Es importante tener buenos maestros

Es importante tener buenos maestros

Por el élder Marion D. Hanks
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young el 6 de julio de 1979)

Cuando el hermano Cropper estaba cantando, acompañado por su esposa como suele hacerlo siempre, tuve un buen pensamiento. Me deleito en los buenos pensamientos y éste fue creer en que todos los presentes conocíamos la canción… cada palabra, cada nota. Y sin embargo, cada uno estaba reaccionando con completa sensibilidad y gozo, agradecidos por esta melodía conocida, dulce, fuerte, llena de sentimiento y amada por todos. Vosotros tampoco tenéis que engalanar el evangelio. Es necesario presentarlo con sencillez, inteligencia y sinceridad.

Yo tenía un profesor en la escuela de derecho que había leído el mismo bosquejo durante veinte años por lo menos, incluyendo lo que se encontraba entre asteriscos donde se indicaba “chiste” (chascarrillo) en cuanto a la vaca de la Sra. O’Leary. Y nunca se apartó de aquel bosquejo, ni siquiera en la entonación que le daba. Leía aquella pobre página año tras año. Me gustaría deciros algo; hay ilustraciones y lecciones que tenemos necesidad de conocer y que se encuentran en los diarios y en los buenos libros. Si se trata de un buen libro, sus principios abrirán horizontes llenos de puntos de vista respecto a la vida, los cuales reforzarán, recalcarán y fortalecerán los puntos fundamentales que estamos enseñando. Esa clase de crecimiento continuo en conocimiento es vital para el maestro. Sin embargo, existe el peligro, ¿no es así? , de que tendamos a seguir siempre el mismo camino. ¿Veis alguna antipatía entre la presentación sencilla y maravillosa de lo conocido y la insistente obligación de mantenernos en desarrollo, de mantenernos alertas, perceptivos o susceptibles a lo que flota en el aire? ¿Creemos realmente en la inspiración y en la revelación? Yo sí. Yo creo y lo digo humildemente, que en al9unas ocasiones he sido inspirado para enseñar a mis alumnos los grandes principios fundamentales en una forma que tenía algo que ver con los acontecimientos de la actualidad y que los afectaban a ellos y a mí. Yo lo sabía y ellos también.

Los maestros son importantes y también lo son los alumnos. ¿Conocéis la gran declaración hecha por Ralph Waldo Emerson, hace unos cien años? El dijo: “En el principio teníamos cálices de madera y sacerdotes de oro.” Ahora, dijo, “tenemos cálices de oro y sacerdotes de madera.” Al leer eso, no solamente percibí el estimulante espíritu que acompaña a la gran idea que obsesionaba mi mente, sino un sentimiento muy serio que recorrió todo mi ser. He aplicado ese sentido, sin importar cómo lo haya querido aplicar Emerson, a muchas cosas. Lo he aplicado a los Estados Unidos de América.

Esta mañana mi maravillosa hija mayor me leyó algo en voz alta, de un libro escrito por Irving Stone, llamado Those Who Love (Los que aman). Es la historia de John y Abigail Adams. ¡Qué forma tan dulce, cálida y maravillosa de aprender a amar a la patria! Leemos acerca de sacerdotes de oro que trabajaron en cálices de madera, trece pequeñas colonias, diferentes y llenas de rencor unas contra otras. Ganamos la independencia; mucha gente cree que el principio de nuestra nación fue muy sencillo; pero en realidad no fue así. Ocho años más tarde, Thomas Jefferson, John Adams y Benjamín Franklin estaban en Francia tratando de encontrar una forma de hacer que la nación americana —el gobierno trabajando bajo los Artículos de Confederación— se uniese a fin de poder hacer alguna clase de alianza comercial internacional y aprender a ser una nación. Pero no éramos una nación, éramos trece colonias individualistas y airadas. Algunos hombres tenían visión: eran sacerdotes de oro; así que tomaron lo que había, mediante la gracia de Dios, y finalmente forjaron a otra nación. Tampoco se había logrado la aceptación de la Constitución y ese fue un segundo gran golpe, pero la obra estaba comenzando.

