Arrepentimiento Principio de Caridad

Arrepentimiento Principio de Caridad

Joseph Fielding Smith


El arrepentimiento es el segundo de los principios fundamentales del Evangelio y el crecimiento de la fe. Ambos, Juan el Bautista y nuestro Salvador, comenzaron su ministerio clamando el arrepentimiento. Juan dijo: “Arrepentíos que el reino de los Cielos se ha acercado“. (Mateo 3:2), y muchos venían a él de Jerusalén y de Judea y de las regiones alrededor, “y eran bautizados por él en el Jordán, confesando sus pecados.

Y cuando vio él que muchos de los fariseos y de los saduceos venían a su bautismo, les decía: ¡Oh generación de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera?
Haced, pues, frutos dignos de arrepentimiento“. (Mateo 3:6-8) Nuestro Salvador dijo a los Judíos, …si vuestra justicia no excede a la de los escribas y a la de los fariseos, no entraréis en el reino de los cielos“. (Mateo 5:20).

Un principio glorioso

El arrepentimiento es uno de los principios más consoladores y gloriosos que enseña el evangelio. En este principio la misericordia de nuestro Padre Celestial y de su Hijo Unigénito Jesucristo, se manifiesta con más poder que ningún otro principio. Que cosa más terrible sería si no hubiera perdón para el pecado, y ninguna forma para la remisión de los pecados de los que se han arrepentido con humildad! Solamente podemos imaginarnos parcialmente el horror que nos causaría, si es que tuviéramos que sufrir el castigo de nuestras transgresiones para siempre, sin la esperanza de ningún socorro. ¿Cómo se obtiene ese socorro? ¿De quién se obtiene?

Nuestro Señor ha dicho:

Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.
Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él.
El que en él cree no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el nombre del unigénito Hijo de Dios.
Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas.
Pues todo aquel que hace lo malo aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas“. (Juan 3:16-20).

Si el Padre no hubiere enviado a Jesucristo al mundo, entonces no habría remisión de los pecados y tampoco habría el consuelo del castigo del pecador por medio del arrepentimiento. Jacob en el Libro de Mormón en verdad ha dicho con relación al sacrificio de Cristo:

“Por tanto, es preciso que sea una expiación infinita, pues a menos que fuera una expiación infinita, esta corrupción no podría revestirse de incorrupción. De modo que el primer juicio que vino sobre el hombre habría tenido que permanecer infinitamente. Y siendo así, esta carne tendría que descender para pudrirse y desmenuzarse en su madre tierra, para no levantarse jamás.
¡Oh, la sabiduría de Dios, su misericordia y gracia! Porque he aquí, si la carne no se levantara más, nuestros espíritus tendrían que estar sujetos a ese ángel que cayó de la presencia del Dios Eterno, y se convirtió en el diablo, para no levantarse más.
Y nuestros espíritus habrían llegado a ser como él, y nosotros seríamos diablos, ángeles de un diablo, para ser separados de la presencia de nuestro Dios y permanecer con el padre de las mentiras, en la miseria como él; sí, iguales a ese ser que engañó a nuestros primeros padres, quien se transforma casi en ángel de luz, e incita a los hijos de los hombres a combinaciones secretas de asesinato y a toda especie de obras secretas de tinieblas”. (2 Nefi 9:7-9).

El evangelio nos enseña que esta terrible condición se hubiera apoderado de cada uno de nosotros y nos condenaría a miseria eterna, si no hubiera sido que el amor y caridad de ambos, el Padre y el Hijo se hubiera extendido hacia nos y héchose manifiesta en el gran sufrimiento y muerte del Hijo de Dios.

Cuando pensamos que Jesucristo, Nuestro Salvador, estaba dispuesto a bajar a la tierra y ofrecerse por sí mismo un sacrificio derramando su sangre, para que pudiéramos escapar de nuestros pecados por medio del arrepentimiento y la adherencia a los principios del evangelio, debemos estar extremadamente gozosos.

