Educación religiosa: un punto de vista de los Santos de los Últimos Días

Educación religiosa:
un punto de vista de los Santos de los Últimos Días

Por el élder Joe J. Christensen
(Commissioner’s Lecture Series, Provo, Utah: Brigham Young University Press, 1974)

Es un sincero honor estar aquí bajo estas circunstancias. Ruego que el mismo Espíritu esté con nosotros esta noche, aquel que el Señor prometió a sus discípulos en estas palabras: “Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13), y “él [el Espíritu Santo] os enseñará todas las cosas” (Juan 14:26). Que podamos ser guiados por el Espíritu el cual puede venir mediante “la oración de fe” y sin el cual no deberíamos enseñar (véase D. y C. 42:13-14). Si así somos bendecidos, ésta puede ser una experiencia educativo-religiosa.

Por el estímulo de esta asignación, expreso profundo aprecio a Neal A. Maxwell, (Comisionado de Educación para la Iglesia), hacia quien siento el más elevado respeto y consideración. Además, debo reconocer la contribución de muchos líderes y colegas en el campo educativo de la Iglesia, pasados y presentes, cuyos escritos he leído y cuyo consejo he recibido. Expreso mi gratitud a ellos, colectivamente. Sin embargo, sé que después del proceso de investigación y elección, debo tomar plena responsabilidad por lo que sigue.

Aunque ciertamente no concordamos con todo lo que ha escrito, encuentro mucho sentido en esta cita de Reinhold Niebuhr:a

La religión es siempre la búsqueda del significado de la vida; y el significado de la vida debe encontrarse en términos de la relación del hombre con su mundo total. Todo lo que sea menos que eso resulta en una religión de idolatría, en la interpretación de la vida en términos de algún centro y fuente de significación subordinado.

El problema religioso es, por lo tanto, el punto supremo en la educación. Es la interrogante de cómo las distintas vitalidades e intereses de la existencia humana deben ser organizadas e integradas y cómo deben relacionarse al todo de la sociedad humana y al todo de las fuerzas y posibilidades del mundo.1 (Itálicas agregadas.)

Alfred North Whiteheadb sostuvo que “la esencia de la educación es que sea religiosa”. Nosotros todos somos producto de un proceso educativo-religioso. Durante los meses y/o años en los que hemos estado en contacto con el evangelio restaurado de Jesucristo, hemos llegado a aceptar toda una serie de creencias pertinentes al significado de la vida, la cual tiene una profunda influencia en nuestro punto de vista. Como resultado de estas creencias, consideramos las cosas en forma particular. Tenemos un punto de vista propio de los Santos de los Últimos Días”.

En el campo de la educación religiosa, como en casi todos los campos de consideración, cualquier Santo de los Últimos Días que esté aunque sea informado en forma moderada, tiene un punto de vista, sea que el asunto concierna a la naturaleza de Dios, el hombre, el problema de la maldad, la guerra, el trabajo, las mujeres, el aborto, la moral, la dieta, los códigos de salud, el bienestar, el gobierno, el dinero, la familia o la educación. De lo tangible a lo intangible, de lo público a lo privado, de lo  mundano a lo sublime, desde el ahora hasta el más allá, los Santos de los Últimos Días tenemos un punto de vista particular porque lo que creemos se relaciona a las interrogantes e intereses básicos del hombre.

Emmanuel Kantc, en su Crítica a la razón pura, indica que “el interés total de la razón, especulativa como práctica, se enfoca en las tres preguntas siguientes:

  1. ¿Qué puedo saber?
  2. ¿Qué debo saber?
  3. ¿Qué puedo esperar?”

Y posteriormente, conferenciando en cuanto a la lógica, escribió que estas tres preguntas podrían unirse en una sola:

“¿Qué es el hombre?”2 Nuestra fe se ocupa directamente de estas preguntas. En consecuencia vosotros tenéis una opinión; tenéis un punto de vista particular de los Santos de los Últimos Días porque vuestra teología personal y vuestro sistema de valores os da respuestas satisfactorias a estas preguntas básicas. En vuestra propia mente, invito a que evaluéis el impacto de vuestras creencias en términos de los credos tradicionalmente “cristianos”. Por ejemplo: Uno nunca vuelve a ser el mismo después de llegar a la seguridad de que es literalmente un hijo espiritual de nuestro Padre Celestial, que Jesús es el Cristo, con todo lo que ese título de “Cristo” encierra en sí; que José Smith fue en realidad un profeta moderno; y que ésta, la iglesia de Jesucristo, es guiada por profetas vivientes hoy en día.

