Conferencia General Abril 1969
Evidencias de la
resurrección del Salvador
por N. Eldon Tanner
Segundo Consejero en la Primera Presidencia
En nombre de la Primera Presidencia, el Quorum de los Doce Apóstoles y las otras Autoridades Generales, deseo extender una cordial bienvenida a nuestro auditorio de radio y televisión que se une a nosotros en este histórico Tabernáculo en la Manzana del Templo esta hermosa mañana de Pascua.
Hoy día conmemoramos el acontecimiento más grandioso que se haya llevado a cabo en la historia de la humanidad: la resurrección de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo, el Hijo de Dios, el Creador del mundo, que vino a dar su vida por nosotros y fue resucitado. El hecho de que Jesús se levantara de entre los muertos ha asegurado la resurrección de toda la humanidad, y le ofrece una oportunidad de regresar a su Padre Celestial. Sí, todos los hijos de Adán y Eva serán resucitados, se levantarán de entre los muertos, y cada uno gozará de la gloria para la que se haya preparado.
El nacimiento, vida, muerte, resurrección y el mensaje de nuestro Señor y Salvador son el tema central de todas las escrituras: el Antiguo y el Nuevo Testamento, y nuestros libros de los Últimos Días, como el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio. ¿En qué consistirían las escrituras sin este mensaje? Todas las otras cosas pierden su significado y propósito y se vuelven insignificantes.
José Smith, el Profeta, dijo: “Los principios fundamentales de nuestra religión son el testimonio de los apóstoles y profetas concernientes a Jesucristo: que murió, fué sepultado, se levantó al tercer día y ascendió a los cielos; todas las otras cosas que pertenecen a nuestra religión son únicamente dependencia de esto.” (Enseñanzas del Profeta fosé Smith, pág. 141)
En realidad si no tuviésemos este gran mensaje del Redentor, quedaríamos sin un propósito, sin un ancla, sin esperanza.
Mientras el mundo cristiano conmemora la crucifixión y resurrección de nuestro Salvador, quien es la fuente del Cristianismo, quisiera repasar algunas de las predicciones y acontecimientos relacionados a esta importante ocasión. Siglos antes de la crucifixión del Salvador, el salmista escribió:
“Me ha cercado cuadrilla de malignos; horadaron mis manos y mis pies.
Repartieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmos 22:16, 18)
También siglos antes. Isaías dijo:
“. . . por cuanto derramó su vida hasta la muerte. . . habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores.” (Países 53:12)
Mucho antes del nacimiento de Cristo, a Alma se le hizo la pregunta: “¿Qué significa lo que ha dicho Amulek, con respecto a la resurrección de los muertos, que todos se levantarán de los muertos, justos así como injustos, y que serán llevados ante Dios para ser juzgados según sus obras?” (Alma 12:8)
En su discurso después de la pregunta, Alma explicó: “. . . significa la reunión del alma y del cuerpo. . .” (Alma 40:18)
Mientras andaba en su misión, Jesús también predijo su muerte y resurrección una y otra vez. Mateo, Marcos, Lucas y Juan registraron tales declaraciones como: “Yo soy el pan vivo que descendió del cielo; si alguno comiere de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, la cual yo daré por la vida del mundo.” (Juan 6:51)
De nuevo: “. . . enseñaba a sus discípulos, y les decía: El Hijo del Hombre será entregado en manos de hombres, y le matarán; pero después de muerto, resucitará al tercer día.
Pero ellos no entendían esta palabra y tenían miedo de preguntarle.” (Marcos 9:31-32)
No obstante, Cristo mismo entendió claramente el propósito de su misión y lo que sucedería; y cuando el tiempo se acercaba, se sintió muy preocupado. Cuando llegaba la hora, suplicó:
“. . . ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora.
Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.” (Juan 12:27-28)
Tratemos de imaginarnos lo que se llevó a cabo cuando Jesús estaba con sus apóstoles durante la Pascua.
“Y cuando se sentaron a la mesa, mientras comían, dijo Jesús: De cierto os digo que uno de vosotros, que come conmigo, me va a entregar.
Entonces ellos comenzaron a entristecerse, y a decirle uno por uno: ¿seré yo? . . .
