La expiación Infinita: La bendición de la paz mental

La expiación Infinita:
La bendición de la paz mental

Tad R. Callister
La Expiación Infinita


Un poder consolador

Entre sus numerosas bendiciones, la Expiación trae paz. No solamente nos limpia, sino que también nos consuela. Mi propia experiencia práctica me ha llevado a concluir que ambas bendi­ciones no siempre van de la mano. En ocasiones, me he reunido con buenos santos que —según creía yo— estaban totalmente arrepentidos y habían sido partícipes del poder purificador del sa­crificio del Salvador, pero todavía confiesan vivir con conciencias inquietas. No ven cómo es posible que el Señor les pueda perdo­nar lo que han hecho. Esto me impresionó hondamente cuando entrevisté para la recomendación del templo a un converso que llevaba unos quince años en la iglesia. Este hermano había sido fiel y devoto desde el día de su bautismo, pero se preguntaba si el Señor podría perdonarle de verdad por la vida accidentaba que había llevado antes de aceptar el mensaje del evangelio. Un per­dón así parecía demasiado pedir. No creo que este hermano fuera el único que albergara sentimientos así.

Aun creyendo en Cristo y en su Expiación, algunos —de manera inocente, pero errónea— les han puesto límites a sus poderes regenerativos. De alguna manera han convertido una Expiación infinita en un sacrificio finito. Han tomado la Expiación y la han delimitado con una linde artificial que sin saber cómo no incluye su pecado particular. Stephen Robinson observó de manera similar:

«He aprendido que son muchos los que creen que Jesús es el Hijo de Dios y el Salvador del mundo, pero no creen que sea capaz de salvarlos. Creen en su identidad, pero no en su poder de limpiar, purificar y salvar. Tener fe en su identidad es solamente la mitad del principio. Tener fe en su capacidad y en su poder de limpiar y salvar, esa es la otra mitad».1

Estos santos son más duros con ellos mismos de lo que sería el Salvador. En cierto sentido, han adoptado sus propios paráme­tros de justicia y misericordia. C. S. Lewis ofreció este consejo: «Creo que, si Dios nos perdona, nosotros hemos de perdonarnos también. De otra manera, prácticamente estaremos comparecien­do por deseo propio ante un tribunal superior a El».2 Dicha ac­titud puede provocar la ira del Señor, tal y como observó Zenoc: «Estás enojado, ¡oh Señor!, con los de este pueblo, porque no quieren comprender tus misericordias que les has concedido a causa de tu Hijo» (Alma 33:16). En resumidas cuentas, estos san­tos fijan ellos mismos la altura del listón que deben superar para obtener la paz mental. Por esa razón, entre otras, es tan esencial entender la Expiación y su naturaleza infinita, buscar los porqués y los cómos, amén de las consecuencias, ya que, a medida que aumenta nuestra comprensión de la Expiación, nuestra capacidad para perdonarnos a nosotros y a nuestros semejantes se incremen­ta de igual manera.

Cuando entendemos más plenamente las profundidades a las que descendió el Señor, la amplitud de su alcance y las alturas a las que ascendió, podemos aceptar más prontamente que nues­tros propios pecados se encuentran en el interior de la esfera del dominio conquistado por el Salvador. Entonces nos convertimos en creyentes, no solo en la envergadura infinita de la Expiación; también en su alcance personal. La oferta amorosa del Salvador: «mi paz os doy» (Juan 14:27), pasa a ser, de una esperanza abs­tracta a una realidad profunda. En ese momento recibimos, tanto del poder purificador como del poder consolador de la Expiación. Pablo se refirió a esta bendición: «nuestro Señor Jesucristo (…), quien nos amó, y nos dio consuelo eterno, y buena esperanza mediante la gracia» (2 Tesalonicenses 2:16). Es mediante este poder consolador que se nos «[concede] que sean ligeras [nues­tras] cargas mediante el gozo de su Hijo» (Alma 33:23). Podemos apreciar y aceptar la invitación de Jacob a su pueblo: «dejemos a un lado nuestros pecados, y no inclinemos la cabeza, porque no somos desechados» (2 Nefi 10:20; énfasis añadido). Podemos ob­tener «tan inmenso gozo» que viene a los que han recibido una remisión de sus pecados tras haber «llegado al conocimiento de la gloria de Dios» (Mosíah 4:11).