No quiero creer en la segunda mitad de las palabras de Emerson: “Ahora tenemos cálices de oro y sacerdotes de madera”, aplicado a nuestra patria. No quiero creer que tengamos sacerdotes de madera; pero ciertamente tenemos cálices de oro. Nunca hubo en las faz de la tierra, en las páginas de la historia, un pueblo al que le fuera tan bien o una nación que fuera tan fuerte y tuviera tanto por lo que estar agradecida; sin embargo, nos encontramos desalentados, enojados y temerosos. Tal vez no hay mucho que podamos hacer en cuanto a Washington, París, o Hanoi; pero sí hay mucho que podemos hacer en cuanto a la zona en la cual vivimos y la obra que tenemos que efectuar. Por esta razón es tan importante tener maestros. Nosotros podemos ser maestros de oro, no solamente porque se nos emplea para ello, sino porque queremos serlo y estamos deseosos de hacer el esfuerzo. No sólo estamos deseosos, sino que estamos desesperadamente ansiosos de aprender y pagar el precio que se requiere.

Hace un par de meses tuve una gran experiencia en Australia, en una reunión con el hermano Ockey. No lo conocía antes, pero había oído acerca de él. Permitidme hablaros de su influencia como maestro. Yo efectué el casamiento de una joven pareja en el Templo de Salt Lake; y, como siempre antes de un casamiento, les pedí que escribiesen unas líneas acerca de sus vidas, de su historia, por así decirlo; de su educación, si habían cumplido una misión, si sus padres eran miembros de la Iglesia, si ellos eran conversos. Luego les pedí que escribiesen una página o dos expresando sus sentimientos personales. Les dije: “Díganme algo en cuanto a ustedes mismos, su vida y la manera en que se sienten”. Nunca me gusta efectuar un casamiento sin saber algo en cuanto a los contrayentes. Estas declaraciones me llegaron por escrito y voy a leer parte de lo que el novio me narró de su historia.

“Desde aquel entonces he vivido en una granja en Oakley, Idaho. En el colegio mis intereses eran principalmente atléticos, pero ajusté mi horario de manera que pudiera estudiar ocasionalmente y me gradué. Se me asignó el discurso de despedida al finalizar los cursos del ‘64. Fue durante mi primer año en la preparatoria que el testimonio de un maestro de seminario y buen amigo mío, me hizo estudiar el Libro de Mormón y obtener un testimonio de él. Desde entonces mi vida tomó un curso distinto. Después de terminar un año en la Universidad Brigham Young, salí como misionero a Hong Kong por dos años y medio, donde viví con la maravillosa influencia de la familia del presidente de la misión, y regresé a casa en marzo de este año.

“La hermosa joven que estaba arrodillada al otro lado del altar frente a él, escribió:

“Oakley, Idaho, ha sido mi hogar desde mi nacimiento. Los últimos tres años los pasé en la Universidad Brigham Young, y he gozado de cada minuto allí. Mi título me ha ayudado a tener confianza y respeto a mí misma. (Luego ella escribió en cuanto a algunas de sus actividades.) Obtuve interés hacia la Iglesia y adquirí un testimonio de ella mediante mi maravilloso maestro de seminario. Posteriormente él tocó el corazón de mi familia con el evangelio y en 1966 todos fuimos sellados en el templo. Tengo dos hermanas mayores que se han casado en el templo y mi próxima ceremonia es el cumplimiento de todos los sueños de mi vida.”

Yo le escribí una nota al hermano William E. Berret en cuanto a aquel maestro cuando hube averiguado quién era, y el otro día lo conocí. El hermano Ockey ha tenido éxito en la vida, os lo puedo confirmar.

Hay una diferencia entre los maestros; aquí tengo unas líneas que quiero compartir con vosotros. “Cuando Cicerón habla, la gente dice: ‘¡Cuán elocuente!’ Cuando Demóstenes habla, la gente dice: ‘Vamos, pongámonos en marcha’ ”. Los maestros tienen importancia.

Punto número dos. Este es un mundo variante y nadie “ha alcanzado el máximo”. Puedo ilustrar esto en cincuenta formas diferentes, elegiré solamente este interesante ejemplo personal. En 1957 el vuelo número 2 de Pan American, un vuelo alrededor del mundo, requirió de noventa y ocho horas y cuarenta y cinco minutos para completar la vuelta. En 1966 el mismo vuelo, contando con equipo más nuevo, requirió cincuenta y ocho horas y cincuenta minutos. En 1980, si no mejoramos las perspectivas de este día, ese viaje requerirá veintisiete horas y cuarenta y cinco minutos. En esta era no hay ciudad de la tierra que esté a más de doce horas de vuelo de distancia, de cualquier otra ciudad. Las cosas están en marcha en el mundo.

Punto número tres. En vista de esto tenemos una creciente obligación de llegar a aquellos a quienes enseñamos y hacernos sus amigos, y de amarlos, a fin de enseñarles la verdad, de transmitirles la cultura de nuestra Iglesia y sociedad e inspirarles la acción. Tengo algunas muy buenas referencias; elijamos a John Ruskin.

