El evangelio es para todos los hombres

El evangelio es para todos los hombres

por el presidente Hugh B. Brown
Primer Consejero en la Primera Presidencia
Conferencia General, Abril 1969

EL apóstol Pedro, escribiendo a los santos de su época, dijo, tal como se encuentra registrado en 1 Pedro 2:9: “Mas vosotros sois linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios. . .”

Ya sea que todos estén o no de acuerdo con que esas características sean aplicables a los santos de hoy en día, estoy seguro de que por lo menos estaremos de acuerdo en una cosa: que somos una gente peculiar, no dicho en forma ofensiva, sino que tal vez la mayoría de las personas diría que somos diferentes. Mi propósito ahora es examinar y discutir algunas de esas diferencias.

Algunos de los antagonismos existentes entre los pueblos y entre las naciones son resultado del hecho de que no se entienden entre sí.

“Incomprendidos,” ha dicho el poeta,

“Recogemos impresiones falsas
y las abrazamos más estrechamente mientras los años pasan,
hasta que las virtudes nos parecen faltas.
Y así los hombres viven y mueren, caen y se levantan: Incomprendidos.
¡Oh, Dios!  Si los hombres pudieran ver más claro,
o juzgar piadosamente cuando no pueden ver
¡Oh, Dios! Si un poco más se acercaran
uno al otro, más cerca de Ti estarían. . .
Y se comprenderían.”
(Poems of Inspiration, por Tilomas Bracken, Halcyon House, 1928, pág. 188)

Podemos tratar el tema bajo dos encabezamientos generales, particularmente, la paternidad de Dios y la hermandad del hombre. Las escrituras nos dicen que la vida eterna es conocer a Dios y a Jesucristo, a quien Él ha enviado.

Por lo que toca al hombre, nos unimos a David de la antigüedad, y preguntamos: “¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?” Y aquí hacemos la pregunta “¿Cuál es la relación que existe entre Dios y el hombre?”

El Dr. James E. Talmage resumió esta parte de nuestro tema, de la siguiente manera:

“¿Qué es el hombre en este ilimitado medio de sublime esplendor? Os respondo virtualmente ahora, es más importante y grandioso, más precioso en la aritmética de Dios que todos los planetas y soles del espacio, que por El fueron creados. Estos son obra manual de Dios; el hombre es su hijo. En este mundo se le ha dado al hombre dominio sobre algunas cosas, y es su privilegio lograr la supremacía sobre muchas otras. Los cielos declaran la gloria de Dios, y el firmamento muestra la obra de sus manos. Incomprensiblemente grandiosas como medios para lograr un fin y son necesarios para la realización del supremo propósito del Creador, que en sus propias palabras ha sido así declarado: “Porque he aquí, ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.”

Quisiera discutir nuestro tema brevemente con respecto a Dios, y examinar algunas de las cosas que han sido creencia y enseñanza con relación a dicho tema.

A principios del siglo diecinueve, generalmente se creía que Dios era incorpóreo e inmaterial, sin cuerpo, partes ni pasiones, sin tener en cuenta el hecho de que Dios ama la rectitud y odia la iniquidad, y amor y odio, son por supuesto, pasiones.

Se ha aclamado que Dios no tenía forma, aun cuando las sagradas escrituras enseñan que Dios creó al hombre a su propia imagen. En realidad Pablo nos dice que Jesucristo fue creado a la imagen de su Padre. ¿Somos acaso creados a la imagen de una entidad informe?

Para nosotros Dios no es abstracto; no es una idea, un principio metafísico, una fuerza o poder impersonal. Es una persona concreta y viviente. Y aunque en nuestra humana flaqueza no podemos conocer el misterio total de su ser, sabemos que es de nuestro parentesco, porque se ha revelado a nosotros en la divina personalidad de su Hijo Jesucristo, y es en realidad nuestro Padre.

La Iglesia enseña que cuando Dios creó al hombre a su imagen, no se despojó de ella; todavía es una forma humana y posee cualidades humanas santificadas y perfeccionadas que todos admiramos. A través de las sagradas escrituras el Padre y el Hijo son presentados como personajes separados y diferentes. Nosotros ratificamos la doctrina de las antiguas escrituras y de todos los profetas que afirman que el hombre fue creado a la imagen de Dios, y que El posee cualidades humanas tales como conciencia, voluntad, amor, misericordia, justicia. En otras palabras, es un Ser exaltado, perfeccionado y glorificado.

El fallecido presidente Brigham H. Roberts, en uno de sus últimos escritos, discutió algunos de los principios del evangelio a los cuales deseo dar circulación más amplia. Lo citare y parafrasearé.

