El portal del amor

El portal del amor

por el presidente Thomas S. Monson
Primer Consejero de la Primera Presidencia

A los sinceros de corazón les llega el eco de las palabras del Señor: «He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él».

Recientemente la agencia de noticias internacionales “Associated Press” distribuyó entre los medios de comunica­ción, como parte de los acontecimientos del día, una larga lista de crímenes ocurridos en todo el mundo, y de allí se transmitió a los hogares de todos los continentes.

Los titulares eran breves. Resaltaban asesinatos, violaciones, robos, frau­des, engaños y muestras de corrupción. Yo anoté algunos: “Individuo mata a esposa e hijos y se suicida”; “Niña identifica a su violador»; “Cientos pierden fortuna en inversiones fraudulentas”. La lista continuaba con tonalidades de Sodoma e imágenes de Gomorra.

El presidente Ezra Taft Benson solía decir a menudo: “Vivimos en un mundo corrupto”. El apóstol Pablo nos previno: “…habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos… amadores de los deleites más que de Dios” (2 Timoteo 3:2, 4).

¿Será que correremos la misma suerte que las “ciu­dades de la llanura” del tiempo de Lot? (Véase Génesis 19:24-25, 29.) ¿Nunca aprenderemos la lección de la época de Noé? “¿No hay bálsamo en Galaad?” (Jeremías 8:22). ¿O es que existe un pasadizo que nos lleva desde el lóbrego mundo hacia las altas llanuras de la justicia y la rectitud? A los sinceros de corazón les llega el eco de las dulces palabras del Señor: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él” (Apocalipsis 3:20). ¿Tiene nombre esa puerta? Con toda seguridad lo tiene. El nombre que yo le doy es: “El portal del amor”.

El amor es el catalizador que produce cambios en la gente; es el bálsamo que cura el alma. Pero el amor no crece como la hierba mala ni cae como la lluvia. El amor tiene precio: “…de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). El amor de nuestro Señor Jesucristo por Su Padre y por nosotros es tan grande que dio Su vida para que pudié­ramos tener la vida eterna.

En los momentos cargados de emoción en que se des­pidió de Sus amados discípulos, Jesús dijo: “El que tiene los mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama” (Juan 14:21). Y de mucha trascendencia es la frase tan conocida: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros” (Juan 13:34).

Los niños pequeños pueden aprender a amar. Muchas veces no comprenden las profundas enseñanzas de las Escrituras; sin embargo, responden ante una sencilla poesía:

Juan a su madre dijo querer,
y aunque el agua tenía que traer,
 al patio se fue a hamacar
y se olvidó de trabajar.

Rosa a su madre dijo amar
y así se le oyó jurar,
pero tanto peleó y gritó
que a su madre entristeció.

‘Te quiero, madre’’, dijo Graciela,
y hoy que no tengo clase en la escuela,
te ayudaré todo lo que pueda.
Meció al bebé hasta que se durmió,

de puntillas del cuarto salió
y toda la casa muy pronto barrió.
Alegre y feliz hizo los mandados
hasta que el día hubo terminado.

“Te queremos, madre”, volvió a resonar
cuando los tres se fueron a acostar.
¿Cómo podía la madre adivinar
cuál de los niños la amaba más?
(Joy Allison, “Which Loved Best?”, traducción libre.)

El hogar debe ser un refugio donde reine el amor. El respeto y la cortesía son símbolos del amor y caracteri­zan a las familias dignas. Los padres de esos hogares nunca escucharán la censura del Señor que se registra en el libro de Jacob: “…Habéis quebrantado los corazones de vuestras tiernas esposas y perdido la confianza de vuestros hijos por causa de los malos ejemplos que les habéis dado; y los sollozos de sus corazones ascienden a Dios contra vosotros” (Jacob 2:35).

En Tercer Nefi el Maestro nos dijo: “…no habrá disputas entre vosotros…

“Porque en verdad, en verdad os digo que aquel que tiene el espíritu de contención no es mío, sino es del dia­blo, que es el padre de la contención, y él irrita los cora­zones de los hombres, para que contiendan con ira unos con otros.

“He aquí, ésta no es mi doctrina, agitar con ira el corazón de los hombres, el uno contra el otro; antes bien mi doctrina es ésta, que se acaben tales cosas” (3 Nefi 11:28-30).

Donde hay amor, no hay discusiones. Donde hay amor, no hay contención. Donde hay amor, allí también está Dios. Cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de guardar Sus mandamientos y de poner en práctica las lecciones que se hallan en las Escrituras. José Smith enseñó que “la felicidad es el objeto y propósito de nues­tra existencia; y también será el fin de ella, si seguimos el camino que nos conduce a la felicidad; y este camino es virtud, justicia, fidelidad, santidad y obediencia a todos los mandamientos de Dios” (Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 312).

En la obra musical “Camelot”, hay una advertencia para todos. Cuando el triángulo comenzó a profundizarse entre el rey Arturo, Lancelot y Ginebra, el rey Arturo dijo: “No debemos dejar que nuestras pasiones destruyan nuestros sueños”.

