El Galardón de los Fieles

El Galardón de los Fieles

George Albert Smith

(Un Discurso Pronunciado por El Profeta George Albert Smith, Presidente de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, en La Primera Sesión de La Conferencia General de la Misión Mexicana,  del día 25 de Mayo del año 1946, en Ermita del Distrito Federal)


Para mí esto es un cuadro hermoso, esta casa llena hasta no caber todos los hombres, mujeres y niños; cada uno siendo un hijo de nuestro Padre Celestial. Esta mañana vuestra casa está decorada de hermosas flores. Nos hemos gozado de una música preciosa mientras cantabais —todo esto, la predicación y la canción para honrarle a Dios y servirle.

Hace unos ocho años estuve yo en las Islas Sureñas. Nuestra casa de oración era más grande que esta, mas no tenía paredes; fué únicamente un techo grande, y afuera habían construido un emparrado grande. Había más de dos mil miembros de la Iglesia allí en Apía, de la Samoa Británica. Todo aquel auditorio grande consistía de vuestros hermanos y hermanas. Todos eran descendientes del Padre Lehi, quién vino de Jerusalén seiscientos años antes del nacimiento del Salvador. Estaban tan retirados de la así llamada civilización, que no gozaban de todas las ventajas de las cuales gozáis vosotros, mas eran buenos Santos de Los Últimos Días. Cuando oyeron el Evangelio predicado por los siervos de Dios, supieron que era la verdad, y así entraron en la Iglesia para que pudieran ganarse la salvación en el reino celestial.

En todo aquel grande auditorio no hubo quién tuviera una silla en que sentarse. Uno entraba con un rollo de tejido de juncos debajo del brazo y lo tendía por el suelo. Habiendo llenado ese espacio de gente, entraba otro con otro rollo y se sentaban sobre él hasta llenarlo, y así tenían todo el suelo cubierto de tejido o tapete. Cuando cantaban no se ponían de pie; se quedaban sentados en el suelo, mas cantaban la misma clase de himnos que cantáis vosotros, pero en el propio idioma de ellos. Cuando me dirigía a ellos era necesario que les hablara por medio de un intérprete, y el hombre que interpretaba mis palabras fué un nativo. Medía unos seis pies, dos pulgadas (1.89) de estatura, recto como una flecha, y pesaba 254 libras (115 kgs.), un verdadero gigante, pero hablaba un inglés espléndido, y cuando él interpretaba, todos parecían estar contentos.

Así que, en distintas partes del mundo, en Alaska, en Hawaii, por todos los mares sureños, en Nueva Zelandia y en esas islas polinesas, me he reunido con la gente como vosotros que estáis aquí hoy; no para celebrar un día de campo, no solamente para cantar, más para adorar a Dios; y Él les ama y os ama cuando Le honráis y guardáis Sus mandamientos. “No todo el que me dice Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, más el que hiciere la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Esto es lo que nos dijo el Salvador, y así por todo el mundo los hijos e hijas del Dios viviente pueden congregarse juntos en adoración, y sí enseñan el Evangelio de Jesucristo y viven de acuerdo con sus enseñanzas, entonces son agradables ante nuestro Padre Celestial, y El los ama.

