Bautismo, el Nacimiento en el Reino

Bautismo, el Nacimiento en el Reino

por Joseph Fielding Smith

Radiodifundido desde KSL, 29 de Octubre de 1944.


Siento que puedo decir en verdad que ninguna otra ordenanza del Evan­gelio ha sido tan corrompida y abu­sada por las enseñanzas de las igle­sias Cristianas como la del bautismo. Cuando consideramos la confusión y perversión de las prácticas y orde­nanzas, contrarias a lo prescrito por las Escrituras debemos estar impre­sionados por la necesidad imperante de la visitación de mensajeros Celes­tiales para corregir esta condición y llevarnos a la comprensión de la doc­trina y la fe “una vez entregada a los Santos”.

La evidencia es perfectamente clara en el Nuevo Testamento, y esta fué confirmada por las enseñanzas y los escritos en los primeros siglos, que sólo había una forma de bautismo practicada en la primitiva Iglesia de Jesucristo, y que esta misma era en­señada por los discípulos. Esta forma era la de sepultar en el agua y de­finitivamente para la remisión de los pecados. Siento que puedo decir sin temor de equivocarme que no hay un solo pasaje en el Nuevo Testamento que se pueda, por algún sentido, ra­zonable interpretar en defensa del rociamiento de agua en la cabeza de una persona para darle la ordenanza del bautismo.

Es innecesario que yo trate de dis­cutir extensamente el significado de la palabra bautismo porque es cono­cido universalmente. En griego signi­fica sumergir o inmersión, y éste es el sentido que el Maestro y sus após­toles le dieron, si es que les vamos a juzgar por sus acciones.

EL SIGNIFICADO DEL BAUTISMO

La palabra griega bautizar se en­cuentra como ochenta veces en el Nuevo Testamento. “Bauptismos”, cuatro veces; “baptisma”, veinte y dos; “baptistees”, catorce; y “bapto”, la raíz, seis veces —en total ciento veintiséis veces. En la Versión Au­torizada, estas palabras Bapto y embapto, sin ninguna excepción, son traducidas “sumergir”. Bautizar, la palabra usada para expresar una ordenanza es traducida dos veces co­mo “lavar” y en otras veintiocho veces la palabra griega se emplea con una terminación (española), indicando su­mergir o inmersión. Baptisma y Batistee no son traducidas sino simplemente escritas, una en Bautismo y la otra en Bautista. Estas palabras nunca se interpretan como rociar o verter.

El señor David King comentando sobre el uso de estas palabras ha di­cho: “Por qué esta familia de pala­bras, que ocurre en el Nuevo Testa­mento más de cien veces, no debe, cuando dos de sus miembros aparecen juntos más de treinta veces, ser tradu­cidas, y por qué bautizar en sí misma, (la palabra escogida por nuestro Se­ñor expresar un acto definido en conexión con la salvación) debe, en sus ochenta casos, solamente ser tra­ducida dos veces y entonces por un término indefinido, el cual no expresa su significado, formaría un problema curioso, si no supiéramos que los que hicieron esta traducción eran miem­bros de una Iglesia que practicaba el bautizo por aspersión, y que fueron llamados a este trabajo por un mo­narca que restringía su libertad. Era absolutamente traducir esta familia de palabras sin dar un Nuevo Testa­mentó completamente en contra de la práctica de la Iglesia Establecida— así que fueron dejadas sin traducir”.

UNA PREGUNTA PERTINENTE

Esta pregunta es pertinente: ¿Ro­ciaron o vertieron agua los Apóstoles, Setentas y otros en los tiempos del Nuevo Testamento, cuando adminis­traban la ordenanza del bautismo? en las Escrituras se refiere al bautismo sin ninguna referencia a la forma, excepto la que la palabra misma indica. Sin embargo, cuando se da la historia de la ordenanza, la indica­ción es claramente expresada que la persona bautizada fué sumergida en el agua, y después salió de ella. Si­guen unas cuantas referencias a este punto:

“Entonces acudían a él Jerusalén, y toda Judea y toda la provincia de alrededor del Jordán;
y eran bautizados por él en el Jordán, confesandosus pecados.” (Mat. 3:5-6)

“Y Jesús, después que fue bautizado, subió inmediatamente del agua; y he aquí, los cielos le fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y se posaba sobre él. (Mat. 3:16).

