“A mi Manera”

“A mi Manera”

por Spencer W. Kimball

Discurso dado en la Conferencia General de la Iglesia el 7 de Octubre de 1945, en el Tabernáculo


Así dice el Señor:

Y es mi propósito proveer a mis santos, porque todas las cosas son mías. Pero deben ser hechas a mi manera. . . Así dice el Señor. (D. y C. 104:15-16).

Hoy hace dos años que comencé mi obra oficial en este puesto. Han sido dos años de gran gozo y felicidad para mí. Ha sido un privilegio para mí ir por toda la Iglesia y tener la incomparable oportunidad de entrar en los hogares y vidas de las personas.

En estos dos años he visto un gran drama desarrollarse ante mis ojos. El título del drama es: “A mi manera”. El escenario es la tierra; el panorama consiste de montañas y llanos, los ríos y océanos, los bosques y desiertos; los actores son las personas, los hijos e hijas de Dios.

El telón se levanta en el primer acto, mostrando un mundo de vida nocturna con sus teatros, banquetes, y cabarets. Multitud de personas han dejado sus hogares buscando la diversión de los recreos comerciales y en el vivir desenfrenado, pero en un ángulo de este enorme escenario yo veo un hogar modesto en el cual una familia está reunida. Es una familia de cinco personas. Han pasado una típica noche de un hogar Santo de los Últimos Días. La pequeña Susana toma su turno esta noche. Ella ha preparado el programa y lo está dirigiendo. Toda la familia canta la canción “Hogar Dulce Hogar”. El padre cuenta una historia de la Biblia, luego el pequeño Luisito ejecuta una pieza simple en su violín. Susana canta: “Brillad, Brillad”. El más chiquito de tres años de edad, incapaz de hacer algo da algunos saltos y brincos para entretener al grupo. Después juegan a algunos juegos y la madre sirve refrigerios, que esta noche son pochoclos. Los he visto ahora terminar una noche hogareña perfecta, arrodillándose todos juntos en oración antes de acostarse. Y me parece oír la voz de Dios diciendo:

Padres. . . enseñarán a sus hijos a orar y a andar rectamente delante del Señor. (D. y C. 68:28).

La escena cambia. La acción esta vez es un mundo de egoísmo, de agotamiento, de deuda, de seres humanos avaros acumulando las cosas del mundo. Hay un lugar en este enorme escenario que atrae nuestra atención. Veo una familia joven, el padre todavía no ha llegado a los treinta. El bonito hogar es brillante y resuena con las voces de los niños y más allá de las paredes de su amabilidad, veo establecimientos mercantiles prósperos pertenecientes al padre. Un visitante de la Iglesia está hablando con él, alabándole por su fidelidad en el pago de los diezmos, que ha pagado en su prosperidad. Y entonces oigo al joven, devoto Santo de los Últimos Días, que dice: “No merezco alabanza. Estoy cumpliendo solamente con mi deber y con mi oportunidad. Cuando llegué a mi casa de vuelta de mi misión, completamente sin fondos ni perspectivas, me arrodillé y le pedí al Señor sus bendiciones, y le prometí que le daría no sólo la décima parte de mis entradas, sino que todo lo que poseyera y acumulara sería suyo para su obra y al llamado de sus siervos, las Autoridades de la Iglesia”. A medida que esta escena termina reflexiono otra vez sobre el título del drama: “Pero deben ser hechas a mi manera”.

El telón se aparta nuevamente y veo un mundo discordante, lleno de odio y envidia, falta de sinceridad y frustraciones. Algunos están buscando la rectitud pero un gran número está satisfecho con “comer, beber y divertirse” y dejan que el mundo vaya alegremente hacia el pecado. Entonces a un lado del gran escenario veo a los miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días en todas sus actividades, incluyendo su obra misionera. Veo, saliendo de las ramas, gran número de mensajeros de paz, que dan el evangelio gratuitamente al mundo.

