Círculos de exaltación

Círculos de exaltación

Por el élder Spencer W. Kimball
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young el 28 de junio de 1968)


Al escuchar a la hermana (Arliene) Williams cantar esta hermosa canción de los navajos, casi me siento persuadido a cantar una canción de aquel pueblo, la cual aprendí en la zona de Whiskey Creek en la reservación próxima a la frontera de Arizona y Nuevo México, cuando me encargaba de manadas de ovejas… ovejas navajo. Yo soy un cuidador de ovejas así como también un pastor.

Acabo de decirle a la hermana Kimball: “¡Qué maravilloso programa!” Recuerdo cuando no era tan extenso. Recuerdo cuando no existía, pues nunca tuve el privilegio de asistir al seminario. Nosotros teníamos una clase sobre religión una vez por semana, cuando era apenas un jovencito, y a las cuatro de la tarde en los días de escuela, una dulce hermana venía y trataba de darnos un poquito de enseñanza espiritual en conexión con nuestro trabajo secular.

Es un verdadero privilegio estar aquí con vosotros. Estoy seguro de que sabéis que opinan las Autoridades Generales en cuanto a este programa. La Presidencia, los Doce y el Obispado Presidente —el comité que tiene los diezmos a su disposición— han sido muy bondadosos y generosos. Estoy seguro de que los dirigentes no siempre sienten que nosotros somos tan generosos como deberíamos ser, pero somos muy generosos con este programa, deseando que continúe creciendo y expandiéndose en todo el mundo.

Aquellos de vosotros que habéis asistido a conferencias que yo he tenido en las estacas —y hay unos cuantos de vosotros que habéis estado— conoceréis el énfasis que le doy al programa de educación espiritual en cada estaca que visito. Ya sabéis de mi continuo interés en el pueblo lamanita y cada nuevo paso que damos acarrea entrenamiento adicional, tanto en forma secular como espiritual. Es posible que sepáis que en Chile tenemos una escuelita que ha estado funcionando solamente unos cuantos años. Ha sido limitada por algunas circunstancias, pero no hay comparación entre los niños que concurren regularmente a esta pequeña escuela de la Iglesia donde lo secular y espiritual van mancomunados, y sus amigos de la misma edad que viven en el mismo lugar.

La Iglesia siempre ha creído en la educación. Yo soy el producto de las academias de la Iglesia, como lo es la hermana Kimball; ella en Colonia Juárez, México, y yo en Thatcher, Arizona. Estas antiguas instituciones desempeñaron un papel importante, pero no fueron consideradas tan necesarias posteriormente cuando los estados se ocuparon de la capacitación de la gente en forma secular. Recuerdo cuando la pequeña Academia Gila, organizada allá en la década de 1880 como la Academia de los Santos de los Últimos Días, era la institución más grande en Arizona. La Universidad de Arizona era un pequeño retoño en aquel entonces. Posteriormente, y esto es natural, crecieron otras instituciones del estado y las academias fueron relegadas al pasado.

Estoy profundamente interesado en la posibilidad de extender el estudio individual supervisado y los seminarios indígenas, y hago todo lo que puedo para fomentarlos. Estoy profundamente interesado en los programas convencionales y bien establecidos de los seminarios. La obra que ha sido realizada en los años pasados ha resultado ser espectacular.

Uso el pizarrón al hablar en las estacas de Sión para realzar algunas de las cosas que me parecen sumamente importantes. Para la presidencia de estaca, el sumo consejo y los obispados, dibujo en el pizarrón una serie de círculos y arriba del primero escribo: “Vida eterna o Exaltación”. Esa es nuestra meta suprema para cada uno, naturalmente.

Siguiendo la línea hacia abajo —el camino recto y estrecho que lleva a la vida eterna y que pocos encuentran— el segundo círculo encierra “Matrimonio eterno”. Esa es la puerta para la exaltación y el Señor dice a través de Juan: “De cierto, de cierto os digo: El que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que sube por otra parte, ése es ladrón y salteador” (Juan 10:1). De hecho, hay solamente una puerta. Todos vosotros la conocéis. Espero que estéis adoctrinando a cada joven y señorita que se presenta ante vosotros. Solamente una puerta —no hay otra— y esa puerta es el matrimonio eterno, pues ningún alma entrará por los portales de la exaltación si está sola. No habrá solteros. Siempre habrá parejas y esas parejas serán hombre y mujer que se amen intensamente y que se hayan adaptado mutuamente en una perfección total; ¡nada menos que eso!