“La educación no significa enseñar a la gente aquello que no sabe; significa enseñarle a comportarse en la forma en que no se comporta. No es enseñar a los jóvenes las formas de las letras y las pruebas de los números y luego dejarlos para que conviertan su aritmética en travesuras y su literatura en lujuria. Significa, por el contrario, capacitar a los hombres en el ejercicio perfecto y en la bondadosa con-tinencia de sus cuerpos y almas. Es una tarea difícil, continua y dolorosa que tiene que efectuarse con bondad, mediante vigilancia, a través de advertencia, mediante precepto, alabanza, y sobre todo mediante el ejemplo.

“El presidente McKay escribió:

“¿Entonces qué es la verdadera educación? Es el despertar del amor a la verdad, un justo sentido del deber, abrir los ojos del alma al gran propósito y fin de la vida. No es enseñar al individuo a amar el bien por el provecho personal que pueda sacarles, es enseñarle a amar el bien por su propio valor; a ser virtuoso en la acción porque se es virtuoso en el corazón; a amar y servir a Dios por encima de todo, no por temor, sino por deleitarse en el carácter perfecto de El (Instructor, agosto de 1961, pág. 253).”

Hay muchos otros ejemplos. Añadiré una cita tomada de la gran obra de historia, escrita por William James Durant, mucho de la cual es recomendable mientras que algunas partes tienen que meditarse y dejarlas por otras ideas mejores; no quiero decir que por mis ideas, sino por ideas del Señor, porque a veces existe algo de conflicto en esto. Hablando en forma general, su obra es un magnum opus. Aquí tengo estos comentarios:

“Consideremos la educación no como el doloroso acumulamiento de hechos, fechas y reinados, ni simplemente como la preparación necesaria del individuo para ganarse su sustento en el mundo, sino corno la transmisión de nuestra herencia estética, técnica, moral y mental, en la forma más amplia posible y al mayor número de personas posible para el mejoramiento del entendimiento del hombre, para el control, embellecimiento, gozo y cumplimiento de la vida.”

Ante la presencia de un mundo cambiante, es nuestro deber enseñar la verdad, transmitir las cosas finas, dulces, las que elevan nuestra cultura, y a la vez inspiran el deseo de la acción.

El punto siguiente: a fin de hacer esto, debernos seguir aprendiendo. He sacado de archivos, libros, portafolios y de entre las cubiertas de los libros canónicos que es donde los guardo, algunas de las verdades más significativas, pertinentes, y aplicables que conozco y las he obtenido recientemente leyendo. Me emocionan con sólo verlas, todas tienen que ver con lo que estarnos haciendo, a veces avivan y elevan nuestra relación con los alumnos. Debo compartir con vosotros un solo ejemplo de alguien que siguió aprendiendo.

En este relato queda ilustrado dónde descubrir vuestro interés y cómo almacenar información apropiada, se trata de una solterona desconocida que insistía en que ella nunca había tenido oportunidad. Una noche balbuceó estas palabras al Dr. Louis Agassiz, distinguido naturalista, después de una de sus conferencias en Londres. En respuesta a su queja, él respondió:

—Señorita, usted dice que nunca tuvo una oportunidad; ¿qué hace usted?

—Soy soltera y ayudo a mi hermana a dirigir una pensión.

—¿Qué es lo que hace?, preguntó él.

—Pelo papas y pico cebollas. El dijo:

—¿Dónde se sienta cuando realiza estas tareas interesantes pero rústicas?

—En el primer escalón de la cocina.

—¿En dónde apoya los pies?

—Sobre los ladrillos vidriados.

—¿Qué es un ladrillo vidriado?

—No lo sé, señor.

—¿Cuánto tiempo se ha sentado usted allí?

—Quince años.

—Aquí tiene mi tarjeta personal —dijo el Dr. Agassiz—. Tenga usted la bondad de escribirme una carta en donde me explique la naturaleza del ladrillo vidriado.