El, respondiendo, les dijo: Es uno de los doce, el que moja conmigo en el plato.” (Marcos 14:18-20)
Después de esto se fueron al Monte de los Olivos y llegaron a un lugar llamado Getsemaní. Dejando a sus discípulos ahí, llevó consigo a Pedro, Jacobo y a Juan, “Y les dijo: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad.
Yéndose un poco adelante, se postró en tierra, y oró que si fuese posible, pasase de él aquella hora.
Y decía: . . . Padre, todas las cosas son posibles para ti; aparta de mi esta copa; mas no lo que yo quiero, sino lo que tú.” (Marcos 14:34-36)
Cuando regresó a donde estaban Pedro, Jacobo y Juan, quienes no eran plenamente conscientes de lo que se estaba llevando a cabo, los encontró dormidos. Volvió a dejarlos una segunda y tercera vez y oró las mismas palabras, pero cada vez que regresaba los encontraba dormidos. Encontrándolos la tercera vez, dijo: “Dormid ya, y descansad… la hora ha venido. . . (Marcos 14:41) ¡Cuán solo se ha de haber sentido!
Inmediatamente después vemos a Judas Iscariote traicionando al Maestro con un beso. Recordamos cómo fue llevado antes los sacerdotes principales donde fue acusado falsamente. Cuando les respondió que él era Cristo, el Hijo de Dios, lo ridiculizaron, lo golpearon y le dijeron que profetizara. “. . . Y todos ellos le condenaron, declarándole ser digno de muerte.” (Marcos 14:64)
Como los judíos no podían imponerle la pena de muerte, lo llevaron ante Pilato, quien después de interrogarlo, dijo: “Ningún delito hallo en este hombre.” (Lucas 23:4) Entonces la multitud volvió a demandar su crucifixión. Al darse cuenta de que Él era un galileo, Pilato lo envió al rey Herodes, pero éste se lo volvió a remitir al no saber cómo juzgarlo. Pilato empezó a examinar nuevamente a Jesús. Por lo menos tres veces le rogó a la multitud que pusiera a Jesús en libertad en lugar de Barrabás, quien era culpable de asesinato, pero en cada ocasión le respondían: “. . . ¡suéltanos a Barrabás!”, y cuando les preguntaba acerca de Jesús, ellos gritaban: “¡Crucificadle!” (Lucas 23:18, 21)
Es interesante notar que Pilato finalmente tomó agua, “y se lavó las manos delante del pueblo, diciendo: Inocente soy yo de la sangre de este justo; allá vosotros.
Y respondiendo todo el pueblo, dijo: Su sangre sea sobre nosotros, y sobre nuestros hijos.” (Mateo 27:24-25)
Cuando lo entregaron para ser crucificado, fue azotado, y le colocaron una corona de espinas en la cabeza. En su agonía, cuando estaba sobre la cruz, el Salvador dijo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.” (Lucas 23:34)
Asimismo, mientras estaba en la cruz, dijo estas palabras significativas a uno de los ladrones que clamaba misericordia: “. . . hoy estarás conmigo en el paraíso.” (Lucas 23:43)
Mientras yacía en la tumba, los principales sacerdotes y los fariseos fueron ante Pilato, “diciendo: Señor, nos acordamos que aquel engañador dijo, viviendo aún: Después de tres días resucitaré.
Manda, pues, que se asegure el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vengan sus discípulos de noche, y lo hurten, y digan al pueblo: Resucitó de entre los muertos. Y será el postrer error peor que el primero.
Y Pilato les dijo: Ahí tenéis una guardia; id, aseguradlo como sabéis.” (Mateo 27:63-65)
Tratad de imaginaros cuán afligidos, desanimados y tristes se sentían los apóstoles y otros que habían seguido a Jesús, cuando se dieron cuenta de que su líder había sido crucificado. Se quedaron solos, en duda, confusos, sin saber qué hacer. A pesar de que habían andado con Él y habían escuchado sus palabras, no lo habían entendido cuando había dicho que resucitaría. Pensaron que su causa se había perdido. Pedro dijo: “Voy a pescar.” Los otros dijeron: “Vamos nosotros también contigo.” (Juan 21:3) Estaban preparados para seguir con sus antiguas ocupaciones.
