqueta de cuero color café?

¿Recordáis que muchas de las más poderosas enseñanzas del Libro de Mormón fueron ofrecidas por padres, directamente a sus amados hijos. Lehi, Jacob, Benjamín, Alma, Helamán, Mormón y otros, todos enseñaron lecciones a sus propios hijos.

¿Recordáis a Coriantón, hijo de Alma, y el triste error que cometió? Era orgulloso, obstinado, y tenía la tendencia a justificarse porque muchos otros también habían pecado. Alma señaló clara y francamente la seriedad de las acciones de su hijo, lo llamó al arrepentimiento, le enseñó el significado de la expiación de Cristo, le indicó el camino que debía seguir y le expresó el mensaje de su corazón: “Y el Espíritu del Señor me dice: Manda a tus hijos que hagan lo bueno, no sea que desvíen el corazón de muchos hasta la destrucción. Por tanto, hijo mío, te mando, en el temor de Dios, que te abstengas de tus iniquidades” (Alma 39:12).

En esta magnífica lección para los pecadores—y para aquellos que procuran ayudarlos—se destacan las más tristes y conmovedoras palabras que yo conozca, de un padre fiel que había intentado realizar la obra misional en el mismo lugar en que su hijo se había comportado en forma inmoral: “. . . al observar ellos tu conducta, no quisieron creer en mis palabras” (Alma 39:11).

Desde luego, hay otros relatos en el Libro de Mormón, como el del muchacho que prestó oído a las enseñanzas de su padre y que decidió temprano en la vida lo que en verdad deseaba. Él escribió las siguientes palabras y vosotros sabéis a quien me refiero:

“Y yo, Nefi, siendo muy joven todavía, aunque grande de estatura, y teniendo un gran deseo de conocer los misterios de Dios, clamé al Señor; y he aquí que él me visitó y enterneció mi corazón, y creí todas las palabras que mi padre había hablado; . . .” (1 Nefi 2:16).

Nefi realizó muchas grandes obras; una de las que recuerdo mejor fue la forma en que ayudó a su padre, que había murmurado contra el Señor cuando al perder su equipo de caza la compañía se vio amenazada de padecer hambre. Como recordaréis, Nefi había atraído sobre sí muchas bendiciones traducidas en maravillosas experiencias espirituales; pero amaba en tal forma a su padre que en vez de criticarlo o de tomar él solo la iniciativa, ayudó a su progenitor a que recuperase su respeto y su confianza en sí mismo, pidiéndole que preguntase a Dios, adonde debía él, Nefi, ir en busca de alimento. Con ese apoyo, el padre recuperó la fe y pudo nuevamente dirigir a su gente. La historia en sí es un incidente secundario en el Libro de Mormón, aunque no así la lección que proporciona. No es pequeño el hecho de restablecer la confianza y la fe de un hombre en un punto crítico de su vida cuando ha fallado y lo acosan las dudas en cuanto a sí mismo.

De este modo las escrituras constituyen una fuente extraordinaria de fortaleza para los selectos hombres jóvenes que se hallan en camino a adoptar las responsabilidades del adulto, así como para aquellos a los cuales se ha encargado ahora de guiarlos. ¿En qué forma estamos usando este recurso?

Fiorello LaGuardia, inmigrante italiano en los Estados Unidos, llegó a ser uno de los más respetados e influyentes alcaldes en la historia de New York. Temprano en su vida, siendo magistrado, acudió a su tribunal un hombre acusado de robo. El joven juez se vio compelido a imponer una sentencia de encarcelamiento; pero cuando el individuo explicó que había robado alimentos para su empobrecida familia, el juez suspendió la sentencia e impuso una multa a todas las personas del tribunal por vivir en una ciudad donde un hombre tenía que robar pan para alimentar a su familia.

Cabe preguntarse si un cargo similar no se impondrá algún día, en justicia, sobre padres, maestros y otros adultos de la Iglesia, que no hayan dado a nuestros jóvenes el pan de la vida, no importa cuál hubiese sido la razón.

Los muchachos necesitan algo más que una promesa, algo más que un objeto; necesitan que se les permita probar su fortaleza, hacer uso de sus habilidades, de su sacerdocio.

Vosotros, los muchachos, desde luego, también tenéis una responsabilidad muy grande en estos asuntos. Muchos de vosotros habéis sido maravillosamente bendecidos con dones del Señor y con oportunidades para disfrutar de ellos y utilizarlos. Vuestro sentido de apreciación, vuestro respeto por las bendiciones de Dios, vuestra madura aceptación de responsabilidades y vuestro magnífico servicio, todo esto nos infunde fortaleza a la vez que nos hace sentir muy orgullosos de vosotros.

