La crítica…

Febrero de 1983
La crítica…
Por Dan Workman

La crítica puede ser uno de los mayores obstáculos para el amor; pero por otra parte, éste es también el método más eficaz para sobreponernos a la crítica.

Habían llegado los maestros orientadores, y apenas se habían sentado para hablar con la familia, cuando el hijo adolescente se apresuró a preguntar:

— ¿Cómo podemos decir que la nuestra es la única Iglesia verdadera, cuando algunos de mis mejores amigos no son mormones y creen tanto en la veracidad de su religión como nosotros en la nuestra?

Una mirada al padre del joven dio por resultado un leve encogimiento de hombros como diciendo: Nosotros ya hemos tratado de contarle. Ahora les toca a ustedes. El mayor de los maestros orientadores quedó en silencio un momento, v después dijo: —Bueno, Carlos, tu pregunta me parece sincera. Me recuerda algo que me sucedió cuando yo mismo tenía un par de años más de los que tú tienes ahora. Cuando me alejé de la casa de mis padres y decidí ir a la universidad por primera vez, metí en las valijas ciertas ideas fijas que tenía. Llamémoslas prejuicios. Pensaba que dejaba la vida simple de una granja, donde había llevado una existencia protegida, para ir a una gran ciudad inicua, donde tendría que poner a prueba en todo momento los principios que se me habían enseñado; esto, por supuesto, no sucedió. Me sorprendió que la mayoría de mis compañeros fueran personas excelentes. Algunos de ellos concurrían a una iglesia distinta de la mía, y otros ni siquiera iban a ninguna. Al observar su comportamiento, a veces me preguntaba si yo habría sido capaz de ser tan honrado como muchos de ellos si no me hubiera criado con las creencias de la Iglesia Mormona. Tal vez tú mismo te hayas hecho esa pregunta.

Carlos asintió con la cabeza, y el maestro orientador continuó.

—De manera que, cuando decimos que somos miembros de la única Iglesia verdadera, no estamos diciendo que somos superiores a otras personas ni que somos los únicos que se preocupan por hacer el bien. Queremos decir que ésta es la única Iglesia que el Señor ha autorizado, por medio del poder del sacerdocio, para predicar su evangelio y efectuar las ordenanzas necesarias para la salvación. Queremos que todas las personas posean este conocimiento, que es de beneficio para su vida espiritual…

La charla continuó tranquilamente. Después de buscar el pasaje que dice: “Un Señor, una fe, un bautismo” (Efesios 4:5), y algunos otros similares, Carlos sintió que había recibido una respuesta satisfactoria a su pregunta.

La respuesta del maestro orientador a la pregunta que inquietaba a Carlos ilustra una variedad de principios que pueden ayudarnos a enfrentar la crítica de manera positiva y eficaz.

  1. No se sobresalte; esté preparado. A veces los maestros orientadores tienen que contestar preguntas o declaraciones que parecen criticar a la Iglesia, los principios del evangelio, otros miembros o líderes de ella.’ La manera de responder a tales críticas puede dejar una impresión duradera en las familias a quienes se les asignó ayudar. Pero, si los maestros orientadores se preparan para contestar de una forma razonable, ejerciendo su influencia “por la persuasión, por longanimidad, benignidad, mansedumbre y por amor sincero; por bondad y por conocimiento puro” (D. y C. 121:41—42), rara vez habrá ocasión de sorprenderse, sentirse avergonzado, o de que se desate una lucha de opiniones.

La contención y la discusión no tienen lugar en el programa de orientación familiar. Al responder con suavidad y confianza, este maestro orientador preparó la vía para que Carlos estuviera de acuerdo con su razonamiento, una vez que el muchacho estuviera listo para hacerlo.

  1. Destaque el aspecto positivo. Cuando surge una pregunta importuna, lo primero que puede pensar un maestro orientador sensible es que la persona está tratando de expresar sus dudas sin ninguna mala intención. Luego puede dividir la pregunta en aspectos positivos y negativos, enfocando su atención en los primeros.

En este caso, el maestro orientador percibió que la pregunta de Carlos consistía en dos partes: (1) la pregunta en cuanto a nuestra afirmación de que somos la única Iglesia verdadera, y (2) su observación de que hay muchas personas admirables que no pertenecen a ésta. De manera que el maestro orientador se concentró en la opinión positiva que Carlos tiene de sus amigos, un punto en el cual los dos podían estar de acuerdo plenamente. Entonces, cuando todos se sintieron cómodos con la charla, le fue posible ocuparse de la pregunta doctrinal que el joven había hecho. Como resultado de su método, pudo evitar una discusión. Si no existe una discusión que nos sintamos obligados a ganar, siempre será más fácil llegar a un acuerdo.

  1. No se apresure a corregir un error. No es fácil cambiar el rumbo que una persona ha tomado en su forma de pensar, especialmente cuando está alterada. Generalmente, la crítica lleva a una reacción en la que están en juego las emociones. Otórguele a la persona el tiempo y la oportunidad de corregirse sola.

