Objetivos de la educación de la Iglesia

Objetivos de la educación de la Iglesia

Por el presidente Harold B. Lee

(Discurso dado en la Universidad Brigham Young, 17 de junio de 1970)

Hace dos años me reuní con vosotros y entonces se anunció que teníais 150,000 alumnos en los seminarios e institutos. Eso significa que ahora hay 25,000 más; y si sumamos aquellos que están en la Universidad Brigham Young, en Ricks, en las islas del Pacífico y Hawai, los que asisten a escuelas latinoamericanas, tenemos entre 220,000 y 225,000 alumnos que están bajo la influencia de maestros de seminarios e institutos y de las escuelas de la Iglesia. Eso es casi la 14a. parte de la población de la Iglesia.

Esto, naturalmente, indica la gran magnitud de la responsabilidad que pesa sobre vosotros. Vengo a vosotros en este día, por lo tanto, con una plena percepción de la gran obra que estáis efectuando. Al meditar sobre esto, pensé que sería prudente percatamos del desarrollo del Sistema Educativo de la Iglesia, o, debería tal vez decir, darnos cuenta principalmente de los seminarios e institutos.

El comienzo de la enseñanza religiosa entre semana comenzó realmente con las clases de religión. Creo que muchos de vosotros tendríais que ser de mi misma edad para recordar algo sobre las clases de religión. Las Autoridades Generales, al establecer clases de religión entre semana, dijeron que su propósito era establecer el equilibrio con el sistema laico de educación tan común en las escuelas seculares.

La organización de seminarios cerca de las secundarias públicas, para impartir instrucción religiosa entre semana, tuvo su comienzo cerca del Colegio Granite. Posteriormente tuvimos una lucha bastante seria a fin de que dichas escuelas concedieran tiempo libre para los seminarios y dispusieran que los alumnos recibieran reconocimiento por los cursos que llevaban en seminario.

Recuerdo haber ido a visitar a uno de nuestros institutos. El maestro triunfalmente me mostró los cursos que habían sido aprobados y eran reconocidos por la universidad adjunta; y, al examinar dichos cursos, dije: “Bien, esto podría ser impartido por cualquier iglesia: Metodista, Bautista, etc. ¿Dónde está el evangelio de Jesucristo que tiene que ser enseñado en los institutos?” Y él no aceptó mi crítica implícita porque pensaba que era un triunfo que el presidente de la universidad hubiera aprobado los cursos, muchos de los cuales estaban incompletos en lo que concernía al evangelio en sí.

Hemos recorrido un largo camino desde aquella ocasión. Aunque todavía son reconocidos y buscamos el reconocimiento de ciertos cursos, ese no puede ser el motivo principal. Debemos recordar que ante todo tenemos que enseñar el evangelio de Jesucristo.

En los días de los pioneros, se establecieron lo que fueron llamadas academias de estaca. Estas fueron establecidas porque no había ninguna otra clase de educación de ese tipo en muchas de nuestras comunidades. Posteriormente hubo un retraimiento gradual desde las academias hacia las clases de religión con maestros acreditados y de una competencia igual a la escolaridad de aquellos que había en los liceos o en preparatorias vecinas.

El paso siguiente fue establecer institutos cercanos a las universidades. Después se establecieron ramas y barrios estudiantiles. Luego vinieron las estacas estudiantiles y fue allí donde se logró suficiente concentración de alumnos como para justificar esa organización. Este ha demostrado ser uno de los grandes adelantos en esta época de inquietud universitaria, en el que la crítica principal de parte de los alumnos es que ellos no tienen oportunidad de comunicarse. Ahora, con la organización de estas estacas estudiantiles, existe esa posibilidad: la mayoría de las organizaciones auxiliares de estaca, de los barrios y de los quórumes del sacerdocio, es manejada por los alumnos mismos. Creo que allí tenéis una de las más grandes oportunidades para suprimir la crítica que tantos estudiantes universitarios de otras partes parecen tener.

La siguiente innovación, o debería tal vez decir evolución, ocurrió cuando establecimos la Asociación de Estudiantes Santos de los Últimos Días. Encontramos, tal como encontrasteis muchos de vosotros que estáis íntimamente relacionados con los institutos, que cuando tuvimos las estacas y barrios estudiantiles, estas organizaciones estaban en competencia por los mismos estudiantes que el programa de institutos. El resultado fue que muchos de nuestros estudiantes universitarios comenzaron a apartarse de ambas cosas en lugar de ir en la dirección del instituto o de los barrios y estacas estudiantiles.