Le dijo el Señor a José Smith:

“Porque he aquí, yo, Dios, he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan, si se arrepienten;
mas si no se arrepienten, tendrán que padecer así como yo;
padecimiento que hizo que yo, Dios, el mayor de todos, temblara a causa del dolor y sangrara por cada poro y padeciera, tanto en el cuerpo como en el espíritu, y deseara no tener que beber la amarga copa y desmayar.
Sin embargo, gloria sea al Padre, bebí, y acabé mis preparativos para con los hijos de los hombres”. (D. y C. 19:16-19).

Uno de los pecados más grandes, en ambos magnitud y extensión—porque entra en las vidas de cada uno de nosotros sin ninguna extensión, en cierto grado— es el pecado de ingratitud. Cuando violamos un mandamiento, no le hace que tan pequeño o insignificante creamos que sea, demostramos ingratitud hacia nuestro Redentor. Es imposible para nosotros comprender la magnitud de su sufrimiento cuando él llevó el peso de los pecados del mundo, un castigo tan severo que nos informa que sangre le salía de cada poro de su cuerpo, y esto antes de que fuera llevado a la cruz. El castigo del dolor físico que procedía de haber sido clavado de sus manos y pies no era el mayor de sus sufrimientos, siendo en verdad un tormento. El sufrimiento más atroz fué la angustia mental y espiritual que provenía de la carga que llevó de nuestras transgresiones. Si nosotros entendiéramos la extensión de ese sufrimiento en la cruz, con toda seguridad ninguno de nosotros cometería pecados con toda voluntad. No cederíamos a las tentaciones, la gratificación de apetitos y deseos carnales, y satanás no encontraría lugar en nuestro corazón. Como es, cuando pecamos, demostramos nuestra ingratitud y poco respeto con relación al sacrificio del hijo de Dios, por medio del cual nos levantaremos de la muerte y viviremos para siempre. Si en realidad entendiéramos y pudiéramos sentir en una pequeña escala el amor y la misericordia voluntad de Cristo para sufrir por nuestros pecados, estaríamos prestos para arrepentimos de nuestras transgresiones y servirle.

José Smith dijo

José Smith una vez dijo: “Los que guardan los mandamientos del Señor y caminan en sus estatutos hasta el fin, son los únicos individuos que son permitidos a sentarse en este glorioso banquete”, esto quiere decir, la cena de bodas cuando venga Cristo. Y el Señor dijo en una revelación a la Iglesia; “Y sabemos que es preciso que todos los hombres se arrepientan y crean en el nombre de Jesucristo, y adoren al Padre en su nombre y perseveren con fe en su nombre hasta el fin, o no podrán ser salvos en el reino de Dios”. (D. y C. 20:29).

Y está escrito otra vez: “Y nada impuro puede entrar en su reino; por tanto, nada entra en su reposo, sino aquellos que han lavado sus vestidos en mi sangre, mediante su fe, y el arrepentimiento de todos sus pecados y su fidelidad hasta el fin”. (3 Nefi 27:19).

El mundo está enfermo

Hoy en día el mundo está enfermo. Su enfermedad no es aquella que esté confinada como simple, o que pueda ser remediada fácilmente por medio de una antitoxina o suero que ataque y destruya los gérmenes que afligen las partes vitales. Tampoco es una enfermedad como la viruela o escarlatina que tienen un tiempo determinado, pero que cuando cesan dejan a la persona afectada inmunizada contra los ataques futuros. La enfermedad que aflige a este pobre mundo es causada por el descuido y desobediencia a las leyes fundamentales por las cuales la salud de las naciones y comunidades se conserva. Tampoco se confina el ataque a una sola clase de enfermedad. El individuo que trata de corregir los males, descubre que no pueden ser localizados. Se han esparcido en el entero cuerpo político y se manifiesta en varias formas. Sin embargo, todos los trabajos que se están haciendo para restituir al mundo en su condición normal de salud, están fallando porque faltan los remedios de fe y arrepentimiento que llevan al hombre hacia la simple y humilde adoración de Dios.

