La misión de las madres

La misión de las madres

Por el presidente J. Reuben Clark, hijo

Dado el 2 de octubre de 1952 en la conferencia de la Sociedad de Socorro en el Tabernáculo en la Manzana del Templo.


Las hermanas de la Presidencia vinieron a mí y pidieron que les hablara, y me dieron más o menos el tema sobre el cual quisieron que hablara. Dijeron que esta vez me tocaba hablar. No se presentó manera de salir del paso, y por esto aquí estoy. No voy a decir nada que sea sensacional o nuevo, pues, puede ser que diga algo sensacional, no sé, pero no voy a decir nada que sea nuevo.

En vez de pensar de éste como un discurso para ustedes, preferiría que pensaran de éste como una manera de aconsejarnos mutuamente en cuanto a lo que las hermanas quisieran que dijera: “El Hogar, y la Edificación de la Vida Familiar”. Les voy a hacer recordar unos elementos que componen la vida familiar. Otra vez les digo que los han oído antes.

Primeramente, quisiera recordarles otra vez mis hermanas, de su llamamiento divino. Ustedes fueron criadas y puestas en el mundo para ser las madres de los espíritus que fueron criados por nuestro Padre Celestial; los cuales crió para venir al mundo, con el propósito de probarse si obedecerían o no los mandamientos que el Señor, su Dios, les diere. Esta es su gran misión. Todo lo demás es secundario.

Hospederas de los Niños

Quiero que sepan que ninguna hija o hijo se ha entremetido en su familia. Los invitaron. Son sus convidados y les deben todo lo que se requiere de una hospedera para sus convidados. Creo que no podemos poner demasiado énfasis en esto.

Quisiera, entonces, decirles que como hospederas, no solamente van a darles un cuerpo, sino que les es requerido que les den cuerpos sanos. Yo sé que entre las familias más perfectas y entre los cuerpos más perfectos, surgen formaciones defectuosas. Esto lo sé. Supongo que más allá del alcance de nuestra memoria o más allá de nuestro conocimiento, algún padre o madre cometió un mal, el cual viene sobre las generaciones.

Pero esto pueden hacer, y creo yo que es su responsabilidad hacerlo: Ustedes mismas pueden vivir de tal manera, que ninguna de estas cosas sobrevengan a sus hijos por un mal que ustedes hayan hecho. Lo que viene del pasado no se puede gobernar, mientras lo que viene en el futuro, sí; con esto se puede hacer mucho. No se olviden de la herencia. A veces los instruidos se burlan mucho de ésta, sin embargo, tan convencido estoy que en la herencia hay mucho, como estoy convencido que les estoy hablando en estos momentos.

Tampoco se deben olvidar de que hay una relación grande entre el cuerpo sano y el espíritu sano. Yo no sé la relación, pero la observación me enseña que el cuerpo corrupto y contaminado, casi nunca da posada a un espíritu que está completamente limpio de toda corrupción. Dicho cuerpo corrupto y el espíritu sano y progresivo, no se acostumbran a morar juntos.

Por esto, vivan prudentemente, vivan como el Señor ha mandado, y así cumplirán con su parte, y ustedes serán responsables por lo que pasa con sus seres queridos. El servicio de una madre es, de los conocidos, el más alto.

El Hogar Ideal

Como ustedes sabrán, hay ciertas cosas que se usan para edificar una casa, y las cuales son esenciales.

Si ustedes quieren edificar un hogar ideal en donde instruir por las vías del Señor a estos espíritus que han invitado que vengan a ustedes (ellos no son intrusos), entonces tiene que hallarse en este hogar, el amor. Nunca puede existir una verdadera vida familiar, donde no hay amor.

En seguida, hay que tener la oración. Una casa sin la oración, no es hogar.

Tiene que haber el honor en dicho hogar. Tenemos que ser honorables entre nosotros mismos, como padres, como hijos, como hermanos y hermanas.