La asociación de estudiantes ha demostrado ser algo excelente. Lo que hemos tenido que cuidar es asegurarnos de que no se convirtiera en otra organización auxiliar y que fuera lo que el nombre implicaba: una agencia de correlación entre la organización del sacerdocio y el instituto.

La última innovación es que ahora estamos expandiendo los programas de seminarios a las misiones en todo el mundo, mediante lo que llamamos un programa de cursos de estudio individual supervisado. Mediante esta amplia extensión, como podréis ver, estamos tratando de alcanzar, tanto como sea posible, a todos los que están en edad de recibir enseñanza media con algo del programa de seminario, el cual hemos desarrollado en forma tan excelente donde hay grandes concentraciones de miembros. Expresamos nuestra complacencia por este avance.

¿Por qué hemos establecido este gran sistema educativo? Pensé en los objetivos que hemos repetido una y otra vez. El primero fue enseñar la verdad. Y en respuesta a la antigua pregunta que le fue formulada al apóstol Pablo “¿Qué es la verdad? el Señor nos dio la definición: “Y la verdad es el conocimiento de las cosas como son, como eran y como han de ser” (D. y C. 93:24). Nuestro objetivo es enseñar la verdad tan eficazmente que los alumnos estén libres de error, libres de pecado, libres de obscuridad, libres de falsas tradiciones, de filosofías vanas y de teorías faltas de prueba aportadas por la ciencia. Una cita del Maestro que se encuentra en el libro de Juan, dice: “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31,32).

La medida más exacta de verdad se encuentra en dos grandes revelaciones. Recordaréis que en los primeros días de la Iglesia cuando los misioneros fueron a visitar las distintas zonas donde la Iglesia había estado funcionando, encontraron muchas actividades sorprendentes: algunas personas profesaban hablar en lenguas, efectuar sanidades y qué se yo. Ellos regresaron al Profeta José preguntándole cómo podrían saber qué era del Señor y qué no lo era. En respuesta a esa pregunta, el Señor dio la revelación que conocemos como la sección 50 de Doctrinas y Convenios. Esta sección es una que este cuerpo de hombres debería conocer en detalle. Nos dice cómo podemos escoger y asegurar cuál manifestación es del Señor y cuál no. Leeré algunos versículos de aquella gran revelación:

“Por tanto, ¿cómo es que no podéis comprender y saber que el que recibe la palabra por el Espíritu de verdad, la recibe como la predica este espíritu de verdad?

“De manera que, el que la predica y el que la recibe se comprenden uno a otro, y ambos son edificados, y se regocijan juntamente.

“Y lo que no edifica, no es de Dios, y es tinieblas.

“Lo que es de Dios es luz; y el que recibe luz y persevera en Dios, recibe más luz; y esa luz aumenta más y más en resplandor hasta el día perfecto.

[y esta gloriosa declaración:]

“Y además, de cierto os digo, y lo digo para que sepáis la verdad, a fin de que podáis desechar las tinieblas de entre vosotros” (D. y C. 50:21-25).

Ese, entonces, viene a ser uno de los grandes objetivos de nuestras escuelas de la Iglesia, de nuestro programa de seminarios e institutos.

En cada dispensación, aparentemente, esto ha sido recalcado: cómo detectar qué es verdad y qué es error. Encontramos a Moroni diciendo la misma cosa y ésta es la medida que él indicó: “Pero lo que persuade a los hombres a hacer lo malo, y a no creer en Cristo, y a negarlo y no servir a Dios, entonces podréis saber, con un conocimiento perfecto, que es del diablo” (Moroni 7:17). Y lo opuesto a esto, naturalmente, se sabe que es de Dios.

El segundo objetivo que ha sido recalcado a través de los años, es educar a nuestros jóvenes, no solamente por tiempo, sino para toda la eternidad. Uno podría predicar todo un sermón sobre esa declaración, pero seguiré adelante.