Luego generalmente dibujo un tercer círculo en el pizarrón y pregunto a estos dirigentes cuál de todos los medios que existen en la Iglesia es el que contribuye en forma más importante e inmediata, hacia el matrimonio eterno como meta intermedia hacia la vida eterna que es nuestra meta final. Es interesante oír sus muchas respuestas. Sugieren casi cada cosa que uno pueda imaginar. Mencionan a las organizaciones auxiliares y nosotros dibujamos pequeños círculos alrededor del círculo grande para indicar que cada uno contribuye con algo. Mencionan a la Primaria, la Escuela Dominical, la Sociedad de Socorro, la AMM, el Escultismo, las reuniones del sacerdocio, las reuniones sacramentales, las conferencias… todo lo que vosotros podáis imaginar. Finalmente llegamos a un medio que nos lleva a todos a estar de acuerdo en cuál es el que tiene mayor impacto sobre el matrimonio eterno. Ese, naturalmente, es una misión.

Hemos tenido varios censos, pequeños y grandes, y parece que aquellos que cumplen misiones se casan en el templo. Naturalmente, hay excepciones a la regla, pero ha sido calculado por gente que ha hecho los censos, que entre el 80 y 90 por ciento de todos los jóvenes que cumplen una misión honorable, finalmente se casan en el templo. Creo que eso es conservador. Vemos excepciones a esa regla con bastante frecuencia. Hay quienes han regresado de la misión y se apartan, y cometen transgresiones. Hay algunos que apostatan, pero son tan pocos que se dejan notar, mientras que la gran mayoría de los que han cumplido misiones honorables cae en el cuadro total y no siempre sobresalen. Pero si aceptamos que aun el 90 por ciento de todos los varones y señoritas que cumplen misiones honorables se casan en el templo, entonces tenemos algo con lo cual trabajar como maestros de seminario, ¿verdad?

Nos sentiríamos felices si pudiéramos lograr que todo joven y muchas señoritas cumplieran misiones. (Nosotros mandamos señoritas solamente cuando tienen veintiún años de edad y no tienen perspectiva inmediata de un buen casamiento en la Iglesia. No impediríamos un casamiento así, pues el casamiento es más importante que la misión.) En el presente tenemos tal vez a un 30 o 40 por ciento de nuestros jóvenes casándose en el templo. Si el 90 por ciento de todos los que cumplen misiones se casa en el templo, vosotros podéis ver que inmediatamente multiplicaríamos los casamientos en el templo por 100 o 200 por ciento… y eso, naturalmente, fomenta la exaltación. Entonces si nosotros, como los hermanos y hermanas que enseñan a la juventud de Sión, aceptásemos nuestra responsabilidad de adoctrinar apropiadamente a esos jóvenes, daríamos otro paso hacia adelante.

Dibujamos otro círculo más abajo en esta senda recta y estrecha que lleva hacia la vida eterna. Surge la pregunta: ¿Qué colocar en este círculo? El de más arriba es la exaltación, el segundo es el matrimonio eterno y el tercero es una misión. Os dejaré pensar en cuanto a ese círculo durante un momento mientras volvemos a la misión.

Una misión no es una cosa que ocurre por casualidad, no es un programa optativo en la Iglesia. Ni tampoco la misión es un asunto de elección como no lo son los diezmos, o la reunión sacramental, o la Palabra de Sabiduría. Naturalmente, tenemos nuestro libre albedrío y el Señor nos ha dado la oportunidad de escoger. Podemos hacer lo que nos plazca. Podemos ir a una misión, o podemos permanecer en casa. Pero todo joven normal está obligado a ir a una misión, tanto como lo está para pagar sus diezmos, concurrir a sus reuniones, santificar el día de reposo, y mantener su vida pura y sin mancha. ¿Podéis aceptar eso? Si podéis y si le dais mayor énfasis al volver a los seminarios e institutos, habréis logrado mucho, porque hay muchos padres que piensan que una misión es una pequeña actividad satélite que sería bueno explorar si resulta conveniente pero consideran que no es una necesidad.