Revisemos brevemente algunas de las demostraciones visuales que sucedieron en los primeros días después de la resurrección, o las evidencias irrefutables de que Él fue literalmente resucitado.
Al amanecer del tercer día, María Magdalena y otras personas fueron a la tumba con la idea de preparar el cuerpo para la sepultura; cuán sorprendidas, temerosas y perplejas estuvieron al encontrar la tumba vacía. Un ángel que estaba ahí dijo: “No temáis vosotros; porque yo sé que buscáis a Jesús, el que fue crucificado.
No está aquí, pues ha resucitado, como dijo. . .” (Mateo 28:5-6)
Se les dijo que fueran de inmediato a avisarles a los discípulos, y también que el Señor resucitado había ido a Galilea, donde lo verían. ¡Imaginad su temor y gozo! En el camino, Jesús se les apareció. Entonces ellas se apresuraron a contarles su experiencia a los apóstoles, quienes dudaron de sus palabras. Pero Pedro y Juan fueron hasta el sepulcro y se dieron cuenta de que era cierto. Más tarde, dos de los discípulos que viajaban a Emaús, lo vieron y hablaron con Él. Esa misma noche, mientras los apóstoles hablaban aún de estas cosas, el Salvador se puso en medio de ellos y dijo: “Paz a vosotros.
Entonces, espantados y atemorizados, pensaban que veían espíritu.
Pero él les dijo: ¿Por qué estáis turbados, y vienen a vuestro corazón estos pensamientos?
Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos como veis que yo tengo.
Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies.” (Lucas 24:36:40)
Cuando le hablaron de la aparición a Tomás, que no estaba presente en esa ocasión, se rehusó a creer. Una semana después Cristo se apareció de nuevo a los once, incluyendo Tomás. Cuando el Señor habló: “. . .Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!
Jesús le dijo: Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron.” (Juan 20:28-29)
Más tarde se apareció a más de quinientas personas, la mayoría de las cuales vivían todavía cuando Pablo dio su testimonio de que Cristo lo había visitado y lo había llamado a su ministerio.
Otras dos ocasiones muy importantes en que se apareció el Señor resucitado tuvieron lugar en este continente americano. En el Libro de Mormón leemos que cuando el profeta lamanita, Samuel, había predicado concerniente a la crucifixión y resurrección de Cristo, hubo una densa oscuridad durante tres días sobre toda la superficie de la tierra, y hubo una destrucción grande y terrible. Las ciudades fueron destruidas, muchos perecieron, y grande fue su terror y aflicción cuando se les oyó decir: “¡Ojalá nos hubiésemos arrepentido antes de este grande y terrible día! ¡Oh, si no hubiésemos apedreado, quitado la vida y desechado a los profetas; entonces nuestras madres, nuestras bellas hijas y nuestros niños habrían sido preservados. . .” (3 Nefi 8:25)
Después de esta gran destrucción, las multitudes que fueron preservadas se reunieron alrededor del Templo en la tierra de Abundancia. Ahí oyeron una voz, como si viniera del cielo, pero no entendieron hasta que habló por tercera vez, diciendo: “He aquí a mi Hijo Amado, en quien me complazco, en quien he glorificado mi nombre: a él oíd.” (3 Nefi 11:7)
Entonces vieron a un hombre descender del cielo, el cual les mostró sus manos y sus pies, y dijo:
“He aquí, soy Jesucristo, de quien los profetas testificaron que vendría al mundo.
… he cumplido la voluntad del Padre en todas las cosas desde el principio.”
Con esta invitación:. . . la multitud se acercó. . .
y palparon las marcas de los clavos en sus manos y en sus pies. . . supieron con toda seguridad, y dieron testimonio de que él era aquel de quien los profetas habían escrito que había de venir.” (3 Nefi 11:10-11, 15)
Mil ochocientos años después de la crucifixión y resurrección, tenemos el testimonio de nuestro Profeta moderno, José Smith. Él dice que al estar de rodillas en el bosque, “. . . vi una columna de luz, más brillante que el sol, directamente arriba de mi cabeza; y esta luz gradualmente descendió hasta descansar sobre mí.