Pensad en el significado de los conceptos nuestros en cuanto a la existencia preterrenal, el progreso eterno, la inteligencia, el libre albedrío, el matrimonio y familia eternos y el sacerdocio no profesional, sólo por mencionar algunos. Tales creencias están entre aquellas que se encuentran en el corazón de nuestra enseñanza educativo-religiosa y de nuestro compromiso. Ellas son la clase de creencias trascendentes que no pueden ser aceptadas ni enseñadas eficazmente sin la influencia del Espíritu. Están dentro de los límites donde el Espíritu confirma y refuerza. Son creencias que en realidad dan forma a nuestros pensamientos, a nuestras vidas y hechos cada día de la semana. Y ellas se dirigen hacia las preguntas fundamentales que los hombres se han hecho durante años.

Como resultado de algunos pensamientos de la lectura de todo lo que pude encontrar y gracias a lo que las Autoridades Generales y muchas otras personas han escrito sobre el tema de la educación religiosa, he llegado a algunas conclusiones. Entre ellas se encuentran las siguientes:

  1. Esta es una iglesia que cree en la educación.
  2. Toda educación verdadera es esencialmente religiosa y toda religión verdadera es esencialmente educativa.
  3. Todos los que enseñan la verdad son, en un sentido real, “educadores religiosos” porque el evangelio de Jesucristo abarca toda verdad.
  4. En esta iglesia sin clero profesional todos somos maestros de religión y debemos enseñar las verdades del evangelio con claridad y con una fuerza constante.
  5. Además de llegar a estar bien instruidos, deberíamos tener como nuestro objetivo llegar a ser “teólogos profundos”… y eso requiere esfuerzo.
  1. Esta es una iglesia que cree en la educación

No es falto de significado el hecho de que en esta Universidad Brigham Young discutamos acerca de la educación religiosa, pues en muchas maneras la elevada inversión que la Iglesia ha hecho para proveer estos magníficos edificios, un excelente cuerpo docente y el extenso programa de estudios, se ve como evidencia poderosa y tangible de que esta Iglesia ciertamente cree en la educación. En mi mente no hay duda alguna respecto a que la educación es un componente vital de la vida plena. De hecho, la adquisición de educación en su más amplio sentido está en el corazón de las razones más importantes que justifican la existencia terrenal del hombre.

El presidente McKay en su discurso pronunciado en la sesión del sacerdocio de la conferencia de abril de 1968, indicó que “la Iglesia defiende la educación. El mismo propósito de su organización es promulgar la verdad entre los hombres.” Desde los comienzos de la historia de la Iglesia, así ha sido. El presidente John Taylor resumió eficazmente la actitud de la Iglesia hacia la educación.

¿Buscáis conocimiento? Sí, tal como yo lo haría por un tesoro escondido. ¿Querríais que la gente se familiarice con las artes y las ciencias, etc.? Sí. Queremos educar de tal manera a nuestros hijos, y si es necesario hacer sacrificios nosotros mismos con ese fin, para que ellos lleguen a ser hombres y mujeres capaces de enfrentarse intelectualmente con cualquier persona que vive sobre la tierra.

El presidente Wilford Woodruff dijo: “Nuestra religión abarca toda verdad en el cielo, en la tierra o en el infierno; abarca toda verdad…”4 Esta aseveración sirve como ejemplo de docenas de declaraciones similares hechas por casi todos los Presidentes de la Iglesia. Esta creencia fundamental explica en gran medida el énfasis que la Iglesia ha puesto sobre la educación.

Yo me emociono con el estudio de un pueblo que, aunque expulsado y perseguido, mantuvo un compromiso constante con la educación a todo nivel. Cada profeta de la Restauración ha mostrado mediante palabra y acción que están, y estuvieron, justificados los inmensos sacrificios que se han hecho para asegurar que los miembros de la Iglesia sean no solamente capaces de leer sino tan educados y cultos como sea posible. En la primera edición del primer volumen del primer periódico publicado por la Iglesia, el Evening and Morning Star, apareció un artículo intitulado “Escuelas públicas”. Me gustaría citar unas cuantas líneas tomadas de aquella antigua publicación y, a medida que lo haga, recordad que esto fue publicado en Independence, Misuri, en los límites rudos y burdos de nuestros inhabitados territorios occidentales en 1832:

Los discípulos no deben tardar en preparar escuelas para sus hijos, a fin de que se les pueda enseñar tal como agrada al Señor, y sean criados en la senda de santidad. Aquellos llamados para seleccionar y preparar libros para el uso de las escuelas, atenderán ese asunto tan pronto como sean terminados algunos asuntos de más gravedad. Sin embargo, los padres y tutores, en la Iglesia de Cristo, no esperarán: es sumamente importante que los niños, para llegar a ser buenos, aprendan a seria Moisés, mientras entregaba las palabras del Señor a la congregación de Israel, dijo a los padres: “Pondréis estas mis palabras en vuestro corazón y en vuestra alma, y las ataréis como señal en vuestra mano, y serán por frontales entre vuestros ojos. Y las enseñaréis a vuestros hijos, hablando de ellas cuando te sientes en tu casa, cuando andes por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes” (Deut. 11:18-19). Si era necesario entonces enseñar a sus hijos diligentemente, ¡cuánto más necesario lo es ahora, cuando la Iglesia de Cristo debe ser un pendón, sí, aun un ejemplo para el mundo, un ejemplo de bien! Una palabra debería ser suficiente para el sabio, pues los hijos pronto llegan a ser hombres y mujeres. Sí, ellos son quienes deben seguirnos y efectuar las tareas que no solamente corresponden a este mundo sino a la segunda venida del Salvador, aun preparándose para el día de reposo de la creación y para la eternidad.5 (Itálicas agregadas.)

