Cristo sufrió por nosotros

Cristo sufrió por nosotros

El Señor vuestro Redentor padeció la muerte en la carne; por tanto, sufrió el dolor de todos los hombres, a fin de que todo hombre pudiese arrepentirse y venir a él.

Todos nosotros experimentamos algún grado de sufrimiento y angustia por errores que cometemos en nuestra propia vida. ¿Apreciamos y comprendemos totalmente el grado y el significado del sufrimiento y angustia que padeció el Salvador en el Jardín de Getsemaní por nuestra causa?

El presidente Joseph Fielding Smith dijo: «Creo que tenemos la costumbre de pensar que su mayor sufrimiento fue cuando lo clavaron en la cruz de las manos y los pies, dejándolo allí para sufrir hasta morir. Por más penoso que hubiera sido ese dolor, no fue el mayor sufrimiento que tuvo que soportar, porque por alguna razón que yo no puedo comprender, pero que acepto por la fe, y que vosotros debéis aceptar también por la fe, Él tomó sobre sí el peso de los pecados de todo el mundo. . . Era nuestro Salvador y el Redentor de un mundo caído, y se nos ha dicho que su sufrimiento, incluso antes de tomar sobre sí la cruz material, fue tan intenso que de los poros de su cuerpo brotó sangre; y Él le imploró a su Padre que si fuera posible, dejara pasar esa copa, de lo contrario El estaría dispuesto a beber de ella.» (En Conference Report, octubre de 1947)

Aunque es probable que el mayor sufrimiento que Cristo tuvo haya ocurrido en el Jardín de Getsemaní, voluntariamente permitió que se le infligiera dolor y sufrimiento adicional en la cruz. Su sufrimiento fue tan grande que El exclamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»

Hablando de este tema, el élder James E. Tamalge escribió: «Comprendiendo plenamente que ya no estaba abandonado, sino que el Padre había aceptado su sacrificio expiatorio, y que su misión en la carne había llegado a una gloriosa consumación, Jesús exclamó en alta voz de sagrado triunfo: ‘Consumado es’. Entonces con reverencia, resignación y alivio se dirigió a su Padre, diciendo: ‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Inclinó la cabeza y voluntariamente entregó su vida.

«Había muerto Jesús el Cristo. No le fue quitada su vida sino de acuerdo con su voluntad. A pesar de lo dulce y gustosamente aceptado que habría sido el alivio de la muerte en cualquiera de las primeras etapas de sus padecimientos —desde el Getsemaní hasta la cruz; — vivió hasta que todas las cosas se cumplieron de acuerdo con lo que se había decretado.» (Jesús el Cristo)

Hasta cierto grado es probable que suframos por nuestros pecados incluso después de arrepentimos y ser perdonados; mas el que se arrepiente no tendrá que soportar el castigo prolongado que está reservado para los que no se arrepienten.

Hablando de este tema, el presidente Spencer W. Kimball escribió: » ‘El pecado es infracción de la ley’, y según la ley eterna, se ha fijado un castigo para tal infracción. Todo individuo normal es responsable de los pecados que comete, y en igual manera quedaría sujeto al castigo que acompaña la violación de esas leyes. Sin embargo, la muerte de Cristo sobre la cruz nos ofrece la exención del castigo eterno en la mayor parte de los pecados. Tomó sobre sí el castigo por los pecados de todo el mundo, con el entendimiento de que aquellos que se arrepientan y vengan a El serán perdonados de sus pecados y se librarán del castigo.» (El milagro del perdón)

El arrepentimiento es un proceso continuo en nuestra vida. Sin embargo, «El arrepentimiento es algo que no se puede tratar livianamente día tras día. Pecar diariamente y arrepentirse diariamente no es agradable a la vista de Dios» (Enseñanzas del profeta José Smith).

Y ahora, yo, el Señor, en verdad os digo que no os imputaré ningún pecado; id y no pequéis más; pero los pecados anteriores volverán al alma que peque, dice el Señor vuestro Dios. (D. y C. 82:7).

«¡Qué alivio! ¡Qué consuelo! ¡Qué gozo! Los que se encuentran bajo la carga de transgresiones y aflicciones y pecados pueden ser perdonados, limpiados y purificados si se vuelven a su Señor, aprenden de Él y guardan sus mandamientos. Y todos nosotros qué tenemos necesidad de arrepentimos de las imprudencias y debilidades diarias igualmente podemos compartir este milagro.» (Spencer W. Kimball, El milagro del perdón)

Y continúa diciendo el presidente Kimball «Cuando pensamos en el gran sacrificio de nuestro Señor Jesucristo y en los sufrimientos que padeció por nosotros, seríamos muy ingratos si no lo apreciáramos hasta donde nuestras fuerzas nos lo permitieran. El sufrió y murió por nosotros; sin embargo, si no nos arrepentimos, toda su angustia y dolor por nosotros es en vano. Según sus propias palabras:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten; mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo; padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu,…” y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar. (D. y C. 19:16-18.)

