Un Testimonio del Redentor

Un Testimonio del Redentor

Por el élder Marion G. Romney

Discurso dado en la conferencia general de octubre de 1951


Mis amados hermanos y hermanas, llegando a este pulpito y hablando a ustedes, no es una experiencia nueva. Esta es la vigésima segunda vez que he dirigido la palabra en los últimos diez años y seis meses. No soy extraño a muchos de ustedes. Muchos me conocen—algunos me conocen demasiado bien. Este llamamiento ha puesto una reacción emocional y tremenda dentro de mí. No pensaba que podría haber una tempestad tan grande en una marmita tan pequeñita. Supongo que necesito la ayuda del Señor más ahora que jamás lo he necesitado en mi vida. Favor de pedirle a Dios que me de la fuerza para decir unas cosas apropiadas para esta ocasión.

El gran respeto que siempre he tenido para este oficio del cual ahora estoy llamado, contribuye en grande manera a la tensión emocional que estoy pasando. Los hombres que tenían estos oficios fueron como Dioses en los ojos de mis padres. Cuando venían a México, donde vivía yo cuando jovencito, casi pensaba que eran de otra raza. Recuerdo que pensamos del presidente José F. Smith cuando vino, pero no recuerdo de ninguno de los hermanos que están viviendo ahora, que llegaron a México.

Siempre he pensado de este oficio como uno de un testigo especial del Redentor del mundo, y cuando pienso del Redentor del mundo, pienso del grande concilio en el mundo espiritual cuando él emprendió ser el instrumento y hacer el sacrificio de poner en operación el evangelio de redención. Comprendo que Dios el Eterno Padre fué el autor del plan. Esto lo sé del presidente Juan Taylor. Jesús sí lo llevó a cabo.

“Yo Iré” dijo él. Creo que el hermano Whitney lo puso en estas palabras: “lo mío será el sacrificio voluntario, la gloria sin fin tuya.”

En seguida pienso del Redentor en el monte con el hermano de Jared, dos mil doscientos años antes que nació en la carne, como niño de María. De esa ocasión es donde recibo la idea cómo es un espíritu. El hermano de Jared pensó que había visto carne y sangre, pero el espíritu le habló diciendo, “has visto que tomaré carne y sangre.” (Eter 3:9.)

Entonces dijo, “¿Ves tú como habéis sido creado según mi propia imagen? Sí, todos los hombres, en el principio fueron creados a mi propia imagen. “Porque, he aquí, que este cuerpo” (el cual al hermano de Jared le parecía como un cuerpo de carne y sangre) dijo el Espíritu Jesucristo, “este cuerpo que tú ves ahora, es el cuerpo de mi Espíritu; y del mismo modo que yo parezco estar ante tí en el espíritu, me apareceré ante mi pueblo en la carne.” (Véase Eter 3:15-16).

Y entonces pienso del Redentor, aquel gran espíritu que crió el mundo bajo la dirección de Dios, nuestro Padre Eterno, entrando en el cuerpo de un niño pequeñito en un pesebre en Belén.

Pienso  de  él a la edad  de  doce  años en  el  templo,  conociendo  en  parte  su misión, cuando le dijo a su madre-no pienso que lo hizo en una manera sin respeto cuando la regañó un poco por­ que estaba allá sin su conocimiento: “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?” (Lucas 2: 49.)

Pienso de él en todo su ministerio. Podría mencionar muchas ocasiones, pero no tomaré mucho tiempo. Pienso de su bautismo como él comenzó desde el modelo que debemos seguir. Pienso de él cuando estaba en el pozo con la mujer de Samaría cuando dijo: el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed, más el agua que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. Pienso de él cuando Lázaro murió, y María y Marta salieron para encontrarle. No recuerdo la conversación exactamente, pero creo que Marta dijo, “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no fuera muerto” y Jesús dijo, “yo soy la resurrección y la vida: él que crea en mí, aunque esté muerto, vivirá.

Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente.” (Juan 11:21, 25-26.)

Pienso de él en el templo, en los últimos días de su vida mortal. Pienso de él en Getsemaní. Cambiaré la escena. Me hace sentir muy emocionado. Sufrió por mí allá, y por ustedes. Pienso de él en la cruz. Pienso de él en la arboleda con el profeta José, y el Padre, el Padre de aquel espíritu del que apareció al hermano de Jared, el Padre de mi espíritu, como ya explicó el presidente Clark, el Padre de los espíritus de todos los hombres.

Cuando pienso de ser un testigo especial de él, recuerdo que Pedro, Santiago y Juan no podían quedar despiertos por su último sufrimiento en Getsemaní, pienso de algunos que han fracasado. Yo no quiero fracasar. Pienso de aquellos que han dado sus vidas como testigos. Lo he contado. Si fuera necesario, espero que no falte de dar mi vida por el testimonio de Jesús. Sé que él vive. Dudo que lo conozca mejor cuando lo encuentre.

No iré más adelante. Quisiera pagar mis respetos a estos hombres. Sé que el presidente McKay tiene la autoridad que tenía el Profeta, y sé que el Profeta tenía la autoridad que tenía Pedro. He amado al presidente McKay por mucho tiempo. El no recuerda cuando primeramente tenía yo amor por él. Creo que él no recuerda cuando ustedes tenían ese amor para él.