En los días en que se arreaban grandes hatos de ganado, a veces se producían estampidas*, las que no sólo destruían todo lo que estuviese en su camino, sino que también afectaban al mismo ganado. Los arrieros aprendieron, por experiencia, que no era prudente controlar una estampida encarándola de frente. En cambio, cabalgaban a la par del ganado hasta que alcanzaban a los primeros animales, y los dirigían hacia donde no se pudieran dañar. Cuando lograban controlar al puntero, el animal que va a la cabeza del hato, lo iban deteniendo hasta guiarlo lentamente y retornarlo al rumbo.

La crítica con la que los maestros orientadores a menudo se encuentran tiene mucha semejanza con estas estampidas. A menudo ambos son resultado del temor, el dolor, los sentimientos heridos o los mal entendidos. El ser criticado es dañino, pero el que critica es el que más se perjudica. Así como con la estampida, generalmente no es recomendable encarar la crítica con una confrontación directa. A menudo, la manera más útil de comenzar es “correr” a la par de la persona, hasta poder controlar sus emociones arrebatadas y encaminarlas por rumbos más tranquilos, así como lo hizo el maestro orientador de Carlos.

A veces esto requiere que el maestro orientador sea tan sólo un buen oyente, ya que de esta forma, quizás se descubran críticas que encubren otros problemas. Por ejemplo, el comentario: “No me gusta ir a las reuniones” tal vez signifique, en realidad, “No puedo oír bien”, o “No puedo dejar de fumar”. Tal vez el comentario: “Todo lo que hacen en la Sociedad de Socorro es chismear” puede significar: “Mi hija y mi yerno están en trámite de divorcio, y no quiero que me llegue ningún chisme”. Al escuchar con paciencia y con buen ánimo, el maestro orientador permite que la persona se sobreponga al dolor o a la debilidad que le impiden disfrutar por completo del espíritu del evangelio.

  1. No se deje llevar por el aspecto negativo. El cabalgar a la par de la estampida es muy distinto que formar parte de ésta. De igual manera, el trabajar con alguien para resolver o aclarar conceptos erróneos no supone unirse a la crítica. Todo lo contrario. No obstante su deseo de establecer afinidad con alguien, tenga mucho cuidado en no dar la impresión de que está de acuerdo con los elementos negativos de la crítica.

El Salvador nos dijo: “Ponte de acuerdo con tu adversario pronto, entre tanto que estás con él en el camino” (Mateo 5:25). Esto no significa que debamos añadir nuestra voz al coro de disensión. Debemos encontrar algún principio positivo en común y establecer cierto nivel de confianza antes de intentar corregir o cambiar de dirección a la otra persona. Este fue precisamente el método que utilizó el maestro orientador de Carlos. Póngase de acuerdo cuando le sea posible y no se interne en cuestiones que podrían causar una división, hasta que haya creado un ambiente donde se pueda hablar tranquilamente.

  1. Dé su testimonio. En una manera sincera y espiritual, exprese su testimonio de la veracidad del evangelio, así como del poder de la revelación que dirige la Iglesia. Tenga cuidado de no transmitir un mensaje que condene u ofenda a la persona a quien procura ayudar.

Carlos tenía otras preguntas que le molestaban, las cuales surgían durante sus conversaciones con amigos, preguntas y dudas que preocupaban a sus padres. Aunque ellos mismos eran inactivos, deseaban que su hijo tuviese una actitud positiva hacia la Iglesia, pero no tenían las respuestas que el joven necesitaba. De manera que, cuando los maestros orientadores se retiraron, quedó acordado que volverían a visitarlos una vez por semana para enseñar a la familia los principios del evangelio, escogiendo los temas de una lista que ellos mismos prepararían. Después de cada lección, los miembros de la familia podrían hacer cualquier pregunta que desearan.

Este sistema funcionó muy bien. En otra visita, Carlos les preguntó otra cosa que le había estado perturbando:

— ¿Por qué construye la Iglesia tantos edificios caros, cuando hay tantas personas en el mundo que se están muriendo de hambre?

Los maestros orientadores encararon ésta de manera muy similar a la anterior. Al analizarla, descubrieron que estaba compuesta de dos partes: (1) había expresado un sentimiento de preocupación por las personas necesitadas del mundo, y (2) había emitido un juicio con respecto a la cantidad de dinero que la Iglesia gasta en la construcción de edificios.

Habiendo dividido la pregunta en los elementos positivos y negativos, pudieron enfocar la atención en lo positivo, ya que mientras el interés principal fuera por los necesitados, todos podrían estar en común acuerdo.

Uno de los maestros orientadores dijo:

—Carlos, cuando mencionas a los pobres, estás señalando uno de los puntos más importantes que preocupan a la Iglesia. Supongo que ha habido muy pocas ocasiones en las que el Señor se ha sentido complacido con la gente del mundo y su manera de vivir. Sin embargo, encontramos un buen ejemplo en Sión, la ciudad de Enoc.

