Lo más importante

Lo más importante

por el élder Dallin H. Oaks
del Quorum de los Doce Apóstoles
Discurso dado en una reunión espiritual celebrada en la Universidad Brigham Young el 9 de febrero de 1999.

La diversidad y las elecciones no son lo más importante de la ley. Lo más importante que contribuye al progreso hacia nuestra meta de la vida eterna es el amor a Dios, la obediencia a sus mandamientos y la unidad en el cumplimiento de la obra de su Iglesia.

El libro de Mateo contiene las palabras conde­natorias del Salvador a los escribas y fariseos: “…diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe. Esto era necesario hacer, sin dejar de hacer aquello” (Mateo 23:23; cursiva agregada). Quisiera comentar algunas de las cosas “más importantes” que podríamos pasar por alto si nos centramos exclusivamente en las cosas sin trascendencia. Lo más importante a lo que quiero referirme son cuali­dades como la fe y el amor a Dios y Su obra, las cuales nos ayudan a avanzar con firmeza hacia nuestras metas eternas.

Al hablar de lo más importante, quisiera contrastar nuestras metas más elevadas de la eternidad con los métodos mortales u objetivos a corto plazo que empleamos en el intento de alcan­zarlas. El apóstol Pablo describió la diferencia exis­tente entre las perspectivas terrenales y las eternas con las siguientes palabras: “no [miramos] nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18).

Si nos concentramos con demasiado celo en nuestros obvios métodos u objetivos terrenales, podemos perder de vista las metas eternas, a las que el Apóstol llamó “las cosas… que no se ven”. Si hacemos esto, podemos olvidar la dirección que debemos tomar y no alcanzar nada de importancia eterna. No mejoramos en nada nuestra posi­ción en la eternidad si tan sólo nos dedicamos, mientras estamos en la mortalidad, a alcanzar lo más posible lo antes posible, sino que sólo logramos esa posición al avanzar conscientemente en la dirección correcta. Tal y como el Señor nos dijo en la revelación moderna: “…y lo que el Espíritu os testifique, eso quisiera yo que hicieseis con toda santidad de corazón, andando rectamente ante mí, considerando el fin de vuestra salvación” (D. y C. 46:7; cursiva agregada).

No debemos confundir el fin con los medios. El vehí­culo no es el destino. Si perdemos de vista nuestras metas eternas, pensaremos que lo más importante será lo rápido que nos movamos y que cualquier camino nos llevará a nuestro destino. El apóstol Pablo describió esta actitud como “[tener] celo de Dios, pero no conforme a ciencia” (Romanos 10:2). El celo es un método, no una meta. El celo, incluso el celo de Dios, tiene que ser “conforme a ciencia” de los mandamientos de Dios y de Su plan para Sus hijos. En otras palabras, lo más importante, que es la meta eterna, no debe ser desplazada por el método mortal, a pesar de lo excelente que éste sea.

Hasta el momento he hablado en general, mas ahora pasaré a dar tres ejemplos.

La familia

Todos los Santos de los Últimos Días entienden que el tener una familia celestial es una meta eterna. La exaltación es un asunto familiar y no es posible fuera del sempi­terno convenio del matrimonio, el cual hace realidad la perpetuación de la gloriosa relación familiar. Ello no quiere decir que todo lo relacionado con las familias mortales sea una meta eterna. Hay muchos objetivos a corto plazo asociados con las familias, como la cercanía, la solidaridad familiar o el amor, que son métodos, y no las metas eternas que perseguimos como prioridad por encima de todas las otras. Por ejemplo, la solidaridad familiar para llevar a cabo una mala acción obviamente carece de virtud. Tampoco la solidaridad familiar debe ser motivo para esconder o perpetuar una práctica malvada como el abuso.

El propósito de las familias mortales es traer hijos al mundo, enseñarles lo correcto y preparar a todos los miembros de la familia para la exaltación en relaciones familiares eternas. El plan del Evangelio contempla el tipo de gobierno, disciplina, solidaridad y amor familiares que sirven para alcanzar esas metas finales. Pero aun el amor de los miembros de la familia está sujeto al impe­rioso primer mandamiento, el cual es el amor a Dios (véase Mateo 22:37—38) y a la indicación del Salvador: “Si me amáis, guardad mis mandamientos” (Juan 14:15). Tal y como Jesús enseñó: “El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí” (Mateo 10:37).