Ha sido mi privilegio visitar a muchos pueblos en muchas partes de la tierra durante mi vida. En todas partes he encontrado a buenas y bondadosas gentes. Uno de ellos no sabían que hubiera un Dios; tal Dios como nosotros le adoramos. Unas de las gentes que he conocido no sabían siquiera de Jesucristo, únicamente por haber oído que alguien mencionara su nombre; mas vuestros antepasados, cuando vinieron de Jerusalén, sabían que había un Dios y enseñaron a sus hijos y a sus hijas que había tal Dios, y ellos poblaron esta grande tierra de Norte y Sur América. Tenían entre ellos profetas, y mientras tanto servían a Dios y guardaban sus mandamientos eran felices. Quisiera que acogieran esta sugestión ya que sale de mí en estos momentos: Toda felicidad que es digna de llamarse así viene como resultado de vivir los mandamientos de nuestro Padre Celestial. Muchas veces en diferentes partes del mundo la Iglesia ha crecido hasta ser grande. Hace centenares de años había grandes congregaciones. Cuando Noé vivía sobre la tierra la gente que le rodeaba era muy numerosa, y ellos se olvidaron de Dios. El salió entre ellos y les predicó el Evangelio, rogándoles que guardaran los mandamientos del Señor, mas ellos rehusaron hacerlo. Por ciento veinte años caminó entre ellos instándoles a que volvieran de sus errores que estaban cometiendo, rogándoles que vivieran sus vidas de tal manera que estuviera dispuesto a bendecirles, pero eran tan perversos que no pudieron crecí’. Cuando vieron a Noé con un barco grande sobre la tierra seca, sin duda meneaban sus cabezas y exclamaban: “Él está loco”. Pero él siguió adelante porque el Señor lo había dicho que construyese un arca, y entonces cuando se había terminado el arca y la gente había quedado debidamente amonestada, comenzó a llover y caía el agua en tales torrentes que el barco empezó a elevarse sobre el agua, estando Noé y su familia en el interior, junto con una pareja de cada especie de animales que él había recogido. El pueblo que había negado escucharle al profeta vio el arca subirse gradualmente. En ella había toda la gente que quiso honrar a Dios y guardar sus mandamientos, que eran unos pocos; pero toda la multitud que se había negado honrar a Dios y guardar sus mandamientos, fueron ahogados y perdieron sus vidas en aquella gran inundación.

Entonces los descendientes de Noé y los que estaban con él empezaron a poblar la tierra de nuevo. El pueblo siguió aumentándose en distintas partes del mundo, pero la mayoría de los que vivían en la tierra no conocían a Dios. Y así ha sido el caso desde que fué creado el mundo. Este mundo fué preparado para nosotros y a través de todas las edades nuestro Padre Celestial nos ha enseñado cómo debiéramos vivir para gozar de la felicidad. Él quiere que seamos felices, y fue por eso que nos dio las santas escrituras, el Viejo y el Nuevo Testamento, el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios y la Perla de Gran Precio. Todos estos registros contienen lo que ha dicho nuestro Padre Celestial al hablar El a sus hijos por medio de Sus profetas. Y ahora, estamos todos congregados aquí en esta gloriosa tierra en que vivís vosotros, y hubo tiempo cuando los que moraban aquí eran tan numerosos como hoy, y todos ellos en un tiempo eran hijos del Padre Lehi. Unos de sus hijos guardaban los mandamientos del Señor y vivían felices. Uno de ellos no estaba dispuesto a guardar los mandamientos del Señor y no gozaban de felicidad; mas el Señor nos ha dado a entender que si guardamos Sus mandamientos, seremos realmente felices. Veis las condiciones del mundo hoy. En muchas de las naciones del mundo están todavía estacionados los ejércitos. En los últimos pocos años, millones de los hijos e hijas de nuestro Padre han perdido sus vidas, y todo el pesar y el sufrimiento que han sido traídos a los hombres, mujeres y niños del mundo entre esas naciones que han estado en guerra —, sus angustias y sus sufrimientos, sus pérdidas y sus pesares son el resultado de rehusar honrar a Dios y guardar sus mandamientos.

Aquí estamos hoy en paz, y vosotros estáis aquí porque creéis en Dios. El Señor os ha mandado Sus siervos de otras partes y el resultado es que vosotros sabéis mejor que las más de las gentes de esta tierra, que hay efectivamente un Dios en el cielo, que Jesús es el Cristo y que Su Iglesia está sobre la tierra. Nuestro Padre Celestial no nos exige hacer ninguna cosa, pero Él nos invita a que hagamos las cosas que enriquecen nuestras vidas, y cuanto más observamos las leyes de nuestro Padre Celestial, más cerca llegamos a la medida de Sus deseos.

