El don del Espíritu Santo
por el élder Mark E. Petersen
del Consejo de los Doce
Julio de 1979
Cada miembro de la Iglesia es bautizado, o sea, nacido del agua y del Espíritu. Cuando se nos confirma miembros de la Iglesia, recibimos el “bautismo del Espíritu”, el cual es una influencia santificadora, destinada a guiamos a través de nuestra vida; cuando nos referimos a él, lo llamamos el don del Espíritu Santo.
Todos recibimos inspiración por medio de este don si vivimos dignamente y oramos por él. Nos puede ayudar en nuestro trabajo, en la escuela, en seleccionar amigos y al tomar nuestras diarias decisiones.
También ha sido una de las más grandes influencias en el campo misional. Por ejemplo, cuando yo era un joven misionero, en una ciudad de la parte este de Canadá, tenía como compañero a un hombre maravilloso cuyo nombre era Henry L. Baker.
Un día, al llegar a una determinada puerta, una mujer respondió a nuestro llamado e inmediatamente nos invitó a pasar, ¡antes de que tuviéramos siquiera la oportunidad de presentarnos! Tan pronto como entramos a la casa ella nos dijo:
¿Dónde está el libro que me traen?
Naturalmente, nos quedamos atónitos. Pero luego ella nos explicó la razón. Nos dijo que la noche anterior había tenido un sueño en el cual nos había visto llegar a su casa; había sido tan real, dijo, que cuando nos vio acercamos a su puerta nos reconoció al instante. Se le dijo en el sueño que nosotros teníamos un libro que la conduciría junto con su familia a la salvación.
Inmediatamente le dimos el Libro de Mormón y conversamos sobre él; después nos invitó a regresar esa misma tarde para conocer a su familia, lo cual hicimos. Luego de un período apropiado de estudio, toda la familia se unió a la Iglesia y aún se mantiene en ella fielmente.
Hace alrededor de veinte años fui asignado para ir a Montevideo, Uruguay, a visitar la misión y dedicar la primera capilla en esa ciudad. El año anterior el presidente David O. McKay había asistido para la colocación de la piedra fundamental, con la esperanza de poder regresar a dedicar la capilla. Otros deberes se lo impidieron, por lo cual yo fui enviado.
Después del servicio dedicatorio una hermana italiana se acercó a saludarme. Antes de hacerlo levantó la mano y me dijo que se la mirara; la miré, pero no vi nada especial. Entonces ella me llamó la atención sobre una cicatriz que tenía en la palma, y me explicó:
Cuando el presidente McKay estuvo aquí para poner la piedra fundamental de la capilla, yo tenía cáncer en la palma de la mano, Los doctores no podían curarme y el cáncer se estaba propagando. Me sentí inspirada por el Espíritu Santo a que si sólo tocaba la mano del presidente David O. McKay, el cáncer sanaría.
Mucha gente iba a saludar al Presidente, y como eran tantos me desanimé; pero el sentimiento continuaba y sentí que era el Espíritu Santo quien me impulsaba a hacerlo. Llegué hasta donde estaba el presidente. Tenía la mano derecha fuertemente vendada, de manera que tuve que saludarlo con la izquierda.
Al llegar a mi casa me saqué los vendajes, y con gran alegría vi que el cáncer ya se estaba sanando. Ahora le muestro la mano derecha, totalmente sana, y quiero que le cuente esto al presidente McKay.
Tuve una experiencia similar a ésta en Idaho, algunos años más tarde, mientras asistía a una conferencia de estaca. Después de la sesión del domingo por la mañana, uno de los obispos llevó a su madre a donde yo me encontraba; era una señora de avanzada edad. Yo había estado refiriéndome al Libro de Mormón durante mi discurso, y aún lo tenía en la mano.
Ella tomó el libro de mis manos, lo abrió, leyó un párrafo al azar, y luego me lo entregó. Le pregunté por qué había hecho aquello, y me dijo que en la conferencia de estaca anterior, uno de los Ayudantes del Consejo de los Doce había sido el visitante. Me preguntó si lo conocía y, por supuesto, le respondí que sí. Entonces ella me dijo:
¿Puede decirle por favor, que yo leí un párrafo en el Libro de Mormón? Cuando él vino para la conferencia pasada mi hijo lo llevó hasta mi casa y le pidió que me diera una bendición de salud. Yo estaba ciega. Por favor, dígale que veo, y que leí en el Libro de Mormón.
El poder del Espíritu Santo es uno de los recursos más grandes que tienen los Santos de los Últimos Días. Por poder divino no sólo sana la gente, sino que también por el poder del Espíritu Santo somos guiados en nuestras actividades diarias.
Cada uno de nosotros tiene una conciencia. Cuando nuestra conciencia nos ordena evitar algo, o cuando hemos caído en problemas y nos impulsa a arrepentimos, es el Espíritu que nos está influenciando. Eso puede ser nuestra salvación.
Quisiera recordaros que la gloria de Dios es la inteligencia (D. y C. 93:35), y que la gloria del género humano, también es la inteligencia.
Cuando el Espíritu de Dios actúa sobre nosotros, podemos recibir ayuda de la divina Inteligencia que da luz y dirección a nuestras propias inteligencias.
El Salvador nos enseñó que el Espíritu Santo es el Espíritu de Verdad, y “él os guiará a toda la verdad… y os hará saber las cosas que habrán de venir” (Juan 16:7-16).
Tenemos muchos maestros a medida que pasamos por la vida, pero el Espíritu Santo puede llegar a ser el más importante y el mejor maestro. Él es uno de los miembros de la Trinidad. Su ayuda e influencia pueden acudir en nuestra ayuda en todas partes y siempre, si hacemos lo que es correcto.
Muchos de nosotros aceptamos nuestra confirmación en la Iglesia y pensamos poco en lo que recibimos en ese momento; sin embargo, ése es el medio de obtener el don del Espíritu Santo, el cual puede ser una protección constante contra el mal y una gran luz para iluminar nuestro sendero de la vida a través de los años.

