Elección, o sea, albedrío

Mi siguiente ejemplo en este mensaje de lo que es más importante es el papel de la elección, o sea, del albedrío.

Pocos conceptos tienen un mayor potencial para guiarnos en forma equívoca que la idea de que la elec­ción, o el albedrío, es una meta en sí misma. Para los Santos de los Últimos Días, esta posibilidad de confusión es en parte producto del hecho de que el albedrío moral, el derecho a escoger, es una condición fundamental de la vida mortal. Sin este preciado don de Dios, el propósito de la vida mortal no podría llevarse a cabo. Para asegurarnos nuestro albedrío en la mortalidad, luchamos una cruenta batalla a la que el Apocalipsis llama “una gran batalla en el cielo”. Esta lucha premortal finalizó con el diablo y sus ángeles siendo arrojados del cielo y negándo­seles la oportunidad de tener un cuerpo en la vida mortal (véase Apocalipsis 12:7—9).

Ganamos la guerra para asegurarnos el albedrío. La prueba en este estado posterior a la batalla no es asegu­rarnos el poder elegir, sino cómo usar este don: elegir lo bueno en vez de lo malo, para que podamos alcanzar nuestras metas eternas. Durante la mortalidad, la toma de decisiones es un método, no una meta.

Por supuesto que los mortales todavía debemos resolver muchas cuestiones relativas a qué restricciones o consecuencias deben recaer sobre nuestras elecciones. Pero estas preguntas pertenecen al encabezamiento de la libertad, no al del albedrío. Muchas personas no comprenden este hecho importante; Somos responsables del uso de nuestro albedrío en un mundo de decisiones. No podemos decir que el albedrío nos ha sido quitado simplemente porque no somos libres de ejercerlo sin recibir consecuencias no deseadas.

Debido a que el tomar decisiones es un método, podemos decidir a favor o en contra respecto de cual­quier asunto y nuestras elecciones pueden servir para alcanzar cualquier meta. Por tanto, las personas que consideran la libertad de escoger como una meta pueden caer fácilmente en la posición de intentar justi­ficar cualquier decisión que se tome. Incluso, la “elec­ción” puede llegar a ser un lema que justifique una decisión en concreto. Por ejemplo, si hoy día alguien dice que es “pro elección” (consigna politica en E. U. A.), se entiende que se opone a cualquier restricción legal impuesta sobre la elección de la mujer a abortar.

Hace más de treinta años, cuando era un joven profesor de leyes, publiqué uno de los primeros artículos sobre las consecuencias legales del aborto. Desde ese entonces he sido un observador bien informado del debate nacional y de las desafortunadas decisiones del Tribunal Supremo de los Estados Unidos sobre el llamado “derecho a abortar”. Me ha fascinado la astucia con la que, los que en aquel entonces perseguían y ahora defienden el libre aborto, han alejado el asunto de las cuestiones morales, éticas y médicas, a favor y en contra de las restricciones legales del aborto, para centrar el debate en el lema o el tema de la elección. El lema “pro elección” ha tenido un efecto casi mágico en la justifica­ción del aborto y en la neutralización de los que se oponen a él.

Los lemas pro elección han sido particularmente seductores entre los Santos de los Últimos Días porque sabemos que el albedrío moral, al cual se puede describir como el poder de elegir, es una necesidad fundamental en el plan del Evangelio, Según esa definición teológica, todos los Santos de los Últimos Días son pro elección. Pero el ser pro elección en base a la necesidad de un albe­drío moral no supone el punto y final para nosotros. La elección es un método y no la meta definitiva. Somos responsables de nuestras decisiones y sólo las decisiones justas nos ayudarán a avanzar hacia nuestras metas eternas.

Los Santos de los Últimos Días siguen las enseñanzas de los profetas al realizar este esfuerzo. Nuestra guía profética es clara al respecto. El Señor mandó: “…no matarás, ni harás ninguna cosa semejante” (D. y C. 59:6). La Iglesia se opone al aborto optativo provocado por razones de conveniencia personal o social. Se enseña a los miembros que, salvo muy raras excepciones, no deben someterse a un aborto, llevarlo a cabo, instarlo, pagar por el procedimiento ni hacer los arreglos para que se lleve a cabo. Este consejo nos dice lo que tenemos que hacer en relación a las cosas más importantes de la ley, las elecciones que nos ayudarán a avanzar hacia la vida eterna.