«El perdón de los pecados es uno de los principios más gloriosos que Dios jamás concedió al hombre. Así como el arrepentimiento es un principio divino, también lo es el perdón. Si no fuera por este principio, no tendría ningún objeto proclamar el arrepentimiento. Por otra parte, a causa de este principio se extiende la divina invitación a todos: ¡Venid, arrepentíos de vuestros pecados y sed perdonados!» (Spencer W. Kimball, El milagro del perdón)

El presidente Harold B. Lee explicó lo siguiente: «Satanás. . . quiere que penséis y que sintáis. . . que después de haber cometido un error, debéis seguir adelante por la senda del pecado sin retroceder. Esa es una de las grandes falsedades. El milagro del perdón se encuentra a disposición de todos aquellos que abandonen el pecado y no reincidan en él.» (Liahona, marzo de 1974, Permaneced en los lugares santos)

Al transgresor atormentado por la culpa y el sentimiento de que para él no hay esperanza, el presidente Spencer W. Kimball ha hecho esta aseveración:

«Hay ocasiones en que una sensación de culpa invade a una persona con un peso tan abrumador, que cuando el arrepentido mira a sus espaldas y ve la vileza, la repugnancia de la transgresión, casi se da por vencido y se pregunta: ¿Podrá el Señor perdonarme alguna vez? ¿Podré yo mismo perdonarme alguna vez? Sin embargo, cuando uno llega al fondo del desánimo y siente la desesperanza en que se encuentra, y cuando en su impotencia, pero con fe, suplica misericordia a Dios, llega una voz apacible y delicada, pero penetrante, que susurra a su alma: ‘Tus pecados te son perdonados’.» (El milagro del perdón)

El presidente Joseph F. Smith dijo: «Arrepentimiento verdadero no sólo es sentir pesar por los pecados, y humilde penitencia y contrición delante de Dios, sino comprende la necesidad de apartarse del pecado, la discontinuación de toda práctica y hechos inicuos, una reformación completa de vida, un cambio vital de lo malo a lo bueno. . . hacer restitución, hasta donde sea posible, por todas las cosas malas que hayamos hecho, y pagar nuestras deudas y restaurar a Dios y a los hombres sus derechos, aquello que nosotros les debemos. Este es el arrepentimiento verdadero, y se requiere el ejercicio de la voluntad y toda la fuerza del cuerpo y mente para completar esta obra gloriosa del arrepentimiento; entonces Dios la aceptará’.» (Doctrina del Evangelio)

El presidente Harold B. Lee comenta, “…Si yo os preguntara cuál es la carga más pesada que podríamos soportar en esta vida, ¿qué responderíais? La carga más pesada que podemos soportar en esta vida es la carga del pecado ¿Cómo podemos ayudarle a alguien a soportar la pesada carga del pecado para que la misma llegue a ser ligera?

Hace algunos años, el presidente Romney y yo nos encontrábamos en nuestra oficina donde recibimos a un joven de preocupada expresión quien luego de presentarse nos dijo: “Hermanos, mañana voy a entrar al Templo por primera vez. En el pasado cometí algunos errores que me han tenido preocupado; hablé con mi obispo y con el presidente de estaca y a ambos les hice una completa confesión de todos mis pecados; después de un periodo de arrepentimiento y habiéndome asegurado que no existe el peligro de reincidir, ellos me consideraron preparado para ir al Templo y recibir mis investiduras. Pero hermanos, eso no es suficiente. Yo quisiera tener la seguridad de que el Señor también me ha perdonado.”

¿Cómo responderíais vosotros a una pregunta como ésa? Después de pensarlo por un momento, recordamos las palabras del rey Benjamín, expresadas en su discurso del libro de Mosíah. Se encontraba allí un grupo de personas que querían recibir el bautismo, y dijeron ser conscientes de su condición carnal: Y todos a un grito, diciendo: ¡Oh, ten misericordia, y aplica la sangre expiatoria de Cristo para que recibamos el perdón de nuestros pecados y sean purificados nuestros corazones;. . .”

“Y aconteció que después de haber hablado estas palabras, el Espíritu del Señor descendió sobre ellos, y se llenaron de gozo, habiendo recibido la remisión de sus pecados, y teniendo la conciencia tranquila. . .” (Mosíah 4:2-3). (Liahona, marzo de 1974, Permaneced en los lugares santos)

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