… Al reposar la luz sobre mí, vi a dos Personajes, cuyo brillo y gloria no admiten descripción, en el aire arriba de mí. Uno de ellos me habló llamándome por nombre, y dijo, señalando al otro: ¡Este es mi Hijo Amado: Escúchalo! (José Smith 2:16-17)
Aquí tenemos el testimonio de un joven en esta dispensación, que verdaderamente vio y habló con el Señor resucitado, y quien, como algunos de los profetas antiguos, selló su testimonio con su sangre. Estos son los testimonios de sólo unos cuantos de los que lo conocieron y siguieron.
Sin embargo, hay muchos, muchos en el mundo hoy día, a quienes se les hace difícil creer que hubo una resurrección literal, y a pesar de que los testimonios y evidencias son irrefutables, no lo pueden creer porque no entienden cómo es que pudo llevarse a cabo. Se quedan como Tomás: en dudas, porque no han visto.
Todos sabemos que hay muchas cosas científicas que no entendemos, pero que debemos aceptar y aceptamos. ¿En dónde nos encontraríamos si las leyes de la naturaleza y las leyes de Dios estuvieran limitadas al entendimiento del hombre? Se nos ha amonestado: “Fíate de Jehová de todo tu corazón, y no te apoyes en tu propia prudencia.” (Proverbios 3:5)
Cuánto más sabios seríamos si aceptáramos las palabras del Señor, el Creador de la tierra, y sus enseñanzas, y nos preparáramos para la inmortalidad y la vida eterna aceptando mediante los testimonios de aquellos que lo vieron y hablaron con Cristo, tanto en Jerusalén como aquí en el continente americano.
¿Cómo puede pensar cualquier persona que estas historias fueron maquinadas o que son invenciones de la imaginación, cuando hubo tantas predicciones y testimonios de los profetas y otros, que vivieron en diferentes tierras, en diferentes épocas, todas testificando y contando la misma historia acerca de la misma persona? Estos relatos tienen que ser verdaderos. ¡Qué consuelo, gozo y seguridad tan grande tienen aquellos que creen lo que Cristo y sus profetas nos han dicho acerca de la muerte y la resurrección.
Esto fue lo que dijo Cristo de su misión aquí en la tierra; ésta es mi obra y mi gloria: Llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre.” (Moisés 1.39) Más tarde dijo:
“Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto: vivirá.
Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. . .” (Juan 11:25-26)
También dijo:
“No os maravilléis de esto; porque vendrá hora cuando todos los que están en los sepulcros oirán su voz.
Y los que hicieron lo bueno, saldrán a resurrección de vida; mas los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.” (Juan 5:28-29)
El momento en que la muerte y la resurrección vendrán a cada uno de nosotros se acerca rápidamente. ¿Qué debemos hacer para salir en la resurrección de vida y no en la de condenación? ¿Cómo tomamos sobre nosotros su nombre? ¿Qué hacemos para llegar al Padre mediante Él? Su respuesta fue clara y sencilla: Arrepentíos y bautizaos y creed el evangelio, y “Si me amáis, guardad mis mandamientos”. (Juan 14:15)
¿Qué es el evangelio? Son las buenas nuevas que el Señor trajo y enseñó durante su ministerio. Su Evangelio ha sido restaurado, y su Iglesia lo está propagando en la actualidad mediante aquellos que han sido llamados, de la misma manera que El llamó a sus discípulos para ir por todo el mundo a proclamar su mensaje de paz y buena voluntad hacia todos los hombres.
Toda alma viviente debe estar tratando diligentemente de aprender y vivir las enseñanzas del evangelio, haciendo posible de esta manera obtener la inmortalidad y la vida eterna. Que podamos aceptar estas verdades, seguir su mensaje, y gozar las bendiciones de los fieles.
Tengo un testimonio de que Él vive, de que su Iglesia se encuentra en la tierra en la actualidad, y de que es dirigida a través de su Profeta escogido; que las profecías de las escrituras se cumplirán y que, como se nos dice: “. . . este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá como le habéis visto ir al cielo.” (Hechos 1:11)
Que podamos prepararnos para recibirlo cuando venga de nuevo, y probar que somos dignos de morar con Él para siempre cuando hayamos terminado nuestra obra aquí sobre la tierra, lo ruego humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.
