En el mundo actual no somos consecuentes con nues­tras enseñanzas si somos meramente pro elección. Debemos defender la elección correcta. Los que persisten en negarse a pensar más allá de los lemas y las cuñas publicitarias, como la de la pro elección, se alejan de las metas en las que dicen creer y terminan dando su apoyo a unos resultados que quizás no defenderían de presen­társeles sin disfraz alguno.

Por ejemplo, consideremos los usos que algunos han hecho de las excepciones posibles a nuestras firmes ense­ñanzas sobre el aborto. Nuestros líderes nos han ense­ñado que las únicas excepciones posibles se dan cuando el embarazo es resultado de violación o incesto, o cuando un médico competente determine que la vida o la salud de la madre está en serio peligro, o que el feto tiene defectos graves que no permitirán al niño sobrevivir después del nacimiento. Pero aun estas excepciones no justifican que se provoque un aborto en forma automá­tica. Debido a que el aborto es un asunto sumamente serio, se nos aconseja que debe considerarse solamente después de que las personas responsables hayan consul­tado con sus respectivos obispos y hayan recibido confir­mación divina por medio de la oración.

Algunos Santos de los Últimos Días dicen que deploran el aborto, pero exponen estas circunstancias excepcionales como una base para su posición pro elec­ción de que la ley debe permitir el libre aborto en cual­quier circunstancia. Tales personas debieran enfrentarse a la realidad de que las circunstancias descritas en estas tres excepciones son extremadamente poco frecuentes. Por ejemplo, la concepción a causa de incesto o violación (la circunstancia más frecuentemente citada por los que utilizan las excepciones para defender el libre aborto) es sólo un porcentaje ínfimo en el total de abortos. Más del 95% de los millones de abortos efectuados cada año extinguen la vida de un feto concebido de común acuerdo. Así que el efecto en más del 95% de los abortos no es el de vindicar la elección, sino el de evitar sus consecuencias1. El uso de argumentos en favor de “elec­ción” para intentar justificar la alteración de las conse­cuencias de dicha elección es un caso clásico de omitir lo que el Salvador llamó “lo más importante de la ley”.

Una base prominente de los argumentos seculares o filosóficos en favor del libre aborto es la de que la mujer debiera tener control sobre su propio cuerpo. No hace mucho recibí una carta de un serio Santo de los Últimos Días de fuera de los Estados Unidos que analizó este argumento en términos del mundo. Dado que su análisis llega a la misma conclusión a la que yo he instado en el aspecto religioso, lo cito aquí para el beneficio de aque­llos más dados a la persuasión según esta base:

“Toda mujer tiene, dentro de los límites de la natu­raleza, el derecho a escoger lo que le pasará o no le pasará a su cuerpo. Al mismo tiempo, toda mujer es responsable de la forma en que utiliza su cuerpo. Si por decisión propia ella se comporta de manera tal que concibe un feto humano, no sólo tiene derecho a ese feto, sino que también es responsable por el mismo. En caso de ser un embarazo no deseado, la mujer no está justifi­cada a ponerle fin diciendo que éste interfiere en su derecho a escoger. Ella misma escogió lo que le pasaría a su cuerpo al arriesgarse a quedar embarazada. Ella tuvo su elección, y si no tiene una razón mejor, su conciencia debiera decirle que el aborto sería una deci­sión altamente irresponsable.

“¿Cuál puede ser una buena razón? Dado que el feto del ser humano tiene un valor humano intrínseco e infi­nito, la única buena razón para un aborto sería la viola­ción o la privación del derecho de la mujer de escoger lo que le pasará y lo que no le pasará a su cuerpo o la amenaza a ese derecho. Las consideraciones sociales, educativas, económicas y personales por sí solas no sobrepasan el valor de la vida que está en el feto. Esas consideraciones solas pueden conducir apropiadamente a la decisión de dar el bebé en adopción tras su alumbra­miento, pero no al fin de su existencia en el útero.

“En el caso de incesto o violación, el derecho de la mujer de escoger lo que le pasará y lo que no le pasará a su cuerpo obviamente queda violado. Cuando la concep­ción se lleva a cabo en este caso, la mujer tiene el derecho moral y legal de abortar porque la condición de embarazo es el resultado de la irresponsabilidad de otra persona, no la suya. Ella no tiene que asumir la respon­sabilidad por ese hecho. Obligarla por ley a dar a luz al bebé sería una mayor violación de su derecho. También tiene el derecho de negarse a abortar, lo cual le daría a ella el derecho y la responsabilidad sobre el feto. Más adelante podría renunciar a ese derecho y a esa respon­sabilidad mediante el proceso de dar el bebé en adopción tras su nacimiento. Cualquiera de las dos es una decisión responsable”.