Durante mi servicio en puestos de responsabilidad del sacerdo­cio, conocí a un hombre excepcional que unos años antes había cometido una transgresión que le ocasionó profundos remordi­mientos. Su sufrimiento fue prolongado e intenso. Sentí gran conmiseración por él. Con el tiempo llegué a creer que estaba plenamente preparado a fin de intentar renovar su recomen­dación para el templo. Le animé a que siguiera adelante en esa dirección, pero él estaba reticente. Aunque yo sentía que había recibido el perdón, él no parecía capaz de perdonarse. Puede que se hubiera limpiado, pero no hallaba ni la convicción, ni el con­suelo. Por esta razón estaba posponiendo su regreso a la Casa del Señor. Me era imposible dejar de pensar en su situación. Un día, mientras reflexionaba al respecto, en mi mente recibí una vivida impresión: «El hermano _______ha pagado hasta el úl­timo cuadrante». Al poco tiempo, la misma impresión volvió a mí, con idéntica intensidad. Compartí esta experiencia con este buen hermano y pronto encontró la paz suficiente para renovar sus convenios del templo. Desde entonces me he preguntado por qué esas impresiones vinieron a mí en lugar de al propio intere­sado. Puede ser que su incapacidad para perdonarse a sí mismo se convirtiera en una barrera impenetrable para las impresiones espirituales. Puede que él hubiera hecho caso omiso de cualquier impresión —o la hubiera interpretado racionalmente como fruto de su propia imaginación—, si esta hubiera venido a él direc­tamente. O quizá el Señor, en su bondad amorosa, supo que la única forma de llegar a este hombre era enviando un mensaje a través de una fuente externa, a saber, su líder del sacerdocio, y que hubiera sido imposible descartarla como producto de sus meras ilusiones. En cualquier caso, la paz que sana, tranquiliza y consuela el alma herida acabó encontrando finalmente abrigo en otro corazón humano.

El pueblo del rey Benjamín luchó por obtener ese poder sere­no y consolador. Se vieron «a sí mismos en su propio estado car­nal», y se sintieron «aún menos que el polvo de la tierra». A una misma voz clamaron: «¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados!». Y entonces vino la respuesta del cielo: «el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y fueron llenos de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo paz de conciencia a causa de la gran fe que tenían en Jesucristo» (Mosíah 4:2-3). Además de purificarles, la Expiación les trajo consuelo.

La expiación es la respuesta: La única respuesta

Nefi y Lehi, los hijos de Helamán, fueron encarcelados por sus trabajos misionales entre los lamanitas. Pasaron muchos días sin comida. Entonces llegó el día funesto en el que sus captores vol­vieron a la prisión para ejecutarles; pero en esta ocasión el Señor dejaría de frenar su mano. Nefi y Lehi fueron envueltos «como por fuego». A sus asaltantes «los cubrió una nube de obscuridad, y se apoderó de ellos un espantoso e imponente temor». Una voz apacible y delicada penetró en ellos hasta llegar al alma misma. Esto se repitió tres veces. El mensaje estaba claro: «Arrepentios, arrepentios». La tierra se sacudió, los muros de la prisión tem­blaron y la nube de oscuridad se cernió sobre ellos con tenaci­dad implacable y «no se disipó» (Helamán 5:23, 28, 29, 31). La mencionada nube de oscuridad era una manifestación física de la sombra espiritual que nublaba sus almas impenitentes. El sim­bolismo del momento era claro e inequívoco. Irónicamente, los impenitentes eran ahora los encarcelados, ya que no podían «mo­verse». Las paredes tangibles de la prisión eran una señal de la pri­sión espiritual que habían levantado ladrillo a ladrillo entregados a una vida de maldad. No eran libres en absoluto. Era como si su condición espiritual, en apariencia invisible al ojo mortal por tantos años, ahora se reflejara en marcado contraste con símbolos tangibles.

Finalmente, los lamanitas no pudieron soportarlo más. Clamaron al Señor: «¿Qué haremos para que sea quitada esta nube de tinieblas que nos cubre?». La nube simbolizaba todo lo que en su vida era deprimente y debilitante. Entonces Aminadab, un disidente nefita, les respondió con una fuerza persuasiva que despejaría, tanto la nube física como la espiritual que los había estado cubriendo: «Debéis arrepentiros y clamar a la voz, hasta que tengáis fe en Cristo (…); y cuando hagáis esto, será quitada la nube de tinieblas que os cubre».