Tratándose de la educación, nosotros como Santos de los Últimos Días somos recipientes de una herencia excepcional porque ese mismo interés intenso y diligente hacia la educación de los miembros de la Iglesia, ha existido desde el comienzo, fuera que la Iglesia estuviera luchando contra los elementos, la enfermedad, la persecución, la desilusión o la apostasía. Se establecieron aulas en la frontera de Misuri, en la pobreza de Ohio, en los pantanos de Illinois y en el frío de Winter Quarters; en carretas con toldos cruzando las llanuras y en cabañas de troncos y en cuevas; desde el centro del valle de Lago Salado hasta las colonias de la periferia en el estado de Utah, en las porciones pobladas significativas de Arizona,, Nevada, Idaho y Wyoming, y aun en México y Canadá.

Sí, esta es una iglesia que cree en la educación, y aunque nuestras tácticas, medios de comunicación y circunstancias económicas varían grandemente de los de la Iglesia joven de hace tantos años, nuestra estrategia y metas son precisamente las mismas. La religión, la religión verdadera, está en el corazón de nuestros esfuerzos e investigación.

Fue en 1832 que el profeta José Smith recibió la revelación contenida en la sección 88 de Doctrinas y Convenios. En ella notaréis este mismo énfasis en cuanto a la educación con raíces religiosas. En mi opinión, ningún tratado desde el punto de vista de los Santos de los Últimos Días en cuanto a la educación sería completo sin referencia a esta declaración significativa. Recordad, se nos aconsejó que “os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino” y también

de cosas tanto en el cielo como en la tierra, y debajo de la tierra; cosas que han sido, que son, y que pronto han de acontecer; cosas que existen en el país, cosas que existen en el extranjero; las guerras… perplejidades… los juicios… y también, el conocimiento de los países y los reinos… enseñaos el uno al otro palabras de sabiduría; sí, buscad palabras de sabiduría de los mejores libros; buscad conocimiento, tanto por el estudio como por la fe (D. y C. 88:77-79, 118).

Uno no puede sino notar el soplo de énfasis educativo en este mensaje dado en las Escrituras y que todo él surge de raíces religiosas. Como Santos de los Últimos Días, nuestra herencia educativa es esencialmente religiosa.

  1. Toda educación verdadera es esencialmente religiosa y toda religión verdadera es esencialmente educativa

En mi opinión, las raíces de toda educación a través de los siglos, son esencialmente religiosas. La educación, y de hecho la educación religiosa, ha existido desde tiempo inmemorial. No sé de cultura alguna, primitiva o de otra clase, que no esté interesada al menos en la educación informal, y en cada caso con el que me he familiarizado, incluyendo las culturas primitivas, han dado un énfasis especial a la educación religiosa. Ciertamente no quiero decir con esto que toda educación en toda cultura haya estado basada en la verdad. De hecho, ha habido muchos abusos al grado de que algunos de los pecados más graves del hombre contra él mismo han sido cometidos en el nombre de la religión. Posiblemente ésta sea una de las razones básicas por las que en nuestra sociedad actual observamos el fenómeno de un esfuerzo consciente por secularizar la educación, poniendo así en peligro el desarrollo mora! y el carácter de la gente. Platón mismo, en su época, definió a la educación como la enseñanza de aquellos principios de carácter y moral, “juzgados y confirmados correctos por la ley y por la experiencia de los mayores y más justos”.6 Hoy en día es dolorosamente evidente que vivimos en una época en la que, como observó Alvin Tofflerd, el ritmo de cambio y este proceso de secularización han llegado a un punto en nuestra civilización en el que las instituciones están invertidas, los valores han sido cambiados y las raíces más significativas de la vida han desaparecido.7

Naturalmente, creo que lo que necesitamos como sociedad humana es una educación verdadera y una verdadera religión, porque sostengo que toda educación verdadera es esencialmente religiosa y toda verdadera religión es esencialmente educativa. Así ha sido desde la época en que Adán comenzó a enseñar a sus hijos todas las cosas (véase Moisés 5:12) y así siempre será.