Una pareja de edad, arregla sus asuntos, junta todos sus haberes ganados y ahorrado con su chacra durante un período de muchos años. Dejan su hogar para ir a cumplir una misión. En otra parte del escenario hay un grupo de misioneros que llegan a la oficina de las Autoridades Generales para ser apartados para sus misiones. En uno de los cuartos hay un padre con su joven hija. Es un patriarca y aunque sus años son muchos, su corazón es claro. Después que su hija ha sido apartada, el orgulloso padre susurra algo a las Autoridades Generales mientras salen de la sala: “Quizás ustedes tengan interés en saber que ésta es mi undécimo misionero que sale al campo misionero. No es un sacrificio”, añadió rápidamente, “cada uno de esos misioneros ha traído una bendición a nuestro hogar. Y tengo tres hijos más todavía que irán también”. El evangelio predicado a la manera del Señor sin premio ni compensación. Y me parece oír la alabanza del Señor:

… de gracia recibisteis, dad de gracia. Como me envió el Padre, así también yo os envío (Mateo 10:8; Juan 20:21).

Otro telón. La escena esta vez es de trabajadores del mundo, maldiciendo su labor; juventud que usa irreverentemente el nombre de Deidad en sus juegos y deportes, y las sociabilidades siendo indulgentes en cuentos vulgares y obscenos en sus fiestas. Haciendo contraste se presenta un grupo de catorce hombres sobre la orilla de un río. Son autoridades de estaca que pasan una noche y un día al pie de una montaña. Suben y bajan por la montaña, juegan al voleibol y otros juegos, refieren historias durante la tarde y a la noche se reúnen para comer, y luego pasan unas horas cambiando experiencias y en solemne adoración alrededor del fuego. Mientras los hombres se retiran uno del grupo susurra a uno de sus compañeros: “¿Se da usted cuenta de que todo este día y esta noche catorce hombres prominentes estuvieron juntos pero ni una sola vez el nombre de la Deidad fué usado impropiamente, ni se ha contado un solo cuento que haya tenido un fondo oscuro?” Y mientras la escena termina me hallo a mí mismo pensando: “Cuán dulce y abundante puede ser la vida de un Santo de los Últimos Días”, y recuerdo las palabras de Pablo:

Todas las cosas son puras para los puros; pero para los corrompidos e incrédulos nada es puro,… (Tito 1:15).

Otra escena: Veo un mundo de gente confundida con problemas sociales “cada uno para sí mismo y el diablo toma al postrero”. Hay evidencia de ricos y pobres, lujo y necesidad; y entonces en este mundo de egoísmo se presenta una escena de devastación donde las inundaciones en su furia han dejado en ruinas muchos hogares y aquí hay mil quinientos hombres miembros del sacerdocio de la Iglesia con sus mangas levantadas, con sus botas, cavando entre barro y ruinas para limpiar el lodo de los basamentos de las casas que resultó a causa de una terrible tormenta que dañó los hogares y destruyó posesiones valiosas de la gente. Veo otras inundaciones donde las cosechas fueron sumergidas y los animales ahogados, chacras arruinadas y las casas de adobe derretidas por un furioso río. Veo a la gente de las estacas y barrios de la vecindad que vienen para socorrer —con alimentos, cobijas, ropas para los necesitados; veintenas de camiones con heno y grano para alimentar el ganado; alambres y postes para cercos; dinero para nivelar los campos y para reparar las casas de los desamparados.

Y veo los quórumes del sacerdocio con serrucho y martillo, construir hogares para los miembros en desgracia.

Y doy gracias al Señor porque existen personas que siguen el mandamiento: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo” y, mientras la familia entra en el nuevo hogar recién construido, me parece oír al Maestro que dice:

. . .En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos pequeñitos, a mí lo hicisteis (Mateo 25:40).

El telón se levanta otra vez en un Día del Señor— las campanas de la iglesia están llamando. La gente, sin embargo, parece impulsada por el espíritu del “feriado” más que por el “Día Santo”. Por todo este gran escenario en este día del Señor hay gente que va de picnic por un lado, hombres que realizan sus faenas del campo; cazadores y pescadores anclan por las montañas; hombres, mujeres y niños en largas filas se detienen ante las casas de fotografías, juegan a la pelota y otros entretenimientos parecidos. Pero más lejos en otro de los ángulos de este gran escenario hay una reunión sacramental llevándose a cabo. El salón de reunión está lleno de gente que le gusta la adoración y que guarda el Día del Señor. El obispo está dirigiendo, y abajo en la congregación, en uno de los bancos hay una familia de seis personas— una joven pareja con cuatro hijos menores de doce años. Y luego, a la terminación de la reunión parece que el obispo está elogiando a la pareja por su fidelidad, y el padre de estos pequeños chicuelos dice: “Somos felices al venir a la reunión sacramental cada domingo. Es un privilegio poder adorar al Señor. Nos gusta mucho venir todos juntos como una familia. Nuestra vida no sería completa si en nuestros juegos, en nuestro trabajo y en nuestra adoración no estuviéramos todos juntos”. Y he agradecido por los muchos que adoran en el Día del Señor, y me parece ver a Moisés bajando del Monte Sinaí con las planchas sobre las que fué grabado:

“Acuérdate del día del reposo para santificarlo”. (Éxodo 20:8).