Ella tomó aquello con toda seriedad. Fue a su casa y buscó en el diccionario para descubrir que un ladrillo era un trozo de arcilla cocida. Esa definición le pareció demasiado sencilla para enviarla al Dr. Agassiz; de manera que después de lavar la loza, fue a la biblioteca y en una enciclopedia leyó que los ladrillos vidriados son el resultado de la cocción de caolín y silicato acuoso de aluminio. No sabía qué significaba aquello, pero sintió curiosidad y comenzó a averiguar. Tomó el vocablo vitrificado y leyó todo lo que pudo encontrar sobre esto. Luego visitó museos, y así fue que salió de la ignorancia, como si lo hiciera con alas vitrificadas. Luego de haber comenzado, tomó la palabra acuosa, estudió geología, volvió al tiempo cuando Dios dio inicio al mundo y puso las capas de arcilla. Un domingo por la tarde fue a una fábrica de ladrillos donde encontró a un guardián inteligente que le contc5 la historia de más de 120 tipos de ladrillos y tejas y el porqué hay tantas clases. Luego se sentó y escribió treinta y seis páginas sobre el tema del ladrillo vidriado y de las tejas.

Poco tiempo después recibió la carta del Dr. Agassiz: “Querida señorita, éste es el mejor artículo que he leído sobre el tema. Tenga a bien cambiar las tres palabras marcadas con asteriscos y yo lo daré para que lo publiquen y le pagaré por él.”

Poco tiempo después recibió una carta que contenía 250 dólares, y al pie de la carta había una pregunta escrita a lápiz: “¿Qué había debajo de los ladrillos? “ Ella había descubierto el valor del tiempo y respondió con una sola palabra: “Hormigas.” El volvió a escribir y le dijo: “Cuénteme de las hormigas.”

Y ella comenzó a estudiar las hormigas. Se enteró que había entre mil ochocientos y dos mil quinientos tipos diferentes de hormigas. Que hay hormigas tan pequeñas que uno bien podría poner tres de ellas, una contra la cabeza de la otra, sobre la cabeza de un alfiler y dejar lugar libre para otras hormigas; hormigas de dos centímetros y medio de largo que andan en ejércitos de media milla de ancho, arrasando con todo lo que encuentran a su paso; hormigas que son ciegas; hormigas a las que les nacen alas por la tarde del día en que mueren; hormigas que construyen hormigueros tan pequeños que uno puede cubrirlos con un dedal de plata; hormigas campesinas que ordeñan a sus vacas (pulgones llamados vacas de leche de las hormigas) y entregan el producto fresco en las colonias de las hormigas. Después de leer mucho, después de mucha observación al microscopio y de profundo estudio, se sentó y escribió al Dr. Agassiz 360 páginas sobre el tema. El publicó el libro y le envió el dinero y ella viajó por todas las tierras soñadas que había vislumbrado en sus tediosas horas de trabajo.

Bien, al oír este relato, ¿no sentís intensamente que todos nosotros estamos sentados apoyando los pies sobre caolín y silicato acuoso de aluminio, con hormigas debajo del mismo? Lord Gilbert Keith Chesterton responde: “No hay cosa falta de interés; solamente hay gente sin interés en las cosas.” Mantengámonos aprendiendo.

El siguiente punto es: ¿Por qué? Naturalmente, este es un tema muy grande y yo daré cuatro respuestas: uno, porque nuestra filosofía sobre la educación lo demanda y nuestra filosofía de la vida y la eternidad lo demanda.

He bosquejado de las Escrituras… en siete puntos sencillos, en qué consiste nuestra filosofía de la educación, según yo la entiendo. Comienza con —y éste es el primer punto— las palabras “enviado de Dios” y termina con las palabras “la verdad se demuestra por sí misma en el pensamiento justo y en el bien hacer”.

Punto dos: ¿Por qué aprender? Porque el mundo está en constante movimiento y nosotros debemos mantenernos a su mismo ritmo. Me refiero al mundo del conocimiento productivo, útil. Randall Shalley, vice-presidente de la Universidad Wayne del Estado, comenta en cuanto a las presiones de nuestra sociedad y dice que la totalidad de estas presiones y las tendencias nacionales a su vez reaccionan sobre nuestras instituciones educativas. Todas estas presiones resultan, directa o indirectamente, de los avances sin precedente en el conocimiento y en su aplicación. En tres siglos, de 1600 a 1900, la aplicación de la ciencia y la tecnología han producido más cambio en la forma de vivir de los hombres y en su forma de trabajar, que lo que se produjo en los seis mil años anteriores. Durante los próximos treinta o treinta y cinco años ocurrirán más cambios en cuanto a la forma de vivir y trabajar del hombre, que los que han ocurrido antes en el transcurso de toda la historia. Hay cien veces más cosas para conocer que lo que había en 1900. Al llegar el año 2000 habrá más de mil veces más de conocimiento de todo tipo para anotar, escudriñar, indagar, enseñar y —esperemos— para usar con discriminación y eficacia. De manera significativa se ha calculado que entre el 80 y el 90 por ciento de todos los científicos que han existido a través del tiempo, viven en la actualidad y están trabajando.

