El Servicio Misional

El Servicio Misional

Presidente Gordon B. Hinckley
Presidente de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días
Capacitación de líderes 11 de enero de 2003


Las demás autoridades me han sugerido que les hable sobre el servicio misional, una cuestión a la que hemos dado mucha atención en los últimos meses.

La obra misional es la savia de la Iglesia, es el medio principal de su crecimiento, y es gracias a este servi­cio que la Iglesia ha alcanzado su ta­maño actual en 172 años.

Esta obra es más antigua que la Iglesia misma, pues Samuel Smith re­partió ejemplares del Libro de Mormón antes de que se organizara la Iglesia.

Como todos saben, esta obra fue requerida por el Salvador mismo en Sus instrucciones a los apóstoles an­tes de Su ascensión final. “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mateo 28:19).

Él ha repetido claramente en esta dispensación la importancia de esta obra cuando dijo: “Así que, sois llama­dos a proclamar el arrepentimiento a este pueblo” (D. y C. 18:14).

Ninguno de los presentes puede albergar duda alguna respecto a esta necesidad. Ustedes se preguntan quién debe servir como misionero re­gular.

La respuesta es: los que sean dig­nos y sean llamados.

Referente a los requisitos, el Señor ha dicho:

“Y fe, esperanza, caridad y amor, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, lo califican para la obra.

“Tened presente la fe, la virtud, el conocimiento, la templanza, la pa­ciencia, la bondad fraternal, piedad, caridad, humildad, diligencia” (D. y C. 4:5-6).

Lamentablemente, no todos satis­facen estos requisitos.

Las normas para los misioneros

Esta obra es rigurosa, exige fuerza, vitalidad; exige agudeza mental y ca­pacidad; exige fe, deseo y consagra­ción; exige manos limpias y un corazón puro.

Ha llegado la hora de elevar los ni­veles de aquellos a los que se llama a servir como embajadores del Señor Jesucristo en el mundo. Somos cons­cientes de que esto entristecerá a al­gunos jóvenes y jovencitas, así como a sus padres, y hasta a algunos obispos y presidentes de estaca, pero percibi­mos que es imperativo.

Recientemente les hemos enviado in­formación confidencial sobre la ido­neidad de los que son llamados a servir como misioneros regulares. Espero que la hayan recibido y leído con detenimiento. Les recuerdo que la obra misional no es un ritual para avanzar en la Iglesia, sino un llamado extendido por el presidente de la mis­ma a todos los que sean dignos y capaces de cumplirlo.

Durante la oración dedicatoria del Templo de Kirtland, el profeta José pi­dió solemnemente al Señor: “Pon so­bre tus siervos el testimonio del convenio, para que al salir a procla­mar tu palabra sellen la ley y preparen el corazón de tus santos para todos aquellos juicios que estás a punto de mandar en tu ira sobre los habitantes de la tierra, a causa de sus transgresiones, a fin de que tu pueblo no desma­ye en el día de la tribulación” (D. y C. 109:38).

Esta obra es una labor importante y seria, y exige que quienes sirvan co­mo misioneros sean dignos en todos los aspectos. Sencillamente, no pode­mos permitir que los que no sean completamente dignos vayan al mun­do a compartir las buenas nuevas del Evangelio.

Estoy convencido de que elevar el nivel de los requisitos hará que nues­tros jóvenes, en especial los hombres jóvenes, practiquen la autodisciplina para vivir por encima de los bajos va­lores del mundo a fin de evitar la transgresión y seguir un sendero más elevado en todas sus actividades. No enviaremos a sabiendas a jóvenes pa­ra reformarlos. Si sus vidas necesitan de algún cambio, éste debe tener lu­gar antes de ir. Puede que les lleve tiempo, pero no todos tienen que ser­vir a los 19 años.

Salud física y mental

Es importante que se goce de una buena salud física y mental. Hace po­co, un presidente de misión envió a casa a tres misioneros con los que ha­bía trabajado durante meses en un intento por ayudarles.

El primero era un joven que había estado hospitalizado a causa de un co­lapso pulmonar. Sucedió que el joven ya tenía un historial de este tipo de problemas, que no hicieron sino empeorar bajo la presión del servicio mi­sional.

El segundo era un joven con una deficiencia renal. Los exámenes médi­cos señalaron que ésta ya existía antes de la misión. El joven no podía seguir el difícil ritmo de la misión.