  1. Todos los que enseñan la verdad son en un sentido muy real, “Educadores religiosos”

Ahora me gustaría dirigirme a vosotros los que habéis elegido la pedagogía como profesión, sin considerar cuál pueda ser vuestra disciplina académica. Recordaréis que ya se ha hecho referencia al hecho de que el evangelio de Jesucristo abarca toda verdad.

Aunque estoy convencido de que hay una disciplina educativo-religiosa que principalmente se ocupa de aspectos tales como Dios, la naturaleza del hombre, la fe, las Escrituras, la moral y el desarrollo del carácter, también opino que la inspiración y la experiencia religiosa no están confinadas a las disciplinas de la religión, la doctrina y la teología únicamente. Aparte de vuestra disciplina académica, si ciertamente estáis buscando e impartiendo la verdad, en un grado o en otro sois educadores religiosos.

Sería conveniente también que vosotros que enseñáis lo que algunos describirían como una disciplina educativa “no-religiosa”, buscaseis el Espíritu del Señor en oración antes de entrar en vuestro estudio, laboratorio, biblioteca o aula. Como recordáis, Jesús dijo que el Espíritu que El prometía guiaría en toda verdad. En mi opinión eso incluye a cualquier verdad en cualquier materia. Estoy convencido de que se descubriría más verdad, se enseñaría mejor y se aprendería más, si ese Espíritu lo adquiriera tanto el maestro como el alumno. Lo que vosotros enseñáis podría tener grandes consecuencias educativo-religiosas.

Recuerdo con entusiasmo la experiencia que tuve en mi segundo año universitario, experiencia que confirmó mi fe y que ocurrió en un curso de fisiología humana. Nunca antes el milagro de la vida humana y del cuerpo me había impresionado con tal poder y convicción. Nunca supe cuál era la creencia religiosa del profesor, pero jamás olvidaré el impacto ocasionado en mi vida por lo que aprendí y sentí. Aquel maestro fue un instrumento para ayudarme a recibir un compromiso espiritual aumentado en cuanto a que el génesis de la vida debe ser acreditado a un Creador magnificente y no a la casualidad.

Encontré gran inspiración en una clase de física y descubrí mayor reverencia en cuanto a la creación en un curso de geología. Nunca olvidaré lo que considero una experiencia educativo-religiosa que encontré estudiando lengua y literatura española, con uno de los maestros más eficientes y exigentes que he conocido en esta universidad. Lejos de destruir la fe, descubrí que mi experiencia con la sicología y la filosofía se tornaban para mí en fuentes de fuerza para mi fe. Y sin turbación alguna, confieso que ocasionalmente mis ojos se llenaron de lágrimas con lo que yo describiría como otra experiencia espiritual: el descubrimiento de la belleza de algunas selectas poesías, trozos literarios y música creada por los grandes maestros.

Si nosotros como estudiantes y maestros considerásemos en general a la educación bajo esta amplia perspectiva, ¿podéis imaginar cuánto más espiritual y emocionante serían la vida y la experiencia de aprender? La búsqueda de la verdad sería constante y, aunque reconocemos que gran parte de las cosas enseñadas o escritas hoy en día son de poco valor eterno, nos sentiríamos motivados a continuar nuestra búsqueda de ideas y de verdad pasando por un cernidor todo tipo de desperdicio que pudiera haber a fin de encontrar los granos de trigo para alimentarnos o las perlas de pensamiento en las cuales regocijarnos. Entonces nuestro aprendizaje o educación podría llegar a ser una “experiencia religiosa” y una fuente de satisfacción inmensa. Concordaríamos con el presidente John Taylor en que poco importan “las palabras que usan [los hombres] o si la verdad viene de espaldas o de frente”, nosotros no seríamos “tan exigentes”8. Habría menos tendencia a que estudiáramos y trabajásemos motivados por los “títulos ostensibles” sino más bien estudiaríamos y trabajaríamos porque eso es lo que se espera de un hijo espiritual inteligente de nuestro Padre Celestial, poseedor de la gran meta de llegar a ser perfecto, aun en conocimiento y sabiduría. A pesar de la disciplina que poseáis, vosotros que os ocupáis de la verdad sois, en un sentido muy importante y real, educadores religiosos.

Antes de pasar al aspecto siguiente, me gustaría dar énfasis a un punto a fin de no ser malentendido y es que, aunque las verdades pueden encontrarse y ser enseñadas en todas las disciplinas, no todas las verdades son de igual valor o importancia aun dentro de la misma disciplina. Neal A. Maxwell (Comisionado de Educación para la Iglesia) en su último libro, The Smallest Part, escribe:

“…gran parte de la corriente que fluye de las fronteras del conocimiento es de mucho valor, pero en el diluvio de información hay también muchas verdades insignificantes…

“Una cosa puede ser ambas cosas: verdad e insignificancia. Por lo tanto, así como existe, usando las palabras de Jesús, “lo más importante de la ley”, ¡hay también verdades de “mayor importancia”!…