El tiempo y el lugar no importan. La solución para el impe­nitente es siempre la misma: arrepentirse y tener fe en Cristo. Y así fue en el caso de estos lamanitas incapaces de «moverse». En respuesta a la crisis inminente, clamaron a Dios en alta voz hasta que se dispersó la nube. Entonces fueron rodeados, «sí, cada uno de ellos, por una columna de fuego (…) y fueron llenos de ese gozo que es inefable y lleno de gloria». Y vinieron esas reconfor­tantes palabras de solaz: «Paz, paz a vosotros por motivo de vues­tra fe en mi Bien Amado» (Helamán 5:34, 40, 41, 43, 44, 47).

Lo acaecido en esa ocasión recuerda la experiencia de Alma hijo. Él también libró una batalla por la paz. Se hallaba en las profundidades de la desesperación. Con un lenguaje de lo más gráfico, Alma describe su situación: «yo estaba a punto de ser desechado. (…) Me hallaba en el más tenebroso abismo. (…) Atormentaba mi alma un suplicio eterno» (Mosíah 27:27, 29). Tan solo cuando pensó en Jesucristo y su Expiación recibió la paz que anhelaba tan desesperadamente:

«Mientras así me agobiaba este tormento, mientras me atribulaba el recuerdo de mis muchos pecados, he aquí, también me acordé de haber oído a mi padre profetizar al pueblo concer­niente a la venida de un Jesucristo, un Hijo de Dios, para expiar los pecados del mundo.

»Y al concentrarse mi mente en este pensamiento, clamé dentro de mi corazón: ¡Oh Jesús, Hijo de Dios, ten misericordia de mí (…) Y he aquí que cuando pensé esto, ya no me pude acordar más de mis dolores-, sí, dejó de atormentarme el recuerdo de mis pecados. Y, ¡oh qué gozo, y qué luz tan maravillosa fue la que vi! Sí, mi alma se llenó de un gozo tan profundo como lo había sido mi dolor» (Alma 36:17-20; énfasis añadido; véase también Mosíah 27:29).

En tiempos del Libro de Mormón, como en los nuestros, la respuesta para obtener paz mental sigue siendo la misma: enten­der la Expiación de Jesucristo y ser partícipes de ella. Esta fue la solución eficaz para los lamanitas en más de una ocasión. En los días de los anti-nefi-lehitas, su rey comentó que ellos habían sido «los más perdidos de todos los hombres» (Alma 24:11). Y des­pués se arrepintieron. El rey reconoció que habían sido perdona­dos, pero asimismo dio gracias a Dios porque «ha depurado nues­tros corazones de toda culpa, por los méritos de su Hijo» (Alma 24:10). Enós oyó la voz de Dios que le decía: «tus pecados te son perdonados», y se regocijó por el maravilloso milagro que se pro­dujo a continuación: «por tanto, mi culpa fue expurgada» (Enós 1:5-6). Macbeth anhelaba esa misma paz para Lady Macbeth, esa misma conciencia libre de culpa. Puede que sus deseos resuenen en los corazones de muchos hoy en día:

¿No puedes tratar un alma enferma,
arrancar de la memoria un dolor arraigado,
borrar una angustia grabada en la mente
y, con dulce antídoto que haga olvidar,
extraer lo que ahoga su pecho
y le oprime el corazón

Profundamente enraizadas, hay penas que permanecen hoy por hoy en los corazones de muchos, y el mundo todavía busca en vano un antídoto. Muchos esperan hallar soluciones en terapeutas mundanos, en el dinero y la fama, pero su búsqueda es en vano.

El Señor señaló la futilidad de las soluciones aportadas por el mundo: «En el mundo tendréis aflicción» (Juan 16:33), y «no co­nocieron camino de paz» (Isaías 59:8). En ningún hombre puede encontrarse la paz; únicamente viene por el Salvador. Con par­ticularidad, las Escrituras describen las horrendas consecuencias de las soluciones del mundo: el alma de un hombre estará «ator­mentada por la conciencia de su propia culpa» (Alma 14:6), in­cluso teniendo «cauterizada la conciencia» (1 Timoteo 4:2). «Las demandas de la divina justicia despiertan en su alma inmortal un vivo sentimiento de su propia culpa, (…) y le llena el pecho de culpa, dolor y angustia, que es como un fuego inextinguible, cuya llama asciende para siempre jamás» (Mosíah 2:38). Nefi añade esta advertencia: «los culpables hallan la verdad dura, por­que los hiere hasta el centro» (1 Nefi 16:2). Los malos son quie­nes «[huirán] sin que haya quien [los] persiga» (Levítico 26:17; véase también Proverbios 28:1) y están «de duelo todo el día» (Salmos 38:6). Job habló con aspereza —pero verazmente—de los que no tienen nada que ofrecer más que el consuelo del mun­do: «¿Cómo, pues, me consoláis en vano? En vuestras respuestas hay falsedad» (Job 21:34).