En los Estados Unidos es posible para casi cada joven normal, prácticamente, que vaya a una misión contando para ello total o parcialmente con sus propios fondos. Cada martes, al estudiar las solicitudes para el llamamiento de misioneros y leer toda la información en cuanto al solicitante, verificamos los fondos que hay disponibles para ellos. Cuando una solicitud declara que un joven ha ahorrado $3,000 dólares para su misión, todos decimos: “Aleluya, ¡esto es maravilloso! “Cuando un joven ha ahorrado $2,000 dólares para su misión, seguimos sintiéndonos en éxtasis. Cuando ha ahorrado $1,000 dólares, eso también es maravilloso. Pero cuando una solicitud declara que un joven será sostenido totalmente por su barrio o por su quórum, o por una persona amiga, entonces pensamos que algo ha fallado: primero sus padres, naturalmente, pero también posiblemente su maestro de seminario o instructor de instituto. Ellos no lograron dar la impresión deseada. El muchacho no estaba planeando salir a una misión durante toda su vida como debería haberlo hecho.

Si cada niñito es animado por sus padres, obispo, maestros orientadores y otros y se le conceden pequeñas tareas para realizar con el entendimiento que parte de cada cantidad de dinero que llega a sus manos debe ir a su alcancía destinada a su misión, entonces no tenemos que preocuparnos por si dudara en cumplir una misión o si preferirá seguir sus estudios. Hará ambas cosas. Irá un año a la universidad y dos a la misión y luego tantos años como desee a la universidad, nuevamente. ¡No habrá duda alguna al respecto!

Yo le pregunto a muchos niños pequeños:

“¿Cuánto dinero tienes en tu fondo misional?” Tal vez ese niño tenga seis, ocho o diez años de edad, pero yo le doy ánimo. Y ocasionalmente si tengo un poquito de dinero extra, le doy algo y digo: “Ahí tienes algo más.” Entonces cuando él llegue a los diecinueve años de edad, uno no tendrá que preocuparse por si ese joven irá a una misión o no, ¿verdad? ¡Es casi seguro que irá!

Algunos pecarán y se volverán incapaces para cumplir con una misión, pero, hermanos y hermanas, vuestro programa desde el comienzo es para adoctrinar y motivar a estos jóvenes. Vosotros no estáis meramente para enseñar lecciones o exponer principios, ni para establecer instrumentos y prescribir programas. Vuestro éxito no radica únicamente en establecer ideales sino en motivar a los alumnos a incorporar esos ideales en sus vidas. Vosotros podéis predicar sobre las misiones todos los días, pero si no lo hacéis de manera que realmente motive a cada joven a cumplir una misión, entonces vuestra enseñanza no habrá alcanzado el verdadero éxito.

Nos faltan misioneros. En promedio las estacas que yo visito tienen solamente entre un 25 y un 40 por ciento de sus muchachos elegibles cumpliendo una misión. ¡Eso es todo! ¿Dónde están los demás? ¿Por qué no van a la misión? Creo que no hay nada básicamente mal con estos jóvenes, pero creo que no hemos hecho nuestra labor en el hogar, primero, y en las organizaciones auxiliares, en los seminarios y en los institutos. No hemos hecho nuestra tarea de adoctrinar, inspirar y motivar, porque bien podríamos enviar tres o cuatro veces más misioneros al campo misional, de lo que hemos mandado hasta ahora.

Cuando reúno a estos dirigentes, uso mucho el pizarrón. Utilizo sus propias cifras y les demuestro en casi cada caso que ellos podrían enviar el triple de misioneros de lo que están enviando. Ellos dicen: “¡Pero tenemos una cuota! No podemos enviar más del dos por ciento por barrio anualmente.” Entonces hacemos cálculos. A un lado del pizarrón yo hago cálculos como si no hubiera cuota alguna, y al otro calculo su cuota; y hay muy poca diferencia.