Acompañando a este aumento en producción de conocimiento, ha habido un desarrollo comparable de empresas auxiliares agrupadas y caracterizadas como la industria del conocimiento. Ha estado creciendo dos veces más rápidamente que la economía misma. Ha aumentado en un 43 por ciento en cinco años. En la actualidad en todo el mundo se editan casi setenta y cinco mil publicaciones técnicas y científicas en unos sesenta y cinco idiomas. Estas publicaciones contienen anualmente cerca de dos millones de artículos, los cuales se codifican en unos tres mil servicios científicos y técnicos. Eso es sólo para dar una idea.

Tengo un artículo encantador en cuanto a la biblioteca automática que vendrá en el futuro. Os diré lo que dice citando solamente una cosa. Habla en cuanto al tiempo cuando una bibliotecaria se consideraba realizada si tenía de vuelta en los estantes, todos los libros, cada noche. Dice que ahora el bibliotecario o la bibliotecaria se considera realizada cuando cuenta cuántos libros hay prestados fuera de la biblioteca. Esa idea sencilla es interesante, pero oíd esta: En el campo de la química solamente, se ha calculado que un químico que lea un promedio de ocho horas diarias para mantenerse al tanto de los adelantos de su campo, se encontraría, al cabo de un año, diez años atrasado en su lectura. Bien, mejor es que sigamos adelante.

Quiero añadir unas palabras de Joseph F. Smith, entonces Presidente de la Iglesia:

“Entre los Santos de los Ultimos Días hay dos clases de personas, de quienes se puede esperar la predicación de doctrinas falsas, disfrazadas como verdades del evangelio, y prácticamente sólo de tales provienen. Son:

Primero.— Los irremediablemente ignorantes, aquellos cuya falta de inteligencia se debe a su indolencia y pereza, los que sólo hacen un débil esfuerzo si acaso, por mejorarse mediante la lectura y el estudio; aquellos que padecen de esa enfermedad terrible que puede tornarse incurable, a saber, la pereza.

Segundo.— Los soberbios y los que se engrandecen a sí mismos, que leen a la luz de la lámpara de su propia vanidad, que interpretan según reglas por ellos mismos formuladas, que han llegado a ser una ley para sí mismos y se hacen pasar por únicos jueces de sus propios hechos. Estos son más peligrosamente ignorantes que los primeros.

“Guardaos de los perezosos y de los vanidosos; en ambos casos es contagiosa su infección; mejor será para ellos y para todos cuando se les obligue a poner a la vista la señal de peligro, a fin de que sean protegidos los sanos y los que no se han infectado” (Joseph F. Smith, Doctrina del Evangelio, pág. 367).

Thomas Jefferson dijo: “Aquel que piensa que una nación puede ser ignorante y libre, piensa en lo que no es y nunca será.” ¿Por qué aprender? Hay algunas buenas razones.

Punto tres. ¿Cómo aprender? Y aquí no empleo tiempo. Vosotros tenéis trabajando entre vosotros a muchos expertos. Vosotros mismos, muchos de vosotros, sois expertos. Os ofrezco solamente las cinco palabras que he sacado de una vida dedicada a la enseñanza. Para mi gran alegría, en la portada de un viejo texto de inglés referente a la oración, leí lo que ya había aprendido. Las cinco palabras eran designadas como pasos para aprender: (1) leer, (2) escuchar, (3) marcar. (Para mí, marcar significa también anotar, recortar, juntar material). Hacedlo ahora; mañana habréis olvidado dónde lo leísteis y se habrá perdido. Los niños romperán el papel o lo usarán para pintar sobre él. El libro que creéis que recordaréis y en el cual poner el marcador, desaparecerá, o vosotros lo olvidaréis. marcar significa relacionarlo en una forma accesible mientras estáis pensando en él, aunque signifique dejar de hacer algunas cosas que son de menor importancia. Cuarto, organizad. Pensad y unid las cosas. Dadles cohesión, coherencia. Vosotros las cambiaréis más tarde, pero organizadlas ahora. El último paso es absorber. Tal como lo entiendo, significa procrear una fuerza en la corriente sanguínea, expulsar lo que no sirve y moverse con energía. ¿Cómo aprender?

