El Don del Conocimiento

El Don del Conocimiento

por el élder F. Burton Howard
del Primer Quórum de los Setenta
Adaptado de un discurso dado en una charla fogonera en la Universidad Brigham Young, el 31 de octubre de 1982
Liahona Febrero 1989

Por medio de la libre elección podemos descubrir qué es en verdad lo que deseamos, y por ese medio saber quiénes y cómo realmente somos.

Es sumamente difícil elegir o saber qué hacer en cada una de las innumerables encrucijadas con las que nos en­frentamos a diario en nuestra vida, especial­mente cuando las opcio­nes que se nos presentan parecen ser igualmente buenas. Después de reci­birme de abogado, tuve la suerte de comenzar a trabajar como auxiliar en la Suprema Corte de Justicia del estado de Utah. Allí aprendí cómo funcionan los tribunales y tuve la oportunidad de conocer personalmente a los jueces. Recuerdo claramente cuando escuchaba las persuasivas disertaciones de los abogados que defen­dían las partes discordantes y me sentía influido pri­mero por una y luego por la otra.

Varios años más tarde, cuando ya no trabajaba en los tribunales, me encontré con el presidente de la Suprema Corte, a quien conocía muy bien. Nuestra conversación se tornó hacia los problemas adminis­trativos que implica la dirección de un tribunal. Mi amigo se sentía cansado y fastidiado. En pocos meses tendría la edad para jubilarse y dejar toda la conten­ción y las polémicas en manos de otros. Según me dijo, estaba pensando muy seriamente en hacerlo.

—¿Qué pensarías si me jubilara? —me preguntó.

Aun cuando comprendía muy bien sus deseos de querer escapar de tan agobiantes responsabilidades, le contesté:

— ¡Oh, juez, no haga eso! Usted no puede imagi­narse el consuelo tan grande que es tener a alguien en los tribunales que siempre trata de hacer lo justo.

Me sorprendió ver que se enfadara, y alzando la voz me dijo:

—Burt, cualquier tonto puede hacer lo justo; lo difícil es saber qué es lo justo.

Mi amigo acababa de confiarme su más grande preocupación como juez, y trataba de hacerme com­prender que aunque no todas las personas aplican la ley a su comportamiento, eso no era difícil de lograr una vez que la ley estuviera claramente definida.

Pero lo que sí era mucho más difícil, era determinar qué ley se debía aplicar y decidir entre las opciones que los inteligentes abogados presentaban en forma competente, atractiva y elocuente. Lo más difícil para él era determinar cuál de las dos partes represen­tadas tenía la razón.

Dificultad para elegir

¿No sucede lo mismo en nuestra vida? Es suma­mente difícil elegir o saber qué hacer en cada una de las innumerables encrucijadas con las que nos enfren­tamos a diario en nuestra vida, especialmente cuando las opciones que se nos presentan parecen ser igualmente buenas.

Permítame darle un ejemplo. Imagínese que usted ha estado buscando trabajo por varios meses. Sacó un préstamo para comprar un auto y si no consigue trabajo pronto el banco tomará posesión del vehículo.

Es temprano por la mañana de un lluvioso día de invierno, y usted se dirige a una empresa con la in­tención de tener la mejor entrevista de trabajo que jamás haya tenido. Por algún motivo se le ha hecho tarde, y para colmo, el auto indica que, con suerte, tiene solamente la suficiente gasolina (nafta) para llegar a destino,.

Al detenerse frente a un semáforo divisa a un co­nocido que está esperando en la parada del autobús, bajo una lluvia torrencial. Usted sabe que el ómnibus que él espera para ir a su trabajo ya pasó y que el siguiente todavía demorará bastante, pero si se de­tiene y se ofrece llevarlo a su destino, llegará aún más tarde a la entrevista. Sabe también que si no va más rápido que el límite de la velocidad, no llegará a tiempo, pero a la vez, si recibe otra multa de trán­sito, le van a suspender su licencia para conducir.

No hay duda de que debe tomar una decisión, pero, ¿qué puede hacer? Si se considerara cada situación por separado, estoy seguro de que probablemente to­dos sabríamos qué hacer. Naturalmente que no debe infringir la ley y manejar sobre el límite de la veloci­dad; debe detenerse a cargar combustible; debe tam­bién ayudar a su amigo y hacer todos los esfuerzos posibles por obtener el trabajo, el cual es sumamente importante tanto para su bienestar económico como para el de su familia. Pero, ¿qué hacer? Se encuentra ante la alternativa de detenerse o no; de manejar por sobre el límite de la velocidad o no. ¿Tiene real­mente importancia el quebrantar o no la ley? ¿Conseguir el trabajo? ¿El que le suspendan la licencia de conducir? ¿El no prestar ayuda a un amigo que lo necesita? ¿Pueden surgir consecuencias imprevistas si se queda sin combustible o maneja demasiado rápido? ¿Existen consecuencias eternas en todo ello?

