La necesidad de hoy es la Fe

La necesidad de hoy es la Fe

por Antoine R. Ivins

Discurso dado el 6 de abril de 1952 en la Conferencia General.


Mis amados hermanos y hermanas, me paro delante de ustedes con mucha timidez y trepidación. Aunque haya hecho esta cosa por muchos años, siempre tengo la misma sensación. Ojalá que ustedes me ayuden con su fe y oraciones, y que lo que diga sea algo de beneficio para nosotros, para darnos valor y fe renovada. El otro día cuando el doctor Widstoe estaba hablando de sus experiencias, y como fué llamado como experto concerniente a los problemas de la irrigación, me puse a pensar tocante al parecido entre esto y la vida. Una vez leí una declaración de un escritor español: Hay más almas incultivadas en el mundo, que tierras.

El propósito de la irrigación, por supuesto, es para efectuar el cultivo sobre tierras que no son útiles y productivas, y el cumplimiento de esto representa uno de los principios fundamentales de nuestra vida y nuestra fe.

Al empezar, las aguas que usamos en cultivar la tierra, cuando estén irrefrenables, pueden ser el origen de peligros tremendos y pueden dañarnos mucho. La hermana Ivins y yo, al pararnos en las riberas de un río, en Elmire, New York, vimos entrar el agua en aquella ciudad y llenar los sótanos en el pueblo, y leímos en el periódico la cantidad de personas que se ahogaron en ese diluvio. ¿Y por qué? Porque las aguas de aquel río eran irrefrenables.

Ahora, cuando producimos agua dominada y por medio de nuestra fe y obras la traemos sobre tierras secas, llegan a ser productivas esas tierras, para hacer tal cosa tiene que ser una aplicación fundamental del principio de la fe. Sin fe no podríamos hacer el esfuerzo. Entonces, tienen que levantarse tales estructuras para que guarden el agua que traemos a las tierras bajo dominación absoluta; y, además, para usarla eficientemente, tiene que tener dirección prudente y adecuada.

Cuando podemos aplicar todas estas cosas a ella, segamos una cosecha, una cosecha muy rica. Pero, si nosotros en cualquier tiempo durante este proceso llegamos a ser flojos y perdemos el do-minio, la esperanza de una sazón, y muchas veces del futuro, puede desvanecerse todo en una hora.

Eso es como la vida. El propósito de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días es el redimir y el cultivar las almas de las gentes. El propósito, aún, es para edificar, enderezar y hacer mejor las vidas de las gentes, quienes ya reconocen el poder de Dios, su Sacerdocio restaurado en la tierra, y llegan a ser miembros de la Iglesia, porque ninguno de nosotros somos perfectos.

El desarrollo de aquellas almas es la responsabilidad más grande de la vida. Hay, por supuesto, el tiempo cuando este dominio tiene que ser ejercitado por otros, en la misma manera que ejercemos dominio sobre los elementos de la vida que ponemos sobre la tierra. La custodia de un alma empieza cuando el hombre nace débil, sin poder e imposibilitado. Hay, no obstante, plantado en él por Dios, un poder que puede desarrollarse, y si es dominado, sería el resultado hacia el beneficio y bendición del género humano. Es el deber de los padres de aquel niño ver que su juventud esté dirigida propiamente y sus actividades estén guiadas, que el egoísmo, celos, y las cosas malas a las cuales los hombres carnales son sujetados, sean quitadas y que le sean enseñadas virtudes, las virtudes más altas que hay, de modo que su período de formación sea guardado de todos los medios malignos que nos rodean en números grandes.

Algunas veces, como padres, no nos damos cuenta de aquella responsabilidad. Consideramos a nuestros hijos como cosa corriente; no nos damos cuenta de que son hijos o hijas de Dios, y que en sus cargas y custodias somos los representantes de Dios, nuestro Padre Celestial. Si nos diéramos cuenta de ellos con más consideración, estoy seguro que seríamos más serios en el cuidado y dirección que damos a la vida de nuestros hijos.

Viene un tiempo, por seguro, cuando el padre y la madre han hecho todo lo que sea en su poder, y mandan a sus hijos que vayan al mundo para luchar con las condiciones variables. Entonces estos jóvenes tienen esta dirección en sus propios poderes, tienen que dirigir sus caminos, tienen que dirigir sus esfuerzos; los padres no tienen el dominio sobre ellos ahora.

En este proceso, el principal elemento de éxito, me parece, es la fe, porque sin fe, probablemente no buscaríamos la ayuda de él, y sin su ayuda nos faltaría inspiración, y sin inspiración es posible que seamos sujetados a las tendencias más fundamentales del cuerpo.

Este escritor dice —Almas incultivadas— y el Profeta dijo: “El espíritu y el cuerpo son el alma del hombre (D. y C. 88:15). Por consiguiente, si no vamos a cultivar el alma de una manera buena, debemos hacer caso del desarrollo espiritual, e igualmente del desarrollo físico del cuerpo. Sin una relación propia de los dos, no podemos salir bien.

Ahora, fe en Dios llega a ser el principio fundamental de la Iglesia. El principio más grande del evangelio es el amor. Pero, ¿cómo podemos amar a Dios sin tener fe en su poder y su dirección en los negocios de nuestro mundo? Para amarle, tenemos que tener fe en él. Con esta fe vendrá un amor de Dios, y un esfuerzo de hacer su voluntad, de guardar sus mandamientos, de desarrollarnos, de tal manera que últimamente seamos valerosos sirvientes útiles para Dios en desarrollar su programa en la tierra.