Punto cuarto. ¿Qué aprender? Bajo esta pregunta tengo cuatro puntos. Primero: conocimiento temporal; aquello que llamamos conocimiento pasajero. Necesitamos mantenernos aprendiendo y entender que ninguna verdad debe dividirse o apartarse del evangelio. El evangelio es toda la verdad. Pero hablo de lo que las Escrituras mismas dicen en las secciones 88, 90 y 93 de Doctrina y Convenios donde se habla en cuanto a la historia, a otras naciones, a los idiomas, etc. Debo confesar algo; yo viajo por esta tierra sintiéndome ignorante. He aprendido bastante español como para expresar un testimonio propio de un pequeño de cuatro años, y he aprendido suficiente francés y alemán como para hacer lo mismo en esos idiomas. Tuve una asignación para permanecer en el Oriente durante tres años. Fui allí con la determinación de aprender uno de los idiomas de aquella parte del mundo. Entonces fue que supe que la gente habla cantonés, mandarín, coreano, japonés, siamés, vietnamés y muchos dialectos de las Filipinas. De manera que aprendí a decir algunas cosas y eso fue todo. Soy un ignorante. Y no debo serlo; realmente sé que no debo serlo.

¿Por qué no hacer esto en lugar de alguna de las otras cosas inútiles que hacemos? Historia. ¿Cuántos de ustedes recuerdan el libro que he mencionado esta mañana? Aquellos que Aman (Those Who Love), escrito por Irving Stone —una historia de este país escrita en un volumen, relatada a través de los ojos de un gran investigador— y es, según lo leo y lo entiendo, básicamente verídico en sus detalles históricos; es emocionante. Aprended la historia de nuestro país y de nuestra Iglesia. La mayoría de nosotros no ha leído nada de este tema todavía, y es algo que nos incumbe puesto que estamos dentro de este asunto.

Segundo, las relaciones humanas. Cuento con tantos ejemplos maravillosos que tendré que leer un extracto de uno de ellos. Lo he tomado de la biografía de Albert Schweitzer. “Cuando hablamos de ética hablamos de la palabra que nos prestaron los griegos. Cuando hablamos de moral, usamos el vocablo latino. Lo que queremos decir es conducta correcta.” Lo que se debe entender es que no solamente debemos interesarnos en nuestro propio bienestar sino en el de los demás y de la sociedad humana entera. Luego él da un ejemplo interesante y encantador a la vez:

“Para los primitivos, la solidaridad con los demás seres humanos tiene límites muy estrechos. Se limita primero a sus parientes consanguíneos y luego a los miembros de su tribu que para él representan a quienes llegan a formar parte de su familia. Hablo por experiencia. Tengo este tipo de personas primitivas en el hospital. Si le pido a alguno de los pacientes que andan por allí, que efectúe algún pequeño servicio para alguno de los pacientes que tienen que guardar cama, lo hará solamente si el paciente pertenece a su tribu. Si no es así, me responderá con los ojos agrandados por la inocencia: ‘Ese hombre no es mi hermano.’ Ni recompensas ni amenazas lo inducirán a efectuar un servicio para un extraño. Pero tan pronto como el hombre comienza a reflexionar sobre sí mismo y sus relaciones con los demás, se da cuenta de que tales hombres son sus iguales y son sus semejantes. En el curso de la evolución gradual, ve que el círculo de su responsabilidad se amplía hasta que llega a incluir en él a todos los seres humanos con los cuales se relaciona.”

Dije que la segunda área de conocimiento en la cual deberíamos estar creciendo es en la de relaciones humanas: lo que los hombres saben acerca de ellas. Nosotros no sabemos todo solamente por haber nacido y aprender en cuanto a ellas. No conocemos todo con respecto a las relaciones humanas por el mero hecho de nacer y vivir, así como no sabemos todo en cuanto a América por haber nacido y vivir ahí. De la misma manera, no conocemos todo en cuanto al evangelio por el mero hecho de haber nacido y vivir. El hecho en sí de ser maestros no nos hace expertos en las relaciones humanas, creo que podríamos aprender más. Os daré un sencillo ejemplo.

Un buen hombre conocido mío, llevó a sus dos hijos a un paseo por el campo. Se divirtieron mucho, comieron toda clase de alimentos y parecieron gozar de toda la experiencia. De regreso a casa el más pequeño de sus hijos se durmió. El padre lo acomodó en el asiento trasero de su automóvil y lo cubrió con su saco. Mientras hacían el viaje de regreso, el padre, un maestro maravilloso que estaba tratando de hacer de esta experiencia algo memorable, le preguntó al otro niño: “¿Qué fue lo que más te gustó? ¿Te gustó…?” y el padre enumeró una cantidad de cosas que habían vivido ese día. El niño respondió por un sentido de deber: “Sí, papá”, a todo lo que le preguntaba. Finalmente, cuanto tuvo oportunidad de decir lo que realmente pensaba, dijo: “Papá, si yo me hubiera dormido como Steve, ¿me habrías tapado con tu saco?” ¡Tanta conversación y tanta enseñanza! Dedicad algo de tiempo para conocer a las personas. Escuchad… hablad algunas veces… pero escuchad.