Hace cinco años que el mundo está afligido por el conflicto más inicuo que el hombre haya conocido. Las amonestaciones dadas por los profetas, que hubieran protegido al mundo de este terrible mal si obedecida, han sido ignoradas. La enfermedad ha barrido por todo el mundo como una plaga de viruela, dejando las marcas dondequiera. Gente inocente ha sido destruida por demonios en forma humana. La destrucción que por lo regular viene de la guerra, no se ha limitado a las huestes combatientes, pero la ira maligna de los impuestos ha sido derramada sobre todos, mujeres, niños inocentes y gente que estaban ocupados en propósitos justos, han sido rudamente destruidos sin ninguna causa o razón. El odio que ha entrado en los corazones de aquellos que tienen la ambición de reinar y sujetar a su prójimo, no ha tenido límite. Y mientras oramos, esperamos y trabajamos para ayudar a las fuerzas que están combatiendo a estos hombres inicuos, para que sus designios sean derrotados y el mundo sea dejado libre, nosotros como ciudadanos de una nación que es libre, hemos abandonado en grandes medidas los principios de Justicia y la humildad de nuestro Padre. También necesitamos arrepentimos y nancer nuestro trabajo otra vez.

¿No es posible que hubiéramos escapado de este gran conflicto si hubiéramos estado deseosos de obedecer las amonestaciones de los profetas? Hace cien años el Señor dijo:

“De cierto, de cierto te digo, tinieblas cubren la tierra, y densa obscuridad la mente del pueblo, y toda carne se ha corrompido delante de mi faz.
He aquí, la venganza viene presto sobre los habitantes de la tierra, un día de ira, de fuego, de desolación, de llanto, de lloro y de lamentación; y como un torbellino vendrá sobre toda la faz de la tierra, dice el Señor.
Y empezará sobre mi casa, y de mi casa se extenderá, dice el Señor”. (D. y C. 112:23-25).

Los profetas de la antigüedad han proclamado las mismas amonestaciones a los habitantes de la tierra, pero estos no les han hecho caso.

La guerra es la única enfermedad que aflige al mundo. Es el desarrollo de las muchas enfermedades que han afligido al género humano. Entre estos están la avaricia, envidia, el amor a los placeres más que a Dios, inmoralidad, borracheras y la suciedad de tabaco, y estas no son todas. El Decálogo, que ha sido el poder salvador por todas las edades a todos los que han obedecido sus requisitos, es relegado por muchos al pasado como un documento anticuado y adecuado para la gente primitiva, pero no aplicable a la gente de hoy en día. Presumimos de nuestra civilización y el progreso que hemos hecho en los tiempos recientes. Es un sentido mecánico y científico, es verdad, mucho se ha progresado y estamos recibiendo los beneficios de muchas ventajas no conocidas por nuestros padres. Hay, sin embargo, cosas de mayor importancia en nuestras vidas que las ventajas que vienen por medio de los descubrimientos científicos y mecánicos. Es muy cómodo vivir en este día del automóvil, aeroplano, radio, refrigeradores eléctricos e invenciones que ahorran trabajo, la insolación de gérmenes y contrarrestar los estragos de las enfermedades. Es muy interesante tener a alguno que sea capaz de pesar las estrellas más distantes y computar su distancia de la tierra, pero si era necesario podíamos renunciar a ellas. Nuestros padres vivieron sin ellas. Pero no podemos continuar sin la guía del Todo Poderoso y nuestra fe en el autor de nuestra Salvación.

Corrupción espiritual

La más grande enfermedad de todas las que afligen a este mundo es la corrupción espiritual y desprecio para con las palabras y leyes de Dios. Las palabras de Pablo son verídicas, hoy en día los hombres “siempre aprenden, y nunca pueden acabar de llegar al conocimiento de la verdad”. ¿Por qué? porque han rechazado la palabra que el Señor ha revelado a ellos y piensan que ya saben todo. Un profeta de la antigüedad dijo:

“¡Oh ese sutil plan del maligno! ¡Oh las vanidades, y las flaquezas, y las necedades de los hombres! Cuando son instruidos se creen sabios, y no escuchan el consejo de Dios, porque lo menosprecian, suponiendo que saben por sí mismos; por tanto, su sabiduría es locura, y de nada les sirve; y perecerán.
Pero bueno es ser instruido, si hacen caso de los consejos de Dios”. (2 Nefi 9:28-29).