“Y aconteció en aquellos días que Jesús vino de Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán.
E inmediatamente, subiendo del agua, vio abrirse los cielos y al Espíritu como paloma que descendía sobre él. (Mar. 1: 9-10).

“Después de esto, vino Jesús con sus discípulos a la tierra de Judea; y estaba allí con ellos y bautizaba.
Y Juan bautizaba también en Enón, junto a Salim, porque había allí muchas aguas; y venían y eran bautizados.” —(Juan 3:22-23)

Frente a estas Escrituras y varias otras, es extraño que muchos hom­bres aún acepten la aspersión o el bautismo por medio de rociar agua en la cabeza, llamándolo “bautismo”.

Los argumentos en favor de esta práctica frecuentemente son muy for­zados. En el manual de una iglesia se lee esto:

“La Iglesia Luterana practica la aspersión, esto es, esparcir agua, ro­ciar. El modo del bautismo no está positivamente indicado en las Escri­turas. El bautismo de Jesús en el Jordán parece dar la indicación de que era por aspersión. Y su bautismo es así representado en los frescos en las Catacumbas, uno de los cuales se supone data desde el segundo siglo”— El Manual Luterano, página 51.

He visto en las galerías de Europa retratos representando a Jesús y a Juan parados en medio del río Jordán mientras que Juan rociaba agua en la cabeza del Salvador. Esto se me hace muy divertido, pero por el sim­ple hecho de que la “educación vi­sual” impresiona las mentes de la gente, y por tales medios muchos están en las tinieblas y ni leen las Escrituras y si lo hacen las interpre­tan mal. Cuando yo visité las cata­cumbas, no se me presentó ningún grabado de esta naturaleza. Posible­mente esté allí. Pero si así es, no aclara la verdad. Fué una cosa inte­resante para mí el visitar la ciudad de Roma y ser llevado por un guía a. un lugar donde había una inmensa fuente en un cuarto de regulares di­mensiones. En su explicación, el guía nos informó que en las primeras épo­cas del Cristianismo, los Cristianos venían aquí para ser bautizados. Cuando se le preguntó que por que venían a este lugar para ser bautiza­dos cuando había suficiente agua en otro lados para bautizarlos por as­persión, respondió francamente. “En esos días se bautizaban por inmersión en estos lugares”.

La pregunta naturalmente viene a nuestras mentes, si Juan el Bautista bautizó a nuestro Salvador solamente poniéndole agua en la cabeza, ¿por qué pues fueron ambos al centró del río para hacerlo? Bueno, naturalmen­te, toda persona razonable admite que Jesús fué bautizado por inmer­sión en el Jordán. Hace apenas unas cuantas semanas, el Rev. .Francis Syrianey, de la Iglesia Católica, cuando discutía el tema del bautismo de Je­sús dijo: “Juan, quien se consideraba indigno de llevar los zapatos del Mesías, ahora llevaba a Jesús en la corriente donde El fué sepultado en el agua en símbolo del arrepentimien­to y perdón de sus pecados. Tan pronto como Cristo salió del agua, principió a orar, pues se nos dice que “Los cielos fueron abiertos, y vió el Espíritu de Dios que descendía como una paloma y venía sobre él,.” —“The Register”, Mayo 7. 1944.

LA IGLESIA CRISTIANA DESCUBIERTA

Lo siguiente es tomado de “News Week” de Enero 22, 1940: “El Pro­fesor Gindo Calza, arqueólogo, exca­vando el antiguo puerto de Ostia, Italia, del sedimento que lo ha cubierto por más de quince siglos, ha encontrado lo que cree ser una Iglesia Cristiana. Dentro de la basílica había un tanque de mármol con las tuberías intactas, que indica que los candidatos al bautismo eran sumer­gidos.” Hay varias iglesias antiguas en Europa que aún tienen sus anti­guas fuentes bautismales indicando que en épocas anteriores se practicaba la inmersión. El hecho es que muchos defensores de las prácticas del bau­tismo de infantes y por aspersión confiesan que originalmente la in­mersión era la forma del bautismo en la Iglesia. Tales testimonios vienen de los primeros padres. Esta eviden­cia está registrada por Neander, Moshiem y otros escritores de historia. Lutero, el gran reformador, quien practicó la aspersión dijo: “Que el ministro sumerja al niño en el agua significa la muerte; que otra vez lo saque del agua significa la vida. Así lo explica Pablo por esto, deseo que todos los que son bautizados sean completamente sumergidos en el agua, de acuerdo con el significado de la palabra, y el significado de la ordenanza, y también porque sin duda así fué instituida por Cristo”. Hay en verdad una grande abundan­cia de evidencias; pero el tiempo no permite darlas.