La mayoría de los barrios puede enviar a todos los jóvenes que tienen, y muchos barrios y estacas no se aproximan siquiera al programa aun bajo la cuota. Olvidan a los jóvenes que ya han cumplido con el servicio militar, y olvidan a los que no lo han cumplido por algún pequeño impedimento físico. Nuestro nieto mayor, por ejemplo, estuvo asistiendo a esta universidad el año pasado y ahora está cumpliendo una misión. Él es uno de los que tiene un pequeño impedimento. Perdió la vista de uno de sus ojos cuando era un pequeñito, pero puede ser un gran misionero y así miles de otros jóvenes que tienen Otros impedimentos pequeños. De manera que deberíamos estar enviando más misioneros, recordando aun y respetando totalmente la cuota establecida en total acuerdo con los requisitos del gobierno. Nosotros no traicionaremos al gobierno. Seguiremos el sistema de la cuota explícitamente.

Ahora comprendo que en la mayoría de los casos no podéis controlar esta situación, pero hay muchos de vosotros en presidencias de estacas, en sumos consejos, y en obispados y podéis ejercer influencia allí. Considerad nuestro encargo: la comisión colectiva del Consejo de los Doce, las Autoridades Generales, todos vosotros instructores de seminarios e institutos, y, de hecho, todos los miembros de la Iglesia: “Id… por todo el mundo, [y] predicar el evangelio a toda criatura” (D. y C. 68:8). Luego pensad en los 500 millones de personas en China y Mongolia, y otro tanto en la India y en cien millones de personas en Pakistán, ninguna de las cuales ha escuchado el mensaje del evangelio. Brasil, Alemania, Francia y muchas otras naciones en las cuales hemos estado trabajando en los últimos veinte o cien años, tienen ciudades con 100,000 habitantes que no tienen misioneros.

Debemos comenzar a pensar en nuestra obligación en lugar de nuestra conveniencia. Creo que el momento ha llegado cuando el sacrificio nuevamente debe ser un elemento importante en la Iglesia. Recuerden la historia de cómo Brigham Young y Heber C. Kimball fueron a su misión. Ambos estaban enfermos. Eran pobres. Brigham Young cayó al suelo y no podía levantarse y mi abuelo, Heber C. Kimball, se acercó y trató de levantarlo pero no pudo porque él también se sentía muy débil. De manera que llamó al otro lado de la calle para que otro hermano viniera a ayudarle y dijo: “Ven y ayúdame a levantar al hermano Brigham! “ Al día siguiente ambos estaban en el campo misional. ¡Pero nosotros a veces queremos que todo sea ideal y perfecto!

Bien, necesitamos misioneros si es que vamos a convertir al mundo. Tenemos numerosas ayudas: la televisión, la radio, la onda corta; todo para ayudarnos, pero aún nos faltan misioneros, pues las máquinas no funcionarán a menos que haya alguien para hacerlas funcionar. De manera que aquí está un gran desafío para vosotros: cada uno de vosotros adoctrine completamente a vuestra propia familia y a todas las familias que enseñéis de manera que cada joven crezca con la idea de ir a cumplir una misión. Luego, habiendo cumplido una misión buena y honorable, el problema del matrimonio queda resuelto.

Os digo que es triste comprender que solamente un poquito más de la tercera parte de todos nuestros jóvenes y señoritas se están casando en el templo. ¿Qué sucede con los otros dos tercios? Muchos de ellos se casan fuera del templo en ceremonias civiles. Unos cuantos ocasionalmente convierten a su cónyuge… posiblemente uno de cada seis o siete. ¡Perdemos a tantos! Miles de miembros de la Iglesia que podían ser buenos miembros están en Los Angeles, Seattle, Denver, Houston, Nueva York y Filadelfia y ahora no tienen relación alguna con la Iglesia. Sus padres fueron miembros; sus abuelos fueron pilares; sus bisabuelos cruzaron las llanuras. ¡Pero ellos están perdidos! ¿Por qué? Porque nosotros hemos sido negligentes en muchas de estas cosas básicas. Y así la obra está cambiando y tenemos un mundo más grande. Los miembros del Consejo de los Doce probablemente viajen más hoy en día en una sola semana, que lo que viajaron Pedro y sus asociados en toda su vida; sin embargo nuestra responsabilidad es la misma.