Y entonces la escena cambia nuevamente, y veo un mundo de pecado. Aquí están desplegadas las bocas infernales del vicio y del crimen. Aquí están las cortes de divorcio y la gente que hacen filas adentro y afuera, personas notables muchas veces que se divorcian, pero que no tienen vergüenza. Los hogares son disueltos y los hijos divididos, y oigo decir a alguien que el noventa por ciento de todos estos divorcios son causados por el pecado de adulterio y que un porcentaje abrumador de la gente que está en este escenario son inmorales y sin arrepentimiento. En el foro hay una escena que hace contraste. Allí hay una comunidad de unos cuatrocientos Santos de los Últimos Días un poco lejos al sur. Un médico cirujano, no miembro de la Iglesia, está diciendo a un amigo:

“Ahora he terminado cinco años de práctica en esta pequeña comunidad de Mormones. Oh, los Mormones no son perfectos, pero son muy buena gente. Los he atendido en los nacimientos, en operaciones y en todas sus dolencias, y después de cinco años no he encontrado todavía un solo caso de enfermedad social entre ellos”. Y me parece oír la amonestación de San Pablo, observada por estos Santos de los Últimos Días:

¿No sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?
Si alguno profanare el templo de Dios, Dios le destruirá a él, porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es”. (1 Cor. 3:16-17)

Aquí está la ley de castidad vivida “a mi manera”.

Otra escena se presenta ahora. Es un mundo haciendo ostentación de pompa y demostraciones amplias y pretenciosas. Más arriba veo un ministro parado frente a una joven pareja, todos elegantemente vestidos. Y veo al padrino, a damas de compañía, la entrega de anillos, muchos actores con partes preparadas y trajes primorosos. Grandes grupos de personas están a los costados observando con caras llenas de curiosidad. Entonces me parece ver en otro ángulo de este enorme escenario una joven y su madre hablando tranquilamente en el hogar. Oigo a la joven que dice: “Tu has sido una madre muy buena para mí. Estoy agradecida por haberme enseñado la belleza e importancia del casamiento en el templo. He visto el casamiento espectacular de Isabel, con todas sus flores, trajes costosos y los preparativos tan caros. Yo percibí la formalidad elaborada de todo esto, las exclamaciones de asombro de los curiosos. Mamá, yo deseo un casamiento simple y dulce en el templo; no quiero arroz, ni demostraciones extravagantes. No quiero pompa y no importa cuánto colorido —el casamiento para mí es una ordenanza sagrada. Lo que me gusta es ir con Juan a través de los ritos dulces y sagrados del templo, solamente con mis padres y los de él, y algunos pocos amigos íntimos, donde todo es blanco, tranquilo y sereno. Mamá, yo deseo que ninguna persona que no sea simpática esté presente y que no se haga nada que, en cualquier sentido, eche a perder la solemnidad de esa sagrada ocasión. Ese es un momento en el que no me gusta la hilaridad, ni las bromas crudas y vulgares. Y mientras caminamos juntos, unidos por tiempo y eternidad, quiero que los dos enfrentemos el mundo con nuestras mentes y corazones aun con el mismo plano elevado que encontramos en la sala de sellamiento del templo. Yo quiero que siempre retengamos ese suave espíritu de oración, adoración y paz. Gracias, mamá, quiero estar casada en la manera del Señor”.

Y mientras el telón se cierra me sumo en contemplación —agradecido y feliz que en el drama de la vida, en el gran escenario del mundo, hay aquí y allá episodios de brillante contraste y belleza que muestran el camino para vivir los mandamientos de Dios a su manera.

Hermanos y hermanas: seamos verdaderos y devotos Santos de los Últimos Días. Amemos al Señor y a nuestros semejantes y vivamos el mandamiento de Dios para que podamos tener una vida plena y abundante que nos guíe a la exaltación, lo ruego en el nombre de Jesucristo Amén.

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