En esas circunstancias, el saber qué hacer puede ser lo más difícil, y las consecuencias de elegir inde­bidamente pueden ser permanentes e irreversibles.

El acercarse demasiado al pecado, hacer alto en el lugar equivocado o no hacer algo cuando es necesario, obedecer o desobedecer las leyes morales o de la tierra son elecciones que pueden alterar eternamente el curso de nuestra existencia. ¿En qué forma, entonces, se puede saber qué camino seguir? Y habiéndolo encon­trado, ¿qué podemos hacer para mantenernos en él?

El cometido de vivir el evangelio

Es relativamente fácil mantenerse en el sendero recto y angosto cuando no hay en él mucho tránsito y la ruta está bien marcada. Pero, frecuentemente, a lo largo del camino, nos encontramos con otras per­sonas que también ejercen su libre albedrío y, sin quererlo, nos damos cuenta de que sus exigencias y lo que esperan de nosotros influye en nuestro comporta­miento y elecciones. El momento de prueba se pre­senta cuando los amigos dicen: “Vamos, ¿qué tiene de malo? Todo el mundo lo hace”. O: “Nadie se va a enterar”.

Es sumamente difícil preparar de antemano lo que ha de hacerse en cada una de las situaciones de la vida, y no es nada fácil poner en práctica lo que sa­bemos que debemos hacer al enfrentar esas situaciones. Las dificultades de vivir el evangelio no surgen por nuestra propia elección, sino que se presentan contra nuestra voluntad. Ello se debe a que muchas de las elecciones que debemos hacer a diario son completamente nuevas, sin precedentes que nos pon­gan sobre aviso. Cada uno de nosotros debe buscar y caminar por su propio sendero a medida que se es­fuerza por practicar los principios que conducen a la perfección. Aun cuando podemos encontrar gran ayuda en las Escrituras y beneficiarnos de las expe­riencias de los demás, la vida se encuentra colmada de momentos en los cuales solamente nosotros pode­mos decidir lo que haremos o lo que no haremos.

No hay duda de que el Señor sabe todo eso, y es­toy seguro de que desea que sea así. Él nos dice por ejemplo:

“Porque he aquí, no conviene que yo mande en todas las cosas; porque el que es compelido en todo es un siervo negligente y no sabio; por tanto, no re­cibe galardón alguno.

“De cierto digo que los hombres deben estar anhe­losamente empeñados en una causa buena, y hacer muchas cosas de su propia voluntad y efectuar mucha justicia; porque el poder está en ellos, y en esto vie­nen a ser sus propios agentes. Y en tanto que los hombres hagan lo bueno, de ninguna manera perde­rán su recompensa.” (D. y C. 58:26-28.)

En otras palabras, se ha designado que tengamos un grado considerable de control sobre nuestra vida, siendo nuestros propios agentes en aquellos aspectos de nuestra existencia sobre los cuales no se nos da ningún mandamiento. Eso significa que en esos as­pectos no seremos controlados ni se nos mandará desde lo alto, ya sea que lo deseemos o no.

Sencillamente, estamos en estado probatorio. El Señor dijo:

“Y os doy un mandamiento, que vosotros desechéis todo lo malo y os alleguéis a todo lo bueno, y que viváis de acuerdo con toda palabra que sale de la boca de Dios.

“Porque él dará a los fieles línea sobre línea, pre­cepto tras precepto; y en esto os juzgaré y probaré.

“. . . porque he decretado en mi corazón probaros en todas las cosas, dice el Señor, para ver si perma­necéis en mi convenio hasta la muerte, a fin de que seáis hallados dignos.

“Porque si no permanecéis en mi convenio, no sois dignos de mí.” (D. y C. 98:11-12, 14-15.)

Es difícil saber qué es lo justo          

El estado probatorio terrenal requiere que los hijos de Dios hagan elecciones conscientes. Si no fuera así, no podríamos determinar realmente quiénes so­mos y lo que realmente deseamos. Me estoy refi­riendo al aspecto en donde no se ha dado ningún consejo o mandamiento específico y en el que no se sabe qué hacer y cómo hacerlo. A esto era también a lo que se refería mi amigo de la Suprema Corte cuando dijo: —Lo difícil es saber qué es lo justo.