El tercer objetivo que mencionaré es enseñar el evangelio, de manera que los alumnos no sean desviados por proveedores de falsas doctrinas, de vanas especulaciones y de interpretaciones falsas. Por ejemplo, tenemos gente que constantemente está esparciendo la palabra de que ha llegado el tiempo de volver y establecernos en el Condado de Jackson, en Misurí, y de edificar el templo. Bien, supongo que cuando el Señor esté listo para eso, Él nos dirigirá a través de los canales adecuados; no lo hará mediante cualquier persona que tenga la idea de ir y comprar tierras y que por lo tanto tenga la ocurrencia de decirle a la gente que vuelva para edificar en el Condado de Jackson. Creo que es importante tener presente que el momento será cuando el Señor lo diga.

En la costa y en todas partes, constantemente tenemos personas que propagan la idea de que alguien ha dicho que debemos huir hacia las Montañas Rocallosas para tener seguridad, salir de la costa, de la maldad del mundo, y venir a las montañas. El Señor no ha dicho que os congreguéis aquí a la sombra del Templo de Salt Lake para estar a salvo. No se trata de dónde viváis, sino lo importante es cómo viváis. Podéis estar tan a salvo en Texas, en Nueva York, en Chicago o en la costa, como podéis estarlo aquí, siempre que pongáis en práctica el programa de la Iglesia.

Hemos oído rumores sensacionales concernientes al hombre poderoso y fuerte. Sorprendentemente, están surgiendo en todas partes —no es esto un fenómeno nuevo— y vosotros debéis estar constantemente alertas. Desgraciadamente hemos tenido algo de eso entre nuestros maestros de seminario. En algunos casos —afortunadamente sólo en uno o dos casos raros— tuvo que haber excomunión porque los maestros estaban aprovechando su posición para esparcir una falsedad.

Debemos estar alertas en cuanto a las falsedades predicadas por algunos —entre los que se llaman fundamentalistas, los cultistas, los de la Orden de Aarón, los de la Iglesia del Primogénito— y Dios perdone ese nombre, el nombre sagrado que algunos han tomado indebidamente sobre sí mismos. Otros cuentan sueños y visiones de alguna autoridad que ya no vive —hablo del supuesto sueño de John Taylor— y de ello encontramos cinco versiones diferentes. Cada uno con algo añadido al relato hasta que ha llegado a ser bastante sensacional y sorprendente. Encontramos que algunos estaban leyendo estas cosas en las clases de nuestras Sociedades de Socorro y en las de seminario.

Debemos estar alertas para no permitir que nuestras escuelas se impregnen de rumores, de supuestas declaraciones hechas por Autoridades Generales que ahora viven, sin verificar y ver si son correctas. A mí mismo me han citado como supuesto autor de ciertas cosas.

El hermano Joseph F. Merrill escribió al presidente George Albert Smith diciendo: “Hermano Smith, aquí tenemos a un hombre que dice que mientras usted estaba presidiendo en la Misión Europea, declaró que uno no podía heredar la gloria terrestre a menos que se efectuase por uno la obra en el templo. ¿Enseñó usted eso?” Y el hermano Smith contestó y dijo: “Hermano Merrill, yo no recuerdo si enseñé eso o no, pero no creo haberlo hecho porque personalmente no creo en ello.”

Esa es la respuesta que varios de nosotros tenemos que dar: “Me parece que no”. Se supone que yo he dicho que estaré presidiendo la Iglesia cuando comience el Milenio. Bien,—si eso es cierto, nadie nos lo ha dicho todavía. Pero el Señor ha dicho que el tiempo de su venida será como ladrón en la noche.

La educación sexual, el entrenamiento de la sensibilidad… maestros, aseguraos de que estas especulaciones y nociones no sean impartidas en las clases que vosotros enseñáis a nuestros jóvenes Santos de los Últimos Días. Se podría causar gran daño si eso sucediera. Cuando yo estuve aquí antes, hice una declaración que ahora se ha tornado realidad. Citaré algo de lo que dije:

“Nosotros estamos comprometidos en un programa de correlación. Estamos analizando cuidadosamente todos los cursos de estudio. El hermano Gordon B. Hinckley y yo hemos pasado el día de hoy con el Comité Ejecutivo de Correlación estableciendo un plan para organizar mejor la preparación de todos los materiales para cursos. Debo deciros que no está lejos el día en que todos los cursos de estudio que se os pedirá que enseñáis en seminarios e institutos vendrán a través de correlación. No será vuestro administrador quien determinará los principios que se enseñarán, sino el Consejo de Educación de la Iglesia, lo cual significa que será la Primera Presidencia, el Consejo de los. Doce y algunos más. Posiblemente se está acercando el día en que todas las enseñanzas de nuestras escuelas de la Iglesia, vendrán mediante correlación. Vosotros estáis en las trincheras de la línea del frente y sois defensores de la fe. Si en vuestras filas hay traidores voluntarios, los mismos deben ser expulsados; si hay quienes no están informados en cuanto a la verdadera doctrina, deben ser informados en cuanto a sus errores.”