El tercer caso fue el de una joven que sufrió un colapso mental. Se convirtió en un gran problema para sus compañeras, para el presidente de misión y para el médico que la atendía. Y se descubrió que proce­día de una familia con un historial de problemas emocionales conoci­dos por el obispo y el presidente de estaca.

El presidente de misión los aceptó y trabajó con ellos como si fueran sus propios hijos, pero al hacerlo, el lide­razgo de los 180 misioneros restantes se empezó a resentir.

Los médicos con los que trabajó se volcaron por completo e hicieron to­do lo que pudieron por ayudar, pero el problema era que estos misioneros no eran capaces de soportar los rigo­res de la obra.

Hay padres que dicen: “Si Carlitos pudiera ir a la misión, el Señor le ben­decirá con salud”.

Parece que no funciona de esta manera. Mas bien parece que cual­quiera que sea el problema o la difi­cultad, tanto física como mental, cuando el misionero llega al campo, no hace sino agravarse con la presión de la obra.

Sencillamente, tenemos que enca­rar los hechos. Gastamos millones de dólares en cuidado médico e inconta­bles horas en ayudar a los que tienen problemas que les imposibilitan efec­tuar la obra.

Hermanos, les pido que sean más selectivos con las personas a las que recomiendan. Hagan saber a nuestros jóvenes qué se va a esperar de ellos si van a servir en una misión. Hagan sa­ber a sus padres qué se espera de sus hijos e hijas. Existen otras áreas en las que pueden trabajar aquellos con li­mitaciones serias y tener experiencias satisfactorias; y el Señor les bendecirá por lo que sean capaces de hacer.

Misioneros eficaces

Admito que a muchos padres que solicitan que sus hijos e hijas tengan la oportunidad de servir como misio­neros, ésta les parecerá una posición irrazonable y dura. Pero, hermanos, creemos que debemos recuperar la vi­sión del verdadero propósito de la obra misional y la necesidad de deter­minados requisitos a fin de cumplir dicho propósito. Espero que a todos los que les concierne se den cuenta de que es mejor no ir que ir, y tener que regresar al poco tiempo decep­cionados y con un sentimiento de fra­caso. Hermanos, ruego que el Señor les bendiga con inspiración, direc­ción, guía y amor hacia aquellos por los que son responsables, y con el va­lor para defender lo que saben que es justo y razonable.

El seguir estas pautas puede redu­cir el número de misioneros que te­nemos en el campo, pero incrementará la eficacia de los que es­tén preparados para ir.

Permítanme recalcar que necesita­mos misioneros, pero que éstos de­ben ser capaces de trabajar. Deben ser espiritualmente sensibles para ha­cer lo que se espera de ellos, y que en esencia es una obra espiritual. Deben ser moralmente dignos en todos los aspectos al haberse preservado lim­pios de las maldades de este mundo. En caso de que haya habido ofensas, debe haber habido el consiguiente arrepentimiento.

Debe haber un anhelo y un deseo de servir al Señor como embajadores Suyos en el mundo. Debe haber sa­lud y fortaleza, tanto física como mental, pues la obra exige mucho.

Las horas son largas y la presión pue­de ser grande.

No estamos pidiendo la perfec­ción. La obra del Señor la llevan a ca­bo personas normales que trabajan de forma extraordinaria. El Señor magni­fica a los que ponen todo su empeño, y en ningún otro sitio es esto más evi­dente que en la obra misional. Todos hemos visto este milagro y lo hemos experimentado de manera muy per­sonal. A través de medios pequeños, el Señor lleva a cabo Su gran obra.

Debemos tener mucho cuidado de no irnos a los extremos, pero pode­mos y debemos ser muy cuidadosos con aquellos a los que recomenda­mos, para que se conviertan en colaboradores y no en problemas.

En el caso de los que no deban ir pero deseen servir, debemos encon­trar otros lugares en los que puedan realizar sus muy apreciadas contribu­ciones.

Creo que esto es todo lo que tengo que decir al respecto.

Una labor cuatripartita

Ahora deseo hablarles un poco de otros detalles, sobre la forma de reali­zar la obra misional. La obra misional es más que dos jóvenes dando una presentación memorizada a unos investigadores. Es algo más que bauti­zar. Se trata de una labor cuatripartita relacionada con los misioneros, sí, pe­ro también con los miembros del ba­rrio, los obispos, el líder misional del barrio y toda la organización de la Iglesia. Este esfuerzo cuatripartito in­cluye (1) encontrar investigadores; (2) enseñar por el Espíritu; (3) bauti­zar conversos dignos; y (4) fortalecer a los miembros nuevos y a los menos activos.

