Las consecuencias si no hubiera
habido Expiación
Tad R. Callister
La Expiación Infinita
Una vida sin esperanza
Una mañana de domingo, nuestro hijo adolescente se puso en pie con otros dos presbíteros a fin de administrar la Santa Cena, como lo habían hecho anteriormente en multitud de ocasiones. Levantaron el mantel blanco y vieron consternados que no había pan. Uno de ellos acudió a la sala de preparación con la esperanza de encontrar algo. Pero no había nada. Finalmente, nuestro atribulado hijo se acercó al obispo para hacerle partícipe de su preocupación. Entonces el sabio obispo se levantó, explicó la situación a la congregación y pregunto: «¿qué ocurriría si la mesa estuviera hoy vacía por no haberse producido la Expiación?». He pensado en ello a menudo: ¿Qué pasaría si la ausencia de pan se debiera a que no hubo crucifixión, si no hubiera agua porque no se derramó sangre? Si no se hubiera producido la Expiación, ¿qué consecuencias tendría para nosotros? Por supuesto, esa pregunta está de más ahora mismo, pero permite poner en perspectiva nuestra dependencia total del Señor. Formular esta pregunta y darle respuesta no sirve sino para agudizar nuestra conciencia del
Salvador y nuestro aprecio por Él. Qué habría pasado, incluso para los «justos», si no hubiera habido sacrificio expiatorio, conmueve las mismas entrañas de la emoción humana.
Primero, no habría resurrección, o como sugiere el crudo lenguaje de Jacob: «esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás» (2 Nefi 9:7).
Segundo, nuestros espíritus quedarían sometidos al diablo. Él tendría «todo poder sobre [nosotros]» y «os sella como cosa suya» (Alma 34:35). De hecho, nos volveríamos como el, «ángeles de un diablo» (2 Nefi 9:9).
Tercero, quedaríamos «separados de la presencia de nuestro Dios» (2 Nefi 9:9), para permanecer para siempre con el padre de las mentiras.
Cuarto, tendríamos que «padecer un tormento sin fin» (Mosíah 2:39).
Quinto, perderíamos la esperanza, ya que «si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, y vana es también vuestra fe. (…) Si solamente en esta vida tenemos esperanza en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres» (1 Corintios 15:14, 19). El poeta John Fletcher capta el sino desesperado de la persona que hereda la vida de Lucifer:
Y cuando (…) cae, cae como Lucifer, para nunca más esperar..}
Dante se refirió a ese mismo destino cuando descubrió estas líneas grabadas en las puertas del infierno: «¡Oh, los que entráis, dejad toda esperanza!»2 Sin la Expiación, la perspectiva vital fatalista de Macbeth habría sido trágicamente correcta; sería una obra de teatro sin sentido:
La vida es una sombra tan sólo, que transcurre; un pobre actor que, orgulloso, consume su turno sobre el escenario
Para jamás volver a ser oído. Es una historia contada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa,3
La vida no tendría sentido sin el acto redentor de Cristo. Los profetas del Libro de Mormón enseñaron esta verdad frecuente y enérgicamente. Abinadí profetizó que sin la redención «toda la humanidad (…) se habría perdido eternamente» (Mosíah 16:4; véase también Mosíah 15:19). Amulek enseñó con claridad infalible que sin una Expiación toda la humanidad «inevitablemente debe perecer» (Alma 34:9). Alma, quien había probado los dolores del infierno, instruyó en su sermón dirigido a Coriantón que las almas de todos los hombres serían miserables, al estar «separados de la presencia del Señor» (Alma 42:11). Quizás ningún otro profeta conocía tan bien como Alma «cosa tan intensa ni tan amarga como [los] dolores» (Alma 36:21) de estar desterrado de la presencia del Santo. Lehi enseñó a Jacob que «ninguna carne puede morar en la presencia de Dios, sino por medio de los méritos, y misericordia, y gracia del Santo Mesías» (2 Nefi 2:8).
Los profetas del Libro de Mormón predijeron las trágicas consecuencias que se producirían naturalmente de no haberse registrado un sacrificio expiatorio. Y otro tanto sabían los profetas modernos. Brigham Young enseñó que ningún reino de gloria, ni siquiera el más bajo, puede obtenerse sin la Expiación: «[Los Santos de los Ultimos Días] creen que Jesús es el Salvador del mundo; creen que todos los que alcanzan cualquier gloria, sea la que sea, en cualquier reino, lo harán porque Jesús la compró con su Expiación».4
Si no hubiera habido una Expiación, la posibilidad de heredar un reino de gloria, por no mencionar la oportunidad de llegar a ser como Dios y alcanzar la exaltación, habrían sido un sueño ocioso; y la resurrección, una esperanza fútil. Shakespeare puso en boca de Ofelia estos sentimientos, quien suspiró sumida en la melancolía:
¿Queréis violetas? ¡Ay de mil Se marchitaron todas cuando murió mi padre.5
En una ocasión se me pidió que hablara en el entierro de un hombre bueno que había fallecido. Antes del sepelio, me reuní con la familia en la funeraria. A juzgar por los asistentes, resultaba obvio que el difunto era muy querido y se le echaba en falta. Por unos instantes, mientras la familia se hallaba reunida en torno al ataúd, intenté ofrecer unas palabras de consejo y consuelo. Oramos después y todos salieron para el entierro. Me quedé un poco más para ver cómo la desolada viuda se acercaba otra vez al féretro por última vez, besaba delicadamente a su amado compañero en la frente y le decía: «adiós, cariño, te amo». Qué poco sentido tendría la vida si ese adiós fuera para siempre. Y así sería sin el Salvador.
Si no hubiera habido Expiación, cada amanecer habría sido un recordatorio para nosotros de que un día el sol dejaría de salir, de que para cada uno de nosotros la muerte reclamaría su victoria y el sepulcro tendría su aguijón. Cada muerte sería una tragedia, y cada nacimiento una tragedia en embrión. La culminación del amor entre marido y mujer, padres e hijos, madres e hijas perecería con el sepulcro, para nunca más levantarse. Sin la Expiación, la inutilidad tomaría el lugar del propósito, la desesperación usurparía el lugar de la esperanza, y la miseria sustituiría a la felicidad. El élder Marión G. Romney declaró que, de no haber habido Expiación, «todo el propósito de la creación de la tierra y nuestra vida en ella fracasarían».6 El presidente David O. McKay citó a James L. Gordon al respecto: «Una catedral sin ventanas, un rostro sin ojos, un campo si flores, un alfabeto sin vocales, un continente sin ríos, una noche sin estrellas y un cielo sin sol… Todos ellos no serían tan tristes como (…) un alma sin Cristo».7 Imaginarse un mundo así sería el pensamiento más desolador que jamás pudiera ensombrecer la mente o entristecer el corazón del hombre. Afortunadamente, sin embargo, hay un Cristo, y hubo una Expiación, y esta es infinita para toda la humanidad.
La naturaleza de la Expiación →
NOTAS
- Shakespeare, Enrique VIII, Acto III, escena II, 124.
- Dante, Divina Comedia,
- Shakespeare, Macbeth, Acto V, escena V, 329-3^31.
- Journal of Discourses, 13:328.
- Shakespeare, Hamlet, Acto IV, escena V, 523.
- Conference Report, octubre de 1953, 34.
- Conference Report, octubre de 1952, 12.
























