Hombres con un mensaje

Hombres con un mensaje

Por el élder A. Theodore Tuttle
(Discurso dado en la Universidad Brigham Young, 1958)

Mis hermanos y hermanas, pido vuestro interés y oraciones mientras ocupo este lugar.

Estoy seguro de que habéis escuchado las palabras de la canción, “Ningún hombre es una isla”. Esa idea expresa mis sentimientos de manera más adecuada de lo que yo los puedo expresar, por tanto os extiendo mi agradecimiento, hermanos y hermanas, por vuestra parte al ayudarme a venir a ocupar este puesto de honor en el Primer Consejo de los Setenta.

Tendréis que tener presente los discursos dados anteriormente en esta serie, porque deseo usar como premisa los que dieron el presidente Clark, el presidente Smith y el presidente Wilkinson. Recordaréis que el presidente Clark nos dijo que ésta es una “dispensación de responsabilidad sin precedentes”. No sé si hay alguien que pueda entender eso mejor que este grupo aquí presente. El mencionó que “ésta es la última vez que el Señor ha extendido su mano para efectuar esta obra”, y que “el genio de la organización de la Iglesia es que ella es ordenada de Dios”. Lo que da su poder y motivación a la Iglesia es nuestro testimonio de ese hecho.

Deseo establecer como segunda premisa el hecho de que nosotros necesitamos la influencia del Espíritu Santo. El presidente Smith mencionó que tenemos el sacerdocio y como maestros de seminario somos dignos de actuar bajo la inspiración e influencia del Espíritu Santo, que El puede tomar la dirección de nuestros pensamientos y nuestras mentes y dar poder real a lo que de otro modo serían nuestras débiles palabras. Debemos enseñar mediante la influencia y espíritu del Espíritu Santo. Si no fuera ésta la obra del Señor, no tendríamos eso. En relación a esta idea, Pablo ha dicho algo que concierne a nuestra responsabilidad especial como maestros del evangelio:

“Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman.

“Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios.

“Porque ¿quién de los hombres sabe las cosas del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios.

“Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de Dios, para que sepamos lo que Dios nos ha concedido,

“lo cual también hablamos, no con palabras enseñadas por sabiduría humana, sino con las

“que enseña el Espíritu, acomodando lo espiritual a lo espiritual.

“Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para el son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente” (1 Corintios 2:9-14; itálicas agregadas).

Los maestros del evangelio deben actuar bajo ese espíritu a fin de enseñar eficazmente.

Recientemente fue entrevistado un joven para salir a una misión. Aunque se le hicieron algunas preguntas muy directas, no expuso la verdad. Su presidente de misión lo llamó y le preguntó si tenía algo encerrado en su corazón y que quisiera sacar antes de ser asignado a sus tareas, y él respondió negativamente. Entonces salió y trató de enseñar el evangelio. Aquella fue la prueba final y la prueba en la cual falló. El misionero se dio cuenta de que no podía efectuar la obra del Señor sin el Espíritu del Señor. De manera que tuvo que arrepentirse, limpiarse de su hipocresía y disculparse con aquellos que lo habían entrevistado, antes de poder tener consigo al Espíritu del Señor.

En eso hay un mensaje para vosotros y para mí como maestros: No podemos trabajar con las cosas del Espíritu a menos que estemos en comunión con el Señor.

En su libro “The March of Eleven Men” (“La marcha de once hombres”), Winfred Ernest Garrison habla de la influencia que los once apóstoles han tenido en el mundo occidental durante mil novecientos años. Su tema es que aquí había once hombres con un mensaje: hombres que estaban tan persuadidos de ese mensaje, que lograron cambiar el curso de toda la historia. Eran pescadores en su mayoría; varios eran cobradores de impuestos. No eran los Césares ni Nerones ni los Alejandros, ni los grandes intelectuales de la época. Estos han sido olvidados hasta quedar en la insignificancia al ser comparados con aquellos once hombres que tenían un mensaje. Aquellos once sabían que el mensaje que tenían cambiaría al mundo.

