Todo el que procure salvar su vida

Todo el que procure salvar su vida

Gordon B. Hinckley

Por el presidente Gordon B. Hinckley
Consejero en la Primera Presidencia

Aquel que se olvida de sí en el servicio a sus semejantes evolucionará y progresará, tanto en esta vida como en la eternidad.


Mace varios años, en una mañana dominical, me encontraba en la casa de un presidente de estaca, en un pequeño pueblo de Idaho. Antes de la oración matutina toda la familia se reunió para leer algunos versículos de las Escrituras, entre los cuales se leyeron algunas palabras de Jesús que se encuentran registradas en Juan 12:24:

“De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

Sin duda alguna el Maestro se estaba refiriendo a su propia muerte que habría de venir, declarando que a menos que El muriera, su misión en la vida sería totalmente en vano. Sin embargo, para mí estas palabras contienen un significado adicional; me parece que el Señor nos está diciendo a cada uno de nosotros que a menos que nos perdamos a nosotros mismos en el servicio a nuestros semejantes, estamos viviendo una vida sin gran propósito. Y continúa diciendo:

“El que ama su vida, la perderá; y el que aborrece su vida en este mundo, para vida eterna la guardará.” (Juan 12:25.)

O, como se encuentra en el Evangelio de Lucas:

“Todo el que procure salvar su vida, la perderá; y todo el que la pierda, la salvará.” (Lucas 17:33.)

En otras palabras, aquel que sólo se preocupa por sí mismo se marchitará y morirá, mientras que aquel que se olvida de sí en el servicio a sus semejantes evolucionará y progresará, tanto en esta vida como en la eternidad.

Esa mañana en la conferencia de estaca, el presidente con quien yo había estado fue relevado después de trece años de haber servido fielmente. Se podía percibir el amor y el aprecio que todos sentían hacia él, no por su riqueza material, ni por su posición en la comunidad, sino por el gran servicio que había prestado en forma tan desinteresada. Sin ningún deseo de obtener beneficio personal, había manejado miles y miles de kilómetros bajo toda condición de clima, y literalmente había pasado miles de horas sirviendo a los demás. Había dejado a un lado sus asuntos personales para ayudar a quienes necesitaban de su ayuda, y al hacerlo se había convertido en alguien muy especial para aquellos a quienes había servido.

Ese día un nuevo presidente tomaba su lugar, y había muchos que se sentían orgullosos de él y felices por la oportunidad que se le presentaba. Sin embargo, había un hombre que se sentía más orgulloso y feliz que todos los presentes y ocupaba el lugar del secretario de la estaca, un cartero rural de profesión. Él había sido quien doce años antes, en forma tranquila y paciente, persuadiera al vecino, que se encontraba totalmente inactivo, a que regresara a la Iglesia,

Hubiera sido mucho más fácil no haberse inmiscuido en la vida de su indiferente vecino, y hubiera sido más fácil también simplemente haberse olvidado de los demás y dedicado a su propia vida. Sin embargo, él había dejado a un lado sus intereses personales para preocuparse por alguien, y ese alguien se convertía aquel domingo en un líder respetado y honorable de una gran estaca de Sión. En el momento en que toda la congregación sostenía a su nuevo presidente, el hombre que ocupaba la mesa del secretario derramaba lágrimas de gratitud. Por medio de su ejemplo él había llevado nuevo sentido a la vida del hombre que esa mañana era sostenido como presidente de estaca.

En una ocasión alguien dijo una frase de gran significado:

“Cuán cuidadosamente la mayoría de los hombres pasan por esta vida sin dejar huella alguna, mientras que de vez en cuando uno o dos, al olvidarse de sí mismos, pasan a la inmortalidad.”

Recuerdo haber visitado a un amigo en el sur de India; la primera vez que le vimos había sido doce años antes cuando fuimos allí para responder al pedido que había hecho de que alguien fuera a bautizarle. Diez años antes de que él hubiera hecho esta solicitud, había encontrado un folleto de la Iglesia, aunque no tenía ni idea de quién lo había llevado o cómo había llegado a esa parte del mundo. De todas maneras escribió a las Oficinas Generales de la Iglesia en Salt Lake City, desde donde se le envió más material de lectura, el cual leyó avidamente.