Antes de que los misioneros pue­dan enseñar, deberán encontrar per­sonas que estén dispuestas a escuchar; deben asegurarse de que aquellos a quienes enseñan tienen un entendimiento del Evangelio y están dispuestos a aceptarlo y vivir de acuerdo a él. Estos investigadores go­zarán de la inestimable ayuda de uno o varios amigos, preferiblemente per­sonas que hayan tenido una experien­cia similar al hacerse miembros de la Iglesia.

Deben reunir los requisitos esta­blecidos en la sección 20, versículo 37, de Doctrina y Convenios. Una vez bautizados, debe asignárseles algún ti­po de servicio en la Iglesia y se les de­be nutrir y fortalecer en la obra hasta que sean firmes en la fe.

El encontrar investigadores

¿Quién es responsable de encon­trar investigadores para que los misio­neros les enseñen? Es responsabilidad de cada miembro de la Iglesia. La reu­nión de consejo de barrio es la oca­sión para tratar todos estos elementos, pues allí debe estar el lí­der misional del barrio. A esta reu­nión se podrá invitar ocasionalmente a los misioneros regulares. El servicio misional estará en la agenda de cada reunión.

Se debe animar a los miembros del barrio a estar al tanto de las cosas que suceden en el barrio, como nacimien­tos, defunciones, enfermedades o di­versos problemas familiares. Deben estar al tanto de los que se muden al barrio para ofrecerles ayuda y darles la bienvenida.

Los jóvenes pueden trabar amistad con otros jóvenes, y los niños con otros niños.

Hay que hacer todo esto con cuida­do y sensibilidad, pero hay que hacerlo y se puede hacer. Siempre que haya un acontecimiento especial en el barrio, como una comida o una festividad nacional, se debe invitar a asistir y partici­par a los que no sean miembros.

Enseñemos a nuestro pueblo a ser buenos vecinos, a nunca ser orgullo­sos ni arrogantes. Enseñémosles a erradicar cualquier actitud de superio­ridad.

Cultivemos entre nuestra gente el estar constantemente atentos a las oportunidades que surjan de tender una mano de amistad. Permitamos que el ser un buen prójimo y el compartir nuestro amor por los de­más sean nuestra actitud en cual­quier parte del mundo donde estemos.

Allí donde haya entusiasmo por te­ner conversos, habrá resultados. Allí donde los miembros confíen en los misioneros, trabajarán para encontrar investigadores para ellos.

Debemos buscar familias: padres, madres e hijos. No podemos edificar la fuerza permanente de la Iglesia sin hombres que posean el sacerdocio.

Allí donde las familias se bauticen juntas, habrá unidad en el hogar y un mayor ímpetu por avanzar unidos co­mo Santos de los Últimos Días activos.

Puede que los misioneros tengan que golpear puertas o repartir folle­tos, pero las referencias de los miem­bros pueden y deben ser la fuente principal de investigadores.

Todo buen converso que se ha uni­do a la Iglesia conoce las grandes ben­diciones que emanan del hecho de ser miembro. A esto se le debiera su­mar el deseo de compartir con nues­tros amigos y con otras personas las oportunidades de ser miembros de la Iglesia.

Todo el barrio se verá fortalecido por el cada vez mayor entusiasmo ha­cia la obra misional. Habrá menos es­píritu de crítica, menos quejas, pero un mayor enorgullecimiento por la Iglesia y sus programas.

Qué grande será el día en que los miembros no sólo oren por los misio­neros de todo el mundo sino que tam­bién pidan al Señor que les ayude para colaborar con los misioneros que es­tán trabajando en sus propios barrios.

A fin de cuentas, la fase más difícil de la obra misional es encontrar per­sonas a quienes enseñar. Los miem­bros de la Iglesia entusiastas, en especial los siempre animados nuevos conversos, pueden ser la más grande y mejor fuente de referencias.

Enseñar por el Espíritu

La siguiente cuestión es cómo en­señarán los misioneros a las perso­nas dispuestas a escuchar. Durante muchos años hemos tenido un con­junto de charlas misionales, de las cuales hemos recibido grandes be­neficios, Los misioneros siempre han tenido algo que enseñar de manera sistematizada; pero lamentablemen­te, en demasiados casos este método ha terminado por convertirse en una presentación memorizada ca­rente del Espíritu y de toda convicción personal.