BAUTISMO PARA LA REMISIÓN DE LOS PECADOS

Es muy claro que el bautismo es para la remisión de los pecados. So­lamente una o dos referencias serán suficientes para probar el punto. Ma­teo declara que todo el pueblo de Judea y las regiones circunvecinas venían a Juan confesando sus peca­dos, y él les decía: Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento, pero el que viene tras mí, cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. (Mat. 3:11).

Marcos dice: “Bautizaba Juan en el desierto y predicaba el bautismo de arrepentimiento para remisión de pecados”. (Mar. 1:4). Dice Lucas: “Y él vino por toda la tierra alrededor del Jordán predicando el bau­tismo del arrepentimiento para la remisión de pecados” (Lucas 3: 3). El bautismo declarado por Pedro en el día de Pentecostés era el mismo, y Pablo declaró que cuando él fué con­vertido, Ananías, un hombre devoto, le dijo: “Ahora pues, ¿Qué te detie­nes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” (Hechos 22:16).

De seguro el significado completo del bautismo no puede ser compren­dido por aquellos que practican el bautismo por aspersión y así le lla­man bautismo. El bautismo es la puerta al Reino de Dios. Es un nuevo nacimiento del agua y del Espíritu Santo. Para ser efectivo debe ser por inmersión, o sepulta miento en agua en la semejanza de la tumba y de la salida de ésta en la resurrec­ción. Esta es la doctrina de las Es­crituras. El Salvador ha aclarado esta pregunta en sus palabras a Nicodemo para que no hubiera ningún mal entendimiento.

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de nuevo no puede ver el reino de Dios.
Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede el hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?
Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo que el que no naciere de agua y del Espíritu no puede entrar en el reino de Dios.
Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es”. (Juan 3:3-6).

Se ha dicho que los hombres creen en lo que les gusta creer. Muchos se han convencido de la veracidad de cierta doctrina o hábito porque éste ha sido el deseo de sus corazones, sin respeto a la lógica que gobierna este punto. Pablo también corrobora las palabras del Maestro. En sus instruc­ciones a los Santos en la Iglesia en Roma, da testimonio de que los que han sido bautizados están libres del pecado, y por lo tanto no deben ser siervos del pecado. Dijo:

“¡De ninguna manera! Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?
¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por medio del bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva.
Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resurrección;” (Rom. 6:2-5).

Otra vez hablando a los Santos Colosenses dijo Pablo:

sepultados juntamente con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis con él, por medio de la fe en el poder de Dios que le levantó de entre los muertos”. (Col 2:12).

El bautismo, entonces es una se­mejanza a la muerte, la sepultura y la resurrección, y también de un nue­vo nacimiento. Pablo ha explicado claramente la semejanza de la muer­te. Nuestro Señor la ha llamado un nacimiento, y Juan explica claramen­te el por qué el nacer del agua se compara con un nacimiento natural. Dijo Juan:

“¿Quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?
Este es Jesucristo, que vino mediante agua y sangre; no mediante agua solamente, sino mediante agua y sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad.
Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno”. (1 Juan 5:5-7).

El Señor explicó más claramente esta enseñanza a Enoc y le fué reve­lada a José Smith, en estas palabras que están en completo acuerdo con las de Juan: “Que por razón de la transgresión vino la caída, la cual trae la muerte, y por cuanto como sois nacidos en el mundo por agua, y sangre, y el espíritu, los cuales he en alma viviente, así también deben hecho, y así transformarse del polvo ser nacidos en el Reino de los Cielos, de agua y del espíritu, y ser limpia­dos por sangre, aún la sangre de mi Unigénito; para que seáis santificados de todo pecado, y gozar de las pala­bras de la vida eterna en este mun­do, y vida eterna en el mundo veni­dero; aún gloria inmortal.