Y bien, eso ha sucedido. Ahora estamos correlacionado todos los materiales para el curso, lo cual significa un cuidadoso examen de todo lo que tiene que ser enseñado en vuestras escuelas.

Para asegurar que todas las lecciones enseñadas estén correlacionadas, estamos haciendo algunas investigaciones; y hemos averiguado algunas cosas bastante interesantes, otras que causan desánimo. Mencionará una o dos. Los maestros parecen sentir que los manuales producidos por los Departamentos no son suficientes para satisfacer sus necesidades, según dicen. Algunos sintieron que los manuales eran inadecuados, de manera que estaban creando sus propios cursos de estudio. El sesenta y ocho por ciento de aquellos entre quienes se hizo esta investigación, estaba escribiendo sus propios cursos y estaban enseñando en base al material que ellos mismos habían organizado en lugar de aplicar los manuales asignados; sin embargo, los maestros que usaban dichos manuales los consideraron, en su mayoría, como enteramente adecuados. Fue muy interesante notar que en cuatro lugares diferentes donde estudiamos el problema, el 52 por ciento de los maestros no estaba usando los manuales de los Departamentos el 50 por ciento de las veces. En otra zona los maestros no usaban los manuales en el 68 por ciento de los casos; en otro, el 64 por ciento; y hubo uno, que en el 87 por ciento no estaba usando los manuales aconsejados.

Bien, maestros, esperamos de ustedes un leal apego a los manuales preparados por los Departamentos. Dudamos que haya maestros capaces de mejorar lo que el Señor nos ha dado mediante la organización que ha sido establecida. Me gustaría instaros a tener presente que hay que seguir los cursos prescritos y establecidos para enseñar a nuestros jóvenes.

Yo diría que el cuarto objetivo sería preparar a los alumnos para que vivan vidas plenas, equilibradas. Y no puedo hacer otra cosa que repetir la declaración del presidente McKay sobre este tema:

“La meta de la educación es desarrollar en el niño los medios que contribuirán a su bienestar mientras dure su vida; desarrollar poder de autodominio para que nunca sea esclavo de la indulgencia ni de otras debilidades, desarrollar hombría viril, femineidad hermosa a fin de que en cada niño y persona joven se pueda encontrar por lo menos la promesa de un amigo, de un compañero, uno (o una) que posteriormente esté capacitado para esposo o esposa, para padre ejemplar o madre amorosa e inteligente, alguien que pueda enfrentarse a la vida con valor, a los desastres con entereza, y a la muerte sin temor” (David O. McKay, Gospel Ideals [Salt Lake City, Improvement Era, 1953] pág. 436).

Esta es una declaración excelente para inspirar a los alumnos a vivir vidas bien equilibradas.

Y diría yo que el quinto objetivo sería establecer el ambiente para que los alumnos adquieran un testimonio de la realidad de Dios, de la divinidad de Jesucristo y de su obra. Encontré un artículo escrito por el presidente J. Reuben Clark, hijo, en cuanto a la importancia del testimonio del maestro y del valor de declararlo con sinceridad. Leeré algunos comentarios del presidente Clark:

“El primer requisito de un maestro para enseñar estos principios, es un testimonio personal de su veracidad. Ni el número de años de estudio, ni lo que se haya estudiado, ni la cantidad de títulos obtenidos, pueden remplazar a este testimonio, el cual es el requisito absoluto del maestro en nuestro sistema de escuelas de la Iglesia. Ningún maestro que no posea un verdadero testimonio de la veracidad del evangelio tal como ha sido revelado y creído por los Santos de los Últimos Días… debe tener cabida en el sistema educativo de la Iglesia…

“Mas para nosotros maestros, la mera posesión de un testimonio no es suficiente. Además de esto debéis tener uno de los elementos más raros y preciosos de todos los elementos del carácter humano: valor moral. Pues declarar vuestro testimonio sin valor moral, servirá solamente para que llegue a los alumnos en forma tan débil que será difícil, si es que no resulta imposible, detectarlo: y el efecto espiritual y sicológico de un testimonio débil y vacilante puede resultar realmente dañino en lugar de útil.