El Señor ha dicho en una revela­ción: “Pero a pesar de las cosas que están escritas, siempre se ha concedi­do a los élderes de mi iglesia desde el principio, y siempre será así, dirigir todas las reuniones conforme los oriente y los guíe el Santo Espíritu” (D. y C. 46:2).

Si se observa este principio, el cual se repite una y otra vez en las revela­ciones, los misioneros tendrán una nueva fuerza en sus enseñanzas.

Ellos deben dominar los conceptos de las lecciones, pero también sentir­se libres para adaptar el orden con el que aparecen y enseñarlos en sus pro­pias palabras bajo la guía del Santo Espíritu.

Referente al punto del orden de las charlas, permítanme ponerles un ejemplo. Un compañerismo de misio­neros estaba golpeando puertas de casa en casa en una ciudad europea. Una mujer abrió la puerta. Había esta­do llorando y le costaba reprimir las lágrimas. Olvidándose de las charlas, uno de los misioneros le dijo:

“Señora, es evidente que algo le pasa. Nosotros somos ministros del Evangelio. ¿Podemos ayudarle de al­guna manera?”.

Ella respondió: “Los ministros son parte de mi problema. Yo necesito consuelo y tranquilidad; no lo que me dicen los ministros”.

“¿Podemos saber”, dijo el misione­ro, “cuál es el problema?”.

“Mi bebé ha fallecido. Me han di­cho que ha ido al infierno porque no fue bautizado”.

“¿Nos permite entrar y conversar unos minutos con usted?”.

Ella accedió. El élder sacó su Libro de Mormón de la bolsa, lo abrió en Moroni y leyó las palabras de Mormón sobre la inocencia de los ni­ños pequeños. Compartió su solem­ne testimonio de la veracidad de los pasajes que había leído y aseguró a la mujer que su bebé estaba a salvo gra­cias a la Expiación de Cristo. Sus ojos se iluminaron. Hablaron más tiempo sobre la inocencia de los niños pe­queños y la misericordia de Dios ha­cia ellos. Y eso fue todo lo que hablaron en aquella ocasión. Oraron juntos y el misionero pidió al Señor que consolara y bendijera a esta bue­na mujer cuyos pesares eran tan gra­vosos. Le dijeron que volverían y conversarían otra vez.

Todo terminó con la mujer bautiza­da en la Iglesia y convertida en una hermana fiel y activa.

Si los misioneros cultivan el Espíritu del Señor y viven dignos de Él, se les guiará para decir y enseñar de tal manera que puedan satisfacer las necesidades de los que enseñen. En mucho casos esta enseñanza se ve­rá respaldada si un miembro de la Iglesia, especialmente un converso que ha pasado por circunstancias si­milares a las de las personas a quien estén enseñando, puede añadir un testimonio y ofrecer su amistad.

Déjenme hablarles de Eddie. Eddie vivía en Liverpool, Inglaterra. Dos mi­sioneros lo encontraron en la calle; estaba borracho. Hacía poco que aca­baba de pasar por una experiencia difícil y por ello intentaba ahogar sus penas en la bebida.

Los misioneros le hablaron y le preguntaron si podrían pasar a verle cuando estuviera sobrio. Él les dijo que sí.

Fueron hasta su casa, él les invitó a pasar, hablaron con él sobre su gran pérdida y el pesar que le había causa­do. Hablaron sobre las misericordias de Cristo y la certeza de la vida después de la muerte y él aceptó. Le lle­varon a la Iglesia y le presentaron a los miembros, los cuales le apoyaron y al poco se hallaba rodeado de ami­gos maravillosos que entendían sus circunstancias.

Fue bautizado y de inmediato reci­bió una responsabilidad pequeña en el barrio. Continuó siendo activo, vino a Salt Lake City para asistir a la conferen­cia general, le conocí y charlé con él.

Ahora asiste con frecuencia al Templo de Preston, Inglaterra, y se ha convertido en un miembro de la Iglesia devoto y maravilloso.

Enseñen la doctrina, pero dejen que la enseñanza proceda del corazón del misionero y no de una presenta­ción sin sentimiento.

No permitan que los misioneros queden limitados a las charlas memorizadas. Permítanles hablar con gran convicción según se lo indique el Espíritu del Señor. Déjenles obrar así con gran sinceridad.

Cada mañana, antes de salir de su apartamento, los misioneros deben arrodillarse y suplicar al Señor que de­sate sus lenguas y hable a través de ellos para que sean una fuente de bendición para aquellos a quienes en­señen. Si lo hacen, aparecerá una luz nueva en sus vidas, habrá un entusias­mo mayor por la obra; llegará a saber de manera muy real que son siervos del Señor hablando en representación Suya. Recibirán una respuesta diferen­te de cada persona a la que enseñen, y al obrar así por el Espíritu, sus inves­tigadores reaccionarán bajo la influen­cia de ese mismo Espíritu.

