Jesús, Nuestro Señor Resucitado

Jesús, Nuestro Señor Resucitado

por el presidente J. Rubén Clark Jr.
de la Primera Presidencia
Liahoan Abril 1955


Por motivo de la resurrección de Cristo, todo ser mortal que nace en el mundo también resucitará, cada cual en su debido tiempo, y así será universal la redención de la caída. Por la obediencia a los mandamientos del evangelio de Cristo, todo ser mortal también podrá alcanzar una exaltación en el reino de Dios.

Estas son las gloriosas y eternas verdades que estos días de Pascua vívidamente traen a nuestras mentes turbadas y corazones temerosos para nuestro consuelo.

Aun cuando los discípulos no entendieron la resurrección de Cristo sino hasta después de haber sucedido, sin embargo la historia, considerada a la luz del plan completo, es bien clara.

Siglos antes el Salmista había bosquejado los horrores padecidos por el cuerpo y la mente en una crucifixión, y anunció las palabras de Cristo sobre la cruz, el cual, en el punto culminante de la agonía mortal y la desesperación, exclamó: “Dios mío. Dios mío, por qué me has dejado?” (Salmo 22:1; Mateo 27:46; Marcos 15:34.)

Jesús mismo predijo repetidas veces, durante el curso de su misión, su muerte y resurrección.

Al tiempo de la segunda Pascua, mientras predicaba a la multitud, Jesús dijo: “No os maravilléis de esto; porque vendrá hora, cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz; y los que hicieron bien, saldrán a resurrección de vida; más los que hicieron  mal, a resurrección de condenación.” (Juan 5:28, 29.)

S. Marcos nos dice en su evangelio que en Cesárea de Filipo “comenzó a enseñarles, que convenía que el Hijo del hombre padeciese mucho, y ser reprobado de les príncipes, de los sacerdotes, y de los escribas, y ser muerto, y resucitado después de tres días. Y claramente decía esta palabra.” Mateo dice en esencia la misma cosa, al referirse a la ocasión. Al hablar a sus Discípulos poco después, Jesús les comunicó el mismo mensaje. (Marcos 8:31, 32; Mateo 16:21; Lucas 9:22.)

S. Mateo nos declara que después de la tercera Pascua, mientras aún se hallaban en Galilea, Jesús de nuevo anunció su resurrección, y S. Marcos añade: “Pero ellos no entendían esta palabra, y tenían miedo de preguntarle.” Por otra parte, S. Lucas nos dice que aparte de no entender esta palabra, “les era encubierta para eme no la entendiesen.” (Mateo 17:22. 23; Marcos 9:31, 32; Lucas 9:34, 45.)

Mientras los Discípulos, a quienes lo repitió una y otra vez, “no entendían esta palabra”, el pueblo, los escribas, los príncipes y los sacerdotes y todos los demás sabían acerca de ello, porque El “claramente decía esta palabra”.

Dentro del recinto del templo, el tercer día de la semana final, agobiándolo las últimas horas con su infinita responsabilidad, Jesús oró, diciendo: “Padre, sálvame de esta hora. Más por esto he venido en esta hora. Padre, glorifica tu nombre.” Respondió una voz del cielo, que dijo: “Yo lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.” Algunos de los que la oyeron dijeron que había sido trueno, y otros, que un ángel le había hablado. Jesús fué el único que entendió. De modo que mientras esperaba que llegase Judas y los soldados, clamó en esa agonía de infinita, ansiosa y temible responsabilidad que casi lo venció: “Padre mío, si es posible, pase de mí este vaso; empero no como yo quiero, sino como tú.” (Juan 12:27-29; Mateo 26:39.)

Sin embargo, hizo muchas declaraciones menos directas respecto de su resurrección, como, por ejemplo, en la Ultima Cena, donde dijo a sus Discípulos eme después que Él se fuera, el Padre les mandaría el Consolador, el Espíritu Santo. (Juan 14:18, 26.)

Jesús no dio lugar a ninguna duda en cuanto a que iba a ser muerto y  luego resucitar; mas no obstante, fue encubierto de sus discípulos.

La resurrección de Cristo ha sido impugnada desde el primer momento en que salió de la tumba en la madrugada de aquel día de días, hace diecinueve  siglos y medio.

Acordándose de las profecías sobre su resurrección que había anunciado públicamente, los príncipes de los sacerdotes y los fariseos, después de la sepultura de Cristo, suplicaron a Pilato que pusiese guardias en la tumba, “porque no vengan sus discípulos de noche, y le hurten, y digan al pueblo: Resucitó de los muertos. Y será el postrer error peor que el primero. Y Pilato les dijo: Tenéis una guardia: id, aseguradlo como sabéis. Y yendo ellos, aseguraron el sepulcro, sellando la piedra, con la guardia.” (Mateo 27:62-66.)

