Fuentes de Agua Viva

Fuentes de Agua Viva

Por Harold B. Lee

(Discurso pronunciado en la Conferencia General del 3 de octubre de 1943 en el Tabernáculo)


Cuando los peregrinos mormones llegaron a Lago Salado, en una tierra semiárida, se establecieron cerca de los arroyos, sin cuyos beneficios no hubieran podido construir sus hogares o establecer comunidades. Se organizaron compañías de irrigación para que el agua tan vital a su bienestar fuera exactamente distribuida, recibiendo cada hombre porciones de acuerdo con sus necesidades. Construyeron diques y canales; también cisternas para preservar agua desde la primavera hasta el verano. Dieron especial atención al hecho de conseguir de los manantiales el agua más pura para el uso humano.

Ellos sabían que si se llevaba esta agua a largas distancias en canales abiertos había peligro de contaminación, que podía resultar en enfermedades y epidemias, a menos que se diera un cuidado muy especial.

Con esa idea cuidaron los canales, y más tarde construyeron caños que fueron colocados debajo del nivel de la tierra para protegerlos del calor o las heladas.

Para gozar de los beneficios de este sistema, fué necesario que ellos trabajaran unidos, recibiendo cada hombre un amillaramiento que debía pagar en trabajo o dinero y para el mantenimiento de tal sistema se requería de cada uno el pago de sus impuestos anuales. Los que rehusaron aceptar tales obligaciones fueron penados por las compañías, que se rehusaban a entregar el agua, que ellos a consecuencia de eso no tenían derecho de usar.

Tal como el agua fué y es hoy esencial para la vida física de los que se establecieron en ese país, tal es el Evangelio del Señor Jesucristo esencial para la vida espiritual de los hijos de Dios. Esa analogía es sugerida por las palabras del Salvador a la mujer que halló junto a la fuente de Samaría, cuando le dijo: “… mas el que bebiere del agua que yo le daré no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que brote para vida eterna” (Juan 4:14).

Grandes reservas de agua espiritual, llamadas escrituras, han sido proveídas en estos días, y han sido salvaguardardas para que todos puedan participar y ser espiritualmente alimentados y no tener sed. Que estas escrituras han sido consideradas de gran importancia queda indicado en las palabras del Salvador: “Escudriñad las escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí” (Juan 5:39), y la experiencia de los Nefitas al ser enviados para procurar las planchas de bronce, las que contenían las escrituras tan vitales para el bienestar del puebla. El uso de aquellas escrituras fué sugerido en la frase de Nefi cuando dijo: “. . . . Apliqué las Escrituras a nosotros mismos para nuestra utilidad e instrucción” (1 Nefi 19:23). Y de nuevo, cuando Labán prohibió el uso de estas escrituras, el ángel declaró que sería mejor que un hombre pereciera antes que una nación entera se degenerara, y pereciera en incredulidad. Por estas generaciones los mensajes de nuestro Padre han sido salvaguardados y cuidados amenté protegidos, y os señalan igualmente que en estos días las escrituras son las más puras en sus fuentes, tal corno las aguas eran puras del manantial. Las más puras palabras de Dios y aquellas menos aptas de ser corrompidas, son las que vienen de los labios de los profetas vivientes, que fueron señalados para guiar a Israel en nuestro día y tiempo. El sistema de distribución que nuestro Padre Celestial ha proveído es conocido como la iglesia y reino de Dios para dar ayuda a su grande y divino propósito en llevar a cabo la inmortalidad y vida eterna del hombre, mediante lo cual pueda venir el gozo eterno. Pero a causa del libre albedrío que nuestro Padre en su sabiduría nos ha otorgado, a nosotros sus hijos, son grandes los peligros de corrupción, pues señalando siempre la pompa y el tesoro, el diablo ha tratado de engañar, y bajo el rótulo de “placeres” ha buscado disuadir a la humanidad de un camino recto que conduciría a la eterna felicidad.

Los quórumes del Sacerdocio y las organizaciones auxiliares son los canales cuidadosamente guardados y proveídos por la Iglesia por medio de los cuales se diseminan las preciosas verdades. Algunos han pensado que la fuerza de esta Iglesia yace en el sistema de la ley de diezmos; algunos han pensado que yace en el sistema misionero. Pero los que interpretan rectamente la palabra de Dios comprenden plenamente que la fuerza de la Iglesia no yace fundamentalmente en ninguno de ellos. La fuerza de la Iglesia no consiste de un gran número de miembros, sino que yace en el poder y autoridad del Santo Sacerdocio que Dios nuestro Padre nos ha dado en estos días. Si ejercemos debidamente ese poder y magnificamos nuestros llamamientos en el Sacerdocio, haremos que la obra misionera avance, que los diezmos sean pagados, que el Plan de Bienestar prospere, que nuestros hogares sean salvados y que la moralidad entre la juventud de Israel sea mantenida.