A través de nuestra vida nos veremos obligados a elegir entre el deber o la obligación y otras opciones más o menos atractivas. ¿Nos quedamos a ver televi­sión o hacemos nuestras visitas de maestras visitan­tes? ¿Pasamos el tiempo junto a nuestra familia o con los amigos? ¿Leemos tas Escrituras o una novela? ¿Dejamos a nuestros hijos en casa o los llevamos con nosotros? ¿Compramos las cosas a crédito o preferi­mos no endeudarnos? Todas estas decisiones, cuando se toman, excluyen otras, de otra manera no sería en realidad una probación. El Diseñador del plan de sal­vación así lo diseñó, para que por medio de la libre elección pudiéramos descubrir qué es en verdad lo que deseamos, y por ese medio saber quiénes y cómo realmente somos.

Muchas veces nos vemos obligados a elegir entre dos cosas buenas, lo cual es una de las paradojas del evangelio. Por ejemplo: Hay una relación directa en­tre el tiempo que pasamos cumpliendo con un llama­miento en particular y el bien que podemos hacer. Un obispo hace mucho bien al visitar a un miembro necesitado, pero hace diez veces más bien cuando vi­sita a diez miembros necesitados. Entonces, ¿cuánto tiempo debe dedicar a visitar a los miembros? Nos acercamos al Señor al estudiar y meditar las Escritu­ras, pero nos acercamos mucho más cuando las estu­diamos con más ahínco y las meditamos más profun­damente. ¿Cuánto, entonces, debemos estudiar? Un buen padre le dedica tiempo a su familia, pero un padre aún mejor le dedica más tiempo y además sale una noche por semana con su esposa.

Pero, ¿cuál es el límite? ¿Cuándo hemos hecho lo suficiente, y quizás aún más que suficiente, dema­siado? ¿Cómo podemos saber si somos lo suficiente­mente activos, si prestamos suficiente servicio a los demás, si sentimos suficiente amor, si pasamos suficiente tiempo con nuestra familia o si es necesario hacer un reajuste en la balanza de lo que estamos haciendo? Aristóteles dijo en una ocasión:

“Ser bueno no es tarea fácil, ya que es muy difícil encontrar el término medio de todas las cosas. . . Cualquiera puede enojarse, lo cual es muy fácil de hacer, o dar o gastar dinero; pero hacerlo con la per­sona indicada, por la razón debida, en el momento propicio y de la forma correcta, eso no cualquiera puede hacerlo ni tampoco es fácil. Por esta razón, la bondad es una cualidad excepcional, loable y su­blime.” (“Man and Man: The Social Philosophers”, The World’s Great Thinkers, tomo II, editado por Sase Cummins y Robert N. Linscott, New York: Random House, 1947, pág. 352a.)

¿Podría un hombre ser un mejor esposo si pasara todo su tiempo libre en casa con su esposa? ¿Podría ser un mejor esposo si no tuviera hijos, y de ese modo dedicarse a ella completamente? La respuesta es un rotundo no. Nadie, ya sea el esposo, la esposa, los hijos o la Iglesia tiene el derecho de reclamar todo el tiempo de otra persona. Los niños que reci­ben la atención ilimitada de parte de sus padres se vuelven dominantes y dependientes. Si la Iglesia tu­viera obispos que le dedicaran todo su tiempo se con­vertiría en ministerio remunerado de una institución dedicada a sí misma, en vez de ser una organización divina, instituida con el objeto de ayudar a los hijos de Dios a perfeccionarse.

Un equilibrio ideal

El equilibrio ideal varía de acuerdo con la capaci­dad y las necesidades específicas de cada miembro de la Iglesia. Pero, en algún punto de esa dedicación total de nuestro tiempo a esas grandes causas como lo son la familia, la Iglesia, el trabajo y uno mismo existe un equilibrio ideal, obviamente necesario, da­das las limitaciones de tiempo impuestas por nuestro Creador. No cometamos el error de criticar el patri­monio de tiempo que nuestro Padre nos ha dado, sino que tratemos de descubrir lo que El desea que hagamos con el tiempo que se nos ha concedido.

Hay ciertas responsabilidades que debemos asumir en nuestra vida, las cuales no son, y ciertamente no deben ser, recíprocamente exclusivas. Todas ellas re­quieren tiempo. Se requiere tiempo para ser padre, presidenta de la Sociedad de Socorro, vendedor, estudiante, etc. El prestar servicio requiere tiempo. Es de esperarse que inevitablemente surjan conflictos, pero el secreto de hacer algo de la mejor manera po­sible en cierta área, no necesariamente debe ser a expensas de otra. El Señor nunca tuvo la intención de que todo fuera cómodo y fácil en Sión (véase 2 Nefi 28:24), sino que todo se hiciera “con prudencia y orden” (Mosíah 4:27).