Llegaron entre vosotros del otro lado del Río Bravo, hace mucho tiempo, un grupo de gentes que pertenecían a la Iglesia de Jesucristo de Los Santos de los Últimos Días. Muchos de ellos eran descendientes de aquellos que fueron echados de sus hogares en el éste porque creían en el Evangelio. En 1846, veinte mil personas fueron echados del estado de Illinois y volvieron sus miradas al sol poniente. Caminaron más de mil quinientas millas para llegar a la parte occidental de lo que es ahora Estados Unidos. Muchos de ellos perecieron en el camino. Sufrieron toda clase de vejaciones y angustias. Habían sido despojados de sus bienes y de sus hogares, y esto fué hecho por los que reclamaban ser cristianos. En su éxodo dijeron en sus corazones: “Queremos hacer lo que el Salvador quiere que hagamos”. Él dijo: “si buscáis primero, no último, el Reino de Dios, y Su justicia, todas las demás cosas serán añadidas”. Así que este pueblo, que había venido de Alemania, Inglaterra, Irlanda, Escocia, Gales y Escandinavia y que había cruzado el océano desde Europa, muchos de ellos habían venido para vivir en Nauvoo; pero fueron expulsados y entonces vinieron al oeste. Cuando entraron al valle del Gran Lago Salado, fué entonces un yermo desolado, como lo es vuestra tierra cuando no tiene agua. Cuando el jefe, el profeta de Dios, miró sobre el valle y vio que era desolado, dijo: “Este es el lugar. Aquí he visto tendidas las tiendas de Israel en una visión”.

Había poca gente que viviera en ese lugar, pero los que vivían allí eran indios. Había 143 hombres, 3 mujeres y 2 niños en aquella primera compañía. Cuando las mujeres vieron lo desolado que era lloraron y dijeron: “Vayámonos más adelante”. Pero el siervo del Señor dijo: No, este es el lugar. Habían abandonado una ciudad de veinte mil almas en Nauvoo, una ciudad hermosa, que miraba sobre el río Mississippi. Fué la ciudad más grande en el estado de Illinois. La capital del estado, Springfield, era una ciudad de unos doce mil. La gran ciudad de Chicago tenía solamente unos cinco mil habitantes. Nauvoo era la ciudad más grande del estado. Cuando vinieron al oeste y siguió juntándose la gente con ellos, Lago Salado llegó a ser la ciudad principal, y en vez de veinte mil personas, hay por todo Estados Unidos, las islas del mar y otras partes, más de un millón de pueblo que pertenece a la Iglesia, mientras la ciudad de Nauvoo no tiene más de mil doscientos habitantes. El Señor ha cumplido su promesa. Todas las cosas buenas que tiene el mundo en cualquiera parte, todas aquellas bendiciones que son destinadas al enriquecimiento de nuestras vidas aquí y a prepararnos para la vida venidera, todo lo que posee el mundo que sea necesario para obtener la vida eterna en el reino celestial, lo tenemos nosotros, además del Evangelio de Jesucristo. Cuando nuestro pueblo llegó al gran Lago Salado, hará cien años este año que entra, vinieron a vivir con vuestra raza, los indios. Había poca gente, pero prácticamente todos eran indios en aquella sección de la tierra. Muchos de esos indios se juntaron a la Iglesia. Tenemos ahora tres buenos Pueblitos, uno en Arizona, uno en Utah y uno en la frontera de Utah e Idaho, que son miembros de vuestra raza. Tenemos miembros de la Iglesia de la raza indígena esparcidos en diferentes partes del mundo. Más de treinta mil miembros de vuestra raza radican en las islas del pacífico. Ellos han aceptado el Evangelio de nuestro Señor y nuestro Padre les ha bendecido, continúa bendiciéndoles y los seguirá bendiciendo mientras sean fieles.

Hay tantas cosas de las que quisiera hablaros hoy, pero el tiempo pasa con tanta rapidez que debo comenzar a concluir. Vengo ante vosotros como vuestro hermano humilde que os ama. Vosotros sois mis hermanos y mis hermanas. Somos otros hijos del mismo Padre y os traigo saludos del cuerpo de la Iglesia, y os mandan sus buenos deseos. Aquí estáis, rodeados de millones de gente. Muchos de ellos no saben la verdad, mas quedará para vosotros, ambos hombres y mujeres, vivir de tal manera que otros, viendo vuestras buenas obras, tengan el deseo de hacer las cosas que hacéis vosotros y de conocer las cosas que vosotros conocéis. Hay centenares de miles de almas en estas tierras occidentales quienes no han entendido el Evangelio todavía. Jamás han oído el Evangelio, más si hacéis lo que debéis hacer, verán vuestras vidas justas y ellos también querrán ser felices como seréis felices vosotros.