Hay que tener el respeto mutuo. Tenemos que respetarnos, el uno al otro. Aun el amor no quitará el respeto de su lugar.

Tiene que haber el ejemplo. Nosotros, los padres, tenemos que poner el ejemplo. No se olviden de esto. Especialmente los padres jóvenes, no piensen ustedes que sus hijos andarán en el camino angosto y estrecho, si ustedes mismos andan errantes. Vivan como el Señor ha decretado.

Tiene que haber obediencia —no por medio de la fuerza— es decir, no por la fuerza física. La obediencia tiene que venir del espíritu, impuesta por el espíritu de los padres. Esta imposición es una de amor y bondad.

Hay que tener la decencia en el hogar, con esto quiero decir que la conversación no va a ser baja y vil. Un cuento soez no tiene cabida en la sala o en la mesa, o en cualquier otro lugar en el hogar. Está completamente fuera del orden. Un cuento grosero es una manera baja de la diversión.

Lleven a sus casas lo mejor que hay en la educación y la cultura. Tienen que tenerlas en el hogar. Fíjense, una cantidad enorme de nuestro arte moderno, de nuestra literatura y música, y del drama que tenemos hoy, es completamente, pero completamente, de doctrina desmoralizadora. Casi todos los “anuncios” en los periódicos (eso es exagerado), pero demasiados “anuncios” en los periódicos a propósito son sensuales. La música, pues no está muy elevada del sonsonete de la selva. Su drama junto con la música, pues algo de éste vino de las cavernas de los hechiceros. Ustedes saben cómo se llamaban estos bailes cuando primeramente surgieron; y puede ser que ahora les han dado otro nombre de más respeto.

Tienen que vigilar estas cosas. Todas estas cosas impresionan a los hijos. Que sea la vida familiar lo más parecida posible a la vida celestial.

Ustedes, los padres, sepan en que se recrean sus hijos. Sé que les estoy proponiendo una cosa difícil. Pero cada padre debe procurar saber estas cosas de su hijo o hija que sale por la noche: a dónde van, con quién y con qué propósito. Los padres deben vivir cerca de sus hijos, para que cuando les tienen que preguntar estas cosas les puedan tener bastante confianza para contestárselas. Como dije, sé que les estoy dando una tarea bastante difícil.

Las hermanas me pidieron específicamente que les hablara algo en cuanto a la castidad. La voy a tratar. Espero que me perdonen la franqueza con que les voy a hablar, pero lo hago para que no se confundan mis palabras. Por esto he escrito esta parte de mi discurso.

La Castidad: Una Posesión Sagrada

La castidad es la posesión más cara que hay, tanto como para los jóvenes como para los ancianos. Es más preciosa que la vida misma.

Hablaré con mucha franqueza, pero a la vez con delicadeza hasta donde pueda. Pero tenemos que señalar a las groseras abominaciones con el nombre debido. Tenemos que atacarlas con toda la fuerza y sin vacilar.

Antes de comenzar con este tema, quisiera decir algunas palabras en cuanto al matrimonio.

Las bendiciones patriarcales nos muestran que una gran cantidad de nosotros somos de la tribu de José; muchos vienen por el linaje de Efraín y otros pocos vienen por el linaje de Manasés. El Señor requirió de Israel antiguo, que se casaran únicamente entre sí, “porque”, dijo el Señor, “tú eres pueblo canto a Jehová, tu Dios”. (Dt. 7:6).

No veo que el Señor haya retirado este mandamiento, siendo que somos miembros de una gran tribu de Israel. Les incito, a los jóvenes que obedezcan la ley y que se casen en la manera que la ley dicta. Así es como el Señor requiere que hagamos. Los mismos problemas que tenían los israelitas de la antigüedad, en cuanto al matrimonio con los de otras naciones que vivían entre ellos, también los tenemos nosotros. Son los peligros de las herejías, la iniquidad y el mal que siempre se halla entre los incrédulos.