Tal como en la ilustración del sistema de agua, sin embargo, tenemos ciertas obligaciones que debemos asumir si es que esperamos ser bendecidos.

El precio que pagamos por estas eternas bendiciones y el derecho de usa de esta eterna fuente de agua es primero, obedecer las leyes y ordenanzas del Evangelio; segundo, rendir sacrificio voluntario y desinteresado, y tercero, asumir responsabilidades y nuestra obligación de servir a nuestro prójimo por lo cual podremos tener derecho a las bendiciones que nuestro Padre Celestial tiene reservadas para nosotros. Cada miembro fiel de la Iglesia puede atestiguar del gozo y extrema felicidad que recibe el que ha guardado la ley; pero quizás todos nosotros podemos del mismo modo, ser testigos de la angustia y el contratiempo que viene por falta de obediencia y por nuestra propia negligencia.

En el mes de junio pasado me hallaba en un campamento del ejército cerca de Corvalis, Oregón. Oí a un joven doctor del ejército que era miembro de la Iglesia contar la experiencia que había tenido en una de las islas, luego de la furiosa batalla de Guadalcanal. Dijo que habían establecido un hospital detrás del frente, donde ellos recibían a los heridos que ahora venían de aquel lugar. A causa de las limitadas comodidades y la gran necesidad de atención médica para tantos heridos, era necesario que alguien vigilara cuidadosamente sobre los hombres que eran traídos para que los que se hallaban más seriamente heridos fueran atendidos primeramente, y su tarea era la de hacer el examen inicial a medida que los jóvenes desembarcaban. Al acercarse a estos muchachos conscientes, él en voz baja les hablaba y les preguntaba por su estado, y a cada uno les hacía esta pregunta: “¿A qué Iglesia perteneces?” En una ocasión, al acercarse al oído de un muchacho bastante mal herido, y preguntándole a qué Iglesia pertenecía, el joven susurró: “Soy Mormón”. El doctor dijo: “Bueno, yo también soy Mormón. Soy élder de la Iglesia ¿Hay algo que podría hacer por ti?” El muchacho, apretando los dientes, y con su pálido semblante, respondió: “Me agradaría que usted me administrara”. El doctor dijo: “Extraje de mi bolsillo mi botellita de aceite consagrado, y allí, bajo la mirada de todos, porque no había lugar privado, ungí su cabeza con aceite por autoridad del santo Sacerdocio, y le bendije que fuera curado. Le llevé al hospital de la tienda, para su cuidado que tanto necesitaba, y volví hacia los otros heridos. Por una extraña coincidencia comprobé que el siguiente muchacho a quien me acerqué era igualmente un joven Santo de los Últimos Días, y le hice la misma pregunta: “¿Qué puedo hacer por ti?”. Y contestó: ‘Quisiera un cigarrillo’. Le dije: ‘Creo que podré conseguirte un cigarrillo’. Y mientras el muchacho comenzó a fumarlo, le pregunté: ‘Hijo, estás seguro que no hay nada más que podría hacer por ti?’ Los ojos del joven se llenaron de lágrimas. Luego dijo: ‘Sí hay, doctor, pero temo que no tenga derecho a pedir por lo que hay en mi corazón. Ansió saber si el Señor me daría una bendición. ¿Me administraría usted?’ Entonces le dije: ‘Dejemos eso a juicio de nuestro Padre Celestial. Si deseas una bendición, yo seré el siervo de Dios en suplicar que el Señor derrame esa bendición sobre ti’.”

Os pregunto, hermanos, ¿en qué condición se hallan nuestros jóvenes? ¿Cuál es nuestra parte en prepararlos para participar profundamente de los torrentes de vida eterna? Una gran obra misionera avanza hoy bajo la guía de la Iglesia entre esos cuarenta mil jóvenes Mormones alistados en el ejército. En esta obra misionera, bajo la autoridad del Sacerdocio, ellos han organizado entre sí, grupos de la Mutual y han sido preparados para participar de las cosas que el Señor tiene para ellos.

