Dulce es la Obra

Dulce es la Obra

Letra: Isaac Watts, 1674–1748.
Música: John J. McClellan, 1874–1925.
(Tomado del libro “Stories of Latter-day Saint Hymns” por George D. Pyper)

Letra

1. Dulce Tu obra es, Señor;
concédeme rendir loor
por el amor que Tú nos das
y que nos llena de solaz.
4. Con cuánto gozo cantaré;
Tu gran bondad ensalzaré
al verme cerca de Tu faz,
gozando de sublime paz.
2. Dulce me es el adorar;
con fe te quiero venerar.
Haz que mi corazón, Señor,
rebose de bondad y amor.
5. Ya no tendré más tentación,
faltas, dolor, ni aflicción;
habré vencido la maldad,
y yo tendré felicidad.
3. Mi corazón es tuyo hoy;
bendito seas, gran Señor.
Tus obras, cuán perfectas son;
cuán infinito Tu amor.
6. Entonces bien comprenderé
lo que en vida ignoré,
y con divina potestad
moraré por la ̮eternidad.

 EL HIMNISTA

Southampton, Inglaterra, fué la ciudad donde la cigüeña dejó a Isaac Watts, el 17 de Julio de 1674, la pri­mera de ocho visitas semejantes que siguieron. Su padre era el dueño de una casa de huéspedes.

Isaac era un chico precoz. A los cinco años de edad ya estudiaba los clásicos, y se dice que a los siete u ocho años de edad ya había escrito versos religiosos para complacer a su madre. En las convicciones religiosas era un inconforme y por esa razón no se le permitió asistir a las universida­des, sino que estudió en el Colegio de Haberdasher, una academia Londi­nense. Aquí, el exceso de trabajo le acarreó una debilidad física de la cual nunca se recobró. Se comprome­tió como tutor de la familia de Sir John Hartopp en Stoke Newington y escribió dos libros, a saber, Lógica, o el Uso Correcto de la Razón en la Investigación de la Verdad y El co­nocimiento de la Tierra y los Cielos hecho fácil. A los 27 años de edad, fué asistente del Dr. Chauncey, un ministro independiente, y dos años más tarde tomó su lugar en Mark Lane, Londres. En 1712, residió con el Señor Tomás Abney de Abney Park, donde permaneció por el resto de su vida.

Empleó su tiempo escribiendo him­nos y publicando sermones. Se dice que su Salmo de David es la base de la Himnología Inglesa y Los Can­tos Divinos y Morales para los Niños (1720) el primero en su clase jamás publicado. Este contiene el poema po­pular de nuestros antepasados “¿Qué hace la pequeña abeja trabajadora?”  Isaac Watts murió el 25 de Noviembre de 1748 y fue sepultado en Bunhill Fields. Hay una lápida me­morable en Westminster Abbey y un Salón Memorable en Southampton, erigidos en su honor.

EL HIMNO

Cuando Emma Smith hizo la pri­mera colección de Himnos de los Santos de los Últimos Días, escogió y publicó quince himnos escritos por el Dr. Isaac Watts. Cuando nuestro nuevo himnario fué publicado, siete de los quince originales permanecie­ron y fueron añadidos diez y ocho más, así que ahora hay 25 de los es­critos del Dr. Watts incluidos entre los Himnos de los Santos de los Últimos Días, el número más grande acre­ditado a un himnista fuera de la Igle­sia Mormona. En la primera fué in­cluido “Dulce es tu Obra” y nunca ha sido omitido en nuestras compila­ciones. El hermoso canto de alabanza llamó la atención de Emma Smith y también de los compiladores de su tiempo. Sin embargo, no está clasi­ficado por los críticos entre los mejores himnos de Watts. La mayoría de los himnólogos colocan “Cuando examino; la cruz extraña” entre los mejores himnos Cristianos. De los 500 escritos por este autor más de ellos son de gran dechado de exce­lencia y adecuados para uso congregacional que los de cualquier otro escritor Inglés.

El himno que es el tema de este di­seño es amado por todo aquel que experimenta la felicidad y el gozo alabando a Dios y dándole gracias a Él, “por la mañana de solaz, la cal­ma que de noche das”; quien encuen­tra paz y descanso en cada hora y que pone a tono su corazón con el in­finito; quien triunfa en la obra del Señor y cuando se regocija puede encontrar a su Señor cara a cara, cuan­do el pecado ya no afligirá a los ojos y a los oídos y los enemigos internos sean muertos; cuando el conocimien­to y la inteligencia —la Gloria de Dios— y todo poder “encuentra dul­ce empleo en ese mundo de regocijo”.