Echar leña al Fuego

Volvamos al tema de la castidad: Muchas influencias (más que he visto en toda mi vida) están para derrumbar el decreto santo de la castidad. Las escuelas, la prensa, los autores, poetas, artistas, dramáticos, músicos, queriendo hacerlo o no, todos ellos están echando leña al fuego de la sensualidad que está cubriendo el mundo.

En las escuelas enseñan a los niños las materias sobre los sexos. En vez de fortalecer la moralidad de los jóvenes, lo que debe ser el propósito de la buena enseñanza, parece que estas materias causan resultados completamente opuestos a los deseados. Nunca en mi vida he visto un tiempo en que la inmoralidad haya tenido tanto predominio o haya sido tolerada tanto, como hoy lo es entre los jóvenes y los de edad mediana.

Vienen informes con mucha frecuencia, y son demasiado auténticos para dejar pasar, en donde dice que los maestros en nuestras universidades, tanto las que están lejos como las que están cerca, están enseñando a sus estudiantes que el impulso sexual es tan natural como el del hambre y la sed, y que debe ser saciado al capricho de ellos. Ahora repito: El que predica esta doctrina perversa, es un emisario de Satanás. Ni las burlas, el sarcasmo, las artimañas frioleras, donde se emplean los hechos científicos, ni las sofisterías ateas, pueden cambiar esta verdad básica.

Hay otras abominaciones que van juntas con ésta. Para prevenirles algunos de estos peligros, con verdaderas disculpas, les voy a citar algunas.

La persona que enseña que no hay pecado en la masturbación, está en la misma clase con el que prostituye el impulso sexual.

Es igual para la persona que condena el pecado por el cual fueron destruidas Sodoma y Gomorra. Hemos forjado un nombre más suave de el que se usaba en la antigüedad. Ahora lo designamos como la homosexualidad, y me da pena decirlo, se halla entre ambos sexos. ¿Pensarían ustedes, señoritas, en lo que estaba en la mente del hombre que primeramente las aduló por sus cuerpos masculinos? No son sin razón las declaraciones de algunos que los homosexuales tienen gran influencia en nuestro arte, drama, música y literatura.

Me detengo de no más mencionar la abominación de la suciedad y la repugnancia de los antiguos —el ayuntamiento con las bestias.

Una Amonestación para las Madres

Madres de Israel, por el bien de sus hijos, no piensen que ellos estén completamente limpios de estas cosas; si piensa así, de repente una madre se dará cuenta de su complacencia falsa; y puede ser que esta madre sea usted.

Nunca se olviden de que Satanás está al lado de cada uno de sus hijos. El espera enfrente de cada casa, vigilando cada minuto del día por la oportunidad de hallar un defecto en la armadura de la rectitud con la cual han protegido a sus hijos y han puesto alrededor de sus casas. El espera allí para usar contra dicho defecto toda arma de engaño, toda artimaña, toda atracción y sentimiento sensual —y él tiene a su disposición todo el mal— y hace todo esto a fin de destruir a sus seres queridos. Lo he dicho todo esto antes.

Madres de Israel, a este hogar de amor, bienestar, cultura, oración, respeto, armonía y educación, deben llevar la comprensión y reverencia por la castidad. Enséñenla en tal manera que sus hijos, su misma carne y sangre, se guarden limpios del pecado segundo al mayor, la inmoralidad.

Les leeré de las palabras del gran profeta, Alma. No son mis palabras, sino las de él cuando hablaba a su hijo Corianton, quien había abandonado su campo misionero y se había descarrilado. Alma dijo:

“Y esto no es todo, hijo mío. Tú hiciste lo que me era penoso; porque abandonaste el ministerio y fuiste al país de Sirón, en las fronteras de los lamanitas, detrás de la ramera Isabel.

“Sí, ella robó el corazón de muchos, mas esto no era excusa para ti, hijo mío. Tú deberías haber atendido al ministerio que se te había confiado.

“¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son abominables a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, como no sea el derramar sangre inocente, o negar al Espíritu Santo?” (Alma 39:3-5).

