Un principio de fortaleza espiritual

Diciembre de 1980
Un principio de fortaleza espiritual
por Steve Gilliland

Este principio nos ayuda a comprender mejor nuestro propio yo, a adquirir fortaleza espiritual, a lograr relaciones permanentes y a acercarnos más a Dios.

Aquellos que trabajamos con jóvenes sabemos que es común oírles comentar lo siguiente: «Todo lo que oímos decir a nuestros padres y maestros es que debemos guardar la castidad porque las relaciones sexuales son un pecado. ¿No habrá nada positivo que pueda decirse sobre la castidad?»

Los Santos de los Últimos Días podemos responder que ciertamente hay muchas cosas positivas que decir. El evangelio nos da una perspectiva clara y completa de la castidad, lo cual se hace más evidente cuando se compara con la del mundo secular. Por ejemplo, las religiones del hombre han enseñado que el cuerpo es maligno y que el espíritu debe luchar por sobreponerse a él y liberarse; pero el evangelio restaurado nos dice algo totalmente opuesto: que el cuerpo es una bendición. Vinimos a la tierra para obtenerlo y hacer que formara parte de nuestro ser como un medio de lograr progreso; sin él no podemos recibir la plenitud de gozo (véase D. y C. 93:33-35); sin él no podríamos librarnos, sino que estaríamos en perpetua esclavitud (véase la Visión de la redención de los muertos, de Joseph F. Smith, 50). El evangelio nos enseña que seremos exaltados con nuestros cuerpos, y no a pesar de ellos.

Pablo parece sugerir lo mismo cuando dice: «…el que fornica contra su propio cuerpo peca» (1 Cor. 6:18; cursiva agregada).

Otra enseñanza falsa es que las relaciones íntimas en el matrimonio son «un pecado» necesario para la procreación. Sin embargo, cuando se disfruta de esas experiencias de acuerdo con los mandamientos de Dios y con el Espíritu, pueden enriquecer nuestra vida y vivificar nuestra alma. El presidente Kimball se refirió a las relaciones conyugales como «inherentemente buenas» (véase Liahona, abril de 1976, pág. 3).

«… que la función sexual puede ser un siervo maravilloso, pero un amo terrible; que puede ser una fuerza creadora más potente que cualquier otra en la formación del amor, el compañerismo y la felicidad…» (Billy Graham, citado por el presidente Spencer W. Kimball. Véase Liahona, abril de 1976, pág. 36.)

Una tercera enseñanza falsa es que el hombre es básicamente malo por causa de su naturaleza física; sin embargo, las Escrituras no le dan apoyo a esta teoría, sino que enseñan que los hombres se vuelven «carnales, sensuales y diabólicos» sólo cuando comienzan a seguir a Satanás (Moisés 5:13; véase también D. y C. 20:20).

El rey Benjamín aclara este concepto:

“Porque el hombre natural es enemigo de Dios… a menos que se someta al influjo del Espíritu Santo…” (Mosíah 3:19; cursiva agregada.)

La verdad es que la castidad es una virtud divina y que «el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente» (1 Cor. 2:14). En consecuencia, solamente aquellos que se vuelven espirituales pueden comprender las cosas espirituales; por este motivo, el mundo jamás podrá llegar a entender por qué obedecemos nosotros la ley (le castidad’ pero los Santos de los Últimos Días la comprendemos y estamos agradecidos por ella.

La castidad nos da fortaleza y expande nuestra comprensión
El presidente David O. McKay dijo que un ingrediente necesario para la espiritualidad es «tener conciencia de haber triunfado sobre sí mismo» (Improvement Era, dic. de 1969, pág. 31).

Dos grandes bendiciones que podemos recibir cuando cumplimos con la ley de la castidad son el autocontrol y el conocimiento de nosotros mismos. La «letra de la ley» de la castidad dice que se debe tener relaciones sexuales solamente con el cónyuge, o sea, el hombre o la mujer con los cuales se han hecho convenios legales de matrimonio. Pero el «espíritu» de esta ley abarca mucho más; requiere que mantengamos dentro de límites sagrados y apropiados todos nuestros deseos sexuales y el comportamiento que se relaciona con ellos. El tener deseos físicos no es malo, pero el persistir en ellos es malo y raya en la lujuria, o sea, la preocupación desmedida por cualquier cosa que pueda ser espiritualmente dañina.