La primera vez que nos reunimos con él no le bautizamos porque no se encontraba listo; sin embargo, hicimos los arreglos para que se le enseñara el evangelio y fuera bautizado algunos meses después.

Aunque trabajaba como contador en una fábrica de cemento y su salario era escaso y su casa pequeña, su corazón era inmenso. Debido al gran amor que sentía por los demás, el cual provenía de comprender el Evangelio de Jesucristo, construyó con sus propias manos una escuela en un pequeño terreno que él había comprado con sus ahorros. Era un edificio bastante humilde, mas sin embargo, allí estudiaban unos cuatrocientos niños pobres, que habían salido de la obscuridad de la ignorancia a la luz del conocimiento. Lo que este acto de amor significó y significará en su vida es incomprensible.

Debido a los esfuerzos de este único hombre, se establecieron cinco ramas pequeñas de la Iglesia en los pueblos rurales del sur de India. Los miembros construyeron tres o cuatro edificios pequeños, pero muy limpios y organizados; sobre la puerta de cada uno de ellos se colocó un letrero tanto en inglés como en tamul que decía: “La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. Los pisos eran de hormigón y no había bancas donde la gente pudiera sentarse, de manera que cuando nos reuníamos nos sentábamos en el suelo y expresábamos nuestros testimonios y participábamos de la Santa Cena del Señor.

Ahora hay un poco más de doscientos miembros de la Iglesia entre los millones y millones de personas que viven en ese país. Y algún día, alguien escribirá la historia de la Iglesia en esa parte del mundo; por supuesto, esa historia quedaría incompleta a menos que hubiera en ella un capítulo sobre mi amigo que se consagró al servicio de los demás.

Durante ese mismo viaje alrededor de la tierra, nos encontramos con otro amigo que una vez formó parte del profesorado de la Universidad Brigham Young. Sus hijos ya eran grandes, de manera que él y su esposa decidieron que en lugar de jubilarse y pasar el tiempo en actividades de poca importancia, como podrían haberlo hecho y como lo hacen millones de personas, buscarían algún lugar en el mundo donde pudieran ayudar a algunos de los hijos de nuestro Padre Celestial enseñándoles las verdades que los salvaran.

Ellos encontraron dicho lugar. Vendieron su hermosa casa y su automóvil, y se alejaron de sus amigos y familiares para ir a un lugar lejano y no muy cómodo. Sin embargo, al tomar esta decisión, el Señor les proveyó muchas oportunidades de enseñar, inspirar y ayudar. Nadie puede predecir los resultados de su gran obra.

Cuando he pensado en este hombre y su esposa, que dejaron las comodidades de su hogar y el medio en que se encontraban y a sus amigos, a una edad en que la mayoría de las personas quiere descansar, han surgido en mi mente las siguientes palabras del Señor:

“Y cualquiera que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mateo 19:29.)

Lo mismo pienso cada vez que conozco u oigo hablar de hermanos ya entrados en años, solteros o casados, que se ofrecen como voluntarios o aceptan llamamientos para servir al Señor en las misiones de la Iglesia.

Los necesitamos; el Señor los necesita; y el mundo entero los necesita. Además, estos hermanos y hermanas tan maravillosos necesitan esa experiencia tan especial. Porque, hablando en sentido general, las personas más miserables que yo conozco son las que se obsesionan consigo mismas, pero las más felices son las que se pierden a sí mismas sirviendo a los demás.

Recuerdo haber visitado una universidad donde escuché a los jóvenes quejarse en una forma que es muy común a esa edad: quejas en cuanto a la tensión en que se vive durante la época estudiantil, como si el estudio fuera una carga en lugar de una oportunidad de adquirir el conocimiento de la tierra; quejas en cuanto a la vivienda y la comida.

Les dije a los jóvenes que si el estudio era una carga muy pesada y que si ellos creían que debían quejarse en cuanto a la vivienda y la comida, yo podía sugerirles una cura a todos sus problemas. Les sugerí que se olvidaran de los libros por unas horas, salieran de sus apartamentos y fueran a visitar a algún anciano u otra persona que estuviera sola o enferma y desanimada. En muchas ocasiones me he dado cuenta de que cuando nos quejamos de la vida es porque sólo pensamos en nosotros mismos.