Bajo las enseñanzas de los hombres exentas de inspiración, y los credos que aplican al hombre—premortal, mortal y pos mortal—se enseñaba que, aunque el cuerpo humano había sido creado por Dios, su origen era puramente terrenal. Nosotros creemos que, antes de la creación de los cuerpos, todos los hombres existieron como inteligencias. Estas inteligencias no fueron creadas ni hechas, ni ciertamente pueden serlo; la entidad inteligente del hombre a la cual llamamos espíritu o alma, tiene vida propia, increada y eterna. En esta forma el hombre es coronado con la dignidad que pertenece a su naturaleza eterna y divina.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, (o Iglesia Mormona, si así lo preferís) reclama ser una Iglesia valiente, profética e inspirada, edificada sobre la roca de la revelación. Llama al hombre a cooperar con Dios en su manifiesto propósito de llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre. Es ésta una sociedad divina y está al alcance de todos; amplía el significado de la expresión “fraternidad del hombre”. No es simplemente una filosofía de la vida; es un plan divino o plan detallado de la vida: preexistente, mortal y venidera.

El evangelio es un sistema de educación continua, que da como resultado la progresión eterna. La educación es, en realidad, una parte de nuestra religión. Creemos que la gloria de Dios es la inteligencia.

El Señor dijo; “Y os mando que os enseñéis el uno al otro la doctrina del reino” (Doc. y Con. 88:77)

Y en este momento debemos preguntar: ¿Hay o ha habido alguna comunicación entre Dios y el hombre? Y si la ha habido, ¿por qué no la habría ahora?

Y esto nos lleva al asunto de la revelación.

A principios del siglo pasado prevaleció, entre todas las iglesias cristianas, la idea de que, aunque hubo una época en que se recibían revelaciones, los ángeles visitaban la tierra impartiendo conocimiento divino a los hombres, y entre estos vivían algunos llamados profetas que podían revelar el pensamiento y la voluntad de nuestro Padre Celestial, sin embargo todo ello había sido indiscutiblemente suspendido.

A pesar de que la creencia en la revelación continua parece haber sido universalmente aceptada en el pasado, el cristianismo ortodoxo afirma que la revelación actual no existe; que desde la crucifixión de Cristo y la muerte de los apóstoles nada ha sido revelado, y más aún, que nada se revelará en lo futuro; que las escrituras están completas y canceladas para siempre: no hay ángeles, ni apertura de los cielos, ni hombre alguno autorizado para hablar en el nombre de Dios. Todo esto se había terminado.

Las escrituras declaran que algunos de los profetas hablaron con Dios cara a cara (Ex. 33-11). Por ejemplo, en Éxodo se nos dice que Moisés habló cara a cara con Dios, tal como habla un hombre con sus amigos. En el mismo libro, capítulo 3, versículo 6, el Señor declaró: “Yo soy el Dios de tu padre, Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob.” Reclamamos que la Iglesia está fundada sobre el cimiento de apóstoles y profetas divinamente inspirados, con Jesucristo mismo como la piedra angular.

Generalmente, cuando hablamos de un profeta, pensamos en alguien que predice los acontecimientos futuros, que habla de cosas que van a suceder. Verdaderamente esa es una parte del oficio de un profeta, parte de lo que se espera de él; además, debe ser principalmente, un maestro de los hombres, un expositor de las cosas de Dios. La inspiración del Todopoderoso debe darle comprensión, y al recibirla, debe declarar las cosas sin temor, a la gente de su época y a las generaciones futuras. Debe ser un vidente que ayuda a los demás a ver, un maestro enviado por Dios para instruir a su pueblo, para iluminar una era. Este es el principal cometido de un profeta.

Basados en las enseñanzas de la Santa Biblia, afirmamos que la revelación de los ciclos era común en todas las dispensaciones del evangelio, desde Adán hasta la época en que Cristo estuvo en la tierra. Estamos de acuerdo con que aparentemente cesó durante un tiempo por causa de la apostasía, poco después del principio del primer siglo de la era cristiana. El fundador de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días afirma que tuvo una extraordinaria y superpoderosa revelación de Dios, en realidad, una visita en la cual contempló al Padre y al Hijo; más tarde aparecieron otros seres celestiales.

En todos los hombres existe una esencia animada, reguladora y característica, el espíritu, que es él mismo. Este espíritu, opaco o brillante, pequeño o grandioso, puro o inmundo, se nota en la mirada, suena con la voz y se manifiesta en las maneras de cada individuo. Es lo que llamamos personalidad.

En cuanto a la salvación, del hombre, ha sido enseñado que Dios, por su propia voluntad, ha predestinado algunos hombres y ángeles a la destrucción eterna, mientras que otros fueron ordenados a vida eterna y gloria, no por lo bueno o lo malo que hayan hecho, sino porque su destino ha sido designado por decreto divino. Aquellos a quienes El salvara, serían llevados a la salvación por su gracia irresistible; los que estaban condenados no podrían escapar, por mucho que se esforzaran para siempre; no habría oraciones que pudieran salvarlos, ni acto de obediencia que pudiera mitigar su castigo; ni el tener hambre y sed de justicia les acarrearía ninguna bendición: ¡Debían perecer eternamente! Aquellos que perecieran en la ignorancia de Cristo—los pueblos paganos, por ejemplo—estaban condenados. Esto es lo que afirmaban los hombres en su credo.