Todas las tentaciones seductoras, programas falsificados y pro­mesas especiosas, incorporadas de una forma u otra a las solu­ciones del mundo con todo su atractivo, oratoria y brillo multidimensionales, simplemente se hunden a la luz de la declaración consagrada en las eternidades del Señor: «No hay paz para los malvados, dice mi Dios» (Isaías 57:21). La letra del himno nos hace pensar:

¿Dónde hallo el solaz dónde, el alivio
cuando mi llanto nadie puede calmará

El Señor dio la respuesta, la única réplica segura: «mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da» (Juan 14:27). Esa paz de la que habló es la paz «que sobrepasa todo entendimien­to» (Filipenses 4:7). Se encuentra solamente cuando llegamos a conocer, apreciar y aceptar la Expiación de Jesucristo. Entonces la «paz os [será multiplicada] mediante el conocimiento de Dios y de nuestro Señor Jesús» (2 Pedro 1:2; véase también Helamán 5:47). Ammón fue un testigo vivo de ello; habló de la desespe­ranza de los que han probado otro camino: «He aquí, este es un gozo que nadie recibe sino el que verdaderamente se arrepiente y humildemente busca la felicidad» (Alma 27:18). David sabía de la futilidad de buscar otra fuente de paz: «Y ahora, Señor, ¿qué esperaré? Mi esperanza está en ti» (Salmos 39:7).

Tras el conmovedor sermón del Pan de vida —quizá el ser­món más memorable del Señor, si descontamos el Sermón del Monte—, muchos de sus discípulos lo abandonaron. El Salvador se volvió entonces a Pedro, y preguntó: «¿También vosotros que­réis iros?». La respuesta de Pedro debería hacer arder todos los corazones y colgar de los muros de todos los hogares: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:67-68). Uno podrá buscar en vano a lo largo y ancho del mundo, escu­driñar los diarios en busca de pensamientos, acariciar las filosofías de los hombres, pero a la larga aprenderá que no existe esperanza, ni paz duradera, más que en Jesucristo.

El sacrificio expiatorio de Cristo, y nuestra aceptación total de la Expiación, son el antídoto espiritual que sana el alma herida. Es un antídoto que aporta esperanza en lugar de desesperación, luz en lugar de oscuridad y paz en lugar de zozobra. Fue este an­tídoto lo que funcionó en el caso de Zeezrom. Postrado en cama y ardiendo de fiebre. Repasaba sus numerosos pecados, creyen­do que no había «liberación» por lo que había hecho. Entonces Alma planteó una de esas preguntas que cambian las reglas del juego radicalmente: «¿Crees en el poder de Cristo para salvar? (…) Si crees en la redención de Cristo, tú puedes ser sanado» (Alma 15:3, 6, 8). La respuesta fue afirmativa. La curación subsi­guiente fue tanto física como espiritual. La condición previa fue la creencia en la Expiación de Jesucristo.

Jacob invitó a su pueblo a «oír la agradable palabra de Dios; sí, la palabra que sana el alma herida» (Jacob 2:8). Una invitación semejante la cursó nuevamente el Salvador durante su ministerio terrenal: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros y apren­ded de mí, (…) y hallaréis descanso para vuestras almas» (Mateo 11:28-29). Nefi habló de aquellos días gloriosos en los que «el Hijo de Justicia se les aparecerá [a los justos]; y él los sanará, y tendrán paz» (2 Nefi 26:9).

Así, no resulta sorprendente que el Salvador, tras ofrecer una valiosa información de naturaleza autobiográfica acerca de su pro­pia Expiación, diera las siguientes instrucciones a los Santos de los últimos días: «Aprende de mí y escucha mis palabras (…) y en mí tendrás paz» (DyC 19:23). En efecto, el Salvador es el autor de la paz, el «fundador de la paz» (Mosíah 15:18), el «Príncipe de paz» (Isaías 9:6), para todos los que vienen a El. Enós fue un tes­tigo de esta promesa: «Y pronto iré (…) [a] mi Redentor, porque sé que en él reposaré» (Enós 1:27; véase también DyC 54:10).