Ahora volviendo al cuarto círculo. ¿Qué inscribimos en él? Bien, hay solamente una cosa que poner allí y es el programa de seminarios e institutos. Nunca dejo de dar a este programa un importante lugar, porque estoy convencido de que los seminarios e institutos pueden hacer mucho para que nuestros jóvenes vayan a la misión y lleguen al templo para casarse y, finalmente, a la exaltación. Este programa es el medio perfecto que hay en la Iglesia; todos los demás, naturalmente, contribuyen en forma impresionante.

Si podemos, preparar adecuadamente a estos jóvenes para cumplir misiones, entonces, con unas cuantas excepciones, ellos irán al templo para realizar su matrimonio.

Así es con el programa de seminario —este programa motivante— vosotros sois en él predicadores de rectitud empleados en un horario completo. Vosotros tenéis a vuestro cargo a estos jóvenes y ellos os respetan y aman. Me pregunto si sabéis cuánto se os aprecia. Venid y acompañadme alguna vez a una conferencia de 150 o 200 misioneros y oíd sus testimonios. Vuestras lágrimas serán muchas cuando los oigáis decir: “Yo nunca pensé seriamente en cuanto a una misión hasta que mi maestro de seminario me impulsó a hacerlo.” “Nunca tuve un testimonio hasta que un día hablé con mi maestro de seminario.” No es solamente las lecciones que vosotros enseñáis, sino que a menudo el resultado viene de las pequeñas entrevistas, de la respuesta dada a las preguntas en privado y en la solución de pequeños problemas que perturban a los jóvenes. Es ahí donde ellos llegan a amaros y como resultado, os siguen.

Hemos recibido informes de algunos de vosotros, hermanos, en el pasado, indicando que el 80, el 85, el 90 y de cierto lugar hasta el 94 por ciento de todos los jóvenes que siguen los cuatro años de seminario y un año de instituto, van a cumplir una misión. Y se calcula que el 90 por ciento de aquellos que cumplen misiones honorables van al templo para realizar- allí su casamiento. Veis, tenemos los controles aquí a nivel de secundaria y preparatoria, donde tenemos una gran influencia que va más allá de nuestra más anhelada comprensión, estoy seguro. El porcentaje más elevado fue de 94. Tal vez eso parezca una extravagancia. No lo sé. Pero si solamente el 84 o el 74 o aun el 64 por ciento cumplieran misiones, estaríamos duplicando nuestro número de misioneros y el de matrimonios en el templo. ¡Vosotros tenéis las llaves de todo eso! El obispo firmará la recomendación y entrevistará a la gente para ir al templo, pero vosotros sois los que, en mayor grado posiblemente, habéis echado el cemento y establecido el cimiento y ayudado a estos jóvenes a poner los pies bien plantados sobre la tierra. Vosotros sois maravillosos y tenéis una oportunidad gloriosa.

Hace apenas un mes o dos un joven me visitó; él había estado en Harvard durante dos años. Dijo: “Hermano Kimball, cumplí una misión. Fui un buen misionero. He estado dos años en esa gran universidad y he caído en manos de un grupo de personas que tienen un sinfín de preguntas en cuanto a muchas cosas. ¿Me contestaría usted dos o tres preguntas para responderlas a ellos?” (Yo sabía que estaba hablando de sí mismo, pero lo dejamos como si él estuviera recibiendo las respuestas para sus amigos.)

De manera que hizo algunas preguntas. Estaba algo tenso, hablaba con dureza, y estaba sentado al borde del sofá al comenzar a hacer sus preguntas.

Entonces yo le dije: “Yo no afirmo que sé todo en cuanto a estas cosas, pero ¿ha pensado usted en esto?… ¿No contestaría eso muy bien a su pregunta?”