Por lo general, un equilibrio apropiado no significa que tomemos un sendero y dejemos a un lado los demás, sino que tomemos todos los caminos que sean necesarios, sin excedernos ni ir más lejos de lo que deberíamos para no atrasar nuestro progreso en otras vías por las que nuestro Padre Celestial también desea que andemos. Si es así, entonces es sumamente importante, como lo dijo el élder Richard L. Evans, que “estemos donde debemos estar, cuando debamos estar” y, que “hagamos lo que debamos hacer cuando sea necesario hacerlo”, ya que seremos juzgados por las elecciones que hayamos hecho. El equilibrio que nosotros mismos hayamos creado dirá quiénes somos.

“Siempre debéis orar”

Ahora, ¿podemos, como Santos de los Últimos Días, esperar lograr el éxito al tomar las decisiones correctas o tratamos de encontrar un equilibrio en nuestra vida? Como humilde siervo del Señor puedo testificar que sí podemos.

Al final del primer día de Su ministerio entre los nefitas, el Señor les enseñó a orar. “Siempre debéis orar al Padre en mi nombre; y cualquier cosa que pidáis al Padre en mi nombre, creyendo que recibiréis, si es justa, he aquí, os será concedida.” (3 Nefi 18:19-20.)

Muchas veces he considerado a ese aconteci­miento como quizás el momento propicio para la enseñanza más sublime registrada en la historia del mundo. Los nefitas acababan de sufrir la destrucción de sus ciudades, la muerte de sus seres queridos, el verse separados de sus familias, la pérdida de sus casas y sus posesiones terrenales; habían sobrevivido la confusión y el horror; habían pasado tres días de una obscuridad total e impenetrable. De todos los pueblos de la tierra, ellos tenían mucho por qué orar.

Entonces oyeron una voz y vieron al Hijo del Hombre descender del cielo. Le oyeron hablar y cada una de sus palabras debió de haberse grabado para siempre en su corazón. Fue bajo esas circuns­tancias que Jesucristo les prometió que cualquier cosa justa que pidieran al Padre en Su nombre les sería concedida. Los nefitas tuvieron esto presente después que El partió y ascendió al cielo, y las Escrituras registran que ellos se dispersaron, pero que lo que habían oído y visto se había divulgado entre el pueblo antes de que llegara la noche. Muchas personas trabajaron diligentemente toda la noche para que al alba otros pudieran estar en el paraje donde Jesús se iba a presentar.

Y cuando llegó la mañana, los Doce que habían sido escogidos para dirigir al pueblo hicieron que la multitud se arrodillase y orase al Padre en el nombre de Jesús, tal como se les había enseñado el día anterior. Recordando Su promesa, oraron por aquello que más deseaban, y de todas las cosas por las que hubieran podido pedir, tales como la restauración de la salud a los miembros de su familia, el poder volverse a reunir con sus seres queridos, el restablecimiento de los enfermos y heridos, por sus líderes, por sus enemigos, etc. Pero, ¿qué pidieron? Las Escrituras simplemente dicen: “… su deseo era que les fuese dado el Espíritu Santo” (3 Nefi 19:9).

Indudablemente los nefitas tenían grabada en la mente las enseñanzas de Nefi cuando explicó la función y el propósito del Espíritu Santo. Él había preguntado:

“Y ahora, amados hermanos míos, después de haber entrado en esta recta y angosta senda (lo cual es entrar a la Iglesia por medio del bautismo, la remisión de los pecados y el don del Espíritu Santo), quisiera preguntar si ya quedó hecho todo. He aquí, os digo que no. . .”

“. . . debéis seguir adelante con firmeza en Cristo, teniendo un fulgor perfecto de esperanza y amor por Dios y por todos los hombres. Por tanto, si marcháis adelante, deleitándoos en la palabra de Cristo, y perseveráis hasta el fin, he aquí, así dice el Padre: Tendréis la vida eterna.”

Luego agregó, mucho más significativamente, según mi opinión:

“Porque he aquí, os digo otra vez, que si entráis por la senda y recibís al Espíritu Santo, él os mostrará todas las cosas que debéis hacer.” (2 Nefi 31:19-20; 32:5; cursiva agregada.)

