“Llegará el momento”

Liahona, Octubre 2002

“Llegará el momento”

por Shauna Gibby
Relato verídico

En 1978, Isaac tenía ocho años y vivía en una pequeña aldea de Cross River State, Nigeria. Su casa estaba hecha de ramas de bambú unidas con adobe y un tejado de hojas de palmera. A Isaac le gustaba su aldea y quería a todas las personas que vivían en ella.

La aldea estaba rodeada de un bosque verde y frondoso, con palmeras, bananeros, helechos y bambú. Para ir a la aldea más cercana, Isaac caminaba por un camino de tierra a través del bosque o montaba en la vieja bicicleta de su primo.

Su familia tenía una pequeña granja donde cultivaban su propia comida. Comían sopa y gari, un plato hecho de raíces hervidas que se parece a los copos de avena. Isaac y sus hermanas tenían tareas que hacer; una de las tareas de Isaac era caminar hasta el río y traer agua para su familia.

Los domingos, Isaac y su familia iban a la Iglesia. El centro de reuniones también estaba hecho de bambú y adobe, y tenía un letrero blanco y limpio que decía: LA IGLESIA DE JESUCRISTO DE LOS SANTOS DE LOS ÚLTIMOS DÍAS. En la parte delantera había una gran campana de bronce.

En la Iglesia, el hermano Ekong les enseñaba sobre Jesucristo, les leía de los pocos libros que habían recibido de Salt Lake City y cantaban himnos. El favorito de Isaac era “¡Oh, está todo bien!” ( Himnos, Nº 17).

Al igual que muchas otras personas de su aldea, Isaac tenía un fuerte testimonio de que la Iglesia es verdadera. Estaban aguardando a que llegaran los misioneros para ayudarles a saber más sobre el Evangelio restaurado. El hermano Ekong no tenía el sacerdocio, por lo que no podía bautizarles. Más que nada, Isaac quería bautizarse y ser miembro de la Iglesia, por lo que su padre le dijo: “Llegará el momento en que seremos bautizados”.

Cuando Isaac y sus hermanas fueron al bosque a cortar leña para el fuego, Isaac oró para que fueran los misioneros, y mientras estaba sentado en la orilla del río contemplando el ir y venir de los peces de colores, cantaba himnos. Muchas veces se imaginaba que el Coro del Tabernáculo Mormón estaba cantando con él.

Un día, su padre dijo a la familia que el sábado iba a haber una reunión especial. Antes de la reunión iban a ayunar durante 24 horas, y durante la reunión iban a orar para que llegaran los misioneros.

El sábado, Isaac y su familia se pusieron sus mejores ropas. A Isaac le gruñía el estómago por el hambre, pero casi ni se dio cuenta porque estaba muy animado.

Al poco rato sonó la campana y toda la gente de la aldea se congregó en el pequeño centro de reuniones, el cual quedó totalmente lleno. El hermano Ekong dirigió un himno y luego oró para que el Señor enviara a los misioneros. Muchas personas más se turnaron para orar. La madre de Isaac tenía lágrimas en los ojos. Volvieron a cantar y luego llegó el momento de irse.

Cuando la gente estaba yéndose, un auto se estacionó delante del centro de reuniones y de él se bajaron dos hombres y dos mujeres. Isaac no había visto jamás a alguien con la piel tan pálida. El hermano Ekong les hablaba con mucha emoción; luego se fue a la campana y la tocó con fuerza. Todo el mundo regresó al centro de reuniones.

El hermano Ekong dio la bienvenida a los cuatro extraños y les dijo que la aldea había aguardado muchos años ese momento tan feliz. Uno de los hombres, el élder Rendell Mabey, se puso de pie y dijo que era un misionero enviado por el profeta, el presidente Spencer W. Kimball.

El élder Mabey compartió su testimonio del Evangelio restaurado, y lo mismo hicieron el élder Cannon y las hermanas Mabey y Cannon. Era un día muy caluroso, pero nadie quería irse. Todos tenían muchas preguntas. El élder Mabey prometió regresar y enseñarles más, y les dijo a los aldeanos que había llegado el momento y que pronto podrían bautizarse.

El último día de diciembre de 1978, la familia de Isaac y muchas otras personas se congregaron en las orillas donde el río estaba más hondo y tenía una corriente tranquila. Cuando llegó el turno de Isaac, entró en el agua. El élder Mabey lo tomó de la muñeca, dijo la oración bautismal y lo sumergió en el agua. La cálida luz del sol resplandecía en la superficie mientras Isaac volvía a la orilla. En su corazón él también tenía un sentimiento de calidez.

Veintiún años más tarde, Isaac se encontró en el mismo río con su hijo de ocho años, Raymond. Ahora Isaac tenía el sacerdocio y podía bautizar a su hijo. Su corazón rebosaba de gozo al recordar el hermoso día en que se había bautizado en ese mismo río. Se sentía muy agradecido de que por fin llegara el momento.

“Por medio de misioneros y miembros, el mensaje del Evangelio restaurado está llegando a todo el mundo…

“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días ofrece a todos los hijos de Dios la oportunidad de aprender la plenitud del Evangelio de Jesucristo tal cual fue restaurado en estos días postreros. Ofrecemos a todos el privilegio de recibir todas las ordenanzas de salvación y exaltación” —Élder Dallin H. Oaks, del Quórum de los Doce Apóstoles (“¿Ha sido usted salvo?”, Liahona, julio de 1998, pág. 67).

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