“El maestro de seminarios o institutos que conoce el éxito, debe poseer también otro de los raros e invalorables elementos de carácter; un hermano mellizo del valor moral que a menudo es confundido con él; me refiero al valor intelectual, el valor de defender los principios, las creencias y la fe que no siempre se considera en armonía con el conocimiento (científico o de algún otro tipo), aunque sus colegas crean que son ellos quienes realmente poseen el conocimiento.

“No son desconocidos los casos en los que algunos hombres de supuesta fe, ocupando posiciones de responsabilidad, han sentido que por el hecho de defender su fe podrían acarrearse el ridículo entre sus colegas incrédulos, y empiezan a modificar o rebajar su propia fe, y de esta manera la debilitan o aun pretenden desecharla. Los tales son hipócritas para con sus colegas y para con sus correligionarios.

“Objeto de piedad (no de burla, como algunos creerían) es el hombre o mujer que, teniendo la verdad y conociéndola, encuentra que es necesario repudiarla o someterse al error a fin de poder vivir entre los incrédulos sin someterse al rechazo de ellos, según supone. Ciertamente trágica es la situación de este individuo.” (J. Reuben Clark, hijo, El curso trazado por la Iglesia en la educación, págs. 7-8).

Yo traigo esto a vuestra atención porque para mí es algo vital: tener un testimonio; y nosotros suponemos que vosotros tenéis testimonios. Pero otra cosa que es sumamente importante también es que lo declaréis. Yo estaba con el presidente Clark cuando él se retiró de la junta directiva de la compañía Equitable Life Insurance y hablé con el juez jubilado del tribunal de circuito de la ciudad de Nueva York, quien hizo un comentario muy interesante. Dijo: “He oído hablar al presidente Clark en muchas ocasiones y nunca lo oí hablar sin que él expresara su fe. Yo tengo una fe, pero no la declaro. El presidente Clark, sin embargo, siempre declara su fe.” Ahora recordad eso, maestros. Para mí, es sumamente importante.

Me gustaría hablar de otro asunto. Hace una semana más o menos, G. Homer Durham, Comisionado de Educación en el Estado de Utah, trajo a la oficina de la Primera Presidencia a todos los presidentes de las universidades del estado. Tuvimos una entrevista muy interesante, durante una hora más o menos ellos expusieron sus problemas y nosotros les indicamos que teníamos interés pleno en las universidades del estado por causa de nuestro programa de instituto. Sin embargo, en la conversación, el presidente Taggart de la Universidad del Estado de Utah hizo un comentario interesante. Él dijo que después de veintiséis años que vivió fuera del estado, había vuelto para ser el presidente de la Universidad del Estado de Utah y descubrió que había dos instituciones para los estudiantes Santos de los Últimos Días: una para los jóvenes mormones ortodoxos que asistían a la Universidad Brigham Young, y la otra para los jóvenes mormones inconformes que asistían a universidades que no eran de la Iglesia y que iban a los seminarios e institutos de la Iglesia. Bien, ésta fue una observación interesante y creo que hubo algo de eso en el proselitismo de algunos de nuestros ambiciosos educadores de hacer parecer que a menos que los estudiantes que son miembros de la Iglesia concurran a la universidad de la Iglesia, son, por lo tanto, ajenos a la variedad de los más devotos.

¿Cómo os sentiríais vosotros si intentáramos convenceros de que en vuestras clases de instituto y seminario tenéis a los jóvenes inconformes de la Iglesia? ¿Creeríais eso? Tampoco lo cree él; ni yo tampoco. Y es de eso de lo que deseo hablaros.

