¿De Nazaret puede salir algo de bueno?

¿De Nazaret puede salir algo de bueno?

por el presidente Thomas S. Monson
Segundo Consejero de la Primera Presidencia
Liahona Abril 1989

Hace dos mil años el Hijo del Hombre nació en un mundo similar al nuestro, un mundo desgarrado por la tensión y el dolor. Habían transcurrido sesenta y tres años desde que los soldados romanos habían conquistado Pales­tina y tomado posesión de Jerusalén; los cascos, las espadas y los emblemas de la legión romana se veían por todas partes.

Habían pasado muchas generaciones desde que el profeta Isaías había declarado:

“He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo… y el principado sobre su hombro; y se lla­mará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.” (Isaías 7:14; 9:6.) Después de haber oído esa promesa, ¿podemos aca­so imaginar el gozo supremo que debe de haber sen­tido Felipe cuando el Salvador del mundo se dirigió a él, pronunciando la inmortal palabra “Sígueme”? (Juan 1:43). Sí, el Rey de reyes y Señor de señores había venido al mundo.

No era fácil ocultar el conocimiento de un acon­tecimiento como ese, y Felipe no pudo guardarlo para sí. La Biblia nos dice que “Felipe halló a Natanael, y le dijo: Hemos hallado a aquel de quien escribió Moisés en la ley, así como los profetas: a Jesús, el hijo de José, de Nazaret. Natanael le dijo: ¿De Nazaret puede salir algo de bueno? Le dijo Fe­lpe: Ven y ve” (Juan 1:45-46).

¿Cómo podía Nazaret tener ese honor? ¿Nazaret, el valle más insignificante de una desdeñada provincia, ubicada en una tierra que había caído bajo la conquista romana?

Sigamos a Natanael y veamos.

Nazaret, a tan sólo 128 kilómetros de Jerusalén, estaba ubicada sobre la ruta principal mercantil que partía de Damasco, pasaba por las ciudades de Gali­lea y conducía hacia la costa del Mediterráneo. Pero ésta no era la razón por la que la villa se iba a des­tacar, ni tampoco ganaría su gloria en la belleza de los paisajes que la rodeaban. Nazaret era el lugar donde se iban a suscitar eventos imperecederos y de más importancia que los que ocurrieran a lo largo de las rutas mercantiles o en medio de los hermosos panoramas.

Fue precisamente en esa ciudad de Galilea, Naza­ret, donde se apareció el ángel Gabriel, enviado de Dios; se apareció a una virgen cuyo nombre era María y le declaró: “María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Y ahora, concebirás en tu vientre, y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús… y será llamado Hijo del Altísimo” (Lucas 1:30—32).

Después del nacimiento del niño Jesús, y luego de la huida a Egipto, el sagrado registro dice que “vino y habitó en la ciudad que se llama Nazaret, para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas, que ha­bría de ser llamado nazareno” (Mateo 2:23).

Fue en Nazaret donde Jesús creció “en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres” (Lucas 2:52).

De Nazaret vino Aquel que hizo que los ciegos vie­ran, que los mendigos paralíticos caminaran, aun que los muertos vivieran. El nos dio el ejemplo; fue per­fecto en todas las cosas; enseñó las buenas nuevas que cambiarían el curso de la humanidad.

Analicemos en detalle y en forma individual esos grandiosos acontecimientos a fin de saber por nosotros mismos si realmente salió algo bueno de Nazaret.

Primero, recurramos a aquel de quien Jesús dijo:

“De cierto os digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan el Bautista” (Mateo 11:11). A su vez, sabiendo que venía uno “más poderoso que él” (Eclesiastés 6:10), Juan el Bau­tista se dedicó a “enderezar el camino del Señor” (vé­ase Juan 1:23).

Juan el Bautista sabía lo que los profetas que le ha­bían precedido habían profetizado, y él era el primero en reconocer la luz de Aquel de quien testificaría.

“Aconteció en aquellos días, que Jesús vino a Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán” (Marcos 1:9).

“También dio Juan testimonio, diciendo: Vi al Es­píritu que descendía del cielo como paloma, y perma­neció sobre él . . . pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios” (Juan 1:32-34).