La lujuria hace que las personas distraigan su atención de aquello que es espiritualmente productivo y satisfactorio, para enfocarla en pensamientos y acciones que dejan el espíritu dañado y vacío; es un narcótico mental que nos aleja de nuestras metas y puede conducirnos a sacrificar todo lo que es de valor para nosotros por una experiencia momentánea que lo único que nos dejará será aflicción, dolor y confusión.

¿Qué pasa si una persona, por costumbres previamente adquiridas, tiene deseos inmorales? Se aplica aquí el mismo principio: el sentir deseo no es indicación de pecado. La cuestión es ¿qué se hace con ese deseo? ¿Se le permite que siga creciendo? ¿O se reconoce y se desaloja de nuestra mente junto con los demás pensamientos indeseables que podamos tener? El presidente Kimball nos ha dicho que aun las personas que son tentadas con tendencias homosexuales o cualquier otro tipo de desviación pueden, con paciencia, empeño y fe, controlar esos impulsos y dar paso a que se despierten en ellos los deseos normales y venzan a los otros . Como consejero y como obispo, en varias oportunidades he sido testigo de cambios por el estilo en la vida de varias personas.

El esfuerzo consciente por desarrollar el autocontrol nos puede ayudar a comprendemos mejor a nosotros mismos. Cuando decido cuál debe ser mi conducta, puedo ver más claramente qué clase de persona soy; la fidelidad con la cual obedezco mi convenio de castidad también demuestra lo fuerte o lo débil que soy en otros aspectos de mi vida y me indica hasta qué punto estoy dedicado a los ideales celestiales. Por otra parte, en lugar de dejar que una persona se enfrente a sentimientos confusos como el de soledad y el de insuficiencia, Satanás tratará de hacerle escapar de ellos por medio de la inmoralidad; pero esas huidas son sólo momentáneas y, por lo tanto, la persona trata de nacerlo una y otra vez siempre sin éxito. Como resultado, el adversario, por medio de la falta de castidad, lo conduce hacia una confusión cada vez mayor.

La castidad requiere disciplina. Al poner en práctica esta disciplina en mi propia vida, me he dado cuenta de mis características personales, y he descubierto que para mí es indispensable tratar de evitar cierta clase de películas, ciertas lecturas, ciertas situaciones. Aunque otros me afirmen que a ellos no les causan problemas, yo sé que a mí pueden causármelos. Algunas veces he tratado de convencerme a mí mismo pensando que, puesto que otros pueden hacer estas cosas sin sufrir daño aparente, yo también podría; pero el resultado de estas justificaciones ha sido solamente tener que controlar más pensamientos, tener que suprimir más imágenes mentales. Me he encontrado con que, al querer controlar el fuego, sólo estaba agregándole leña, Para obtener mayor aprecio por la castidad, he tenido que comprender mis propias reacciones espirituales y obrar de acuerdo con ellas; he tenido que decidir, con la ayuda del Espíritu, cuál es el límite que yo debo trazarme.

El conocimiento de nuestro propio yo no es algo que esté almacenado en nuestra mente, sino algo que se siente profundamente en el alma luego de enfrentamos una y otra vez con las muchas influencias con que la televisión, los periódicos, la radio y la vida diaria nos bombardean. Ese conocimiento nos exige que tengamos fe constante y perseverancia aun frente a las derrotas. Esta fortaleza la obtenemos al liberarnos de los tentáculos de la tentación. ¡Nos sentimos tan bien cuando sabemos que tenemos control sobre nosotros mismos!

La castidad, entonces, es la disciplina de nuestros deseos y conducta sexuales y la obtención de una mayor comprensión y control de nosotros mismos en todos los aspectos que se relacionen con el sexo.