Recibimos un comentario interesante de parte de uno de nuestros presidentes en California quien, en cierta forma, solicitaba que estableciéramos un instituto de educación que ofreciera dos años de estudio correspondientes a los dos primeros de la universidad cuyo ciclo de estudios es de cuatro años, y que a menudo ofrece estudios técnicos, vocacionales y liberales. Lo quería allí donde él presidía. Me habló de la basura y escoria que se enseñaba en las escuelas de la zona. Y así aproveché la oportunidad de escribirle y le hice recordar que en algunas de nuestras propias escuelas teníamos de eso también. Pero dije:

“Naturalmente, usted se refiere a la necesidad de escuelas de la Iglesia y nos habla por su propia comunidad. Por debajo de su sugerencia hay un problema práctico, y ese es el asunto referente a si estamos preparados ahora para establecer un programa educativo para todos los estudiantes Santos de los Últimos Días en cada región de la Iglesia en la que podemos tener cierto número de jóvenes en edad de estudio, o no. Usted, naturalmente, comprende, por lo menos en cierto grado, lo elevado de los costos para sostener tal tipo de escuelas. Los cálculos conservadores han indicado que se necesitarían entre quince y veinte millones de dólares para los edificios. Naturalmente, tendrían que añadirse otras comodidades: dormitorios, campos de atletismo, estadios, edificios auxiliares y otros servicios adicionales, lo cual podría significar una salida de veinticinco a treinta millones de dólares por cada escuela de ese tipo. Quien está en nuestra posición debe tener en cuenta todo el cuadro financiero. Usted, naturalmente, está contemplando solamente a un segmento de la Iglesia en el cual tiene primordial interés. Es obvio que los fondos de la Iglesia no permitirían la edificación de tales escuelas. Hacerlo significaría cortar abruptamente cualquier intento de desarrollo de escuelas que ahora están siendo establecidas en algunos países subdesarrollados de América Latina, en las islas del mar, en el Lejano Oriente y en otros lugares. Sería como decir probablemente al 10 por ciento de la Iglesia “os edificaremos una buena universidad” pero al otro 90 por ciento “lo lamentamos, pero hemos gastado todo nuestro dinero en esta universidad y no podemos ocuparnos de sus necesidades”. Se dará cuenta de que por el costo de una universidad así en su valle, nosotros podríamos construir un buen instituto de religión en los alrededores de cada universidad del estado de California donde tenemos número suficiente de alumnos de la Iglesia que haría práctica la construcción de tal instituto. Esto es lo que podemos hacer y casi lo hemos logrado en toda la Iglesia en una base equitativa.”

Ahora estamos intentando embarcarnos en una ambiciosa campaña para quitar cualquier noción que haya existido en cuanto a que vosotros, maestros de seminarios e institutos, estáis presidiendo sobre los alumnos inconformes de la Iglesia. En la actualidad estamos sugiriendo —y hemos enviado cartas de aliento al respecto— que los estudiantes en edad de concurrir al primer y segundo año universitario, particularmente, y otros, se mantengan cerca de sus hogares. Encontramos a uno de los presidentes de estaca de California que dijo que tenía cuatro hijos, tres de los cuales se habían graduado en la Universidad Brigham Young. El otro hijo había preferido permanecer en su casa y concurrir a la universidad de Santa Mónica y al mismo tiempo al instituto de religión. El padre dijo que de sus cuatro hijos, el que había permanecido en el hogar y había concurrido al instituto estaba mejor adaptado para enfrentarse a la vida, que los otros tres que habían estudiado en la Universidad Brigham Young.

Se han realizado varios estudios mediante los cuales los estudiantes han expresado sus sentimientos en cuanto a este ajuste con las enseñanzas del mundo y la doctrina de la Iglesia mientras están asistiendo a la universidad, y han dicho que para ellos resultó un fortalecimiento que tal vez no hubieran tenido si hubieran recibido su educación en condiciones más protegidas. De manera que hay mucho que decir en ambos aspectos.

Muchos padres, alarmados por las condiciones terribles que se encuentran en los colegios de sus localidades, han deseado tener todo un sistema de escuelas de la Iglesia. Con eso me refiero, naturalmente, a la escuela primaria, liceo, preparatoria, universidad, etc. Eso estaría bien si se pudiera hacer, pero deseo recordar a quienes dicen eso, lo que el Maestro dijo a sus discípulos en su época: “El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado” (Mateo 13:33). Pero al mismo tiempo advirtió: “Mirad, guardaos de la levadura de los fariseos y de los saduceos” (Mateo 16:6). No se tuvo la intención de retirar a todos los jóvenes de la Iglesia a un Shangrila [utopía]; la intención fue vivir en el mundo sin pertenecer a él. Debemos rodear a nuestros estudiantes de tal manera que, como dijo el apóstol Pablo: “¿No sabéis que un poco de levadura leuda toda la masa7 Limpiaos, pues, de la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como… panes sin levadura, de sinceridad y de verdad” (1 Cor. 5:6-8). Nuestra oración de hoy día por nuestros estudiantes debe ser como la oración del Maestro cuando oró por sus discípulos: “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal” (Juan 17:15).