Sobre mi escritorio tengo una fotografía de un grupo en Nueva Guinea que se halla realizando un servicio sacramental. Tienen sus rifles sobre las rodillas, lo que evidencia el hecho de que están alertas y esperando un ataque en cualquier momento. He leído una carta, de cómo en la Isla Midway nuestros jóvenes se reunieron para realizar servicios sacramentales. Dijo el joven que escribió esta carta: “… porque sentimos nosotros que sí la Iglesia estuviera cerca nosotros nos sentiríamos mejor y nuestras mentes serían aliviadas”. Y cuando leo del joven que con cinco compañeros voló en aeroplano, con permiso de sus oficiales comandantes en Sicilia, para administrar a uno de sus compañeros que había sido herido gravemente, cuando leo de un muchacho tratando de conseguir los nombres de nuestros jóvenes que han sido muertos en la última campaña en Italia, consiguiendo los lugares donde ellos iban a ser enterrados, o donde ya estaban enterrados, para poder ir allí y dedicar sus sepulturas; cuando leo las historias de la realización de los servicios del día domingo en los olivares de aquellos sitios, sus canciones “llenando el aire del Sábado, recuerdo las palabras que han venido de nuestro Padre:

“Y para que más íntegramente te conserves sin mancha del mundo, irás a la casa de oración y ofrecerás tus sacramentos en mi día santo”. (D. y C. 59:9).

No puedo pensar en la obra, que se está realizando entre estos jóvenes, y los resultados de allí, sin recordar que si hay 32 mil Santos de los Últimos Días en los países en guerra, de Europa, como se ha mencionado en esta conferencia, aproximadamente un 50 por ciento de estos viven en las naciones que ahora llamamos los poderes del eje. Si el mismo porcentaje de jóvenes ha sido llamado de entre los Santos de allá; como han sido llamados aquí, hay probablemente no menos de siete u ochocientos jóvenes Santos de los Últimos Días, que tienen el Sacerdocio, llevando armas en esas naciones. !Oh, suplico que el canal de comunicaciones sea abierto a esos muchachos con quienes no nos podemos unir con las organizaciones de la Mutual, a quienes no podemos enviar libros, a quienes no podemos dar las ministraciones a el Sacerdocio. Oro a Dios que salve a nuestros jóvenes en esos países, quienes tal vez no son más culpables de obrar erradamente que nuestros queridos jóvenes de este país, y no obstante sufren la angustia de una guerra terrible.

Me encontré con una joven el verano pasado en el “Lion House” donde yo había estado hablando a un grupo de 150 a 200 jóvenes, que habían venido de afuera a la ciudad de Lago Salado en busca de trabajo. Después de la reunión esta jovencita vino a mí con una chispa en los ojos, y me mostró una foto de un soldado hermoso que estaba en Australia. Detrás de la foto ella sacó y desdobló un papel que probaba ser un certificado de bautismo. Ella dijo emocionada: “Yo le había dejado hace seis meses, nunca más pensé verlo, porque yo le había dicho que no podría casarme, excepto que fuese en el templo de nuestro Dios, para tiempo y eternidad. Él no era miembro de la Iglesia, pero después de irse comenzó a pensar y a estudiar. Seis meses han pasado y el día de mi cumpleaños él me envió esto, y dice en su carta: “Me estoy preparando para que cuando vuelva yo pueda ser unido a ti, mi novia, en la casa del Dios viviente”.

Allí había una joven que había bebido profundamente de la fuente de aguas espirituales, y suya será una fuente de agua viva, brotando hacia la vida eterna.

Santos de los Últimos Días, vosotros poseedores del Sacerdocio, y líderes en Israel, veamos que los manantiales que guarda la juventud, que guardan nuestros hogares, sean libres de contaminación, a causa del celoso cuidado que ejerceremos en estos días de pruebas. Que no seamos negligentes al consejo de nuestro Padre en estas paternas palabras:

“… haceos bolsas que no se envejezcan, tesoro en los cielos que nunca se agote, donde ladrón no llega ni polilla corrompe.

Porque donde está vuestro tesoro, allí también estará vuestro corazón.

Estén ceñidos vuestros lomos y encendidas vuestras lámparas;

y sed vosotros semejantes a hombres que esperan a que su señor vuelva de las bodas, para que, cuando venga y llame, enseguida le abran”. (Lucas 12:33-36).

Y otra vez en nuestros días:

“Por lo tanto, no temáis aun hasta la muerte; porque en este mundo vuestro gozo no es cabal, pero en mí vuestro gozo será cabal. Por lo tanto, no os preocupaos por el alma y por la vida del alma. Y buscad siempre la faz de nuestro Padre Celestial, que podamos sin temor aun hasta la muerte proteger las fuentes de verdad, y si en estos días es necesario dar nuestras vidas para la protección de aquella verdad, que lo hagamos voluntariamente y con el sello de aprobación de nuestro Padre Celestial sobre nosotros, ruego humildemente en el nombre del Señor Jesucristo. Amén.

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