Por muchos años noté en la pared de una zapatería a la que yo iba, un letrero que decía: “Me quejé porque no tenía zapatos hasta que vi a un hombre que no tenía pies”. La medicina más eficaz para la enfermedad conocida como la “autocompasión” es dedicamos enteramente al servicio de otros.

Hay algunas jovencitas e incluso algunos jóvenes que se preocupan demasiado de si van a tener la oportunidad de casarse o no. El matrimonio es un estado deseable y, por supuesto, algo que debemos esperar y anhelar y tratar de obtener; pero la preocupación en cuanto a ello nunca logrará que el hecho ocurra; más bien, es muy posible que se obtenga un efecto opuesto, ya que no hay nada que destruya tanto una personalidad como una actitud negativa. Tal vez algunas personas no lleguen a casarse en este mundo; sin embargo, deben recordar que aun así la vida puede ser rica y productiva y llena del mayor gozo que puedan imaginar, y la llave para ese gozo es entregarse al servicio de nuestros semejantes.

Quiero felicitar a todos los miembros de nuestra Iglesia que con tan buena disposición dedican su tiempo a la obra sagrada que se efectúa en los templos del Señor, ya que es en esa obra donde se encuentra el verdadero sentido del servicio abnegado. En mi opinión, uno de los milagros de nuestra época es la gran consagración de tiempo y esfuerzo de parte de cientos de miles de personas ocupadas en favor de los muertos. Todos los que se dedican a este servicio saben que como recompensa se recibe un sentimiento hermoso que nos llena de satisfacción. Esta dulce bendición del Espíritu se convierte literalmente en una medicina que llega a curar muchas de las enfermedades de nuestra vida; y por estas experiencias llegamos a comprender que únicamente cuando servimos a otros estamos verdaderamente sirviendo al Señor.

En nuestra dispensación el Salvador dijo:

“De cierto digo que los hombres deben estar anhelosamente empeñados en una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia.”

Y luego añadió estas palabras tan significantes:

“Porque el poder está en ellos…” (D. y C. 58:27-28.)

Mis queridos hermanos y hermanas, el poder está en nosotros, en cada uno de nosotros, el poder de llevar a cabo actos significativos de servicio por nuestra propia iniciativa si es que nos dedicamos ansiosamente a una causa justa.

Emerson dijo que toda gran institución no es más que la extensión de la sombra de una gran persona (véase Essays, First Series: Self-Reliance). Al acordarme de personas que han efectuado un gran trabajo en aquellas labores en las que yo he tenido responsabilidad, las palabras de Emerson vienen a mi mente. Cuando pienso en el estado presente de Corea, con siete estacas y tres misiones, en cierta forma veo en ese progreso la sombra extendida del doctor Kim y los dos jóvenes, Oliven Wayman y Don C. Wood, que le enseñaron el evangelio mientras él era estudiante en la Universidad Cornell de Nueva York. Estos dos jóvenes infundieron en su amigo coreano el deseo de leer el Libro de Mormón. El interés que tenían en él y las actividades que juntos compartieron eran completamente diferentes de los motivos que los habían llevado a la universidad. Cada uno de ellos estaba dedicado a lograr un grado universitario muy avanzado, el que muy bien hubiera consumido cada minuto de su tiempo. Sin embargo, separaron el tiempo para enseñar y para aprender, y cuando el amigo coreano regresó con su doctorado a su tierra natal, llevaba consigo el amor por el Libro de Mormón y por la Iglesia, a cuyas reuniones había asistido en Ithaca, Nueva York. Los Santos de los Últimos Días norteamericanos que han servido en la guerra de Corea también compartieron el evangelio con muchos de sus amigos coreanos. De esa forma, el interés del doctor Kim, este hombre de gran conocimiento y responsabilidad, fue el catalizador que llevó al establecimiento de la obra en Corea, incluso a la decisión de enviar misioneros desde Japón. Aunque el hermano Kim ya ha fallecido, su trabajo y sus esfuerzos continúan aumentando en forma esplendorosa, llegando a tocar, con efectos eternos, a un gran número de vidas en la “Tierra de la mañana serena”.