Pasemos por alto algunos siglos y vayamos a José Smith. Aquí de nuevo encontramos a un hombre con un mensaje. ¿Habéis tratado de pensar en un José Smith sin un mensaje, sin el conocimiento que tenía de la Trinidad, sin la convicción de su primera visión? ¿O habéis tratado de pensar en él sin el mensaje del Libro de Mormón? (¡Cuán empobrecido quedaría! ) ¿O habéis tratado de pensar en este gran mensaje en manos de un hombre menos fiel y menos valiente? Uno no está completo sin lo otro. Un mensaje o una idea a menudo resulta demasiado abstracta; el hombre sin mensaje se confunde y pierde propósito.

Este día nuestro es otro momento pero de la misma dispensación del evangelio. El Señor ha dicho que “…se ha dado el poder de este sacerdocio, para los últimos días y por la última vez, en los cuales se encierra la dispensación del cumplimiento de los tiempos” (D. y C. 112:30). Además ha dicho que “esta revelación y mandamiento dado a vosotros, está en vigor desde esta misma hora en todo el mundo; y el evangelio es para todos los que no lo han recibido” (D. y C. 84:75). El encargo que El nos ha dado de enseñar el evangelio, nunca ha sido retirado; todavía está en vigencia.

En la evaluación que hago del lugar que vosotros ocupáis, veo que sois el brazo fuerte de la Iglesia.

¿En que forma vais a permanecer dignos del puesto de confianza que os han dado las Autoridades Generales? Considerad estos puntos:

Primero, hay un hecho obvio y es que vosotros como maestros de seminarios e institutos os reunís diariamente con cerca de 55,000 alumnos. Si vosotros no tenéis éxito en tocar corazones, ¿quién lo tiene? ¿Sois vosotros “hombres con un mensaje”? ¿Habéis logrado la visión de lo que estáis tratando de hacer? ¿Estáis tratando de enlazar el ayer y el mañana, con el presente, solamente para 150 alumnos? ¿ Estáis presentando lecciones, manteniendo la disciplina o simplemente pasando el tiempo?

Nosotros llevamos a cada conferencia trimestral de estaca algunas estadísticas que vosotros deberíais tener presentes al considerar vuestra responsabilidad. En estas estadísticas tenéis a la mayoría de los muchachos y muchachas, aunque no a todos ellos.

Asistencia promedio, cifras de muchachos de 12 a 21 años de edad
1957 1958 (hasta la fecha)
Reunión del sacerdocio 56 % 63 %
Reunión sacramental 48 % 56 %
Asistencia promedio, cifra de señoritas de 12 a 21 años de edad
1957 1958
Escuela Dominical 68 % 68 %
AMM 67 % 66 %
Reunión sacramental 58 % 59 %

En la actualidad (año 1958) hay 5,137 misioneros de tiempo completo en el extranjero, la mayoría de ellos son producto del sistema de escuelas de la Iglesia.

Otra estadística que se encuentra en el informe trimestral es lo relativo a casamientos en el templo. Yo no tengo estadísticas de la Iglesia al respecto. Sólo mencionaré esto: El número de los que no se casan en el templo es alarmante; y esto es una indicación de lo que estamos tratando de hacer porque hay tanto que tiene que ver con esta ordenanza. En este sentido, vosotros los maestros de seminarios, que tenéis entre un 80 y un 100 por ciento de estos mismos jóvenes durante 180 días durante tres años, deberíais poder hacer mucho para cambiar estas estadísticas.

