El estudio de las Escrituras

Conferencia General Octubre 1979

El estudio de las Escrituras

Howard W. Hunter 1Por el élder Howard W. Hunter
Del Consejo de los Doce


Cuando seguimos el consejo de nuestros líderes de leer y estudiar las Escrituras, recibimos toda clase de beneficios y bendiciones. Este es el estudio más provechoso al que podemos dedicarnos. Con frecuencia nos referimos a la porción de Escrituras conocida como Antiguo y Nuevo Testamento, calificándola como la más grandiosa literatura del mundo.

Estos libros pueden considerarse como tratados científicos, tesis filosóficas v también como registros históricos; más si comprendemos el verdadero propósito de estas v otras escrituras, llegamos a la conclusión de que en realidad forman la literatura fundamental de la religión.

Los libros canónicos contienen las declaraciones básicas en cuanto a Dios, a sus hijos y la relación que hay entre ellos. En cada libro se nos insta a creer y a tener fe en Dios el Eterno Padre y en su Hijo, Jesucristo, y desde el principio hasta el fin de cada uno de ellos se nos llama a cumplir la voluntad de Dios y a guardar sus mandamientos.

Las Escrituras contienen un registro de la forma en que Dios se ha revelado al hombre, v por medio de ellas Dios le habla. ¿Cómo podrían existir horas más productivas que las que dedicamos a leer en los libros canónicos la literatura que nos enseña a conocer a Dios y a comprender nuestra relación con El?

El tiempo siempre es precioso para las personas ocupadas, pero al dedicar horas a una lectura infructuosa o a programas frívolos de televisión, destruimos su valor completamente.

Los hábitos en la lectura varían inmensamente. Algunos leen más rápido que otros: hay personas que leen a ratos, mientras que otras persisten en su lectura, sin parar, hasta la última página. Los que profundizan en la lectura de los libros canónicos, se dan cuenta de que para comprender las Escrituras se requiere algo más que una lectura ligera; debe hacerse un estudio cuidadoso. Es obvio que el que los estudia diariamente logra más que el que dedica muchas horas en un día, dejando pasar días enteros antes de reiniciar el estudio; y no solo debemos estudiar cada día, sino que tendríamos que apartar una hora especifica en que podamos concentrarnos sin interrupciones.

No hay nada que nos oriente mejor en la comprensión de las Escrituras que la oración, pues mediante ella podemos tener la mente abierta para hallar respuestas a nuestras interrogantes. El Señor dijo:

“Pedid, y se os dará; buscad, y hallareis; llamad, y se os abrirá.” (Lucas 11:9.)

Con esas palabras, Cristo nos da la seguridad de que si pedimos, buscamos y llamamos, el Espíritu Santo guiara nuestro entendimiento, si es que estamos listos para recibir.

Muchos consideran que el mejor tiempo para estudiar es por la mañana, cuando la mente esta despejada después del sueño y se han desvanecido aquellas preocupaciones que la entorpecen y enturbian el pensamiento. Otros prefieren estudiar de noche, cuando las preocupaciones y el trabajo diarios se han dejado a un lado, y así terminar el día, con la paz y la tranquilidad que proporciona la comunión con las Escrituras.

Lo que es más importante que la hora del día, quizás sea la regularidad con que se realice el estudio. Sería ideal que se dedicara una hora cada día; pero si no se puede, entonces podríamos lograr mucho con media hora, siempre que lo hagamos regularmente. Quince minutos no es mucho tiempo, pero es sorprendente toda la instrucción y el conocimiento que se pueden lograr al estudiar un tema tan significante. Lo esencial es no permitir que algo interfiera en nuestro estudio.

Algunos prefieren estudiar solos; pero el estudio con un compañero puede ser provechoso. Las familias reciben grandes bendiciones cuando los padres, con gran sabiduría, Juntan a sus hijos para leer en familia las bellas historias de las Escrituras y luego, de acuerdo con el entendimiento de cada uno, comentan las enseñanzas encerradas en ellas. Los jóvenes y los niños tienen a menudo una manera única de discernir y apreciar la literatura básica de la religión.

No debemos dedicarnos a esta lectura por casualidad, sino más bien desarrollando un plan sistemático de estudio. Algunos leen cierto número de páginas siguiendo un horario, mientras que otros se fijan un número determinado de capítulos por día o por semana. Tal programa fijo puede resultar justificable y grato cuando leemos por el placer de la lectura, mas no constituye un estudio significante.

Vale más dedicar cierta cantidad de tiempo cada día al estudio de las Escrituras, que fijarnos un número de capítulos para leer, a veces el estudio de un solo versículo puede ocupar todo el tiempo disponible.

Se puede leer rápidamente sobre la vida, los hechos y las enseñanzas de Jesús, pues por lo general estas historias son sencillas y se han redactado en forma simple. El Maestro empleó pocas palabras en sus enseñanzas, pero cada una con tanta precisión, que juntas muestran al lector una imagen de lo que Él quería expresar. Sin embargo, a veces quizás dediquemos muchas horas a la contemplación de una idea profunda expresada en pocas palabras.