EL COMPOSITOR

En todos los caminos de la vida, aparecen casualmente en el horizon­te los hombres y las mujeres que se destacan entre sus semejantes. En la ciencia, en la literatura, el arte, la industria, estos gigantes se hacen pro­minentes por la fuerza cabal de sus talentos. Uno de estos espíritus ex­celentes fué John J. McClellan quien se elevó a una prominencia extraordinaria como organista y quien más que ningún otro hizo que los órganos de tubos fueran amados por el pueblo americano.

John J. McCIellan, hijo de John Jasper y Elizabeth B. McCIellan, na­ció en Payson, Utah, el 20 de Abril de 1874. Su precocidad musical se manifestó a temprana edad. Comen­zó a estudiar música a los diez años de edad y a los once era el organista de su barrio; estudió con maestros regionales hasta Julio de 1891, cuan­do salió de Utah para Saginaw, Mich­igan. Allí trabajó mucho, y más tarde estudió en Ann Arbor con com­petentes maestros internacionalmen­te conocidos. Se entretuvo en muchas funciones públicas musicales, dió cla­ses y fundó una orquesta sinfónica. Su vida estudiantil en América y en Europa estaba llena de actividad ex­traordinaria, incluyendo los cursos con Xavier Scharwenka, el notable pianista húngaro.

Después de establecer su residencia en Salt Lake City, fué el organista del Tabernáculo y el Director de la Compañía de Opera de Salt Lake. Se casó con Mary Douglas y fué padre de cinco niños. Murió el 2 de Agosto de 1925. (Para mas detalles de la vida de John J. McClellan, véase Jenson’s Biographical Encyclopedia.)

A la muerte del Profesor McClell­an, el escritor de estas historias de los himnos publicó “Una Aprecia­ción” en el “Juvenile Instructor”, cuya parte dice:

“El Profesor John J. McClellan era un prodigio del arte. Los mismos li­neamientos de su cara eran clásicos y sus ejecuciones indicaban, en ver­dad, el refinamiento de su naturale­za. Hizo más que ningún otro hombre para que las personas amaran el ór­gano y sabía bien cómo hacerlo sentir en sus corazones. Cuán a menudo he­mos experimentado la emoción de la exaltación espiritual cuando él toca­ba, la cual no podía ser producida por el órgano solo. Era el alma de John J. McClellan. Era altamente temperamental. Parecía que su arco artístico estaba siempre encorvado hasta el límite. Raras veces estaba desencordado.

“Cuán agradecido estoy que el es­píritu de John J. McCIellan estuviera reservado a través de las edades para ser investido con la mortalidad en esta generación; que vino en nuestra época y de haber tenido el privilegio de conocerlo y compartir las bendi­ciones resultantes de su arte supre­mo; que usó su gran don en el servi­cio del Señor; que fué capaz de ani­mar el gran órgano antiguo de nuestro Tabernáculo y predicar el evangelio al mundo mediante su instrumentalidad. Millones le han oído ejecutar el gran órgano y muchos de los que vi­nieron con odio hacia nosotros han sido ensalzados y se han ido con sus corazones enternecidos y sus impre­siones cambiadas, mediante su ejecu­ción conmovedora en el órgano”. El profesor McCIellan por encima de muchos de los músicos que pudieran nombrarse, poseía la intuición de leer los corazones de su auditorio y decir lo que ellos querían de su ins­trumento. No importaba si aquella audiencia consistía de personas cul­tas o sin instrucción, él podía satis­facer sus deseos. Este fué uno de los secretos de su popularidad.

Así era el hombre que escribió la música para el himno conmovedor de Isaac Watts. Ningún suceso románti­co o dramático inspiró la melodía usada por los Santos de los Últimos Días, pero se dice haber sido escrito cuando el Hermano McCIellan tenía 11 años de edad. Su alma artística brotó en su temprana edad.

El Profesor Tracy Y. Cannon, aho­ra el Presidente del Comité de Música de la Iglesia y el Director de la Es­cuela de Música de McCune, al apre­ciar esta composición dice:

Varios factores musicales contribuyeron a la belleza y a la eficacia de este himno: na­tural y fácil de cantarse; es fácil de recor­darse y está formado en pasajes de escalas sencillas; su armonía es natural e interesan­te; es expresivo cuando sus frases se elevan y caen en arreglos naturales, guardando así su unidad musical y dándole variedad pla­centera.

Otras composiciones del Hermano McClellan, en el “Himnario de los Santos de los Últimos Días”, son “Om­nisciente, Eterno, Amante” (No. 240) y “Dulce amigo de los necesitados”. (No. 337).

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