Era en Los Angeles, California en el invierno de 1912 y 1913. En aquel tiempo nos conocieron como los mormones refugiados. Habíamos perdido nuestra casa en México—fuimos invitados a que saliéramos de allí. El hermano McKay vino a Los Angeles, asistió a la escuela Dominical, y tomó un vaso de agua. Tenía una pluma en la mano. Nos mostró que el agua estaba muy clara y entonces dejó caer una gota de tinto en el agua, y la enturbió toda y nos dijo a nosotros, los jovencitos, “esto es lo que el pecado hace a la vida.” Presidente McKay, desde aquel tiempo he estado tratando de no dejar aquel pecado entrar en mi vida.

Lo encontré allá en Australia. Me asusté de él allá. Yo era el presidente de la conferencia. Los distritos en aquel tiempo los llamaban “conferencias”. Estaba conduciendo, y cuando él miró a su reloj, dijo, “hermano Romney, creo que es treinta segundos tarde.” Así que la siguiente vez que comenzamos un culto no estuvimos tarde y el hermano McKay miró su reloj y dijo, “hermano Romney, creo que es quince segundos temprano.”

Entonces no me llevó con él cuando fué a visitar a las cuevas de Genolean, pero llevó a élder Bischoff. Recuerdo cuando regresó y nos enseñó una lección, diciéndonos como aquellas grandes estalagmitas y estalactitas en las cuevas fueron hechas estalagmita depósitos de las gotas de agua.

Entonces nos dijo que así es como una vida es edificada. Todo pensamiento que pensamos, cada palabra que hablamos, cada acto que hacemos son registrados en nuestro carácter. Y nunca lo he olvidado.

Desde que he conocido al presidente Richards lo he amado. Fui con él en mis primeros trabajos como asistente, y recuerdo como conducía él las conferencias. Lo hizo con la habilidad con que un artista pinta un retrato. Pienso que todo lo que él hace es hecho hermosamente. Lo sostengo con todo mi corazón.

Entonces este gran hombre, presidente Clark, ha estado más cerca de mí que los otros de la presidencia, en la administración del presidente Grant y el presidente Smith y ahora el presidente McKay, porque él ha dirigido por la presidencia la obra que ha sido asignado para hacer. Creo que no hay un hombre en el mundo que ama la justicia y conoce al hermano Clark que no lo ama. Para mí ha sido como un padre. Yo te amo, hermano Clark, con toda la fuerza de mi vida.

Yo amo al hermano Smith, el presidente José Fielding Smith. Ha sido muy bondadoso y considerado para mí. Pensé que me trataba especialmente bien, hasta que hablé con los otros hermanos acerca de él y descubrí que los trata a todos igual.

Ahora, amo a todos los hermanos, cada uno de ellos. No voy a pasar por los doce, con la excepción de mencionar a los hermanos Lee y Moyle. Son mis asociados más cerca. El hermano Lee es un vidente. Sé que nunca iré en error si estoy con él, y sé que nunca tendré hambre si estoy con el hermano Moyle, porque es tan liberal.

Amo a los hermanos con los cuales he trabajado, Thomas, Cliford, Alma y Nicolás que ha muerto, el Patriarca, los Setenta, el Obispado y estos hombres nuevos quienes han entrado. He estado muy cerca de algunos de ellos.

Ahora sólo quisiera decir que estoy agradecido por mi herencia. Ambos de mis familias son miembros de mucho tiempo en la Iglesia, los Redd y los Romney. Las dos familias me reclaman. Los Redd reclaman que soy un Romney y los Romney reclaman que soy un Redd, pero estoy orgulloso de los dos. Estoy muy agradecido por mi padre, George S. Romney (quien ha muerto) y mi madre santa quien se sienta aquí hoy con lágrimas en sus ojos. Estoy agradecido por la casa recta en que me criaron. Madre, te digo que estoy agradecido.

Estoy agradecido por mi propia familia y su sostén que me han dado; mis hijos y mis nueras, mi nieta cíe dieciséis meses, que me da mucho gozo, y última pero no menos, mi compañera Amanda, la novia de mi juventud y la madre de mis hijos. Nunca han pues­to ningún tropiezo en mi camino. Te­nía diecisiete años de casado cuando me llamaron a ser un Asistente a los Doce, y yo solamente había estado fue­ra de la casa, dejando a Ida sola dos noches. Cuando empecé a viajar por la Iglesia para ella le fue difícil. Lloraba cada vez que salía y cada vez que re­gresaba. Ahora solamente llora cuan­do regreso.

Estoy agradecido a ustedes, mis hermanos y hermanas. Amo a cada uno de ustedes. Conozco algunas de las contri­buciones que hacen. Cuando camino por la Iglesia y los veo venir a los Cul­tos que los hermanos me autorizan a llamar;  aprendo de sus corazones y su fidelidad.

Estuve en un culto esta mañana con dos concilios regionales, los vi acudir a las decisiones que han sido hechas por estos hombres grandes de la presiden­cia con el espíritu más fino de unidad que nunca he visto. Yo los amo por lo que han hecho por mi cuando me han recibido en sus hogares.

Haré todo lo que pueda para honrar este grande llamamiento. Que Dios los bendiga y que él me bendiga, y por fa­vor, oren por mí que ni un enemigo abo­lle el pequeño sector de la parte que estoy asignado a defender, oro en el nom­bre de Jesucristo. Amén.

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