En la vida del Salvador hubo un incidente del cual nos hablan Mateo, Mareos y Lucas. Marcos relata una parte significativa de la historia en solo dos versículos breves y cinco palabras del versículo siguiente. Permitidme citarlos:

“Y he aquí, vino uno de los principales de la sinagoga, llamado Jairo; y luego que le vio”, es decir, cuando vio a Jesús, “se postro a sus pies, y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.

Fue, pues, con él.” (Marcos 5.22-24.)

Lleva aproximadamente treinta segundos leer esa parte del relato es corto y sin complicaciones, el cuadro mental es sencillo y hasta un niño podría relatarlo sin dificultad. Pero a medida que lo meditamos y contemplamos, adquirimos un sentimiento profundo de comprensión y sentido. Concluimos que el relato encierra algo más que una sencilla historia sobre una niñita enferma que fue curada por Jesús. Leámoslo de nuevo:

“Y he aquí”. Esta expresión es bastante común en las Escrituras, sin embargo encierra un sinnúmero de significados. En este ejemplo el sentido es de algo inesperado. Jesús y los que estuvieron con El acababan de cruzar el Mar de Galilea, y se encontraron con una gran multitud que le estaba esperando en la ribera, cerca de Capernaum.

“Y he aquí”, (repentinamente) ‘vino uno de los principales de la sinagoga”. Las sinagogas grandes de la época eran presididas por un consejo de ancianos bajo la dirección de un jefe o gobernante, este era un hombre de categoría y prestigio, muy respetado entre los judíos.

Mateo no nos da el nombre de este anciano principal, pero Mareos lo identifica con su título y luego dice: “llamado Jairo”. Este es en el único lugar de la Biblia donde se menciona su nombre; sin embargo, lo recordamos a través de la historia a causa de su breve contacto con Jesús. Muchas vidas, que de otra manera hubieran permanecido ocultas y olvidadas, se han hecho memorables solo por el contacto que tuvieron con el Maestro, el cual obró un cambio significativo tanto en su modo de actuar como en su forma de pensar trayendo así el despertar a una vida nueva y mejor.

“Y luego que le vio” (es decir, cuando Jairo vio a Jesús), “se postro a sus pies.”

Fue una ocurrencia inesperada que un hombre de prestigio, un principal de la sinagoga se postrara a los pies de Jesús, a los pies de quien la mayoría consideraba un predicador errante con el don de sanar. Muchos otros eruditos y personas prestigiosas vieron a Jesús y lo despreciaron, pues estaban cegados mentalmente. Hoy día existe la misma situación; muchos no ven al Señor por los obstáculos que hay en el camino.

“Y le rogaba mucho, diciendo: Mi hija está agonizando”. Aquí vemos una situación típica que impulsa al hombre a llegar a Cristo: no tanto por sí mismo, sino por la aflicción de un ser querido. El estremecimiento que imaginamos en la voz de Jairo al hablar de “su hija”, nos conmueve al pensar en aquel hombre de gran posición en la sinagoga, postrado humildemente delante del Salvador.

Y después viene la gran confesión de fe. “Ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá.” No sólo vemos aquí la declaración de fe de un padre atormentada sino también un recordatorio de que todo lo que la influencia de Jesús toque vivirá; si El influye en un matrimonio, este prosperara; si se le permite influir en la vida familiar, la familia tendrá éxito.

Las palabras “Fue, pues, con él”, siguen. No supondremos que este incidente fuera previsto. El Maestro acababa de cruzar de nuevo el mar donde le esperaba la multitud en la ribera para que les enseñase, “Y he aquí”, repentina e inesperadamente, fue interrumpido por la súplica de un padre. Podría no haber hecho caso de la petición, pues muchos otros lo esperaban; podría haberle dicho a Jairo que pasaría a ver a su hija al día siguiente; pero, “fue, pues, con él”. Si seguimos los pasos del Señor, ¿estaremos acaso alguna vez tan ocupados que no podamos dar nuestra mano al necesitado?

No es preciso leer el resto del relato; cuando llegaron a la casa del gobernante de la sinagoga, Jesús tomo a la niña de la mano y le devolvió la vida. Asimismo, a todos los hombres que extiendan su mano hacia Él, los levantara a una vida nueva y mejor.

Estoy agradecido por los libros canónicos, mediante los cuales podemos obtener un conocimiento mayor del Señor Jesucristo. Estoy agradecido porque, además del Antiguo y el Nuevo Testamento, el Señor, mediante profetas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, ha revelado otras Escrituras como testigos adicionales de Cristo: el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios, y La Perla de Gran Precio, los cuales sé que contienen la palabra de Dios. Todos ellos testifican que Jesús es el Cristo, el Hijo del Dios viviente.

Que el Señor nos bendiga en el estudio y en el empeño de acercarnos a Él, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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Una respuesta a El estudio de las Escrituras

  1. Irma ascencio dijo:

    Éste es un inspirador mensaje que me ayuda a fijar una hora para leer las escrituras y nutrir mi fe en el Evangelio de jesucristo.

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