La hermana Lee y yo tuvimos una experiencia interesante hace algunas semanas, cuando fui invitado a dar lo que se ha dado en llamar una teleconferencia mediante un circuito telefónico cerrado a 200 estudiantes de la Universidad Harvard, en Cambridge, Massachusetts. Disponíamos de un micrófono en la sala de reuniones de la Primera Presidencia, y ellos tenían un dispositivo igual donde podían hablar y escuchar a los que estuvieran hablando. Me pidieron que yo hablara durante cuarenta minutos y luego expresaron que querían hacer preguntas durante veinte minutos. Bien, yo sabía que estaría más seguro en los primeros cuarenta minutos que en los últimos veinte, de manera que aproveché bien el tiempo. Una de las preguntas hechas fue: “Qué está haciendo la Iglesia por los países menos privilegiados? ¿Qué está haciendo la Iglesia?” Y yo dije: “Bien, tenemos trece mil misioneros que están tratando de convertir a todos en el mundo. Tan pronto como convertimos a la gente, comenzamos a construir capillas. Introducimos el programa de bienestar para cuidar de los necesitados. Luego comenzamos a establecer privilegios educativos, aun para los analfabetos. Bajo la dirección del hermano Harvey Taylor y de sus asociados, estamos estableciendo cuarenta o cincuenta escuelas en México, América Central y América del Sur, donde estamos tratando de dar a la gente por lo menos educación elemental, esto es, hasta un nivel de sexto grado, en donde pueden aprender a leer y escribir. Y luego tenemos para todos la noche de hogar para la familia. Tenemos el programa total de la Iglesia para los niños, jóvenes y adultos. Tenemos atalayas: directores del sacerdocio a quienes llamamos maestros orientadores. Tenemos expresión autónoma bajo la dirección de la Iglesia en las ramas, barrios, estacas, seminarios y templos.”

Lo que yo estaba diciendo, en efecto, era que tan pronto como podamos convertir al mundo entero, resolveremos todos los problemas del mundo. Eso es exactamente lo que decimos y esa es nuestra solución para los problemas del mundo, tan ambiciosa y tan ridícula como algunos puedan creerlo; pero seguiremos mirando adelante hacia ese día. ¿Recordáis en el Libro de Mormón el tiempo después que el Maestro hubo venido? La organización de la Iglesia de Jesucristo había sido establecida y sus discípulos habían sido instruidos. Entonces encontramos este glorioso relato. Dice que toda la gente sobre la faz del país fue convertida al Señor, tanto nefitas como lamanitas. No había contenciones, no había disputas entre ellos; y cada hombre trataba con justicia a los demás. Tenían todas las cosas en común; por lo tanto, no eran ni ricos ni pobres, esclavos o libres, sino que todos eran libres y partícipes del don celestial. No había envidias, ni luchas, ni tumultos, ni fornicaciones, ni mentiras, ni asesinatos, ni ninguna clase de lascivia. Y ciertamente no podía haber pueblo más dichoso entre todos los pueblos que habían sido creados por la mano de Dios, porque todos estaban convertidos al evangelio de Cristo. (Véase 4 Nefi.)