La tercera área de conocimiento es la ley del evangelio y su historia: las verdades salvadoras y centrales de la vida. Ellas están en el corazón de todo. Una vez que hayamos aprendido el mensaje de los “profetas de la poesía y de la música”, cuando hayamos aprendido lo que los grandes científicos han logrado, un gran campo de saber que nos espera reina en supremacía porque es el centro de todo lo demás: el conocimiento de Dios y de su máxima creación: la humanidad. De eso es lo que trata el evangelio. Tenemos que enseñarlo, y para enseñarlo que aprenderlo primero. John A. Witsoe dijo lo que yo considero la declaración más sobresaliente de su género: “Yo había estudiado el evangelio tan minuciosamente como cualquier ciencia. Había adquirido y leído la literatura de la Iglesia durante todo mi tiempo libre, día tras día. Había aumentado mi conocimiento del evangelio. Lo puse en marcha en mi vida y nunca sentí privaciones.” Luego procedió a relatar cuán minuciosa fue su investigación. El no estaba menoscabando la ciencia; como sabéis bien él era un científico experto y reconocido; pero consideraba que el evangelio era más importante.

Hemos aprendido que un científico tiene que seguir aprendiendo. Permitidme leeros mi última y más excepcional adquisición, que me obsequió un amigo bueno y considerado. La oración dice: “Dios está en los detalles.” Ese es un encabezado extraño, ¿verdad? Escuchad su contenido: “Así lo dijo un arquitecto excepcional: Von Mies DeRohe.” Esta gentil advertencia estaba, naturalmente, dirigida a sus alumnos, a sus compañeros arquitectos, y tal vez ocasionalmente a un cliente preocupado por un presupuesto. Si uno rehusa la obligación moral que tiene de seguir en busca de la perfección hasta el final mismo, estaba diciendo, un gran edificio puede quedar reducido a un cascarón mediocre sin base ni cimientos firmes. Pero la dulce claridad de su axioma, como la campana del Angelus, puede escucharse más allá de las arcanas provincias de la arquitectura. ¿Dónde, ciertamente, en la vida no son importantes los detalles de elección, escala, tono, control, tiempo, proporción y relevancia? Estos son los componentes del estilo; y si uno hace cerámica, pantalones o poesía, o si uno dirige emotivas discusiones de principios, el estilo es la marca de la excelencia en todo. “Dios está en los detalles”. Eso es verdad. No es una mala idea para aplicar en la vida.

Cuarta área. Tenemos que seguir aprendiendo y creciendo en capacidad para ayudar a nuestros jóvenes y aplicar los grandes principios de verdad en una forma fuerte, sensible, inspiradora y motivante.

Cuando presidía en la Misión Británica, tarde o temprano le daba a cada distrito de misioneros una asignación en particular. Ellos tenían que venir a la casa de misión para que se les estimulara, inspirara, instruyera, aconsejara, o se les entrevistara. Realizá-bamos una reunión y durante ella, cuando yo consideraba que habíamos alcanzado el punto en que se podían obtener resultados, yo decía: “Muy bien, hermanos, son las diez y diez. Salgan a la calle en parejas. Vayan con otro misionero que no sea su compañero. Pueden ir al museo que está en la esquina o pararse frente a la casa, o andar por ella; pero, en treinta o cuarenta minutos a partir de ahora, regresen aquí con una lección sobre la vida que ustedes puedan ilustrar mediante las Escrituras.” Esa fue una de las más grandes experiencias de mi vida. No puedo comenzar a contarles lo que aprendí de aquellos jóvenes maravillosos, brillantes, de ojos llenos de luz.

Yo había estado observando la construcción de un edificio al otro lado de la calle frente a mi oficina, y había escuchado el ruido que aquel taladro hacía al funcionar. Se trataba de un edificio para una nueva universidad y yo miraba por la ventana y me maravillaba. El ruido se oyó durante años y dije a varias personas: “No es de maravillar que los edificios británicos duren cien o doscientos años. Les lleva todo ese tiempo para edificarlos.” Esto siguió y siguió. Entonces un día noté el tan famoso edificio de ladrillos rojos que estaba en una esquina cercana, usado por uno de los científicos más famosos de todos los tiempos y en el cual hizo uno de los descubrimiento más grandes de todos los tiempos, edificio que estaba siendo derribado ladrillo por ladrillo.