Los hombres con el mensaje

Deseo hablar de los hombres durante algunos minutos. Quiero comenzar con la idea básica de que esta es la obra del Señor y que para ser eficientes debemos tener con nosotros al Espíritu del Señor. Esto significa sencillamente que debemos vivir dignamente como para tener la compañía del Espíritu Santo y del Espíritu del Señor. Eso incluye tres o cuatro cosas:

Primero, para gozar de esta compañía, debe haber armonía en el hogar. Eso incluye a vuestras esposas e hijos. Podría incluir también algo de arrepentimiento de parte de ellos y también de nuestra parte. Podemos enseñar eficazmente el evangelio solamente si hay armonía en el hogar. Llamo al arrepentimiento tanto a vosotros como a vuestras familias para que tal armonía prevalezca siendo que ella hará que vuestra vida sea compatible con el Espíritu del Señor. Recordaréis el incidente que le ocurrió a José y Emma cuando tenían un desacuerdo y el problema subsiguiente en relación a la traducción. Problemas semejantes (y soluciones semejantes) son típicos en la vida de la mayoría de nosotros cuando tratamos de impartir enseñanza.

En segundo lugar, para gozar del compañerismo del Espíritu Santo, debéis tener armonía entre vuestros colegas en seminario. Donde hay dos o más de vosotros, debéis vencer las rivalidades triviales y los celos y tales cosas que puedan intervenir en la relación de uno con otro. No hay lugar en la docencia en seminario, para la crítica, para el enojo, las peleas o los resentimientos hacia los demás. Yo llamaría al arrepentimiento a cualquiera que tenga ese problema. No hay razón para no otorgar el perdón unos a otros; en cambio, hay necesidad de desarrollar el amor y la unidad. El presidente Smith dijo que a menos que un quórum esté unido en una decisión, esa acción no tiene derecho a la bendición plena del Señor. Yo siento lo mismo en relación a los seminarios. A menos que haya armonía, unidad y amor, ese seminario no puede ser bendecido por el Señor tan plenamente como debería serlo. Tenemos necesidad de desarrollar armonía y amor, y esto, también, puede requerir arrepentimiento y esfuerzo por andar la segunda milla.

En tercer lugar, debéis ser leales y apoyar al cuerpo administrativo del sistema educativo de la Iglesia. Esto no significa organizar gremios o asociaciones ni nada que sea contrario al cuerpo administrativo del sistema escolar de la Iglesia. El orden de la Iglesia ya está establecido y cuando se llega a una comparación entre esta organización y las escuelas públicas y su sistema de administración, se encuentra que no todo concuerda porque nosotros no somos escuelas públicas. Nosotros somos los seminarios e institutos del Sistema Educativo de la Iglesia, establecido y organizado por el Señor y sus siervos. Este sistema administrativo es básicamente diferente y, en ese sentido, compararlo con las escuelas públicas o con los cuerpos administrativos profesionales resulta difícil. Otra manera de expresar esto es diciendo que hay un aspecto de “llamamiento” relacionado con vuestra asignación en este sistema. Vosotros no sois “llamados” ni “apartados” para esta labor. Sin embargo, exceptuando al “llamamiento” mismo y el hecho de que recibís un salario, vuestra designación tiene todo el sentido de un “llamamiento”. Yo creo que la mayoría de vosotros comparte este sentimiento.

El presidente Wilkinson tiene en su oficina unas palabras expresadas por Elbert Hubbard, las cuales resumen mi idea:

“Si trabajas para un hombre, por lo que más quieras: trabaja para él; habla bien de él y defiende a la institución que él representa.

“Recuerda, una onza de lealtad vale lo que una libra de talento. Si tienes que quejarte, criticar y encontrar defectos eternamente, pues… renuncia a tu puesto, y cuando estés fuera, maldice hasta dejar satisfecho a tu corazón… pero en tanto que seas parte de la institución, ¡no la condenes! Si lo haces, el primer soplo de viento que se manifieste te arrastrará y probablemente nunca sabrás por qué”.

Vosotros habéis oído la historia del muchachito que se cayó de la cama. Al día siguiente su abuelo le estaba preguntando en cuanto a lo sucedido y dijo: “A ver cuéntame, ¿cómo es que te caíste de la cama?”