Había otros que enseñaban que los niños que murieran pequeños sin haber recibido el bautismo cristiano, estaban condenados para la eternidad; incluso algunos les negaban el entierro en tumbas santificadas. El “terrenito del infierno” era una realidad en algunos cementerios. Nosotros proclamamos, humilde pero irrefutablemente, que por la expiación de Cristo todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del evangelio.

Refirámonos por un momento al significado de los términos salvación y condenación. En tiempos pasados y actualmente hasta cierto punto, se enseñaba que estos términos significaban, ya fuera el cielo o el infierno; con referencia al primero, se suponía un estado misterioso e indefinido, que se gozaría en alguna parte, más allá de los límites del tiempo y el espacio; y al último, al cual muchos irían, como un lugar de imperecedera angustia y eterna miseria. Se creía que si era posible ganar el cielo aunque fuera por un pequeño margen, entraría en posesión completa de todo el éxtasis supremo de que gozan los ángeles y el mayor de los santos. Pero si lo perdía, aun por el mismo pequeño margen, era condenado al tormento eterno, que debía soportar con el más infame de los hombres y el más vil de los demonios, y del cual no había posibilidad de liberarse.

Contra lo que afirman estos dogmas con respecto a la ascensión a los cielos o la condenación al infierno, con caridad de gloria en el uno y similitud de castigo en el otro, afirmamos que un Dios justo ha preparado un estado gradual de existencia para todos los hombres en la vida futura.

Respecto a esto, la Iglesia restaurada enseña con el apóstol Pablo que hay muchos reinos de gloria en los cuales los hombres pueden vivir, cada uno de acuerdo a su naturaleza, disposición, y al grado de inteligencia que posea. Pablo enseñó que hay una gloria del sol, otra de las estrellas, y los hombres existirán en diversos grados de gloria en el más allá: que así como las estrellas del cielo difieren entre sí en infinitos grados de brillo, también los hombres existirán en la vida futura en lugares y estados de variedad infinita, correspondientes a las variaciones de su inteligencia, conocimiento, gustos, alcance, inclinaciones y aspiraciones.

En Lucas 10 leemos: “Amarás al Señor tu Dios. . .y con toda tu mente” (Lucas 10:27) Esto no es más que una parte del precepto de Cristo, pero parecería que es una parte a la cual no se da suficiente énfasis, ni en la prensa ni desde el pulpito. A menudo oímos hablar de la necesidad de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma, pero había un propósito especial cuando El incluyó la palabra mente en sus instrucciones. El concepto de cualquier persona con respecto a la deidad, debe encontrarse dentro de su horizonte mental, el cual se ve determinado por el grado de inteligencia que posea. El hombre por medio del razonamiento, naturalmente inviste a Dios con sus propios ideales más nobles y elevados, los cuales, si se trata de una persona estudiosa y devota estarán siempre en aumento. La actividad intelectual da como resultado un concepto de Dios que será siempre cambiante, porque siempre estará progresando. Una vez que la mente ha asimilado la idea de Dios, se inflamará y brillará, y buscará para irradiar, para adorar, para emular. Este amor a Dios por la mente del hombre, cuando va acompañado por el amor del corazón y del alma, iluminará el camino hacia la salvación. El Maestro colocó el amor a Dios y al prójimo como el supremo de todos los mandamientos divinos.

Todos los miembros de la Iglesia, entonces, se unen para comprender y aceptar los principios del evangelio, de los cuales el supremo es la fe en el Señor Jesucristo.

Debemos recibir sus ordenanzas salvadoras y después seguir hacia la perfección. La salvación es una demanda constante de conocimiento. El hombre no puede salvarse en la ignorancia. Esto es algo más que una filosofía de la vida, es un plan divino o plan detallado de la vida: preexistente, mortal y venidera.

El Evangelio de Jesucristo es una religión revelada y llena de desafíos. Llama a todos los hombres a cooperar con Dios en un esfuerzo por llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.

Declaramos firmemente que el Evangelio de Jesucristo no pertenece a un mundo anticuado que ya ha desaparecido; es una fuerza real y poderosa en este nuestro mundo de hoy, una fuerza que invierte nuestras vidas personales con propósito y significado.

Sí, somos sin duda en muchos aspectos una gente peculiar, diferente. No reclamamos ser mejores que otras personas. Tenemos nuestras diferencias; tenemos nuestras dificultades; somos mortales. Pero sí reclamamos que tenemos una misión que cumplir, y por lo tanto tenemos un sistema misional ampliamente ordenado que permite a la gente de todo el mundo oír el mensaje de la restauración del Evangelio de Jesucristo. Ofrezco mi propio testimonio humilde de la verdad de ese mensaje, en el nombre de Jesucristo. Amén.

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