El hombre que escribió esas palabras aplicó también el mismo razonamiento a las demás excepciones autorizadas por nuestra doctrina: cuando la vida de la madre o la del bebé no sobrevivirán al alumbramiento.

Concluyo este comentario sobre la elección con otros dos puntos breves.

Si decimos que en nuestra vida personal estamos en contra del aborto, pero que en lo referente a la política gubernamental o comunitaria somos pro elección, estamos diciendo que no vamos a emplear nuestra influencia para establecer normas públicas que fomenten el tomar decisiones correctas en asuntos que los siervos de Dios han catalogado de pecados serios. Insto a los Santos de los Últimos Días que hayan adoptado esa postura, que se pregunten qué otros pecados horrendos deben ser despenalizados o consentidos por la ley en base a esta teoría de que no se deben limitar las deci­siones de las personas. ¿Debemos despenalizar o suavizar las consecuencias legales del abuso a menores, de la crueldad con los animales, de la contaminación, el fraude, o el que los padres abandonen a sus familias en busca de una mayor libertad o conveniencia?

Del mismo modo, algunos adoptan esta postura de pro elección al decir que no debemos legislar la moralidad. Los que defienden esta postura deben darse cuenta de que la ley criminal no legisla nada que no sea la moralidad. ¿Debemos rechazar todas las leyes con base moral para que nuestro gobierno no castigue ninguna de las elec­ciones que algunas personas consideran inmorales? Tal acción barrería de un golpe todas las leyes contra el crimen.

Diversidad

Mi última ilustración sobre los malos efectos al respecto de confundir los medios con los fines, los métodos con las metas, tiene que ver con la palabra diver­sidad. Ninguna etiqueta ha sido la causante de una mayor confusión de pensamiento en nuestra época que ésta. Un respetado juez federal comentó recientemente los cambios actuales en la cultura y en los valores al observar que “parece estar emergiendo un nuevo credo que celebra la diversidad, el cual proclama: ‘¡Divididos permaneceremos!’ ”2. Aun en términos religiosos, a veces oímos decir las palabras “celebremos la diversidad”, como si ésta fuese una gran meta final.

La palabra diversidad tiene usos aceptados para describir una condición, como cuando hablamos de “diversidad cultural y racial”. Del mismo modo, lo que ahora llamamos “diversidad” aparece en las Escrituras como una condición. Esto se hace evidente siempre que se describan las diferencias existentes entre los hijos de Dios, como en los numerosos pasajes de las Escrituras que hacen alusión a naciones, reinos, lenguas y pueblos.

Pero en las Escrituras, los objetivos que se nos enseñan en nuestra búsqueda de metas eternas son ideales como el amor y la obediencia. Estos ideales no nos aceptan como somos, sino que requieren de cada uno de nosotros que hagamos cambios. Jesús no oró para que Sus segui­dores fuesen “varios”, sino que oró para que fuesen “uno” (Juan 17:21-22). La revelación moderna no dice: “Sed varios; y si nos sois varios, no sois míos”, sino que dice: “…Sed uno; y si no sois uno, no sois míos” (D. y C. 38:27).

Dado que la diversidad es una condición, un método o un objetivo a corto plazo, y no una meta final, siempre que se inste a la diversidad es apropiado preguntar: “¿Qué tipo de diversidad?”, o “¿diversidad en qué circunstancia o condición”?, o “¿diversidad para alcanzar qué meta?”. Esto resulta especialmente importante en nuestros debates gubernamentales o comunitarios sobre normas, los cuales debieran ser dirigidos no en base a lemas, sino en términos de las metas que buscamos y de los métodos y objetivos a más corto plazo que harán que alcancemos esas metas. La diversidad como una meta final carece de sentido y claramente se puede demostrar que nos conduce a resultados inaceptables. Por ejemplo, si la diversidad es la meta principal de una comunidad, ¿significa que debemos asegurarnos de que la comunidad incluya ladrones, pedófilos, mataderos y contaminación en el agua? La diversidad puede ser un buen método para alcanzar alguna meta a largo plazo, más las deliberaciones sobre normas públicas tienen que ir más allá del lema; deben identificar la meta, especificar la diversidad propuesta y explicar cómo ese tipo de diversidad ayudará a alcanzar la meta acordada.