“El evangelio de Jesús dirige nuestra atención a la realidad de que hay una distinción entre las verdades; algunas son sencillas y eternamente más significativas que otras.”9

  1. En esta iglesia sin clero profesional, casi todos somos maestros de religión

Ahora me gustaría enfocar la atención en todos nosotros que somos miembros de la iglesia de Jesucristo. Como bien sabéis, en esta iglesia sin clero profesional, los miembros recibimos asignaciones para enseñar las verdades de mayor importancia: la clase de verdades que finalmente nos hace libres. El Salvador resucitado decidió dar a sus discípulos —aquellos hombres comunes a quienes había llamado apartándolos de sus redes y mesas de cobro de impuestos— una encomienda final y solemne antes de ascender a su Padre, y fue la de “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura” (Marcos 16:1 5; Mateo 28:19). En nuestra época hemos recibido el mismo mandamiento en la sección 68, versículo 8 de Doctrinas y Convenios. Se nos ha dicho también mediante los profetas modernos que cada uno de nosotros debe ser un misionero. Esta es una iglesia que enseña. El presidente McKay dijo:

“Somos una iglesia de maestros. En el hogar de los Santos de los Últimos Días es menester que el padre y la madre sean maestros del mundo: requerido expresamente así por la revelación del Señor. Cada organización auxiliar, cada quórum está compuesto por un cuerpo de hombres y mujeres o de hombres que en el sentido final de la palabra son maestros…10

Siendo que todos somos o seremos maestros de religión, ¿cómo podemos asegurar nuestro éxito? Primeramente, como maestros debemos ser lo que esperamos que lleguen a ser nuestros alumnos. En muchos lugares donde se imparte la educación secular de hoy día, se ha perdido el énfasis que debe existir sobre el maestro, sus normas y su vida personal, y algunos educadores afirman que la forma en que un maestro vive o se comporta fuera del aula no debe ser de interés para los padres o para los directores de la escuela donde enseña. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días no aceptamos, ni nunca aceptaremos, ese punto de vista. A fin de ser más eficaces como educadores religiosos, el maestro debe ser lo que espera que sus alumnos lleguen a ser. Si nosotros no estamos en una posición fuerte espiritual, moral e intelectualmente para enseñar en esa forma, no tendremos tanto éxito como desearíamos o como deberíamos tener.

Cuando leí por primera vez Don Quijote de la Mancha, de Cervantes, me sentí impresionado por la respuesta de Sancho Panza al encendido sermón de Don Quijote en cuanto a la divinidad interna del hombre. Sancho bostezó y dijo: “Bien predica quien bien vive, y yo no sé otras teologías.”11

Ahora, me gustaría ofrecer algunas sugerencias en cuanto al éxito para enseñar el evangelio, y al hacerlo traigo a colación el pensamiento y mensaje del finado presidente J. Reuben Clark, hijo. Hace más de treinta años él dio un discurso ante los maestros de seminarios e institutos de la Iglesia, intitulado “El curso trazado por la Iglesia en la educación”. Esta es una obra clásica en su género, y con respecto al principio que enseña, creo que tiene la misma importancia hoy día como cuando fue pronunciado, y se aplica a todos los que enseñan el evangelio. Vosotros haríais bien leyéndolo y releyéndolo todo. Citaré algunas partes:

“Los jóvenes de la Iglesia, vuestros alumnos, son en la gran mayoría sanos de pensamiento y espíritu. El problema principal es mantenerlos sanos, no convertirlos.

“Los jóvenes de la Iglesia están hambrientos espiritualmente y ansiosos por aprender el evangelio, y lo quieren puro, sin mezcla.

“Quieren saber en cuanto a los puntos fundamentales que he mencionado. . . quieren obtener testimonios de su veracidad; no son ahora jóvenes con dudas sino con interrogantes, y buscadores de la verdad. La duda no debe ser plantada en su corazón.

“Estos alumnos tienen hambre y sed, tal como sus padres antes que ellos, de un testimonio de las cosas del espíritu y del más allá… Ellos sienten mediante el espíritu que poseen, que el testimonio que buscan es engendrado y alimentado por el testimonio de otros. . . un testimonio vivo, ardiente y honesto de un hombre justo temeroso de Dios, de que Jesús es el Cristo y que José fue el profeta de Dios, esto equivaldría a más que mil libros y conferencias destinados a rebajar al evangelio a un sistema de ética, o que busca razonar la infinidad.

“Nuestros jóvenes no son espiritualmente unos niños; ellos marchan bien hacia la madurez espiritual normal del mundo. Tratarlos como niños espiritualmente, tal como el mundo podría tratar a otro grupo de jóvenes de la misma edad, es, por lo tanto, un anacronismo.”12

Si deseamos tener éxito al enseñar estos asuntos de mayor importancia, nuestra vida debe ser un ejemplo y debemos dar énfasis a la verdadera doctrina, enseñada con la ayuda del Espíritu y con testimonio.