Buscó el pasaje en las Escrituras, y le entregó el libro a Carlos, pidiéndole que leyera el versículo 17. Carlos entonces leyó:

—“Y el Señor llamó SION a su pueblo, porque eran uno en corazón y voluntad, y vivían en justicia; y no había pobres entre ellos.” (Moisés 7:18.)

—No debe haber pobres en Sión —explicó el maestro orientador—, y es por eso que la Iglesia procura hacer algo al respecto.

A continuación, mencionó el programa de preparación personal y familiar, donde se enseña e insta a las familias a prepararse obteniendo una buena educación, a ser productivos, a mejorar sus posibilidades de empleo, a prevenir problemas por medio del almacenamiento de comestibles, ropa y combustible necesarios, y a cuidar su salud, tanto física como emocional. Entonces añadió:

—Tú mencionaste los edificios, los cuales son sitios donde acudimos para adorar y para aprender estas cosas que son tan importantes para nuestro beneficio.

—Es cierto —asintió su compañero—. Yo recuerdo bien cuando viví en un pequeño pueblito en otra parte del país. No había muchos miembros cuando nos convertimos, y estábamos ansiosos por aprender más. No te puedes imaginar qué importante era para nosotros tener un lugar donde nos pudiéramos reunir y aprender. Edificamos una capilla en ese lugar; fue un gran sacrificio, pero no sentimos ni la más mínima duda en cuanto a lo necesario y práctico que nos era tener ese edificio. ¡Toda construcción es cara! Nosotros nos esmeramos por poner en nuestra capilla toda la belleza y excelencia que nuestros fondos limitados nos permitieron.

—Y, ¿de dónde viene el dinero? —preguntó Carlos.

—De nosotros. Es dinero tuyo y mío —contestó el hermano—, y es por eso que cuidamos cada centavo. Los centros de reuniones y los templos están todos bien construidos, pero no son extravagantes. Y quisiera decirte que es difícil expresar el cambio que éstos llevan a la vida de un nuevo converso, aun de gente pobre como lo éramos nosotros. La Iglesia nos ha mejorado en muchos aspectos, pienso que hasta en nuestro nivel de vida. Por eso es que creo sinceramente que el evangelio es la solución a la pobreza y al sufrimiento, ya sean físicos o espirituales, de todos los seres humanos.

En este caso los maestros orientadores tuvieron éxito con Carlos porque “caminaron” en el mismo sentido que seguían sus pensamientos, sin contribuir a la duda que el joven sentía. Pasaron por alto el tono de amargura de su pregunta, fortalecieron sus sentimientos positivos y convirtieron una experiencia que tenía la posibilidad de ser negativa en un momento de grata enseñanza.

Estos mismos pasos pueden usarse perfectamente aun en situaciones donde se suscite la crítica hacia líderes de la Iglesia o hacia otros miembros. Sea cual sea el juicio, debemos comenzar con cualquier aspecto positivo que haya en la conversación, como por ejemplo la sola idea de que cada líder, cada miembro de la Iglesia, puede ser perfecto. Para iniciar la conversación se debe evitar referirse a una persona determinada y enfocar el principio de que el objetivo del evangelio es llevarnos a la perfección; pero, sobre todo, el maestro orientador debe evitar que sus ideas se interpreten como que está de acuerdo con la crítica expresada.

La charla debe orientarse tranquilamente hacia la idea de que los líderes de la Iglesia son llamados por medio de la inspiración, y que el sostenerlos en sus llamamientos significa apoyarlos en el desempeño de sus responsabilidades, a pesar de lo que nosotros consideremos como debilidades en ellos; esta actitud significa que sostenemos a esa persona que Dios ha llamado.

Si usted ha servido como líder, tal vez pueda expresar lo difícil que es tomar ciertas decisiones, y lo importante que fue sentirse apoyado por los miembros en su cargo.

Aún más, el maestro orientador podría encontrar una manera amable de recordar a la persona que critica que las imperfecciones ajenas tienen muy poco que ver con la propia salvación.

Al margen de cualquier técnica que se pueda utilizar para responder a la crítica, existe un principio que es mayor que todos los demás, el cual, por supuesto, es el amor. La crítica puede ser uno de los mayores obstáculos para el amor; pero, por otra parte, éste es también el método más eficaz para sobreponernos a la crítica. El mensaje del evangelio es que no sólo debemos sentir amor, sino que también debemos crear ese sentimiento en los demás. Inspiremos amor, demostrándolo primero. Y en la orientación familiar demostramos amor cuando reconocemos los logros alcanzados por otras personas, cuando mantenemos contacto y escuchamos, cuando ayudamos, enseñamos, apoyamos y nos interesamos en aquellos por quienes tenemos responsabilidad. Ésa es la esencia de la orientación familiar: el proceso por el cual intensificamos el amor por el evangelio, y el que sentimos los unos por los otros.

Quien no puede ver lo bueno en las personas no sólo destruye su propia fe sino que se convierte básicamente en una persona desdichada.
Loren C. Dunn

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