Fomenta relaciones permanentes
La castidad es también una gran fuerza que ayuda a elevar nuestras relaciones personales equitativamente. Durante el importante período del noviazgo, las parejas castas dedican tiempo a tratar de lograr una mejor comprensión y comunicación entre ellos y a evaluar sabiamente sus sentimientos mutuos, en lugar de huir de la realidad entregándose a intimidades inapropiadas. La castidad da a la pareja la libertad para ocuparse de formar un compañerismo que puede tener potenciales eternos y pone en la debida perspectiva un impulso natural que puede ser sumamente poderoso. El mundo le da a la relación sexual un lugar de preferencia; la castidad nos ayuda a verla como una de las muchas facetas importantes del matrimonio.

El mundo también nos dice que nuestro principal interés debe ser satisfacer nuestros deseos sexuales; esto puede conducimos a una relación basada en el egoísmo, en la cual se pone énfasis en lo que podemos conseguir y no en lo que podemos dar. En cambio, la castidad coloca las necesidades espirituales por encima de las satisfacciones de los deseos personales; da énfasis a la importancia de dar y no a la de recibir y requiere ciertas represiones por amor al compañero. Alma aconsejó a su hijo: «Procura… refrenar todas tus pasiones para que puedas estar lleno de amor» (Alma 38:12).

El presidente Kimball nos ha explicado que la relación sexual tiene dos propósitos: el de traer hijos al mundo, y el de expresar la clase de amor que produce unidad entre marido y mujer; también ha dicho:

«No tenemos conocimiento de que el Señor haya dado instrucciones de que la debida relación sexual entre marido y mujer deba limitarse totalmente a la procreación, pero contamos con amplias evidencias, considerando el tiempo desde Adán hasta el presente, de que el Señor tampoco ha dado plenas libertades para abusar de la relación sexual.» (Liahona, abril de 1976, pág. 3.)

Los dos propósitos mencionados anteriormente nos dan la pauta para mantener sagrada esta fuerza creadora y dentro de los límites que el Señor ha establecido. En el matrimonio, la actitud de pasar por alto las necesidades y sensibilidad del cónyuge viola este sagrado propósito; por otra parte, la autosatisfacción de estos impulsos sexuales pervierte su sagrado designio, condiciona a la persona para concentrarse en sus propias necesidades, aviva la lujuria y reduce la capacidad de superarse, también concentra la atención en lo que se puede recibir más bien que en lo que se puede dar. Es de esperar que una pareja que se ha mantenido casta antes del matrimonio haya desarrollado una actitud saludable para su relación conyugal.

La pareja que es casta se esfuerza por fortalecerse mutuamente; su sentido de la responsabilidad les impide hacer algo que pueda debilitar o tentar al otro. La modestia en la forma de hablar y de vestir es tanto para protección de los demás como para la de sí mismo.

Ese interés va mucho más allá de la relación física. Cuando una persona es casta y verídica en todos los sentidos puede formar una relación que es cada vez más fuerte y profunda. La castidad no solamente demuestra amor por el compañero, sino también por los hijos que pueden nacer bajo el convenio del templo y recibir ejemplos sanos en una familia eterna.

Nos ayuda a acercarnos a Dios
El presidente McKay dijo que «el sendero que conduce a Dios pasa por el corazón del hombre». Nuestra comunión con Dios se ve grandemente afectada por nuestras relaciones con los demás; al mismo tiempo, nuestras relaciones con los demás requieren guía divina a fin de que lleguen a ser maduras y eternas.

El amor es el mayor de los atributos divinos que podamos obtener. Si nuestras acciones son egoístas, dificultan la ayuda que el Espíritu Santo pueda darnos; al rehusar su influencia, nuestra relación con Dios se deteriora y surgen en nosotros sentimientos de inseguridad, irritación y autocompasión. Es entonces cuando, por faltamos una de las fuerzas positivas de apoyo más grandes de nuestra vida —el Espíritu del Señor- nos encontramos atrapados por las dudas y temores; con nuestro deseo de adquirir seguridad, exigimos de nuestros compañeros más de lo que pueden dar; y a través de todo este proceso, nos hacemos cada vez más insensibles a las necesidades de aquellos que nos rodean, incluyendo nuestro propio cónyuge. Nada hay que pueda destruir más rápidamente una relación que esta clase de atmósfera.