  1. Todos deberíamos llegar a estar bien instruidos en religión.

Los jóvenes de hoy en día, tanto en la Iglesia como fuera de ella, están haciendo algunas importantes preguntas fundamentales. Un autor que no es miembro de la Iglesia, Phillip Phenix,e escribe:

“La clase de preguntas que muchos estudiantes serios están haciendo hoy en día es: ‘¿Qué es lo que realmente vale la pena? ¿A qué se concreta realmente la existencia? ¿Cuál es el significado de la situación humana?’ ”13

En términos del mundo y ciertamente en términos de los miembros de la Iglesia, no podemos contestar plena y eficazmente estas preguntas sin haber llegado a estar bien instruidos en los principios básicos del evangelio de Jesucristo. En realidad no hay conocimiento de mayor importancia. Debemos llegar a conocer la misión de Cristo y su mensaje. Debemos llegar a ser verdaderos cristianos. Poco antes de su fallecimiento, Patrick Henryf hizo una declaración que creo él diría con mayor sentimiento hoy en día como resultado de lo que ha aprendido desde entonces:

“Ahora he legado toda mi propiedad a mi familia. Hay una cosa más que me gustaría dar a los míos y eso es la religión cristiana. Si ellos tuvieran eso y yo no les hubiera dado ni un chelín, serían ricos; y si no tuvieran eso y yo les diese el mundo entero, serían pobres.”14

Más que en cualquier otra disciplina, tenemos que llegar a ser instruidos en aquellos campos que nos ayuden a llegar a ser cristianos conocedores. En 1838 nos fue dicho por un miembro de la Primera Presidencia que “el Señor nunca tuvo la intención de levantar una sociedad de ignorantes”15. Me gustaría compartir con vosotros algunas citas, la mayoría pronunciadas por líderes de la Iglesia, en relación a la importancia de la educación religiosa. Primero, de Brigham Young:

“Hay muchas ramas en el campo de la educación: algunos van a los centros de estudio para aprender lenguas, otros para estudiar leyes o física y algunos más para estudiar astronomía y distintas ramas de las ciencias… sin embargo, nuestro estudio favorito es el de aquella rama que pertenece particularmente a los élderes de Israel, esto es, la teología. Cada élder debería llegar a ser un teólogo profundo. . . debería entender esta rama mejor que a todo el mundo.”16

Luego, de John A. Widtsoe:

“El hombre cuya mente solamente ha sido entrenada puede compararse al barco que tiene grandes motores y una enorme hélice lista para empujar a la nave hacia adelante, pero sin timón, sin cartas marinas, sin brújula o destino fijo. Cuando agregamos al hombre así entrenado, conocimiento espiritual, entonces es como si añadiéramos al barco, con su maquinaria maravillosa, una brújula, una carta marina, un timón y una inteligencia que controle toda la maquinaria, arriba y debajo de la cubierta, de manera que la nave pueda alcanzar un puerto seguro, de acuerdo con un propósito definido.”17

“Es paradójico que los hombres alegremente dediquen tiempo día con día durante muchos años para aprender una ciencia o arte, sin embargo, esperan obtener el conocimiento del evangelio, que comprende a todas las ciencias y artes, mediante miradas superficiales a los libros o escuchando ocasionalmente algunos sermones. El evangelio debería estudiarse más intensamente que cualquier disciplina. Quienes opinan sobre el evangelio sin haberle dedicado estudio esmerado y minucioso, no son amantes de la verdad y sus opiniones carecen de valor.”18

Y del presidente J. Reuben Clark, hijo:

Hay conocimiento espiritual así como hay conocimiento material y el uno sin el otro no es completo; sin embargo, hablando por mí mismo, si yo solamente pudiera tener una sola clase de conocimiento, el que elegiría sería el espiritual, porque en el más allá tendré oportunidad en la eternidad que viene de obtener el otro, y sin el conocimiento espiritual aquí, mis imposibilidades en el más allá serían demasiado grandes para poder vencerlas.19

Todas estas declaraciones concuerdan con el pensamiento expresado por Tomás de Aquino9 hace siglos cuando escribió:

“Hasta ahora, el más escaso conocimiento que pueda obtenerse de las cosas más elevadas, es más deseable que el conocimiento más seguro obtenido en cuanto a cosas más bajas…20

Finalmente, y en forma breve, el presidente Joseph Fielding Smith escribió: “¿Qué significa conocer el evangelio?… Primero, significa la diferencia entre la vida eterna y la muerte eterna.”21