Si en todo este proceso está pre­sente un miembro de la Iglesia para compartir su testimonio y convertirse en un buen amigo, los investigadores experimentarán un sentimiento cáli­do de aceptación que ya no les aban­donará. Al final de cada ocasión de enseñar, se debe dejar a los investiga­dores algo para leer. Puede tratarse de los capítulos previamente asigna­dos del Libro de Mormón o de otra li­teratura, pero siempre deben tener algo para leer y pensar, algo en lo que meditar y reflexionar, lo cual puede servirles a los misioneros de tema la próxima vez que se vean.

El Señor ha dicho: “Ni os preocu­péis tampoco de antemano por lo que habéis de decir; mas atesorad constan­temente en vuestras mentes las pala­bras de vida, y os será dado en la hora precisa la porción que le será medida a cada hombre” (D. y C. 84:85).

Éste es el consejo del Señor. No se puede ignorar sin atenerse a las con­secuencias. La obediencia al mismo repercutirá en el resultado prometi­do. Este tipo de enseñanza entraña mayores retos y una mayor indivi­dualización, pero está más adaptada a las necesidades de los que la reci­ben. Éste es el tipo de enseñanza que conducirá a una invitación a ser bautizados.

El bautismo de conversos dignos

Y ahora hablemos sobre el bautis­mo del converso digno.

El Señor ha dejado bien claro los requisitos del bautismo. En D. y C. 20:37 Él declaró: “Todos los que se humillen ante Dios, y deseen bautizar­se, y vengan con corazones quebran­tados y con espíritus contritos, y testifiquen ante la iglesia que se han arrepentido verdaderamente de todos sus pecados, y que están dispuestos a tomar sobre sí el nombre de Jesucristo, con la determinación de servirle hasta el fin, y verdaderamente manifiesten por sus obras que han re­cibido del Espíritu de Cristo para la remisión de sus pecados, serán recibi­dos en su iglesia por el bautismo”.

El Señor ha puesto un nivel muy alto. Las personas a las que los mi­sioneros consideren estar listas para ser bautizadas deben haber asistido a la reunión sacramental, deben ha­ber conocido al obispo, tiene que habérseles presentado a los miem­bros, tienen que tener el amigo del que ya se ha hablado, así como tener cierto entendimiento de la Primera Visión, tienen que haber desarrolla­do fe en Cristo, haberse arrepentido del pasado y hecho los cambios sufi­cientes en sus vidas para tener dere­cho a ser miembros de la Iglesia. Deben haberse despojado del hom­bre viejo y revestirse del nuevo, co­mo dice Pablo (véase Colosenses 3:9-10). Deben llevar una vida de dignidad moral, conocer y aceptar la Palabra de Sabiduría y comprometer­se a pagar el diezmo. Si no están lis­tos, se debe posponer el bautismo hasta que lo estén.

El servicio bautismal debe ser una ocasión maravillosa. Debe haber ora­ciones, cantarse himnos e instrucción sobre la naturaleza de la ceremonia.

Se puede dar una explicación respec­to a que el bautismo por inmersión que se practica en la Iglesia es similar al que empleó Juan para bautizar al Salvador. Representa la muerte, la sepultura y la resurrección a una vida nueva y más hermosa.

Se debe invitar a familiares y ami­gos, y los miembros del barrio deben estar presentes para recibir a los miembros nuevos en la Iglesia. Se de­be invitar a otros investigadores al servicio bautismal. Esta experiencia erradicará algunos temores y dudas, y debe ser una ocasión impresionante y sagrada.

Se debe confirmar a los nuevos conversos durante una reunión sacra­mental del barrio al que vayan a per­tenecer. La confirmación se debe efectuar tan pronto como sea razona­ble después del bautismo.

El fortalecimiento de los nuevos miembros

Unirse a la Iglesia puede ser una experiencia un tanto traumática. Atrás quedan las antiguas amistades y los estilos de vida conocidos. He dicho en muchas ocasiones que todo con­verso necesita tres cosas: un amigo, una responsabilidad y ser nutrido con la buena palabra de Dios.

El amigo del que se ha hablado es muy importante. Todo nuevo conver­so necesita a alguien que esté cerca y a quien pueda hacerle preguntas en confianza. Todo converso precisa un amigo que le ayude cuando surjan las inevitables dudas.