De Nazaret salió Jesús, que era perfecto, para ser bau­tizado, como ejemplo para todos.

Segundo, vayamos a Judea y analicemos el testi­monio de uno que era ciego de nacimiento, el testi­monio de alguien que no sabía cuál era la diferencia entre el día y la noche. Cuando contó lo sucedido, los vecinos, sorprendidos, se preguntaban: “¿No es éste el que se sentaba y mendigaba?

“Unos decían: El es; y otros: A él se parece. El decía: Yo soy.

“Y le dijeron: ¿Cómo te fueron abiertos los,ojos?

“Respondió él y dijo: Aquel hombre que se llama Jesús hizo lodo, me untó los ojos, y me dijo: Vé al Siloé, y lávate; y fui, y me lavé, y recibí la vista.” (Juan 9:8-11.)

Cuando los incrédulos le decían: “Da gloria a Dios; nosotros sabemos que ese hombre es pecador”, él res­pondió: “Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo” (Juan 9:24-25).

De Nazaret salió la luz para los ciegos.

Ahora, viajemos a Betesda para hablar con el que ahora camina, después de haber estado postrado por treinta y ocho años. “Cuando Jesús lo vio acostado, y supo que llevaba ya mucho tiempo así, le dijo: ¿Quieres ser sano?” La respuesta del hombre, que en­cerraba frustración y a la vez esperanza, fue atendida con una orden divina: “Levántate, toma tu lecho y anda” (Juan 5:6, 8).

De Nazaret salieron fuerzas renovadoras para un cuerpo marchito.

Jesús de Nazaret restauró la vista a los ciegos e hizo caminar a los lisiados, pero, ¿es acaso cierto que re­sucitó a los muertos?

En Capernaum, Jairo, uno de los principales de la sinagoga, se acercó al Maestro y le dijo: “Mi hija está agonizando; ven y pon las manos sobre ella para que sea salva, y vivirá”. Entonces, vinieron de la casa de Jairo diciendo: “Tu hija ha muerto”. A lo que el Maestro respondió: “No temas, cree solamente”. En­tonces fue a la casa, pasó junto a los que lloraban y se lamentaban y les dijo: “¿Por qué alborotáis y llo­ráis? La niña no está muerta, sino duerme”.

Pero ellos se burlaron de él, porque sabían que es­taba muerta. El los echó fuera a todos, y tomando la mano de la niña le dijo: “Niña, a ti te digo, levántate”.

“Y la niña se levantó y andaba… Y se es­pantaron grandemente” (véase Marcos 5:23-43).

De Nazaret salió la vida, donde antes hubo muerte. De ese milagro se derivó el ejemplo perfecto mediante el cual nuestra vida puede ser fructífera: “No temas, cree solamente” (Marcos 5:36; cursiva agregada).

De Nazaret y a través de las edades salen Su ejem­plo perfecto, sus palabras oportunas, sus hechos divi­nos, para inspirarnos a tener la paciencia necesaria para resistir las aflicciones, la fortaleza para soportar el dolor, la valentía para enfrentar la muerte y la seguridad para dar la cara a la vida. En este mundo caótico, lleno de dificultades y plagado de in­seguridad, tenemos ahora más que nunca la necesi­dad de esa guía divina.

Las lecciones provenientes de Nazaret, Capernaum, Jerusalén y Galilea han prevalecido ante las barreras de la distancia y el tiempo y los límites de la comprensión, y han llevado luz y guía a los corazones perturbados.

Con tristeza nos hemos enterado de los que han dado la vida valientemente en pos de la libertad.

Uno de ellos, con gran apremio, tomó un lápiz y un trozo de papel y escribió a un ser querido: “Pronto iremos al frente de batalla. El enemigo está bien ar­mado, y se perderán muchas vidas. Mamá, espero sobrevivir, pero no le tengo miedo a la muerte, por­que mi vida está en orden con Dios”.

Su madre recibió este preciado mensaje de su hijo, y, ese mismo día, le llegó otro que decía: “Lamen­tamos informarle que su hijo ha muerto en acción”.