Él dijo: “Creo que sí.” Y vi que se sentía menos tenso.

Luego hizo otra pregunta, la clase de pregunta que vosotros oís siempre de parte de estos jóvenes y señoritas.

Yo dije: “Pues, esto debería ser así… ¿Tiene sentido lo que he dicho?”

“Sí respondió, tiene mucho sentido y yo lo aceptaré.” Había venido de otros a él y ahora él estaba dispuesto a admitir que estas cosas lo habían estado molestado un poquito.

Luego hizo otra pregunta, y otra y otra. Finalmente estaba tranquilo sobre el sofá. Sonreía y su voz era normal y sus ojos brillaban. Estaba feliz.

Eso es lo que vosotros podéis hacer. Podéis hacerlo no tanto mediante la acción en el grupo sino a menudo en aquellos momentos intermedios.

El joven finalmente dijo: “¿Es cierto que las Autoridades Generales no están de acuerdo entre sí?” (Esa es la única pregunta que detallaré por causa del poco tiempo de que dispongo.)

Le dije: “Sí, es verdad. Algunos son demócratas y otros republicanos. Algunos manejan un Lincoln y otros un Rambler. Algunos prefieren las corbatas de color rojo y otros las azules.

“Pero quiero decirle, amigo mío, que cuando los Hermanos encaran algo que es importante —que es vital— son uno solo. Todos estarían dispuestos a morir por la causa. Todos saben con absoluta certeza que Dios vive. Todos saben que Jesús es el verdadero Cristo y que es el Salvador del mundo y que vive y revela su programa al mundo. Todos en esto los Hermanos son uno— que la revelación es una realidad en el mundo actual.

Todas las Autoridades Generales saben que David O. McKay es un profeta y que él ocupa el lugar que fue ocupado por otros profetas verdaderos cuya palabra oficial y declarada es igual a la de José Smith o Moisés o Abraham. La ley del Señor no tiene que estar incluida en Doctrina y Convenios si el Profeta la ha declarado oficialmente.

El muchacho se levantó y dijo: “Gracias. Eso es lo que he querido creer en todo momento. Algunas de estas personas me molestan un poquito de vez en cuando.”

Ahí está vuestra gran oportunidad. Vosotros inspiráis mediante vuestra personalidad, mediante vuestro excelente ejemplo, mediante la dignidad de vuestra vida. A fin de enseñar todo lo que es intangible y profundo dentro de vosotros, debéis vivir los mandamientos. No puede haber peleas en vuestros hogares. Debe haber paz y armonía. Debe haber una estricta obediencia a todos los mandamientos del Señor. Vosotros estaréis siempre en vuestras reuniones sacramentales a fin de recordar. Al buscar en el diccionario la palabra más importante, ¿sabéis cuál es? Podría ser recordar. Porque todos vosotros habéis hecho convenios —sabéis qué hacer y sabéis cómo hacerlo— nuestra necesidad mayor es recordar. Por esa razón es que todos van a la reunión sacramental cada día de reposo: a tomar la Santa Cena y escuchar a los presbíteros orar diciendo “recordarlo siempre, y guardar sus mandamientos que él les ha dado”. Nadie debería olvidar concurrir a la reunión sacramental. La palabra es recordar. Recordar es el programa.

Bien, hermanos y hermanas, el tiempo se ha ido. Que el Señor os bendiga. Ha sido un placer estar con vosotros esta mañana. Estoy convencido de que si vosotros, colectiva e individualmente, tomáis estas veintenas de almas jóvenes que están bajo vuestra jurisdicción y veis que cada una de ellas asista a la preparatoria y a la universidad, que obtenga buenas calificaciones, aprenda el evangelio y sea motivada y dirigida adecuadamente, habréis fortalecido a la Iglesia y revitalizado al mundo. Ved que sean adoctrinados para cumplir una misión y para el casamiento en el templo.

Está en vuestras manos hacerlo. ¡Cuán poderosos sois! Que Dios os bendiga en el magnífico privilegio que tenéis, ruego en el nombre de Jesucristo. Amén

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