Así habló el profeta Alma.

Enseñen la Atrocidad del Pecado

Ustedes, las madres de Israel, es su oportunidad y responsabilidad de enseñar a sus hijos cuidadosamente la atrocidad del pecado de la inmoralidad. Hay muchos casos, demasiados, en el agregado, porque uno es demasiado, que se presentan a las hermanas directoras en cuanto a unas señoritas que se han bajado a lo más profundo de la deshonra y desesperación, porque no siendo instruidas por sus madres, han dejado que las lleven a la transgresión y ahora les nacerán niños engendrados fuera del matrimonio. Por mucho que vivan nunca se borrará por completo esta mancha. Sus amigos, los miembros del barrio, sus padres, sin duda, y el Señor, si se arrepienten, les perdonarán, pero el recuerdo queda y marca la felicidad de todos los años venideros.

Madres de Israel, no dejen que la falta de enseñanza suya, sea la causa de una tragedia igual. Enseñen a sus hijas e igualmente a sus hijos, la verdad de esta transgresión. En nuestra Iglesia no tenemos dos normas de comportamiento. Infundan en sus hijos e hijas, desde la niñez, la reverencia por el cuerpo no contaminado, llevándoles a conocer el propósito divino del sexo: el impulso de proveer cuerpos para los espíritus que aún están para incorporarse. Estén seguras que comprenden la gloria de un cuerpo casto y de un niño que nace sin mancha.

No fracasen en hacer esto, para que pueda, presentarse, sin temor, despejadas, libres de toda culpa, ante Dios en el Día del Juicio.

Una Promesa al Transgresor

No quiero que confunda mis palabras. La joven o el joven que caen en la transgresión, tienen una oportunidad completa de subir de la desesperación que les sobreviene, después de la transgresión. El Señor ha dicho a los demás de nosotros:

“Yo, el Señor, perdonaré al que quisiere perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres”. (D. y C. 64:10).

Esto es lo que tenemos que hacer: perdonar y no guardar nada en contra del transgresor, y también tenemos que olvidarlo, si lo podemos hacer. Para el transgresor arrepentido, el Señor ha prometido su perdón y más, él ha dicho:

“Por esto podéis saber si un hombre se arrepiente de sus pecados: He aquí, los confesará y abandonará”. (D. y C. 58:43).

A dicho pecador arrepentido, extiende su infinito amor y misericordia, y estoy seguro de que, de acuerdo con su gran sabiduría, administrará única¬mente el castigo menor que requiere la justicia.

Vengan ustedes, los transgresores arrepentidos, y participen de la perfecta y divina justicia de Dios, y también de su infinito amor y misericordia. A los transgresores que todavía no se han arrepentido, llama:

“Venid a mí todos los que estéis trabajados y cargados, que yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga”. (Mt. 11:28-30).

Cito otra vez a Alma. Esta vez cito sus consejos a su hijo Helamán:

“Y ahora, ¡oh hijo mío!, Helamán, he aquí, tú te hayas en tu juventud, y por tanto te ruego que oigas mis palabras, y aprendas de mí; porque sé que quienquiera que ponga su esperanza en Dios, será sostenido en sus tribulaciones, pesares y aflicciones, y será exaltado en el postrer día”. (Alma 36:3).

Que Dios bendiga a ustedes, las madres de Israel, y que les dé sabiduría y comprensión, paciencia y caridad, y valor también para que no fallen. Que les dé el raro y precioso don del discernimiento, para que puedan señalar al traidor antes de que hiera, y así lo frustrarán. Que tengan este don para percibir, y esto aun antes que el querido se dé cuenta que Satanás, muy astutamente, está sugestionando el pecado en el oído del inocente. Así podrán mudar estas sugestiones con la voz del consejo que viene por el amor y la sabiduría.

Que Dios esté con cada una de ustedes en todo tiempo, para que puedan cumplimentar el llamamiento divino de una madre en Israel. Lo pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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