El mundo continúa con su paso rápido haciendo poco caso de guardar los mandamientos y amonestaciones que nuestro Señor ha hecho por medio de sus siervos los profetas. Los hombres se niegan a tornarse de las sendas de maldad a la adoración del Dios viviente. Las naciones están llenas de odio y derramamiento de sangre. La avaricia y la envidia son los factores predominantes en las vidas de ambos hombres y naciones. Todo esto tiende a hacer al hombre infeliz y apartar de él el verdadero objeto de la vida. Vivimos en una época en que el corazón del hombre le está fallando por temor. La perplejidad, desesperanza y derramamiento de sangre entre las naciones, ha venido al mundo porque los mandamientos del Señor han sido abandonados.

Otra enfermedad que ha llegado al cuerpo del mundo, es la infección provocada por la filosofía falsa y teorías hechas por hombres, que golpean contra la humilde fe en Dios y la sangre expiatoria de Jesucristo. Hablando de esta condición, el presidente Elmer G. Peterson, de la Universidad Agrícola del Estado de Utah, ha dicho:

“En los centros de conocimientos y del poder de las ideas de un Dios personal, como revelado a nosotros en el nuevo Testamento, y al que cada individuo y nación es responsable, ha casi, si no desaparecido enteramente. La filosofía, probablemente sería mejor decir no la filosofía en la que los griegos se glorificaban, pero mejor dicho filósofos baratos,  y nuestra incompleta interpretación de la ciencia —que se desarrolla, han sido factores en el desenraizamiento.

En las pesquisas de riquezas y poder, los líderes deben negar la validez de la doctrina que invalidaría sus planes si sus seguidores las aceptaban. En cualquier caso y en cualquier causa, en lugares críticos e importantes cualquier sentido real de relación individual a un ser Superior ha desaparecido y estas naciones ya no creen más que ya no son responsables de sus acciones a este Juez justo. El así llamado Cristianismo, hasta cierto punto se ha convertido en injusto. Esto creo, es la raíz de todos los males del mundo. El cristianismo, bajo la benigna influencia en la cual nuestra civilización se ha desarrollado, es ahora negado por las mismas naciones que lo hicieron grande y poderoso. Esta es traición, probablemente la traición más grande que se ha, cometido en la tierra… ¿Y quién cree que podemos escaparnos del castigo a un acto tal?

Juan dice que hay dos clases de pecados. Uno que puede ser perdonado; el otro es el pecado a la muerte, para el cual no hay perdón. El asesinato es uno de estos últimos. Esto es cuando uno deliberadamente derrama sangre inocente. No habrá perdón sobre aquellos que han cometido inicuamente asesinatos por cientos de millares. Hay perdón para, aquellos que se han arrepentido verdaderamente de sus pecados y demuestran su sinceridad por su continuo arrepentimiento hasta el fin de sus vidas mortales. La Misericordia del Todo Poderoso, por medio de la expiación de Jesucristo, alcanza y embarca todas las almas que han abandonado sus pecados, con excepción de los que han pecado voluntariamente, como dice Juan, hasta la muerte.

Suplico a la gente de esta gran nación que abandonen el pecado y se pongan de acuerdo con todo lo que el Señor ha revelado para que la salvación pueda venir a ellos, y el Señor no tendrá que decir a esta generación como les dijo a los Judíos en su Día:

” Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que son enviados a ti!

“¡Cuántas veces quise juntarme tus hijos, como la gallina junta sus pollos debajo de las alas y no quisiste!

He aquí vuestra casa os es dejada abierta.

Que las bendiciones del Señor sean suyas pido humildemente en el nombre de Jesucristo. Amén.

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