De esa misma obra podemos tomar otra verdad de labios también del rey Arturo, el que vislumbra un futuro mejor: “La violencia no equivale a la fuerza ni tampoco la compasión es debilidad”.

En este mundo en que vivimos, cuando se requiere que haya un cambio o se necesita ayuda, existe la tendencia a decir: “Alguien tendría que hacer algo”. Pero nunca defi­nimos quién es ese “alguien”. En cambio, me gusta mucho la frase: “Que haya paz en el mundo y que yo sea el pri­mero en promulgarla”. Me emocioné cuando leí sobre un niño que, al ver a un vagabundo dormido en la calle, fue a su dormitorio, buscó su propia almohada y la colocó debajo de la cabeza del desconocido. Tal vez haya recor­dado estas palabras de amparo pronunciadas hace mucho tiempo: “…en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25:40).

Yo admiro a los que, con compasión y cuidados amo­rosos, dan de comer al hambriento, visten al desnudo y alojan al desamparado. Dios, que se preocupa si cae un pajarillo en tierra, no dejará de notar ese servicio.

El deseo de beneficiar a otros, la buena voluntad de ayudar y de servir y la bondad emanan de un corazón amoroso. Por alguna razón, el recuerdo de las madres evoca esa clase de amorosa preocupación.

Hace algunos años, pasó a otra vida un amigo que ayudó a más gente, expresó más palabras de encomio y dio más generosamente de su tiempo, talentos y posesio­nes que la mayoría de nosotros; se llamaba Louis. Él me contó este tierno relato:

Una buena y amorosa madre había fallecido, sin dejarles a sus valientes hijos y bellas hijas ninguna herencia monetaria, sino que, en vez de ello, les dejó un rico legado de ejemplo, sacrificio y obediencia. Después de que se hubieron pronunciado los elogios durante el funeral y se hubo efectuado la triste jornada al cemente­rio, los miembros adultos de la familia examinaron las escasas posesiones que la madre había dejado. Louis des­cubrió una nota y una llave; la nota decía: “En el dormi­torio de la esquina, en el cajón de abajo de mi cómoda, hay una cajita que contiene el tesoro de mi corazón. Esta llave abrirá la caja». Uno de los hijos preguntó: “¿Qué pudo tener mamá que valiera tanto para tenerlo bajo llave?” Una de las hermanas replicó: “Papá murió hace muchos años, y es muy poco lo que mamá ha tenido de las comodidades de este mundo”.

Sacaron la caja del lugar señalado en el cajón de la cómoda, y la abrieron con mucho cuidado con la ayuda de la llave. ¿Qué había dentro? No había dinero, ni títulos de propiedades, ni anillos preciosos ni joyas. Louis sacó una fotografía descolorida de su padre; en el reverso decía: “Mi querido esposo y yo fuimos sellados por esta vida y por toda la eternidad en la Casa del Señor, en Salt Lake City, el 12 de diciembre de 1891”.

Después fueron apareciendo fotografías individuales de cada uno de los hijos, las que tenían el nombre y la fecha de nacimiento al dorso. Por último, Louis acercó a la luz una tarjeta para el “Día de los enamorados”, la cual reco­noció como una que él había confeccionado. Leyó las pala­bras que hacía sesenta años él había escrito con la letra inconfundible de un niño: “Querida mamá: te quiero”.

Los corazones se enternecieron, las voces acallaron y los ojos se humedecieron. El tesoro de la madre era su familia eterna, cuya fortaleza se arraigaba en el cimiento del amor.

Un poeta escribió: “El amor es el atributo más noble del alma humana”. Una maestra de escuela demostró su amor y la filosofía que la guiaba al afirmar: “Todos aprenden en mi clase; yo tengo la responsabilidad de ayudar a todos a triunfar”.

Un líder de un quorum del sacerdocio de Salt Lake City y hombre de negocios jubilado me dijo un día: “Este año ayudé a doce hermanos que estaban sin trabajo a encontrar empleo permanente. Nunca me he sentido tan feliz”. Ese día, al hablarme con la voz entrecortada y los ojos llenos de lágrimas, el “petiso Eddie”, como lo lla­mamos cariñosamente, me pareció un gigante. Él demostraba su amor ayudando a los necesitados.

Un negociante alto y fuerte, revendedor de aves para alimento, demostró su amor con pocas palabras cuando un cliente quiso pagarle veinticuatro pollos que había escogido. “Los pollos son para las viudas, ¿no es así? Entonces son gratis”. Y luego, con voz entrecortada de emoción, dijo: “Y tengo más, cuando los necesite”.

Hace algunos años, la escuela secundaria Morgan (Utah, Estados Unidos) jugó un partido de fútbol ameri­cano con la escuela Millard por el campeonato estatal. Desde su silla de ruedas, el entrenador de la escuela Morgan, Jan Smith, le dijo a su equipo que ése era el par­tido más importante de su vida y que, si lo perdían, lo lamentarían para siempre, pero que si lo ganaban, nunca lo olvidarían. De modo que los animó a hacer cada jugada pensando en que ésa era la más importante del partido.