Deberíamos esforzarnos por ser verdaderos estudiantes, estudiantes como no hay otros. En lugar de dejarnos ir a lo neutral o andar por inercia en las clases de religión, ya sea aquí en la Universidad, en las clases de instituto o seminario, en los quórumes del sacerdocio, en las noches de hogar para la familia o en las Escuelas Dominicales, deberíamos poner un mayor esfuerzo y estudiar como en ningún otro campo. El tema merece de nosotros el mejor esfuerzo espiritual e intelectual que podamos aportar; pues si nosotros, en esta iglesia sin clero profesional, no llegamos a ser hábiles en aprender el evangelio de Jesucristo, ¿quién lo será en la tierra? Si los élderes de Israel no llegan a ser “teólogos profundos”, ¿quién lo será en la tierra? Si vosotras madres y futuras madres no aprendéis el evangelio suficientemente para enseñarlo a vuestros hijos, ¿quién lo hará en esta tierra? Y si vosotros misioneros no aprendéis el mensaje que el Señor desea que enseñáis, ¿quién lo hará? Muchos descubren dolorosamente lo que es obvio: ¡no se puede enseñar bien aquello que no se conoce!

Conclusión

Ahora, para concluir, enfrentemos este asunto. Como sociedad, estamos sumergidos en algunos problemas graves. Existe un debilitamiento claro en la capacidad de las iglesias institucionalizadas para influir en sus miembros a nivel de la conducta personal. Vemos amplia evidencia de que muchos en círculos públicos y privados no se conducen de acuerdo con la moral judeo-cristiana y con los valores éticos. Examinad cualquier diario y sabréis lo que quiero decir.

Hay muchos en el campo de la educación secular hoy en día que creen que la verdad es relativa según la época, cultura y circunstancias. Oímos hablar de “ética de situación”, de individuos que dicen que las circunstancias particulares determinan el grado de “corrección” o “incorrección” de los hechos, o que tal vez sea bueno para vosotros pero no bueno para mí, o que tal vez haya sido bueno para mí en el pasado pero no lo es en la actualidad. Hoy día vemos recalcar demasiado en nuestros esfuerzos educacionales “lo que es”, en detrimento o exclusión de “lo que debería ser”, a tal grado que en muchas maneras nuestra existencia como pueblo civilizado está amenazada. Cierto es, como alguien dijo, que una de las debilidades de América hoy día es que “apuntamos a la nada y damos en el blanco con certeza”. Mucho de lo que hacemos en el campo de la educación en nuestra sociedad, carece de dirección o compromiso intrínseco.

No es así con La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, pues sostenemos que hay verdades absolutas. En otras palabras, hay principios eternos; nunca cambian; son los mismos de ayer, hoy y siempre en todas las culturas, en todas las épocas y en todos los lugares. Los mandamientos, las normas, la palabra de Dios permanecen firmes e inmutables. Alguien ha dicho que la Iglesia no está sino a una generación de distancia de su extinción y así es si las verdades no son enseñadas eficazmente a cada generación que la sucede. En otras palabras, debe existir un programa educativo-religioso eficaz. Recordad que Niebuhr dijo: “La religión es siempre la búsqueda del significado de la vida… el problema religioso es, por lo tanto, el punto supremo en la educación.”

Creo que una de las principales razones por las que muchos en el mundo han sido tan debilitados en su fibra moral es porque no han tenido en función en la sociedad un programa educativo-religioso eficaz basado en principios verdaderos. En La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, tenemos eso; y además, estamos comprometidos. Nuestros líderes están comprometidos. No nos disculpamos ante nadie por planear, organizar e invertir nuestros recursos de tiempo y dinero, recorremos incontables kilómetros para acompañar a los niños a la Primaria, para ir a seminarios a primera hora de la mañana, para concurrir a actividades de Escultismo patrocinadas por la Iglesia, para asistir a las Escuetas Dominicales, a las reuniones sacramentales y a las actividades de los quórumes. Imprimimos por millares manuales para los padres y maestros a fin de que los usen para impartir enseñanza. Establecemos seminarios, institutos de religión, colegios y aun esta universidad. ¿Por qué? Para que estas verdades puedan ser enseñadas y aprendidas; para que puedan ser creadas las circunstancias en las que el Espíritu pueda testificar a todos nuestros espíritus en cuanto a las verdades eternas del evangelio. Este “Espíritu” es realmente el rasgo distintivo básico de la verdadera educación religiosa. Sin él no podemos tener éxito y cuando nuestros maestros y alumnos lo tienen, no pueden fracasar. Nuestro curso está trazado y nuestras metas están establecidas.

Todo el esfuerzo educativo-religioso de la Iglesia enfoca su atención en Cristo y lo hace hoy en día tal como fue en la época del Libro de Mormón hace siglos:

“Porque nosotros trabajamos diligentemente para escribir, a fin de persuadir a nuestros hijos, así como a nuestros hermanos, a creer en Cristo y reconciliarse con Dios; pues sabemos que es por la gracia que nos salvamos, después de hacer cuanto podamos;

“Y hablamos de Cristo, nos regocijamos en Cristo, predicamos de Cristo, profetizamos de Cristo y escribimos según nuestras profecías, para que nuestros hijos sepan a qué fuente han de acudir para la remisión de sus pecados” (2 Nefi 25:23, 26).