El Señor desea ansiosamente que vivamos en paz. Es uno de los dones de su Expiación. Como cualquier padre amoroso, an­hela colmarnos de los dones que redundarán en nuestro bienestar espiritual. Lucas nos cuenta de la mujer que había padecido «de un flujo de sangre» doce años (Lucas 8:43). Según Lucas, la mu­jer se acercó al Salvador por detrás, tocó el borde de su manto y fue sanada instantáneamente. ¿Cómo se sintió? Ciertamente, su curación inmediata provocó alborozo, pero cabe preguntarse si no hubo también cierto ligero y persistente sentimiento de culpa por haber actuado secretamente. ¿Había algo de incongruente — desde el punto de vista espiritual— en su acto? ¿Creía ella en los poderes curativos del Salvador, pero se sentía indigna de solici­tarle lo que tanto deseaba directamente? Fuera cual fuera la causa de su actuación encubierta, en cuanto esta se produjo, el Salvador preguntó «¿Quién es el que me ha tocado?» (Lucas 8:45). Pedro estaba atónito. ¿Y qué importancia tenía eso? Se encontraban en medio de una multitud; muchos le empujaban, pero el espíritu del Salvador había sido estimulado por el contacto de alguien que no lo había tocado por casualidad. Con ese contacto, supo que había salido poder de su persona. La mujer, incapaz de escon­derse, cayó ante El temblorosa y confesó lo que había hecho. Su cuerpo mortal estaba rejuvenecido, pero su serenidad espiritual y emocional todavía dejaba mucho que desear. La mujer tenía paz corporal, pero carecía de paz mental. Ahora el Señor le iba a brindar ambas: «Hija, tu fe te ha sanado; ve en paz» (Lucas 8:48; énfasis añadido). ¡Oh, qué bálsamo deben haber sido estas pocas palabras para su espíritu enfermo! El alma sensible y tierna del Salvador sabía que la sanación de esta buena mujer de fe sola­mente había sido parcial.

Ni la curación del cuerpo ni la sanación del espíritu están com­pletas sin la paz mental. Por ello el Salvador le dijo al paralítico: «Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados» (Mateo 9:2). Este fue el mismo mensaje que recibió Thomas Marsh después de que le perdonaran también sus pecados: «Sea de buen ánimo tu corazón ante mi faz» (DyC 112:4). A Lyman Sherman, el Señor le prometió: «son perdonados tus pecados» (DyC 108:1). Esa fue la parte purificadora. A continuación, vinieron las palabras de consuelo: «Repose, por tanto, tu alma en cuanto a tu condi­ción espiritual» (DyC 108:2). Palabras de consuelo similares re­cibieron el profeta José Smith y Oliver Cowdery en el templo de Kirtland. Primero vino la purificación: «os halláis limpios delante de mí». Y acto seguido la promesa consoladora de que todo es­taba bien: «por tanto, alzad la cabeza y regocijaos» (DyC 110:5). En cada ocasión, el Señor culminó sus sanaciones con una piedra cimera: la paz mental. En la última cena, el Señor situó las cosas en su justa perspectiva: «os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero confiad; yo he vencido al mundo» (Juan 16:33; véase también DyC 78:18).

Resulta asombroso que en esta ocasión el Señor pudiera ani­mar a sus discípulos a «confiar», cuando todo parecía indicar que oscuros nubarrones se aproximaban en el horizonte. Getsemaní era inminente. La traición de Judas estaba cerca. La negación de Pedro se produciría muy pronto. También le esperaba la bur­la de un pseudojuicio, los gritos proferidos a coro por aquellos que había venido a salvar: «¡Crucifícalo, crucifícalo, crucifícalo!».

Y, finalmente, el Calvario mismo. Todo esto le esperaba, pero, con todo, todavía era capaz de decir: «confiad». ¿Por qué? Porque vencería al mundo; descendería por debajo de todo ello. El ha­ría posible que todas las personas en todas las épocas, superaran cualquier obstáculo, debilidad, pecado y punzada de culpa. Por el sacrificio del Salvador, todos y cada uno de nosotros podemos revivir la experiencia de Alma: «imploré misericordia al Señor Jesucristo (…) y hallé paz para mi alma» (Alma 38:8).

La bendición del socorro 


Notas

  1. Robinson, «Believing Christ», 26.
  2. Lewis, Quotable Lewis,
  3. Shakespeare, Macbeth, Acto V, escena IV, 40-45.
  4. Emma Lou Thayne, «¿Dónde hallo el solaz?», Himnos, núm. 69; empleado con el permiso de la autora.
Esta entrada fue publicada en Expiación, La Expiación Infinita y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s