Hace unos días, un excelente presidente de estaca contó que, al recibir la tarjeta de calificaciones de su hijo, se había disgustado mucho al ver una calificación baja. Lo llamó aparte y mostrándole la tarjeta le dijo: ”¿Qué ves en esta tarjeta?” Y el muchacho respondió: “Veo tres calificaciones de Excelente, papá.”

Supongo que es tendencia de los padres notar las calificaciones bajas, y de los muchachos notar las altas. Si ambos comprenden el punto de vista del otro, serán especialmente bendecidos.

Permitidme ahora concluir con dos breves relatos de dos excelentes padres.

En una ocasión un muchachito se puso de pie ante el púlpito de la Escuela Dominical intentando dar un discurso que le habían asignado, mas no pudo articular palabra. Su excelente: padre salió de entre la congregación, se dirigió al pulpito, y parándose al lado de su hijo, lo rodeó con su brazo y dijo: “Sé que Larry ha preparado su discurso y que va a darlo. Está un poco nervioso, así que yo diré unas palabras al cabo de las cuales sé que él estará listo.” El padre se quedó allí de pie, rodeando a su hijo con el brazo, y al cabo de un momento, el muchachito comenzó a dar el discurso. Muchos lloraron.

Hace un tiempo conocí a un muchacho especial y esta, semana tuve el privilegio de pasar un rato con él y su familia. Este joven sufre de atrofia muscular. Es un muchacho excelente, amado por todos los de su barrio. Siempre ha deseado hacer las mismas cosas que hacen los demás jóvenes. Ha tenido gran éxito como Scout y ha progresado mucho en este programa.

Cuando Jay era diácono, servía la Santa Cena junto con los demás. Como no puede caminar ni mantenerse de pie, su padre se ponía en formación con los demás muchachos sosteniéndolo por la cintura con su vigoroso brazo y ayudándole a sostener la bandeja, pues sus manos no son lo suficientemente fuertes como para hacerlo. De este modo, el padre le ayudaba a su hijo a servir la Santa Cena de fila en fila. También Jay realizó un excelente trabajo como diácono recolectando las ofrendas de ayuno; su padre lo transportaba de puerta en puerta. ¿Podéis imaginar la escena en la puerta de cada casa?

Este joven posee un fuerte testimonio: su actitud y su aspecto son asombrosos. Da discursos y lo hace bien. Ha cantado en la Iglesia, y siempre que ha hecho estas cosas, allí ha estado su padre, sosteniéndolo en sus brazos y apoyándolo. En toda mi vida no había escuchado una historia más enternecedora ni más conmovedora. Dios bendiga a ese padre y a ese hijo.

Y que Dios nos bendiga a nosotros que tenemos tanto y que todavía tenemos tiempo disponible, para que podamos dar una nueva mirada a nuestro hijo o al muchacho que necesita alguna ayuda adicional fuera de su casa. Dios os bendiga a vosotros, los muchachos, para que apreciéis a vuestros padres, para que seáis pacientes, agradecidos y tolerantes. Dios nos bendiga a todos, muchachos y hombres, ahora y en el futuro, para que actuemos siempre de manera que ayudemos a los demás a gozar de las bendiciones especiales que Dios quiere que tengan.

Padres, directores del sacerdocio, los muchachos necesitan modelos que seguir. No es mediante la definición ni el desarrollo verbal de principios ‘que los muchachos adquieren los valores. “Ellos no aprenden los principios éticos; emulan a las personas morales {o inmorales). No analizan ni hacen una lista de los atributos que desean desarrollar; se identifican con las personas que parecen tenerlos” (Self-Renewal, por John Gardner, pág, 124). Lo que los muchachos necesitan no son conferencias sobre nociones de amor, de relaciones humanas o de Dios, sino que necesitan estar expuestos al amor incondicional, al generoso servicio, a la realidad de Dios en reverencia, adoración y humilde oración. Por esta razón necesitan modelo de lo que debe ser un hombre en lo mejor de su capacidad. Vosotros, hombres jóvenes, escuchad estas palabras de Moroni:

“No me condenéis por mi imperfección ni a mi padre a causa de la suya. . . más bien, dad gracias a Dios, que os ha manifestado nuestras imperfecciones, para que podáis aprender a ser más sabios de lo que nosotros hemos sido” (Mormón 9:31).

Vosotros, los varones adultos, escuchad estas palabras de los tiempos de antaño:

“Porque ¿cómo volveré yo a mi padre sin el joven? . . .” (Génesis 44:34).

En el nombre de Jesucristo. Amén.

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