En resumen, os pido que recordéis que:

  1. Esta es una iglesia que cree en la educación.
  2. Toda educación verdadera es esencialmente religiosa, y toda religión verdadera es esencialmente educativa.
  3. Todos los que enseñan la verdad son en un sentido real, “educadores religiosos” porque el evangelio de Jesucristo abarca toda verdad.
  4. En esta Iglesia, en un sentido bien definido, todos somos maestros de religión y debemos enseñar la verdad del evangelio por precepto y ejemplo, con claridad y con una fuerza constante.
  5. Todos debemos establecer una meta para llegar a estar bien instruidos en religión; debemos tener como nuestro objetivo llegar a ser literalmente “teólogos profundos”… y eso requiere esfuerzo.

Que la vida, mensaje y misión del Salvador siempre sean el centro de nuestros esfuerzos educativos; si es así, el Espíritu que El prometió hace tantos siglos ciertamente nos guiará finalmente a toda verdad. Por esto ruego humildemente en nombre de Jesús. Amén.

REFERENCIAS

1 Reinhold Niebuhr, The Contribution of Religion to Cultural Unity, (Haddam, Conn.: Edward W. Hazen Foundation, 1945,) pág. 5.
2 James Collins, “Philosophy and religion”, Great Ideas Today (Chicago: Encyclopaedia Britannica, 1962), pág. 315.
3 John Taylor, Journal of Discourses, 20:358.
4 Wilford Woodruff, Journal of Discourses, 18:117.
5 Evening and Morning Star, vol. 1 (junio de 1832).
6 Robert Ulich, History of Educational Thought (American Book, 1950) pág. 6.
7 Alvin Toffler, Future Shock (New York: Bantam Books, 1972) pág. 1.
8 John Taylor, Journal of Discourses, 5:262.
9 Neal A. Maxwell, The Smallest Part (Salt Lake City, Utah: Deseret Book Company, 1973), págs. 3-4.
10 David O. McKay, Improvement Era, 59 (agosto de 1956): 557-58.
11 Cervantes, Don Quijote de la Mancha (México, D.F.; Editorial Porrua S.A., 1972) pág. 405.
12 J. Reuben Clark, hijo, El curso trazado por la Iglesia en la educación (México, D.F.: Editorial Deseret, S.C., 1977), págs. 3-4, 6, 9-10.
13 Philiip H. Phenix, “Religion in Public Education: Principies and Issues”, Religious Education, julio y agosto de 1972, pág. 11.
14 David O. McKay, “The Teacher as a Guide in the Search for Life’s Greatest Treasure”, Instructor, 87 (junio de 1952): 161.
15 Sidney Rigdon en The Elders’Journal, vol. 1, No. 4, agosto de 1838.
16 Brigham Young, Journal of Discourses, 6:317.
17 John A. Widtsoe, Conference Report, octubre de 1922, págs. 44-48.
18 John A. Widtsoe, Improvement Era, vol. 72 (septiembre de 1969).
19 J. Reuben Clark, hijo, Conference Report, abril de 1934, pág. 94.
20 Santo Tomás de Aquino, “Summa Teológica”, Great Books of the Western World (Chicago: Encyciopaedia Britannica, 1952), pág. 6.
21 Joseph Fielding Smith, hijo, “What Does it Mean to Learn the Gospel? “, discurso pronunciado en la semana de liderazgo en la Universidad Brigham Young, 15 de junio de 1953, pág. 1.
a Reinhold Niebuhr, teologo americano, nacido en Wright City, Misurí, E.U.A., 21 de junio de 1892; falleció en Stockbridge, Massachusetts, lo. de junio de 1971.
b Alfred North Whitehead, filósofo y matemático inglés; nació en Ramsgate, Isla de Thanet, Ken, Inglaterra, 15 de feb. de 1861; falleció en Cambridge, Massachusetts, E.U.A., 30 de diciembre de 1947.
c Emmanuel Kant, filósofo alemán, nació en Konigsberg, Prusia Oriental, 22 de abril de 1724; falleció allí el 12 de febrero de 1804.
d Alvin Toffler, escritor y profesor americano; nació en Nueva York, 28 de octubre de 1928.
e Phillip Phenix, educador americano, nació en Denver, Colorado, E.U.A., lo. de marzo de 1915.
f Patrick Henry, orador y estadista americano; nació en Sudley, Condado de Hanover, Virginia, E.U.A., el 29 de mayo de 1736; falleció en el Condado de Charlotte, Virginia, el 6 de junio de 1799.
g Santo Tomás de Aquino, teólogo y filósofo católico romano; nació en Roccasecca, Italia, en 1225; falleció en Fossanova, el 7 de marzo de 1274.

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