Nuestra Iglesia tiene un enfoque de las obvias diferen­cias culturales y étnicas existentes entre nuestros miem­bros. Nosotros enseñamos que lo que nos une es mucho más importante que aquello que nos diferencia. En consecuencia, se pide a nuestros miembros que concen­tren sus esfuerzos en fortalecer nuestra unidad, no en glorificar nuestra diversidad. Por ejemplo, nuestro obje­tivo no es organizar barrios y ramas locales de acuerdo con las diferencias culturales, étnicas o nacionales, aunque ese efecto se produce a veces de forma tempo­raria cuando es necesario en base a las barreras del idioma. En su lugar, enseñamos que los miembros de los grupos mayoritarios (cualquiera que sea su naturaleza) tienen la responsabilidad de aceptar a los miembros de la Iglesia de otros grupos, de proporcionarles un hermana­miento pleno, así como todas las oportunidades de parti­cipación en la Iglesia. Buscamos establecer una comunidad de santos, “un cuerpo”, como lo llamó el apóstol Pablo (1 Corintios 12:13), donde cada uno se sienta necesitado y querido y donde todos puedan perse­guir las metas eternas que compartimos.

De acuerdo con el mandamiento del Señor de “ser uno”, buscamos la unidad. En cuanto a este tema, el presidente Gordon B. Hinckley enseñó: “Recuerdo cuando el presidente J. Reuben Clark, hijo, era uno de los consejeros de la Primera Presidencia y rogaba a los poseedores del sacerdocio desde el púlpito que fueran unidos entre ellos. No creo que él pidiera que dejáramos a un lado nuestra personalidad y fuéramos robots cortados todos por el mismo molde. Sé que no estaba pidiendo que dejáramos de pensar, de meditar ni de razonar. Creo que lo que quería decirnos es que si deseamos ayudar a que la obra de Dios avance, debemos tener todos la misma convicción sobre la grande y básica piedra fundamental de nuestra fe… Si vamos a ayudar a que la obra de Dios progrese, debemos estar unidos en nuestra convicción de que las consecuencias de las ordenanzas y de los convenios de esta obra son eternas e infinitas”3.

Cualquiera que predique la unidad se arriesga a ser malinterpretado. Lo mismo es cierto de cualquiera que cuestione la meta de la diversidad. Tal persona se arriesga a ser tildada de intolerante; mas no ponemos en peligro la tolerancia al promover la unidad o al desafiar la diver­sidad. Una vez más vuelvo a citar al presidente Hinckley: “Cada uno de nosotros es una persona. Cada uno es dife­rente y esas diferencias se deben respetar”4.

En otra ocasión dijo: “Debemos trabajar más fuerte en la edificación del respeto mutuo, de una actitud de paciencia, con tolerancia los unos por los otros sin importar las doctrinas ni las filosofías en las que podamos creer. Podemos no estar de acuerdo en cuanto a éstas, pero podemos hacerlo con respeto y de manera civilizada”3.

El presidente Hinckley prosigue: “Un Artículo de Fe de la Iglesia a la que pertenezco dice: ‘Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren cómo, dónde o lo que deseen (Artículos de Fe 1:11). Espero encontrarme siempre del lado de aquellos que defiendan esta postura. Nuestra fuerza reside en la libertad de elec­ción; hasta hay fuerza en nuestra diversidad. Pero hay una fuerza mayor en el mandato divino de obrar, cada uno de nosotros, en la edificación y la bendición de todos los hijos e hijas de Dios, sin importar sus orígenes étnicos, nacionales o cualquier otra diferencia”6.

En resumen, predicamos la unidad entre la comu­nidad de santos, y la tolerancia hacia las diferencias personales que son inevitables entre las creencias y la conducta de una población diversificada. Obviamente, no debe haber contención en nuestra manera de relacio­narnos con personas que sean diferentes a nosotros. Sin embargo, la tolerancia no requiere que una persona abandone sus valores ni sus opiniones sobre cuestiones de normas políticas o públicas. La tolerancia es una manera de reaccionar ante la diversidad, y no un mandato de aislarla de su examen.