Más el eterno plan de Dios no iba a ser frustrado. En las primeras horas de la mañana, estando aún obscuro, descendió del cielo un ángel cuyo aspecto era como un relámpago, el cual removió la piedra con la que los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían sellado el sepulcro, y se sentó sobre ella. “Y de miedo los guardas se asombraron, y fueron vueltos como muertos.” Al recobrarse de su estupor, huyeron a la ciudad “y dieron aviso a los príncipes de los sacerdotes de todas las cosas que habían acontecido”, y éstos “dieron mucho dinero” a los guardas para que no revelasen lo que verdaderamente había acontecido, sino que dijese que “sus discípulos vinieron de noche, y le hurtaron durmiendo nosotros.” (Mateo 28:1-4, 11-13.)

Desde esa hora de aquella mañana hasta el tiempo actual, Satanás ha persuadido a los herejes a que nieguen a Cristo y su resurrección.

Mientras los soldados huían a informar a sus amos, María Magdalena (que ya había ido al sepulcro “siendo aún obscuro”), y María, madre de Jacobo, y Salomé, y algunas mujeres de Galilea habían entrado temerosas en el sepulcro vacío al salir el sol, donde les aparecieron dos ángeles con vestidos blancos resplandecientes. Uno de ellos les habló y dijo: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?. . . Buscáis a Jesús Nazareno, el que fué crucificado. . . No está aquí; porque ha resucitado. . . Id presto, decid a sus discípulos que ha resucitado de los muertos: y he aquí va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis; he aquí, os lo he dicho.” (Juan 20:1; Mateo 28:1, 5-7; Marcos 16:1-7; Lucas 24:1-6.)

Sin embargo, las palabras de estas mujeres parecían como locura a los Discípulos, y no las creyeron.

De este modo se anunció a sus Discípulos y creyentes la resurrección del Señor. Había quedado completa la expiación vicaria del Hijo de Dios por la caída de Adán.

Ese mismo día, el Señor resucitado apareció a María Magdalena, a las mujeres que fueron al sepulcro, a Simón Pedro, a los dos discípulos que viajaban a Emmaús, y esa tarde a todos los Discípulos, menos Tomás. Una semana después a todos los Discípulos, entre ellos Tomás; más tarde, en la mar de Tiberias, a Pedro y los que con él habían ido a pescar; y en una ocasión posterior a unos quinientos hermanos juntos y a Santiago; después a los Discípulos en Galilea, por mandamiento de Cristo, y por último a los Discípulos en la ascensión.

Así fué como presenciaron en persona la resurrección los Apóstoles y otros discípulos de Jesús, el Carpintero de Nazaret, el Hijo de Dios, el Cristo.

Nuestra Iglesia acepta lo anterior como hechos literales relacionados con la resurrección. Nada de ello es simbolismo; nada es alegoría. Estas cosas son la contextura del evangelio restaurado de Jesucristo. No dan lugar a duda; entre nosotros no son impugnadas. Nuestro testimonio al mundo es que son verdaderas.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días acepta a Jesús el Cristo en la posición en que se colocó el día en que proclamó su divinidad a los judíos en el patio del templo de Jerusalén: “Antes que Abraham fuese, yo soy”; y cuando rogó en su bella oración intercesora: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú cerca de ti mismo con aquella gloria que tuve cerca de ti antes que el mundo fuese.” (Juan 8:58; 17:5.)

En la revelación moderna, Jesús el Cristo se ha declarado a sí mismo con las mismas expresiones una vez tras otra.

Este es el Jesús, el Cristo, al cual los miembros de esta Iglesia protestamos nuestra completa y cabal fidelidad, libre de racionalismos y de todo aquello que impugnare su personalidad divina, su obra entre los hombres, su sacrificio vicario por sus pecados, su lugar en la Santa Trinidad.

La paz duradera llegará a este mundo sangriento sólo cuando lo rijan Jesús y sus enseñanzas.

La gran misión de esta Iglesia es proclamar a Cristo, y a éste crucificado, y su evangelio. Este debe ser el mensaje que había de declarar toda la cristiandad.

Que Jesús de Nazareth fué el Cristo, el Hijo de Dios, las Primicias de la Resurrección, el Redentor del Mundo y miembro de la Trinidad, es el testimonio que humildemente doy en su nombre. Amén.

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