Detrás de la puerta, su esposa, a quien él con­sideraba su mejor ayudante, lo escuchó decirles después que los quería mucho y que el partido no era lo que más le interesaba, sino el hecho de que ellos salieran victoriosos. Aunque las probabilidades de que ganara no eran buenas, la escuela Morgan ganó el campeonato.

El verdadero amor es un reflejo del amor de Cristo. En diciembre, todos los años, lo llamamos el espíritu de la Navidad. Uno puede escucharlo, verlo y palparlo, pero siempre que esté acompañado.

Un día de invierno, al acercarse la Navidad, recordé una experiencia de cuando yo era un niño de once años. Nuestra presidenta de la Primaria, que se llamaba Melissa, era una cariñosa señora mayor de cabello canoso. Un día me pidió que me quedara a conversar con ella. Los dos nos sentamos en aquella capilla solitaria. Ella me pasó el brazo por los hombros y comenzó a llorar. Sorprendido, le pre­gunté por qué lloraba, y ella me contestó: “No puedo con­seguir que los niños de tu clase se mantengan reverentes durante los ejercicios de apertura, ¿quisieras tú ayudarme, Tommy?” Le prometí que le ayudaría. A mí me extrañó mucho, pero no a ella, que a partir de ese día se acabaran los problemas de reverencia en la Primaria. Ella se había dirigido al origen del problema; yo era la causa. Y la solu­ción había sido el amor.

Los años pasaron y ese maravilloso ser, Melissa, tenía ya más de noventa años y vivía en un asilo de ancianos en el noroeste de la ciudad de Salt Lake. Antes de Navidad, decidí visitar a mi querida presidenta de la Primaria. En la radio estaban tocando: “Escuchad el son triunfal de la hueste celestial”. Recordé la visita de los reyes magos tantos años atrás. Ellos llevaban de regalo oro, incienso y mirra. Yo sólo llevaba mi amor y el deseo de decir “Gracias”.

Al llegar al asilo, la encontré en el comedor. Miraba con ojos fijos la comida y la revolvía con el tenedor que sostenía en su arrugada mano. No comía bocado. Cuando le hablé, me miró con ojos buenos pero indiferentes. Tomé el tenedor y empecé a darle de comer en la boca mientras le hablaba de lo mucho que ella había ayudado a los niños cuando servía en la Primaria. No percibí nada en ella que indicara que me conociera, ni tampoco pro­nunció palabra alguna. Otras dos ancianas me miraban asombradas. Por fin me dijeron: “¿Para qué le habla? Ella no reconoce a nadie, ni siquiera a su propia familia. No ha dicho una palabra en todos los años que ha estado aquí”.

Terminó el almuerzo y mi monólogo también llegó a su fin. Me puse de pie para marcharme. Tomé su débil mano entre las mías, y contemplé su aún hermoso semblante, a pesar de los años. Le dije: “Que Dios la bendiga, Melissa. Feliz Navidad”. De improviso ella habló: “Yo te conozco; tú eres Tommy Monson, mi niño de la Primaria. ¡Cuánto te quiero!” Se llevó mi mano a los labios y la besó con cariño. Le corrieron lágrimas por las mejillas que bañaron nuestras manos. En ese momento, esas manos fueron san­tificadas por los cielos y por la gracia de Dios. Sí, se dejó escuchar el son triunfal; afuera el cielo estaba azul; el aire frío y cortante; la nieve blanca como el cristal. Las pala­bras del Maestro adquirieron un significado personal que yo nunca había percibido: “Mujer, he ahí tu hijo”. Y a Su discípulo, dijo: “He ahí tu madre” (véase Juan 19:26-27).

Oh, cuán inmenso el amor
que nuestro Dios mostró
al enviar un Salvador;
Su hijo nos mandó.
Aunque Su nacimiento
pasó sin atención,
aún lo puede recibir
el manso corazón.
(“Oh, pueblecito de Belén”, Himnos, pág. 129).

Se otorgó el maravilloso don, se recibió la bendición celestial y recibimos al Rey Jesús: todo a través de la puerta llamada “amor”. □

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Una respuesta a El portal del amor

  1. Anónimo dijo:

    Wow , al leer. Todos los relatos recordé cuan importante es dar servicio , hace mucho que no tengo no tengo un llamamiento , soy obrera del templo y cada que asisto siento el amor de Cristo y la inspiración de su espíritu para derramar amor en cada participante, es maravilloso sentir su amor y como nos impregna para ser mejores. Gracias por tener estos espacios , para recordar la puerta que nos lleva a El , no sé cómo sería mi vida , si no perteneciera a esta comunidad estoy infinitamente agradecida porque mi vida ha Sido de grandes experiencias , par ser sabía , gracias al amor y ejemplo que nos dió nuestro señor Jesucristo, un millón de gracias.

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