Sin fe no puede existir el amor entre un hombre y su esposa. Sin fe no puede existir el amor entre un hijo y un padre. Me parece que la fe debe andar en ambas direcciones. Pero si esta fe puede ser desarrollada, nos esforzaríamos a desarrollarnos hasta lo más alto de nuestra capacidad. Se requiere una lucha constante para no admitir entrar el odio en nuestros sentimientos y actividades; se requiere una lucha constante para desarrollar las facilidades más altas del cuerpo y de la mente, pero ha de venir de la fe en Dios; porque de este amor desarrollado, la fidelidad tiene que existir en todas las relaciones de la familia.

Se nos ha dicho que es una cosa gloriosa que aquí podemos gozar de nuestras compañeras, con la esperanza de que si nuestras vidas son buenas, tendremos aquella asociación en todas las eternidades, la bendición más grande del evangelio de Jesucristo. Pero, si no tenemos la fe que nos da el amor y respeto de uno para el otro, y si no honramos las promesas que hacemos en el matrimonio, no alcanzaremos la realización de este grande y glorioso privilegio.

Yo creo, en esta lucha tan grande, que la victoria más grande que un hombre puede hacer es la victoria del dominio de sí mismo. En el caso de “Alejandro El Grande”, su conquista del mundo no le hizo nada de valor, porque murió en su juventud, corrompido y borracho. Porque no tuvo dominio sobre sí mismo, perdió toda la ventaja que tuvo por medio de sus conquistas profanas.

Por eso, repito, no importan sus conquistas en otras direcciones, si ustedes han fracasado en ganar el dominio de sí mismos, han fracasado en la victoria más grande de la vida. Es la batalla más grande, también, porque el hombre, abandonado por el Espíritu de Dios, como ya sabemos, es carnal, y es un enemigo de Dios. Sin aquella lucha, sin el Espíritu de Dios, vamos a rendirnos a las tendencias innobles. No debemos hacerlo, hermanos, sea hombre o mujer, debemos tener fe en Dios, para servirle propiamente, y para hacer esta lucha tremenda es necesario vencer estas facultades fundamentales.

Nunca debemos maltratar a nuestros cuerpos, de manera que rindamos los dominios que hemos logrado sobre estas propensiones a la influencia de los licores, o cosas así. Debemos vivir, hermanos, por medio de la fe que desarrollamos en Dios, vivir verdaderamente conforme a los mandamientos que nos ha dado y a las promesas que hemos hecho.

Ahora, cuando llevamos el agua sobre la tierra, posiblemente hayamos plantado una cosecha que es el resultado de muchos meses de trabajo y luego, a causa de un momento de descuido, relajamos nuestro dominio y nuestra atención alerta, y toda la obra desaparece.

He conocido a hombres y a mujeres también, que aparentemente habían logrado la lucha con mucho éxito, y luego con el sentido de seguridad, o indiferencia, y no sé cuál, relajan sus dominios; sucumben a las tentaciones, y en mi momento de descuido, destruyen sus esperanzas para el futuro.

He visto a hombres desorganizar el casamiento que hubiera durado por todas las eternidades, porque en un momento de descuido fracasaron en ejercer su fe en Dios y sus dominios.

Yo creo, mis hermanos y hermanas, que la necesidad más grande que tenemos hoy, es el desarrollo de la fe en Dios y los dominios sobre nosotros mismos, que vienen de esta fe; y si podemos hacerlo como familias individuales, la seguridad de nuestros hijos debe estar segura. Si podemos impresionar los principios básicos sobre los hijos, de tal manera que se les adhieran por la duración de sus vidas, la generación siguiente que vendrá al mundo, debe estar segura también. Todo el futuro depende de nuestra fe en Dios, y el ejercer de estos dominios que vienen por medio de esta fe, y la inspiración de Dios que logramos mediante ella.

Ahora que nos demos cuenta de estas cosas, hermanos y hermanas, y que las vivamos verdaderamente, porque las promesas que hacemos en las aguas del bautismo y en los templos de Dios, son muy graves. Hay muchas promesas para nosotros. El quebrantar estas promesas es una cosa muy seria, y tiene resultados terribles, resultados destructivos en nuestras vidas. ¿Han visto ustedes a tales personas que se olvidan de estas cosas, y como resultado pierden sus puestos en la comunidad, caen en el olvido, mueren sin dolientes? Yo creo que ustedes han visto a tales personas. ¿Y por qué? Simplemente porque nos olvidamos de Dios, y perdemos la fe en él, porque la fe se mantiene por el ejercicio de nuestras facultades en el servicio de Dios. Y cuando dejamos de ejercer estas facultades, esta fe disminuye. Nuestros dominios, de la misma manera disminuyen. Un día triste despertaremos y hallaremos que las bendiciones que pudiéramos haber recibido, ahora están fuera de nuestro alcance.

Que el Señor nos ayude a entender nuestra relación con él, y que tengamos la fe para guiamos y para ayudarnos a dirigir nuestros esfuerzos hacia el desarrollo de nosotros mismos, y también de los que dependen de nosotros, pido en el nombre de Jesucristo. Amén.

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