Y el niño dijo: “Pues, supongo que no me acosté bien adentro.” Mis sentimientos son que algunos hombres que ahora están afuera están allí porque no estaban “bien adentro”. Os exhorto a dedicaros a esta obra, una dedicación que nunca ha sido igualada en el pasado y la cual debemos tener si es que queremos desempeñar esa “responsabilidad sin precedente” que esta época demanda.

Hay todavía un cuarto requisito a fin de que vosotros, “hombres con un mensaje” gocéis de la compañía del Espíritu Santo y del Espíritu del Señor: una armonía entre la doctrina que enseñáis con la doctrina de la Iglesia. Me refiero nuevamente al consejo del presidente Clark en el que expresó que las cosas de lo temporal son de dominio público y deben catalogarse así y en su mayoría debéis dejarlas a un lado, las cosas del Espíritu son nuestro dominio y son aquellas con las que debemos trabajar. Además quiero hacer referencia a las palabras de Pablo en cuanto a las cosas del Espíritu. (Véase 1 Corintios 2:9-14.) Si vuestra filosofía y creencias personales no están de acuerdo con la de la Iglesia, deberíais considerar seriamente vuestra renuncia.

Finalmente, tener el Espíritu significa aceptar y comprender a vuestros alumnos. Comencé diciendo que para tener el Espíritu debe haber armonía en los seminarios. Esto tiene que ver no solamente con vuestros colegas sino con vuestros alumnos; conocerlos, tener compasión de ellos. Hay aproximadamente unos cincuenta alumnos de seminario en la escuela industrial de Ogden, Utah. ¿Sabéis cuántos de vosotros han escrito cartas a vuestros alumnos que concurren a aquella escuela? Tres hombres han escrito cartas a aquellos “alumnos olvidados”. Vosotros, hermanos, debéis dar el ejemplo en cuanto a compasión y amor. Estos alumnos pueden ser olvidados por todos, menos por vosotros.

Ahora deseo sugerir un punto o dos en cuanto a nuestras necesidades. El primero es la necesidad de erudición. Aunque éste significa titularse, no es su único significado. Significa también un conocimiento de las cosas del Espíritu. Estas son las cosas con las que debemos comenzar y finalizar. Algunos tal vez recuerden el consejo del hermano Adam S. Bennion que dijo que deberíamos dedicar algo de tiempo cada día en la presencia de los profetas y del Maestro. La mayoría de nosotros lo hace. Estoy hablando de la erudición por encima y más allá de eso; es necesario conocer cosas extras con profundidad que deberíais demostrar tanto en seminario como en la comunidad. Erudición significa preparación en vuestra vida para otras oportunidades sin que uno las busque intencionalmente.

Hermanado con la erudición hay un lugar para la voluntad de trabajar. No hay un solo coordinador al que tengamos que andar siguiendo para que trabaje. ¡Y no hay un solo maestro sobresaliente que se le tenga que animar a trabajar! Hermanos, ¿podéis daros cuenta de la importancia del deseo de trabajar? ¡Esta es la obra del Señor! Y vosotros, sobre todas las demás personas en la Iglesia, estando en contacto con ese enorme grupo de jóvenes, deberíais entender el verdadero significado de ello. ¿Cómo podéis dormir sin preocuparos por cada alumno? Sé que es difícil comprender a cada uno. Pero podemos rendir mucho más. Eso es lo que estoy rogando en este día. Sé qué es lo que he hecho como maestro. Sé qué es lo que os he visto hacer. Puedo ver otro aspecto de vosotros estando yo en otra perspectiva. ¿De quién podemos depender en la Iglesia más de lo que dependemos de vosotros? ¡De nadie! Vosotros tenéis la capacitación, la habilidad y la dedicación. Pero cuando pienso que algunos de vosotros estáis tratando de hacer la obra de seminario en su “tiempo libre”, ¡siento el impulso de sacudiros! Esta enseñanza es el trabajo principal y es la única forma en la que nosotros la contemplamos. Esto es a lo que debéis dedicaros. Si no podéis dar a esta obra todo vuestro tiempo y esfuerzo, entonces es mejor que consideréis nuevamente el asunto. Esto es demasiado importante. Si se tratase de matemáticas, o si fuese alguna otra cosa, no nos quejaríamos. Pero repito: ¡ésta es la obra del Señor! Nosotros enseñamos mediante el Espíritu. Tenemos que vivir para ello. Tenemos que quitar de nuestra vida y de nuestra forma de enseñar, todo lo que sea basura e inculcar mayor amor, fe y dedicación.