“Porque por el agua guardáis los mandamientos; por el Espíritu sois justificados, y por la sangre sois san­tificados.” (Moisés. 6:60)

Veremos si podemos encontrar el verdadero significado de esta doctri­na tan bellamente expresado por Juan y el Señor a Enoc. Cada niño nacido a este mundo mortal, viene por agua, sangre y espíritu, y Juan declara que estos tres estaban de acuerdo. El niño antes de nacer está sumergido en agua, nace en este mundo por medio de sangre y con la unión de espíritu al cuerpo se con­vierte en un alma viviente. El bautis­mo como lo explica Juan es en rea­lidad un nacimiento. La persona bautizada es sepultada en el agua, justificada por el espíritu y santifi­cada por la Sangre o vivificada en el reino de Dios. Estos tres, en el naci­miento de un infante dan testimonio, el agua, la sangre y el espíritu. Estos tres dan testimonio en la tierra del bautismo, por la inmersión en el agua, la sangre de Jesucristo y el Espíritu de Dios, y los tres están de acuerdo. Después tenemos los tres testigos en el cielo, el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo, y estos tres tam­bién están de acuerdo y aprueban el bautismo cuando es propiamente he­cho. En cada caso hay tres testigos y en cada caso estos tres testigos están de acuerdo y son uno. Esta es una bella doctrina, perfectamente compartible y llena de virtud y significa­do. ¿Pueden ver, estimados amigos cristianos qué impotente e insatisfac­torio es su así llamado “bautismo” si fueran bautizados por aspersión? Si tal es el caso el símbolo del nacimiento se pierde. Así mismo el símbolo de la muerte, el sepulcro y la resurrección. El bautismo es una hermosa doctrina. ¿No creen Uds., que haya mucho significado en el símbolo del naci­miento y de la muerte? ¿Es un hecho verdadero que el bautismo es un na­cimiento real a un mundo nuevo —el reino de Dios? ¿Es cierto que es, co­mo lo describe Pablo, una muerte, o una partida del mundo del pecado? La muerte es una partida o un viaje de un estado a otro, y el bautismo lleva a los que en realidad están bau­tizados de la vida del pecado a la vida de luz y comunión con Dios. ¿Pueden Uds., mis amigos, estar sa­tisfechos en vista de las palabras que nos dan las Escrituras, de sólo ser bautizados en una forma que no lle­na los requisitos, solamente rociando agua sobre la cabeza?

LA AUTORIDAD PARA BAUTIZAR

Ni debemos perder de vista otra cosa importante. ¿Quién tiene la au­toridad para bautizar? ¿Puede algu­no tomar para sí este honor? ¿Pue­den las iglesias que han llegado a existir sin ningún llamamiento divino dar poder a sus ministros para hacer aquello que el Señor no ha comisio­nado? Estas son preguntas serias. Fué porque los hombres se apartaron de estas verdades vitales y fundamenta­les del Evangelio que el Señor comi­sionó a José Smith y otros para que salieran a enseñar y predicar al mundo.

“A fin de que la fe también se aumentara en el mundo; que mi pac­to sempiterno pudiera ser estableci­do; que la plenitud de mi evangelio pudiera ser proclamada por los débi­les y sencillos hasta los extremos del mundo, ante los reyes y gobernantes. He aquí, yo soy Dios y lo he habla­do; estos mandamientos son de mí, y fueron dados a mis siervos en sus de­bilidades, según la manera de su lenguaje, a fin de que llegasen a comprender.” (D. C)

En esta manera el Señor habló a José Smith y le hizo saber las ver­daderas ordenanzas del Evangelio, para que ellos las restauraran en la tierra para la salvación de aquellos que se humillaran y arrepintieran y fuesen bautizados para la remisión de sus pecados, y permanecieran en la fe hasta el fin de sus vidas morta­les.    .

Que el Señor les bendiga y les guíe, pido humildemente en el nom­bre de Jesucristo. Amén.

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