Por otra parte, la castidad permite que el Espíritu Santo tenga influencia en nosotros e incrementa la confianza, que es la base para cualquier relación perdurable. Mediante nuestro amor por los demás podemos reconocer y comprender el amor que tenemos por nuestro Padre Celestial y su Hijo Jesucristo. Esta es la más importante de todas las relaciones (véase D. y C. 132:24).

Para poder entregarnos por completo al Señor, debemos primero tener control sobre nosotros mismos. El ser sus discípulos requiere disciplina. Antes de que una persona pueda vivir de acuerdo con la ley de consagración, en la cual se da todo al Señor, debe vivir la ley de castidad; y para ello debe aplicar las leyes de sacrificio y obediencia. Al hacer lo cual, su confianza «se fortalecerá en la presencia de Dios» (D. y C. 121:45), y podrá recibir «la placentera palabra de Dios» y regocijarse en su amor (véase Jacob 3:2). El gozo, la paz y la fuerza que esto genera son muy difíciles de describir. El presidente McKay dijo:

«Una de las experiencias más sublimes de la vida es sentir que las facultades se desarrollan y que la verdad se expande en el alma.» (Improvement Era, dic. de 1969, pág. 31.)

Nunca podremos conocer completamente a Dios ni amarlo, a menos que vivamos en la forma que Él vive. Al volvernos más semejantes a Él, comenzamos a comprenderlo mejor y nuestra relación con Él se hace más estrecha. Mosíah nos dice que a medida que servimos al Señor nos acercaremos más a «los pensamientos e intenciones de su corazón» (Mosíah 5:3). Cuando vivimos como Él vive, aprendemos a interesarnos en lo que Él se interesa y a sentir lo que El siente. La castidad, al igual que cualquier otro principio del evangelio, nos ayuda a conocerlo porque promueve en nosotros cualidades esencialmente divinas como la comprensión, el autocontrol, el amor y la compasión.

Cuando comienzo a cansarme en mis luchas contra la tentación, recuerdo que Jesús «fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado» (Heb. 4:15). Él había sido bendecido con un cuerpo al que aprendió a controlar; y, como nosotros, también podía sentirse abrumado espiritualmente (véase D. y C. 19:18). Satanás ciertamente trató de todos modos de hacerlo pecar. Es así que, no obstante lo difícil que me resulte, sé que Jesucristo tuvo que andar por un sendero similar hace muchos años y que por su comprensión absoluta de nuestra condición mortal, Él puede ayudarnos y fortalecernos a lo largo de nuestro camino.

Podemos estar eternamente agradecidos porque cuando confesamos y abandonamos nuestros pecados, el Señor también se olvida de ellos (véase D. y C. 58:42-43). Además, no podrán tener ningún poder sobre nosotros en la eternidad, por el sacrificio expiatorio del Salvador. ¡Cuán grande es el gozo de saber que podemos limpiarnos totalmente de nuestros pecados!

Al comprender el papel vital que todo lo sexual tiene en nuestro desarrollo mortal, podemos comprender mejor por qué el Señor, en su amor por nosotros, nos dio la ley de castidad.

«¡Cuán glorioso es aquel que vive una vida de castidad! El que camina sin temor… El que toda la humanidad honra y respeta . . . Aquel que el Señor ama, porque se mantiene inmaculado. La exaltación de las eternidades aguarda su llegada.» (Liahona, mayo de 1976, págs. 2-3; Mensaje de la Primera Presidencia, oct. 2 de 1942.)

Steve Gilliland, director del Instituto de Religión de la Universidad de California en Long Beach, es obispo del Barrio Lakewood en California.

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