Somos todos una grande Iglesia. El Señor mismo ha puesto en orden su Iglesia. Él nos ha dado en nuestro día la misma clase de organización que tenían en Judea —Apóstoles, profetas, pastores, evangelistas y maestros—; el orden establecido del Sacerdocio. Mientras estuvo el Salvador sobre la tierra y era el Presidente, Él ordenó y apartó a los directores de la Iglesia quienes habían de seguirle. Los más del pueblo se desviaron de la verdad pero había unos que procuraron permanecer fieles, y el Señor determinó que todos debie­ran tener una oportunidad justa e igual. Él se reveló al Profeta José Smith cuando éste era todavía mu­chacho y le dirigió para que organi­zara la Iglesia, y le llamó para que tradujera el Libro de Mormón, la historia de vuestros antepasados. Lla­mó a la cabecera de la Iglesia dos hombres para que fueran sus conse­jeros; y apóstoles y otros oficiales siempre existen en la Iglesia cuando ésta está debidamente organizada, y así ha quedado la dirección de la Iglesia desde entonces, y todos aque­llos que han permanecido justos y fieles y que han vivido como era su deber han continuado en la felicidad. Los que han rehusado honrar a Dios y guardar Sus mandamientos, los que han rehusado a ser fieles, han salido, muchos de ellos, entre las tinieblas, pa­ra nunca volver a la Iglesia. Muchos de ellos han cometido errores, han transgredido las leyes de Dios, más el Señor ha dicho que si se arrepien­ten de sus pecados y vuelven a Él, aunque hayan hecho muchas cosas indebidas, si sinceramente se arre­pienten y reconocen sus pecados, Él les recibirá otra vez en Su Iglesia.

Así que todos vosotros, que sois una buena gente congregada aquí hoy, procurando honrar a vuestro Padre Celestial y reconocer Su auto­ridad, tenéis Su amor y Sus bendicio­nes. Vuestros días os serán prolon­gados sobre la tierra en felicidad y cuando la vida sea fenecida aquí y paséis a la inmortalidad, El Padre de todos nosotros os dará las bendicio­nes que habréis ganado, y si sois aceptables ante El, os hará miembros de Su Reino Celestial, y ese reino será aquí mismo sobre esta tierra, no algún otro planeta o tierra, mas to­dos los que han de gozar de la com­pañía de nuestro Padre Celestial y Jesucristo Su Hijo estarán aquí sobre esta tierra, y toda parte de esta tierra en que vivimos llegará a ser el reino celestial, y todas las bendicio­nes que podemos desear, junto con to­do lo que ahora tenemos, continuarán entre nosotros por todas las edades de la eternidad.

Esta mañana habéis oído los testi­monios de los que os han hablado en vuestro propio idioma, palabras de aliento de vuestro propio pueblo, y vuestros números continuarán aumentándose. Más hombres y mujeres podrán explicar la verdad y la tierra de México será bendecida por causa de vosotros y vuestra justicia.

Ahora ruego que nuestro Padre Celestial os dé el sentir que tengo en mi corazón para con vosotros; que seamos dispuestos hacer el bien de día en día y todos los días, y cuando llegue el tiempo en que el Señor jun­te Sus joyas, cuando el Libro de la Vida del Cordero sea abierto, mos­trando los nombres de los que han amado y servido al Señor como era Su deseo, ruego que aparezcan re­gistrados allí nuestros nombres, los nombres de todos los que amamos, y los de todos aquellos que hayamos podido inspirar con justicia, para que tengamos una herencia eterna en el reino celestial, y ruego que todos po­damos estar allí, sin faltar a ninguno, y lo hago en el nombre de Jesu­cristo, nuestro Señor, Amén.

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