Un día un joven misionero que me había oído quejarme en cuanto a los constructores, volvió luego de una experiencia de aprendizaje; traía los ojos muy abiertos y dijo: “Presidente Hanks, ¿ha estado usted en los pisos altos de la capilla de Hyde Park y ha mirado hacia el otro lado de la calle últimamente?” Entonces usó la lección acerca del sepulcro blanqueado; vosotros sabéis, blanqueado por fuera, sucio por dentro. Dijo él: “Supongo que el Señor nos quiso decir que juzgamos mal cuando miramos una fachada; y cuando usted vaya allí, entenderá lo que quiero decir. Detrás de este pequeño edificio que usted pensaba que llevaba demasiado tiempo para ser construido, hay todo un complejo de edificios. Estaban escondidos por la fachada de esa construcción.”

Luego había un joven proveniente de Arizona. Caminaba un kilómetro y medio por hora y hablaba mucho más lento todavía. Cada uno de los misioneros que habían pasado antes que él habían enseñado una gran lección. Entonces él se puso de pie y dijo: “Yo disponía de treinta minutos y gasté veintinueve de ellos sabiendo que nunca podría hacer lo que mis compañeros estaban haciendo. Pero cuando iba saliendo del museo de historia natural en la esquina, vi (y nombró al perro; el galgo de carreras más grande de la historia británica) que estaba embalsamado y protegido en una gran caja de vidrio. Me detuve y miré aquello y pensé que el Señor dijo que uno no debe correr más rápido de lo que sus fuerzas se lo permitan”. Y continúo diciendo: “Hay otra lección. Algunas personas obtienen diez talentos, otras cinco, y algunas uno.” Miró a un gran misionero que estaba delante de él y que tenía en su haber un diploma otorgado por la Universidad de Harvard en administración de empresas, de veinticuatro años de edad, vice-presidente auxiliar de un banco en el momento de ser llamado, y así de excelente en todo lo que lo rodeaba. Este humilde élder de Arizona dijo: “Yo no puedo hacer lo que el élder Driggs ha hecho. El realmente es un gran corredor; una gran persona. Pero allá en casa yo tengo en la granja un perro terrier que no podría competir con el perro del museo tal como yo no puedo hacerlo con el élder Driggs; sin embargo, me doy cuenta que el élder Driggs algunas veces se cansa un poquito a eso de las 5:30 de la tarde y yo puedo seguir. Mi perro no podría alcanzar la cola de ese perro de carreras; pero si entran en una pelea de verdad, éste duraría solamente un minuto. Nosotros somos diferentes. Yo no puedo hablar, no puedo aprender de memoria, no puedo hacer ninguna de las cosas tan bien como él; pero puedo trabajar duro, por cuanto tiempo y con cuanta fidelidad y humildad como sea necesario. Eso es lo que ese versículo significa para mí. Amén.”

Quiero relataros en cuanto a una de las cosas maravillosas que he aprendido últimamente. “Hace años”, escribe un hombre llamado Frehoff, prefería a la gente inteligente. Era un gozo contemplar a una mente capaz de traducir con rapidez sus pensamientos en palabras, o expresar las ideas en forma distinta y nueva. Ahora me doy cuenta de que mi gusto ha cambiado. Los fuegos artificiales verbales a menudo me aburren. Parecen ser motivados por una autosuficiencia y ostentación. Ahora prefiero a otro tipo de personas, las que son consideradas y comprenden a los demás, y tienen cuidado de no destruir el autorrespeto de los demás individuos. Mi persona preferida hoy día es aquella que siempre está consciente de las necesidades de los demás, de su dolor, temor, felicidad y de su búsqueda de autorrespeto. Hace años yo prefería a la gente inteligente; ahora prefiero a la gente buena.

Enseñad el evangelio, sed pacientes, seguid aprendiendo. Testifico a vosotros que estáis en la obra más grande sobre esta tierra y en realidad quiero decir eso en forma concebible. No hay quien, en biblioteca o laboratorio científico alguno, que esté haciendo una obra de igual importancia, si es que estamos haciendo lo que deberíamos hacer, con el espíritu que deberíamos tener. Testifico que esta es la obra de Dios, y El nos ayudará si hacernos el esfuerzo. En el nombre de Jesucristo. Amén.

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