A veces, las fuertes demandas de que haya diversidad en la comunidad hace que los que defiendan la opinión de la mayoría se sientan presionados a abandonar sus valores fundamentales a fin de acomodar las posiciones diversas de las minorías. Generalmente, esto no substi­tuye un valor de la minoría por el de la mayoría, sino que más bien busca el logro de la “diversidad” por medio del abandono de todos los valores oficiales, para que el valor de persona alguna no se contradiga con una postura oficial o semioficial. El resultado de este abandono no es una diversidad de valores, sino una anarquía oficial de los mismos. Creo que éste es un ejemplo de la observación realizada por el antiguo profesor de la Universidad Brigham Young, Louis Pojman, al decir que la diversidad puede utilizarse como “un eufemismo para el relativismo moral”7.

Hay cientos de ejemplos como éste, donde el lograr la meta de la diversidad resulta en la anarquía de valores, o sea, el relativismo moral. Estos ejemplos incluyen propuestas tan multiformes como el prohibir en las escuelas públicas la enseñanza de lo incorrecto de ciertos comportamientos, o lo correcto del patriotismo.- Otro ejemplo es el intento que se hace en algunos países de prohibir la representación de los Diez Mandamientos en todo edificio público.

En una época en la que los pensadores prominentes han condenado el hecho de que las universidades hayan dejado de enseñar lo bueno y lo malo, estamos agrade­cidos por la posición contracultural de la Universidad Brigham Young. El relativismo moral, del cual se dice que es la fuerza dominante en las universidades norteameri­canas, no tiene lugar alguno en esta universidad de la Iglesia. El profesorado enseña valores, lo bueno y lo malo según se enseña en el Evangelio de Jesucristo.

Para concluir, la diversidad y las elecciones no son lo más importante de la ley. Lo más importante que contri­buye a nuestro progreso hacia la meta de la vida eterna es el amor a Dios, la obediencia a Sus mandamientos y la unidad en el cumplimiento de la obra de Su Iglesia. Al tener esta creencia y práctica, avanzamos contra las poderosas corrientes modernas que impulsan a la gente hacia el individualismo y la tolerancia, más bien que hacia la obediencia y la acción cooperativa. Aunque nuestra creencia y práctica es impopular, es lo correcto, y no requiere de la obediencia ciega ni de una uniformidad sofocante de la persona, como sus críticos la acusan. Si estamos unidos en cuanto a nuestra meta eterna y los principios inspirados que nos llevan a alcanzarla, podemos ser diferentes en nuestros esfuerzos individuales que apoyan nuestras metas y que concuerdan con esos principios.

Sabemos que la obra de Dios no puede llevarse a cabo sin unidad y cooperación. Sabemos también que los hijos de Dios no pueden ser exaltados como seres individuales. Ni el hombre ni la mujer pueden ser exaltados en el reino celestial a menos que ambos se unan en la abnegación del convenio sempiterno del matrimonio, y a menos que ambos elijan guardar los mandamientos y honrar los convenios de esa unión.

Testifico de Jesucristo, nuestro Salvador. Como aquel cuya Expiación pagó el precio incomprensible por nues­tros pecados, Él es el que puede prescribir las condiciones de nuestra salvación. Él nos ha mandado guardar Sus mandamientos (véase Juan 14:15) y ser “uno” (D. y C. 38:27). Es mi oración que tomemos las sabias decisiones de guardar los mandamientos y buscar la unidad que nos ayudarán a avanzar hacia la meta definitiva: “la vida eterna, que es el mayor de todos los dones de Dios” (D.yC, 14:7). □

Nuestra guía profética es clara al respecto. El Señor mandó: «No matarás, ni harás ninguna cosa semejante». La Iglesia se opone al aborto optativo provocado por razones de conveniencia personal o social.

NOTAS

  1. Véase Russell M. Nelson, “La reverencia por la vida”, Liahona, julio de 1985, págs, 11-14.
  2. Thomas Geene, “Activist Judicial Philosophies on Trial”, Federal Rules Decisions 178, 1997: 200.
  3. Teachings of Gordon Hinckley, 1997, pág. 672.
  4. s, pág. 661.
  5. Teachings, pág. 665.
  6. Teachings, pág. 664
  7. “Viewpoint:”, Daily se, 13 de octubre de 1998, pág. 4.
Esta entrada fue publicada en Aborto, Albedrío, Castidad, Diversidad, Espíritu santo, Pureza, Unidad y etiquetada , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s