Es poco, en realidad, en cuanto al hombre.

El mensaje

Quiero deciros algunas palabras en cuanto al mensaje. Leí un artículo que salió recientemente en la revista Saturday Evening Post en cuanto a la dimensión que se desvanece en la religión. El autor decía que mientras que todo asciende en las iglesias —estadísticas, asistencia, etc.— lo que está faltando en la religión cristiana es una dimensión de profundidad. Esta dimensión de profundidad, esta convicción interna que hace que una persona haga cosas, es lo que hizo que once hombres cambiaran el curso de la historia. Ellos estaban persuadidos de la convicción de que su mensaje cambiaría al mundo. En su clase de verano el hermano Boyd K. Packer preguntó: “¿Cuál es nuestra responsabilidad como maestros de seminario?” El grupo llegó a la conclusión de que nuestra responsabilidad es cambiar al mundo, no ajustarnos a él. Eso es lo que el Señor quiere que hagamos. Este mensaje tiene dentro de sí mismo un poder milagroso que nos hace cambiar. Tened a bien reflexionar sobre vuestra vida pasada y responder a esta pregunta: ¿Qué fue lo que en vuestra vida os hizo cambiar? Creo que la respuesta será: ¡fue un hombre o una mujer con un mensaje!

Posiblemente ahora puedo ver y sentir la urgencia de que este grupo de maestros actúe mejor. Veo la enorme carga que llevan sobre sí las Autoridades Generales. Al mirar a este grupo de maestros de seminarios e institutos, los que podrían aligerar la carga esforzándose un poquito más y con mayor diligencia, entonces podríais comprender la urgencia de obrar mejor. Con vuestra tremenda habilidad y vuestro constante contacto con este grupo de jóvenes que son la esperanza de la Iglesia, ¡ved lo que podéis hacer! Podéis ver que cuando las clases de seminario se expandan a todo el mundo, este grupo, con vuestra dedicación y dirección podréis llevar este mensaje que cambia vidas, ¡a todo el mundo! Esta es nuestra tarea. Vosotros ciertamente sois “hombres con un mensaje”.

Repito: Exceptuando dos cosas —salario e imposición de manos— nosotros tenemos ese llamamiento. Estoy seguro de que hay otros de las Autoridades Generales que sienten lo mismo concerniente a vosotros: que sois ciertamente misioneros con una enorme misión ante vosotros.

En conclusión, permitidme sugerir una lección tomada de la vida de Abraham e Isaac. Todos conocéis la historia. Abraham recibió el mandato, de parte del Señor, de llevar a Isaac al monte Moríah para sacrificarlo. Mientras iban hacia allá Isaac le dijo al padre: “He aquí el fuego y la leña; mas ¿dónde está el cordero para el holocausto?” Abraham respondió: “Dios se proveerá de cordero…” Y entonces llegaron al lugar señalado y Abraham, tal como se le había mandado, “extendió… su mano y tomó el cuchillo para degollar al hijo”, y lo habría sacrificado; pero intervino el Señor. (Véase Génesis 22:1-12.) Creo que el Señor requiere de cada uno de nosotros una entrega total a su causa y dedicación a su obra tal como lo requirió de Abraham, el padre de los fieles. Cuando así nos entreguemos en fe en el Señor, seremos “hombres con un mensaje” que podremos cambiar al mundo.

Que el Señor nos ayude a hacerlo, ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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