No está fuera del alcance de la posibilidad, como veis, que si el programa pleno de la Iglesia fuera encendido en el corazón de toda nuestra gente, todo el mundo podría ser alcanzado por el mismo. Ese sería el día feliz cuando podríamos esperar que el milenio fuese inaugurado; eso es justamente lo que se espera que el milenio sea. De manera que vengo a vosotros, maestros, en este día sintiendo un afecto hacia vosotros como creo que no siento hacia ningún otro grupo de hombres y mujeres. Vosotros que estáis investidos con una gran responsabilidad, por vosotros siento un gran afecto. En mi corazón solamente tengo un deseo: acercarme a vosotros, fortaleceros, ayudaros a preparar cursos de estudio que sean de elevada calidad, cursos con ayudas, a fin de poner en manos de nuestros maestros y de nuestros administradores lo máximo que esté a nuestro alcance, proporcionando el mejor equipo posible para la enseñanza de nuestros jóvenes, allí donde los tenéis regularmente. Los jóvenes mejor instruidos que tenemos en el campo misional son aquellos que han pasado por los programas de seminarios e institutos. Pero desafortunadamente ha habido pocos, y afortunadamente sólo unos cuantos, que han tenido que luchar para vencer algunas ideas falsas que son puestas en sus mentes por maestros que no tenían fe.

Y ahora habiendo dicho esto acerca del valor de un testimonio y del valor de expresarlo, permitidme aplicar mi propia regla y deciros como maestros: yo tengo un testimonio seguro. Me sentí emocionado por el concepto sumamente generoso del hermano William E. Berrett en cuanto a qué significa y qué se requiere a fin de ser llamado a ocupar un lugar en el reino. Cuando yo era niño, oía a los Hermanos hablar acerca de los pilares de la Iglesia. Bien, me preguntaba qué era eso. Yo pensaba que debía ser una cosa maravillosa ser un pilar. Supongo que encontrándome en el cargo en el que me encuentro hoy día, yo soy uno de aquellos que yo imaginaba como pilar, uno que tiene la responsabilidad de mostrar el camino hacia arriba, de dar fuerza al reino. A veces tenemos que pasar por una serie de pruebas, tal como el apóstol Pablo dijo del Maestro: “Aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (Hebreos 5:8-9). Creo que a veces tenemos que pasar por pruebas y tribulaciones a fin de ser purgados de aquello que sería desobediencia. De manera que un testimonio no es algo que uno obtiene hoy y ya lo tiene para siempre; el testimonio cambiará. Crecerá con mayor brillo y fuerza, aun hasta ser un conocimiento perfecto, o disminuirá hasta la nada, dependiendo de lo que uno haga con él.

Cuando llegué a esta posición como miembro del Quórum de los Doce, se me dijo que mi responsabilidad principal ahora era la de dar testimonio de la misión divina del Señor y Salvador del mundo. Eso fue una concepción casi abrumadora en cuanto a lo que significaba ser miembro del Quórum de los Doce Apóstoles. Se me asignó dar el discurso el domingo de Pascua por la noche después de la conferencia general. Al encerrarme en una de las salas del edificio de las oficinas de la Iglesia, busqué mi Biblia y leí en los cuatro Evangelio la vida del Maestro, en particular lo concerniente a su crucifixión y resurrección. Y mientras leía, me di cuenta de que algo diferente estaba sucediendo. Ya no se trataba de un relato de los hechos del Maestro, sino que comprendí que ahora yo tenía una comprensión de algo que no había conocido a fondo antes. Parecía que yo revivía el relato. Sentía intensamente las experiencias mismas que estaba leyendo. Cuando terminé de hablar aquel domingo en cuanto a la misión divina del Señor, dije: “Y ahora, como uno de los menores entre vosotros, declaro con toda mi alma que yo sé…” Yo sabía con una certeza que nunca había conocido antes. Si eso era la palabra profética más firme que yo había recibido, no lo sé. ¡Pero era con tal convicción!. Más poderoso que la vista es el testimonio del Espíritu Santo que testifica al espíritu de uno mismo que Dios vive, que Jesús es el Cristo, que ésta es ciertamente la obra de Dios. Yo lo sabía porque lo había sentido, y había nacido en mi alma un testimonio que no podía negar.

En vosotros, maestros, en vuestras manos depositamos una enorme confianza. No a traicionéis. Sed leales; sed tan leales como el bufón de aquel viejo rey que había comido como un glotón y dormitaba en su trono, ebrio con el vino fuerte. El bufón, el tonto que tenía como encomienda hacer comentarios risibles y entretener a los viejos reyes, se quitó su gorro y campanillas en un gesto burlón de sumisión y dijo: “Oh, rey, sé leal a lo real que hay en ti.” Repito al finalizar hoy: vosotros maestros de los jóvenes de Sión, sed leales al llamamiento real al cual habéis sido llamados en esta Iglesia para edificar el reino de Dios, ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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