Todo miembro necesita una res­ponsabilidad. Sólo se crece al servir.

La fe es como el músculo de mi brazo. Si lo uso y lo ejercito se torna fuerte.

Si lo pongo en reposo y lo dejo así, se debilitará. A todo nuevo converso se le debe dar una responsabilidad de in­mediato. Puede que sea pequeña, pe­ro debe ser importante.

Se ha contado repetidas veces la historia del converso cuyo obispo le asignó repartir los himnarios cada do­mingo por la mañana. A él le parecía que era absolutamente necesario llegar a tiempo a la reunión para verificar que todos los himnarios estuvieran en su sitio. Sentía que se le necesitaba. Las reuniones no se podían celebrar ade­cuadamente sin haber cumplido con su asignación. Y al servir, creció en la fe, y una asignación condujo a otra.

Se debe nutrir con la buena pala­bras de Dios. Los obispos deben ase­gurarse de que cada reunión sacramental contribuya a la edifica­ción de la fe y brinde información del Evangelio. Los líderes de las clases de­ben reconocer la presencia de los nuevos miembros y asegurarse de que se les enseña de manera eficaz.

Se debe animar a los conversos a leer el Libro de Mormón, así como otra literatura de la Iglesia.

Todo converso es digno de ser sal­vo, y tengo la convicción de que no tenemos por qué sufrir bajas entre los que se unen a la Iglesia. Si se les ense­ña eficazmente, si se les conduce por el camino adecuado, si se ordena a los jovencitos y a los hombres adultos al sacerdocio y participan en las activi­dades del quórum, si las mujeres par­ticipan en la Sociedad de Socorro y si los niños son activos en sus respecti­vas organizaciones, crecerán su fe y entendimiento. Cada uno de ellos ne­cesita atención mientras se convierte en un miembro fuerte de la Iglesia.

No se les puede desatender; no se les debe desatender. Son como las ovejas de las que habló el Salvador y tienen derecho a toda atención mientras ob­tienen entendimiento y desarrollan amor por la Iglesia y sus programas.

La unión en la salvación de almas

Hermanos, la misión de la Iglesia es la de salvar almas. Es enseñar el Evangelio a quienes estén dispuestos a escuchar, dondequiera que estén. Es bautizar a los que han demostrado ser dignos. Es fortalecerlos y nutrirlos hasta que sean capaces de caminar por sí mismos y avanzar con fortaleza y entusiasmo. No existe una obra ma­yor ni más importante, ni hay una obra más imperiosa que ésta, la cual el Dios del cielo nos ha concedido la responsabilidad de llevar adelante.

Mis amados hermanos, hemos par­ticipado en una gran reunión de lide­razgo, una nueva empresa en la historia de esta gran obra. Nos hemos dirigido al liderazgo de casi toda la Iglesia en el mundo. Los pocos a los que no lleguemos recibirán nuestro mensaje de manera diferente.

¡Qué cosa tan asombrosa! El Señor ha hecho posible la tecnología me­diante la cual podemos llegar hasta ustedes.

Habrá otra reunión semejante en junio. De este modo, capacitaremos a la Iglesia de manera uniforme en todo el mundo.

Somos todos una Iglesia, la Iglesia de nuestro Señor y Maestro, Jesucristo. Debemos llevar a cabo nuestro deber de un modo uniforme para bendecir las vidas de todos aque­llos de quienes somos responsables.

Ésta es la santa obra de Dios, res­taurada a la tierra en la dispensación última y final. Él y Su Hijo Amado, el Señor Jesucristo resucitado, aparecie­ron al joven José Smith y rasgaron el velo para inaugurar ésta, la dispensa­ción del cumplimiento de los tiem­pos. Tenemos el Libro de Mormón como otro testamento del Señor Jesucristo. Se ha restaurado el sacerdocio con todas sus llaves y poderes. La Iglesia está plenamente organizada y lleva el nombre de Aquel que está a su cabeza.

Esta obra es gloriosa, y bendecirá la vida de todo hombre, mujer niño y niña que la acepte.

Les dejo mi testimonio, les dejo mi amor y mi bendición.

Ruego que el cielo les favorezca mientras avancen con sus responsabi­lidades. Ruego que hallen dicha en su servicio, y que progresen en fortaleza y facultad. Que Dios les bendiga, mis queridos y amados hermanos. Lo rue­go humildemente en el sagrado nom­bre de Jesucristo. Amén.

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