¿Es, pues, de extrañarse que los nefitas desearan por sobre todas las cosas al Espíritu Santo? Sin Él, y la capacidad para poder saber lo que debían hacer, no tenían esperanza alguna de volver a su Padre Celestial, ni de hacer las elecciones correctas que les brindarían la felicidad y la vida eterna. Ellos sabían que ese precioso don era el Espíritu Santo.

Después de haber pasado un día con el Salvador, los nefitas habían comprendido, quizás mucho mejor que nosotros, los términos que regían su probación; comprendían la necesidad de la intervención divina en sus vidas para ayudarlos a encontrar el camino de regreso al hogar eterno.

Donde el Señor desea que estemos

Constantemente se menciona en la Iglesia el don del Espíritu Santo. Todos los que hemos sido bautizados poseemos ese don, el cual, si somos dignos, nos aparta y distingue del resto del mundo, ya sea en forma colectiva o individual.

Si hemos sido dignos y hemos seguido la guía del Espíritu según las impresiones de nuestro corazón, entonces podremos saber, sin ninguna duda, que lo que hicimos fue lo mejor. Podemos estar seguros, a pesar de las pruebas y las dificultades que puedan surgir, que nos encontramos donde el Señor desea que estemos.

El saber estas cosas y el tener el convencimiento de que en su mayor parte hemos hecho la voluntad del Señor, puede brindar una paz y un gozo indescriptibles. Ningún grupo de personas sobre la faz de la tierra puede jamás tener esta bendición, porque se obtiene sólo cuando se goza de la compañía del Espíritu Santo.

En ocasiones he tenido tiempo de orar y meditar antes de actuar bajo la inspiración del Consolador, pero la mayoría de las veces me he encontrado en la misma situación de Nefi “ . . . guiado por el Espíritu, sin saber de antemano lo que tendría que hacer” (1 Nefi 4:6).

El Señor le dijo a José y a Oliverio: “Y se te dará en el momento preciso lo que has de decir y escribir…” (D. y C. 24:6).

Y a Thomas B. Marsh le instruyó: “Sigue tu camino, doquiera que sea mi voluntad, y el Consolador te indicará lo que has de hacer y. a dónde has de ir” (D. y C. 31:11).

¡Qué decir! ¡Qué escribir! ¡Dónde ir! ¡Qué hacer! Esa guía, que no se da muy a menudo, sino al enfrentar decisiones sumamente difíciles, es invalorable. Pero la promesa más explícita dada al profeta José Smith en Salem, estado de Massachusetts, fue que el sitio en el cual debían detenerse les sería revelado por medio de la paz y el poder del Espíritu. (Véase D. y C. 111:8.) Los Tres Testigos dijeron también que el Espíritu Santo manifestaría “. . . todas las cosas que son conve­nientes a los hijos de los hombres” (D. y C. 18:18).

Esto tiene un significado extraordinario, y no es difícil comprender entonces por qué el presidente Marión G. Romney dijo: “… La importancia de recibirlo (al Espíritu Santo) no puede expresarse totalmente con palabras…” (“El Espíritu Santo”, Liahona, agosto de 1974, pág. 45). La frase “no puede expresarse totalmente con palabras” no significa que no se pueda expresar un sincero agradecimiento o que no se pueda comprender. El mundo tal vez no comprenda que el Espíritu Santo manifiesta “… la verdad de todas las cosas” (Moroni 10:5), pero nosotros sí lo sabemos.

El Señor le dijo al profeta José Smith:

“Dios os dará conocimiento por medio de su Santo Espíritu, sí, por el inefable don del Espíritu Santo, conocimiento que no se ha revelado desde el principio del mundo hasta ahora; el cual nuestros antepasados con ansiosa expectación han aguardado que se revelara en los postreros tiempos, hacia los cuales sus pensamientos fueron orientados por los ángeles, como que se hallaba reservado para la plenitud de su gloria.” (D. y C. 121:26-27.)

Se ha dado el don; lo que hagamos con él depende de nosotros. A menos que prestemos atención, podremos recibir sus consejos; a menos que oremos, ejerzamos la fe, amemos, obedezcamos y guardemos puro el tabernáculo de nuestro espíritu, no tendremos derecho de reclamar este increíble don.

Ruego que vivamos de tal manera que merezcamos la guía del Espíritu Santo para que nos ayude a tomar decisiones sabias y aplicar nuestro conocimiento en todo lo que hagamos.

Adaptado de un discurso dado en una charla fogonera en la Universidad Brigham Young, el 31 de octubre de 1982

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