Recibió la visita de amigos, el consuelo de seres queridos, pero la verdadera paz llegó sólo por medio de Aquel que venía de Nazaret como su hogar.

Pero no todas las batallas se traban en territorio extranjero, ni todos los que participan en ellas por­tan armas, tiran granadas o dejan caer bombas. Yo presencié algo semejante en el cuarto piso de un hospital de California. No se oía el sonido estridente de las armas de fuego, ni había soldados ni equipos de guerra a la vista. No obstante, se estaba llevando a efecto una lucha entre la vida y la muerte. Paul Van Dusen, un joven feliz y bien parecido, de quince años, acababa de perder la primera lucha con el tem­ible enemigo llamado cáncer.

Paul amaba la vida; era un excelente deportista, y sus padres tenían la esperanza y oraban para que no se confirmara lo que los médicos temían: que tu­vieran que amputarle la pierna derecha. Desolados, aceptaron la triste noticia: Para salvarle la vida, de­bían amputarle la pierna.

Se llevó a cabo la operación y Paul se encontraba descansando.

Al entrar en su habitación, lo primero que in­mediatamente captó mi atención fue su alegre son­risa. Paul irradiaba un espíritu de esperanza y bon­dad. Había varios arreglos florales de parte de sus amigos, y sus padres, agradecidos por tenerlo con vi­da, estaban de pie, junto a él.

Paul me invitó a leer las tarjetas que había re­cibido, portadoras de mensajes para una pronta recu­peración . Una de ellas decía: “Te queremos mucho, Paul, y estamos orando por ti”; estaba firmada por todos los miembros de la clase de la Escuela Domi­nical. Y la de sus compañeros de estudios: “Deseamos que te recuperes pronto. Eres un joven excepcional”. Y otra, de los maestros orientadores, que decía: “Que Dios te bendiga. Mañana vendremos a verte otra vez”.

¿Qué dijo el Carpintero de Nazaret con respecto a esas personas? “De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Ese día fue fácil orar, porque el espíritu de la oración estaba presente; en la habitación reinaba un espíritu de paz; en los labios humedecidos con lágrimas se dibujaron sonrisas de confianza. Desde la lejana Capernaum, nos pareció oír el eco: “No temas, cree so­lamente”. Entonces Paul dijo: “Pronto estaré bien”.

Encontré en Paul un corazón lleno de fe y un sem­blante que irradiaba gratitud. Fe, ¿en quien? Grati­tud, ¿hacia qué?

Mi Redentor, Jesús, de Nazaret,
resucitaste y yo también lo haré.
Dios te dejó venir tu vida a dar,
tu expiación cumplir, gloria alcanzar.
(Himnos, núm. 86.)

¿Pudo haber salido algo bueno de Nazaret?

Sí, de Nazaret salió el ejemplo, la vista, la for­taleza, la vida, la fe, la paz, el valor … de Nazaret salió Cristo.

Natanael le dijo a Jesús: “Rabí, tú eres el Hijo de Dios; tú eres el Rey de Israel” (Juan 1:49). Yo testifico que él es el Rey de reyes, el Señor de señores, el Salva­dor y Redentor. Sí, el Jesucristo de Nazaret, “y no hay otro nombre dado debajo del cielo por el cual el hom­bre puede salvarse en el reino de Dios” (2 Nefi 31:21).

Ruego que sigamos sus enseñanzas, que emulemos su ejemplo, que sigamos sus pasos hacia la vida eterna. □

Sugerencias para desarrollar el tema:

  1. Exprese sus sentimientos acerca de las ben­diciones que nuestro Señor Jesucristo nos ofrece. Pi­da a los miembros de la familia que expresen sus sen­timientos acerca de lo que el Señor ha hecho por nosotros.
  2. ¿Hay en este artículo algunos pasajes de las Es­crituras o citas que la familia podría leer en voz alta y analizar?
  3. ¿Sería la presentación de este mensaje más efi­caz si hablara con el jefe de la familia antes de la visita? ¿Tiene algún mensaje del obispo o del líder del quorum para ellos?

 

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