Hoy día en las Filipinas contamos con más de 55.000 miembros de la Iglesia; tenemos dieciséis estacas y cuatro misiones. Es una de las zonas más productivas en el mundo en cuanto a la obra proselitista. Cuando se escriba la historia de la obra en Filipinas, debe incluirse la historia de la hermana Maxine Grimm, una joven de Tooele, Utah, que sirvió con la Cruz Roja en el Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial. Se casó con un oficial del ejército estadounidense, y después de la guerra ambos establecieron su hogar en Manila. Ella hizo mucho para enseñar el evangelio a otras personas, y rogó porque se enviaran misioneros a esas tierras. Su esposo hizo todo lo posible para que legalmente se les abrieran las puertas a los misioneros. Hubiera sido mucho más fácil para ellos simplemente haber vivido su vida, ganando dinero y gozando de los frutos de su trabajo; sin embargo, la hermana Grimm no cesó de trabajar y de pedir que enviaran misioneros.

En esa época yo tenía bajo mi responsabilidad la obra de la Iglesia en Asia, de manera que llevé sus súplicas a la Primera Presidencia, quien en 1961 autorizó formalmente la obra misional en esa tierra. En mayo de ese mismo año tuvimos una reunión en Filipinas para iniciar la obra. Y puesto que no teníamos un lugar en donde reunirnos, la Embajada Estadounidense nos otorgó permiso para reunirnos en el cementerio militar de su propiedad, en las afueras de Manila.

Allí, donde en forma muy solemne se recuerdan los sacrificios de más de 50.000 hombres que ofrendaron su vida por la causa de la libertad, nos reunimos todos a las 6:30 de la mañana. La hermana Grimm tocó el piano portátil que había llevado durante todas las campañas de la guerra del Pacífico, y cantamos los himnos de Sión en una tierra extraña. Expresamos nuestro testimonio e invocamos las bendiciones del cielo sobre la obra que íbamos a empezar allí. Entre los presentes se encontraba un filipino miembro de la Iglesia.

Ese fue el comienzo de algo maravilloso, la iniciación de un milagro. Lo demás es historia, desalentadora en ocasiones, pero llena de gloria en otras. Yo estuve presente durante la conferencia de área que hace varios años llevamos a cabo con el presidente Spencer W. Kimball y también en otras. Unos 18.000 miembros de la Iglesia se reunieron en el gran Coliseo Aranetta, el centro para reuniones públicas más grande en la República.

Lloré al pensar en los primeros años y recordé con gran aprecio a la mujer que dejó a un lado todos sus intereses para lograr el sueño de que un día la Iglesia fuera fuerte en la tierra en que ella entonces vivía, llevando una clase de felicidad hasta entonces desconocida para miles de personas de esa tierra tan hermosa.

Tal vez algunos pensaréis que si estuvierais en un lugar tan exótico como Filipinas, haríais lo mismo. Yo creo que es verdad, pero permitidme deciros que para tocia persona, todo lugar en el mundo es o fascinante o simplemente común. En toda tierra, en toda ciudad, en todo hogar, en toda vida, hay oportunidades para servir a otros.

Mi súplica es que si deseamos tener gozo en nuestro corazón, si queremos tener el Espíritu del Señor en nuestra vida, debemos olvidarnos de nosotros mismos y servir a los demás. Dejemos a un lado nuestros propios intereses personales y egoístas y. extendamos nuestros brazos con el deseo de servir a otros. Y al hacerlo, se cumplirá en nuestra vida la gran promesa de las buenas nuevas que el Maestro nos dio:

“Todo el que quiera salvar su vida, la perderá; o todo el que salvare su vida, debe estar dispuesto a ofrendarla por causa de mí; y si no está dispuesto a ofrendarla por causa de mí, la perderá.

“Pero todo el que esté dispuesto a perder su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará.” (Versión Inspirada, Marcos 8:37-38. Traducción libre.)

Os testifico que estas palabras son tan ciertas hoy día como lo fueron cuando el Señor mismo las pronunció. Os testifico que Dios, nuestro Padre Eterno, vive; que Jesús es el Cristo, el Salvador de este mundo. Y os testifico que a medida que cada uno de nosotros se esfuerce por servir a otros, se encontrará a sí mismo y llegará a bendecir grandemente el mundo en el que ahora vive.

Cada uno de nosotros tiene demasiado que hacer como para perder el tiempo y las energías criticando, juzgando, o abusando de sus semejantes.
Gordon B. Hinckley

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